Estoy en casa. Suena el timbre. Abro la puerta y veo a una mujer. Una señora como cualquier otra, ni mejor ni peor que yo, y de más o menos mi edad. Me dice:

Estoy en casa, tranquila, cuando suena el timbre. Abro la puerta y me encuentro con una mujer. Una señora como otra cualquiera, ni mejor ni peor que yo, y de más o menos mi edad. Me dice:
Buenas tardes, ¿podríamos hablar un momento sobre Paco? Verás, resulta que soy la amante de tu marido.
Así empieza la velada, nada mal, ¿eh? Pero bueno, yo siempre creo que si alguien me trata con cortesía, yo respondo de igual forma, hasta que nos dé un susto el corazón a alguna de las dos.
Pase, por favor digo. Vamos a comentar lo de nuestro Paco.

Me alegro de que no me hayas tirado el cazo dice ella. No lo soportaría, siempre tuve pánico a los cacharros de cocina volando. Ya me decían que eres una mujer educada y con clase.
También he oído hablar de ti respondo. Espera, déjame recordar Tienes treinta y siete años, eres madre soltera y tienes formación de grado medio
Bueno, ahora ya tengo la universidad responde con modestia. La terminé a distancia.
Si no me equivoco ¿eres Elena Martín? digo poniendo el agua para el té.
Exacto dice. ¿Y tú eres Elena Torres? Así que tocayas, mira tú.
Eso mismo pensaba yo. ¿Por qué Paco quiere mujer y amante con el mismo nombre? ¿Falta de imaginación o amor por lo clásico?
Yo creo que lo suyo es más simple dice ella. Así nadie se confunde en la cama. Paco es muy listo.
Listísimo digo yo. Y ni te cuento la creatividad que tiene. Nuestra hija también se llama Elena, por cierto.
Pues mi hijo también es Elenito responde la amante. Y sí, de Paco.
Lo sé digo yo, la gente habla mucho. Paco es la alegría de la casa, no se complica la vida con los nombres. Bueno, siéntate, que veo que has traído tarta.
Claro dice, y no te preocupes, no está envenenada. No somos rivales, estamos unidas por la desgracia. Yo soy una persona decente, ¿para qué te iba a envenenar?

¿La has comprado en el Día, el de la esquina? pregunto.
Sí, ahí mismo.
Con las tartas del Día no hace falta envenenar. Ya hacen el trabajo solas ¿Cuánto azúcar quieres?

Nos sentamos, tomamos té y nos comemos la tarta cortesía de la amante de Paco. Le digo:
A ver, tocaya, ¿qué te trae por aquí?
Pues mira dice Elena Martín, yo soy práctica, pero no busco líos. Pero con Paco tenemos que hacer algo. ¿Tú qué le hiciste ayer que lo dejaste para el arrastre?

Estuvimos arreglando la habitación de la niña respondo, no hice nada más.
¡No cuidas al hombre! me reprende. Hoy me prometió venir a colgarme los muebles de la cocina. Pues nada, llegó, se derrumbó en el sofá y no había dios que lo levantara. Le puse un poco de Voltaren en la espalda, pero ni por esas. Menudo fichaje, ni para soldado sirve.
Qué se le va a hacer ¿Cuánto te costaron los muebles?
Mil ochocientos euros dice ella. Pero combinan genial con los azulejos. Entonces, ¿qué hacemos con Paco?
Que se quede a dormir en tu casa sugiero. Si hoy no puede ni moverse, ¿para qué lo quiero yo?
No hablo de hoy solamente dice, es que hay que organizarse a largo plazo. Mi hijo casi no ve a su padre y yo ahora tengo que preparar el huerto y terminar la obra de la cocina

Sigue, que esto se pone interesante le digo.
Verás, te propongo algo práctico dice Elena. ¿Por qué no nos repartimos a Paco, así, con horarios?
¿Como si fuéramos una pyme? ¿Con acciones de «Marido Paco, S.A.»?
¡Exactamente! exclama ella. A ver, tampoco es justo que cinco días y medio esté contigo y yo sólo lo vea el resto. Cédeme un par de días más, anda. Que tengo tres parcelas en el huerto y me paso el verano cavando sola. Que encima Paco nada más llegar lo primero que pide es ensalada
¿De algas marinas se la haces? ¿Y la de queso y ajo?
Eso ya no sé hacerlo dice ella. A Paco le gustan más tus ensaladas, ya me lo ha soltado. ¿Me pasas la receta?
Pero tú le haces pollo relleno, que lo ha ido pregonando por el barrio. ¿Cambiamos recetas?
Se las cambiamos y nos servimos la segunda taza de té.

Yo no reclamo tener a Paco todo para mí dice Elena. Solo necesito un poco. A veces apetece que un hombre deje los calcetines en el sofá y fume en el balcón; eso da vidilla y saca de la monotonía. ¿Nos organizamos?
¿Como los vigilantes del mercado? ¿Turnos de dos por dos?
Más o menos, mira: el miércoles y sábado no lo necesito. Pero jueves y viernes me vienen bien. Me han invitado a una reunión de antiguos alumnos y si voy sola, van a estar todo el rato llamándome solterona

De acuerdo digo. Te lo cedo hