De regreso a casa

De vuelta a casa

¡Paco…! Carmen Mercedes se sentó frente a su marido, que hojeaba su adorada revista El Jornal del Pescador, y empezó a tamborilear nerviosa los dedos sobre la mesa. Paco bajó el periódico apenas dos centímetros, luego volvió a esconderse tras las páginas que olían a tinta, poniendo cara de máxima concentración. ¡Paco! insistió su mujer, subiendo el tono.

¿Qué…? ¿Que ya se come? se espabiló el hombre, arqueando las cejas y mirando a Carmen por encima de las gafas de leer. Ahora, ahora mismo, cariño. Solo déjame terminar este artículo sobre el lucio… ¡Menuda panda de genios estos del río! Lo que me he podido reír…

¡Que no, Paco! ¡El almuerzo ni está listo! Carraspeó Carmen, moviendo los hombros con dramatismo y levantando las manos al cielo.

¿Entonces qué pasa? Si son las dos en punto, ya ves agitó Paco el periódico señalando el reloj de cuerda que presidía el salón, con su marco de madera oscura. Lo compraron en un mercadillo de segunda mano cuando se mudaron aquí, al piso nuevo en la calle Alcalá. Segundamano, sí, pero espacioso, techos altos, su balcón con vistas y una vecindad más que decente. Hasta una palmera viva plantada en una maceta gigante les alegraba el comedor. Grandes ventanales, espacio para patinar si les entraba el impulso. Eso sí, ni una silla dejaron los anteriores propietarios. Carmen Mercedes se volcó en la decoración: tiendas, ideas, croquis, y meses sirviendo de Sherpa al camión de mudanzas.

¡Ya era hora de vivir a gusto! Luminoso, espacioso… repetía Carmen, como si no acabara de creérselo ¡Paco, cariño, ya era hora!

Mientras tanto, cuando tocó el calvario de amueblar, Paco estaba ingresado, recuperando huesos rotos tras una extraordinaria aventura: acabó en el hospital troceado, todo por intentar salvar a un gatito jaspeado de ojos azul Mediterráneo que, como no, se subió al tejado de la caseta del huerto. El tejado no aguantó y Paco, tampoco. Al final, el rescatado fue el único sin yeso, y el minino reinaba en el boudoir de Carmen, como si nada. ¡Pobre cosita, qué susto! solía suspirar Carmen, acariciando al bicho.

¡Te preocupe más ese felino que yo! se quejaba Paco. A mí me han juntado a trozos y él…

Mimos necesita, son mimitos de madre. Aunque tú también, pero menos. ¡Abre la boca! ordenaba Carmen, mientras ajustaba la servilleta al cuello de su esposo y le metía cuchara.

Pero ahora además del gato se sumaba a la ecuación el mamarracho ese que sonreía en las fotos junto a Carmen: un fornido dependiente de tienda, siempre al lado en las imágenes de inspiración cama matrimonial versión me lo puedo permitir. Sábanas de raso, colcha crema, todo muy chic. Paco la llamó para ver si era obligatorio comprar también al muchacho.

Solo era para que vieras lo espaciosa que es, imagina que eres tú, Paco, y yo… yo soy yo balbuceaba Carmen por videollamada.

¡Tus croquetas mejor tráetelas, la cama la pagas tú, que yo al chico ni un euro! refunfuñó Paco, luchando con el dolor de su pierna y la indignación retroalimentada.

Cama, mesas, bañera con patas cromadas, sillones, sofá… el piso fue cobrando vida, igual que la barba de Paco.

Finalmente, llegaron los relojes. A Paco ya le habían dado el alta, ahora se paseaba con bastón como verdadero señor. Carmen suspiró teatral frente al dependiente:

Estos marcarán cada minuto juntos, Paco. Tú y yo, hasta que nos hagamos polvo… Y él, sin chispa romántica, pagó y pidió que lo envolvieran bien.

¡Ya está! ¿Nos daréis de comer o no? preguntó Paco, doblando El Jornal del Pescador y dejando el aire de culebrón para después.

Ay amor… ahora no. Me ha llamado nuestra nieta y me ha dejado… no sé. Rara. ¿Tú entiendes? gimió, encogiéndose más que las hojitas de las plantas que se olvidan al sol.

¿Y qué ha pasado? ¿Es cosa del trabajo, de Lucía? Paco entornó los ojos, Carmen solo agitaba las manos.

¡Que no lo sé! Que no le grites a una que tampoco sabe nada. La niña dijo solo que venía, habló raro, algo pasa.

Pues vendrá, ¿y qué? La nieta, que viene, como todas.

¡Tú no entiendes nada, Paco! Que si no pillas los matices, eres como el banco de madera del parque, solo crujes… se quejó Carmen.

¡Hasta ahí podíamos llegar! exclamó indignado él. El reuma y las caídas no justifican que me insultes. ¡Habla claro!

Pero Carmen, entró en modo dramático, como Paco decía. Una Mariana Pineda temblando de angustia por su Lucía: ¿habrá terminado otra vez en una comparsa feminista? ¿Comiendo desordenadamente? ¿Habrá rehecho la vida con un hipster o sigue en lo de la abogacía?

En realidad, Lucía era la nieta marchosa de veintiséis, huérfana desde niña, pirada por los idiomas tres, y con aficiones tan poco normales como bordar retratos de Sabina en punto de cruz. Lo de los idiomas era por trabajo en un despacho de abogados; lo de Sabina lo regalaba a los amigos. Desde que aprendió a caminar, Lucía no paró quieta.

¡Siéntate! ¡Estate quieta! ¿Vas a tranquilizarte un día? de poco servían los gritos familiares. Lucía siempre echaba a correr.

Esta niña va a toda prisa por vivir y sentir se enorgullecía Paco, recibiendo quejas de todos los profesores.

¡Hay que llevarla al psicólogo! ¡Imposible dar clase así! protestaba la tutora, mientras la nieta leía a toda pastilla novelas de piratas en lugar de los clásicos.

Pero llegó el instituto, y la mariposa se volvió campeona nacional de inglés, luego segunda. El colegio la encumbró y le buscó pasatiempos útiles como enseñar inglés a los niños de primero gratis bajo el rótulo Club Lucía & Amigos.

Después, universidad, un novio, luego otro… Hasta el bendito día que Lucía anunció boda. Carmen, como buena señora sensible, dejó caer la vajilla de Duralex y se sentó con sudores fríos. ¡Ya estaba viendo a su nieta fugándose a Berlín con un Erasmus!

¿Pero quién es? ¿Es del pueblo, es español, es de por aquí…? preguntaba Carmen hecha una magdalena.

Mamá, no es para tanto. Es Julián, del máster, buen chaval, ya verás.

Julián apareció dos días después, todo sonrisa y aire campechano, con un ramo de rosas blancas. Carmen se le quedó mirando temiendo que Lucía le dejara para siempre. Paco, en cambio, encantado:

¿A ti te va la pesca? le tanteó.

Hombre, sí, señores. Sobre todo, el lucio lo respeto. Mi madre lo guisa maravillosamente.

¡Ya se ve, ya! asintió Paco, relamiéndose.

Celebraron la boda, instalaron a los tortolitos en el piso viejo y ellos, nuevos propietarios de la gloria en la calle Alcalá. Nada de luna de miel: exámenes, másteres y la encarnizada lucha por ascender deprisa.

Hija, deberías descansar, tienes mala cara, y eso no es bueno… susurraba Carmen.

Pero Paco se hartaba de tanto presentimiento de drama griego doméstico:

Pero Carmen, hija, ¡qué pájara tienes! ¡Déjate de tragedias!

No llama Lucía, malo. Si llama también. Si el yerno no ofrece ayuda, señal de que no le caen bien los suegros. Si no pregunta por la casa del pueblo, peor.

Tengo un mal presentimiento, Paco… siguió Carmen, camino a la cocina, segura de que su marido la seguiría.

Bájale, mujer, solo quiere venir a vernos, que nos echa de menos. Y puso las cucharas sobre el mantel, ceremonioso.

¿A ti. Siempre tú. Hombre tenía que ser… suspiró Carmen Mercedes.

En ese momento se quedó petrificada, como si Cupido le clavara una flecha en la espalda.

Julián la ha dejado. Lo sabía yo… no me lo dice para no preocuparme, pero la ha dejado, Paco. Siempre supe que no era para ella. Esos ojitos… Carmen hizo chasquear los dedos buscando la palabra precisa, cuando Paco le endosó el cuchillo y el pan para que hiciera algo útil.

Tiene ojos normales, Carmen. Y es buena gente, tú déjalo estar, que comer es lo que necesitas.

¡Qué insensible eres, Paco! ella repartía sopa con la solera de las abuelas de Valladolid, por mucho que refunfuñe.

Almorzaron en silencio, ni TV ni radio, que Carmen considera nefastos cuando hay luto doméstico.

Tendremos que prepararle la habitación, Paco. Decidido. Nos mudamos a la salita, aunque sea incómodo… proclamó Carmen, dispuesta a consolar a su niña. Y compraré vino, para lo que haga falta…

¡No bebas por penas, Carmen! ladró Paco, espantado por el espectro de una esposa borrachina.

¡Gritón! En esta familia hay desdicha, y tú solo chillas… Todo picaba para el drama hasta que Carmen se irguió, como si una premonición se apoderara.

No, lo que pasa es que se ha enterado de una infidelidad y necesita mi consejo. ¿Perdonarlo? ¿Echarlo? Pobre… dijo, dejando caer la cuchara con soflamas de radionovela.

Por la radio ponían coplas recias de María del Monte, perfectas para la melancolía.

¿Habrá segundo plato? preguntó Paco.

Está en la vitro… Pero no me pasa la comida por la angustia.

Pues más para mí y Lucía esta noche. Contestó, cogiendo la mejor chuleta. Dame la tuya, que te pongo más, mujer. ¿Querrás ensalada?

Total… Bueno, una cucharadita sí. Gracias. ¿Quieres pepinillos? le ofreció. Sabes, es que la niña nunca viene entre semana, algo pasa… ¿Crees que exagero?

Paco crujía el pepinillo de forma odiosa, como una mula comiéndose una sandía, pensaba Carmen.

Lo que creo, Carmen, es que necesitas un hobby. ¡Lee los artículos de pesca! y sus mejillas parecían remolachas de lo animado que estaba.

¡Déjalo ya, Paco, ahora no es el momento! ¡Ya está! Julián está metido en negocios turbios, lo intuyo. ¿Tú me dejarías si yo fuese espía?

¡Qué ocurrencias, anda que…! Paco, soliviantado, casi se atragantó.

Así sois los hombres. Mucho en la salud y en la enfermedad… espetó Carmen, lanzando la servilleta.

¡Eso! Enfermedad. respondió Paco, girando el dedo en la sien.

Lucía será la esposa de un revolucionario exiliado… ¡Madre mía, qué vida complicada!…

Y en ese punto sonó el telefonillo. Carmen salió disparada, abrió la puerta, y apareció la vecina, Sonia María.

¡Carmen! Que he traído empanada, venga, que os conozco. ¡Agarradla, quema! ¿Está Paco? Ofrécele mientras esté fresca. ¿Habéis cobrado ya la pensión? Yo la gasté toda ayer en la panadería. Ay, Carmen… De repente, se detuvo, alarmada pero ¡qué cara se te ha puesto!

¡Tengo, mujer, tengo cara! Anda, pasa salió Paco al recibimiento , que las vecinas así dan gusto. Pero ojo, Sonia…

¿Qué? metiendo conspirativamente el morro, con las zapatillas rosas asomando bajo el vestido floreado.

Ten cuidado… Que Carmen ahora es espía, dice que quiere divorciarse de mí.

¡Venga ya, Paco! Siempre de bromista. Anda, contadme qué pasa, pero rápido, que tengo las lentejas a punto.

Que viene Lucía carraspeó Carmen.

¿Y qué? replicó Sonia.

Viene entre semana, y casi nunca llama, y sus padres… Ay… suspiró Carmen.

Pues hacemos merendola en mi casa, ¿no? Si os apuntáis, monto cenita, que tengo vino de reserva buenísimo.

Sonia hacía su propio licor, sabedora del arte del buen tapeo. Paco negó con un leve movimiento de cabeza.

Difícil. Aquí se está gestando un drama nacional. Gracias, Sonia, pero mejor… que nos arranquemos los pelos juntos.

Bueno, bueno… Saludos a Lucía entonces Sonia se largó y Carmen se replegó sobre una silla, mordisqueando la empanada.

Siempre le salen saladas, ¿eh? refunfuñó Carmen.

Le salen buenísimas, envidiosa. Vamos a por el té, anda. sentenció Paco, empaquetando abrigos en el perchero . ¿Te llevas los esquís?

¡Paco!

Él se rio, silbando un pasodoble mientras ponía agua a hervir. ¡Que viene Lucía! Su nieta saltarina, su libélula de la familia… Ni él imaginaba cuánto la había echado de menos.

A eso de las siete, llamaron a la puerta.

¡Abuela! Aquí tienes a la oveja descarriada Lucía le plantó bolsas de compra a Carmen y corrió a saludar por la casa.

En la cocina, empezó a pelar pepinos, contándole historias del trabajo.

¿Cómo estáis? ¿Habéis oído lo del supermercado? Cerrado. He tenido que cruzar media ciudad… y así, sin parar. Carmen no aguantó.

Hija, ya ni te acuerdas de dónde vivimos…

¡Eso no! rió Lucía solo es que llego tarde de los cursos, ahora estoy apuntada a mil cosas…

Paco tamborileando los nudillos la miraba con ojo divertido.

¿Y qué cursos son esos, niña?

Ay, de todo un poco. Oye, ¿me pasas otro trozo? Lucía, siempre hambrienta . ¿Y esa carita de preocupación?

Nada saltó Carmen , tú come. Que por cierto, la Sonia me ha pasado empanada. Toma. Y tu Julián, ¿dónde está?

En casa, en cuarentena.

¿Cómo?

Gripa gorda, le han dado la baja. Falta limón, lo olvidé. ¿Tenéis miel? ¿Qué hacéis con los esquís en la puerta, os vais al Pirineo?

Es tu abuela, que hace limpieza. Paco cambió de tema.

Lucía aprovechó para ir a la salita y jugar con Sombra, el gato.

Carmen miró a Paco, gesto de aquí huele a chamusquina. La niña esquivaba preguntas…

Por la radio, Ana Karenina a punto de arrojarse a la mismísima vía del tren Carmen congelada, escuchando.

Ay, Paco, ¿por qué me tortura así? cuchicheó Carmen al oído.

Voy yo, voy yo, que me lo cuenta todo a mí. Paco entró en la salita y palmeó el sofá.

Lucía, vente aquí.

Ella, dejando al gato enredarse entre los hilos, se sentó.

¿Qué pasa, abuelo? ¿No te fascina ese artículo de pesca? ¿Me dejas estar aquí un ratito?

Sí, muy bueno. ¿Vamos juntos de pesca algún día?

Claro, cuando acabe unas cosas… respondió arropándose con la chaqueta de la abuela.

Lucía… ¿Te pasa algo con Julián? Hija, no te agobies, que todas las parejas pelean y ya… Lo importante es que lo cuentes, que aquí estamos para lo que sea, para sacarte del río si te caes. ¿Tú me crees?

Te creo, abuelo. Solo quiero echar una cabezada. Sois los mejores del mundo… Aquí huele a colonia y mermelada, qué bien se está… Ya pescaremos un lucio… Me he pasado solo a veros, os echaba de menos…

La voz de Lucía se fue apagando hasta que se durmió, encogida junto a su abuelo.

¿Y bien? Carmen apareció asomando la cabeza, ansiosa. ¿Se separan? ¿Le han despedido? ¿Ha robado Julián? ¡Dímelo ya!

¡Carmen, hija, qué ganas de enterrar a la gente! Lucía solo ha venido a casa, a ver a su abuelo, a estar en familia, ¡ya está! Deja de tragarte la telenovela, anda. Ve a por tus pastillas.

Entonces Sonia llamó otra vez, entregó una botella de licor rosa a Carmen.

¿Qué? ¿Se confirma el drama? Cuéntamelo…

Carmen se irguió, se apañó la coleta y le soltó:

¡Aquí todo bien! ¡Como debe ser! Deja de inventar fábulas. La niña vuelve a casa y punto, y a ti no te necesitamos con tus licores raros. Anda, tira.

Le metió la botella y el plato vacío en las manos y cerró la puerta.

Y mientras en la radio Ana Karenina completaba su destino, Carmen tiró del enchufe y el aparato enmudeció.

¡Hoy sí es fiesta, que ha venido la nieta! ¡Y a ver quien habla de penas en este salón! sentenció, sirviendo el té con decisión.

¡Menuda gente! pensaba, ceño fruncido . De una mosca hacen un toro, y aquí todos en trance. ¡A ver si se dedican a otra cosa!

¡Paco, Lucía, venid a por tarta! ¡Que hoy es fiesta y aquí sobran las excusas! gritó, rematando el menaje sobre el fogón. Si hay que celebrar, se celebra.

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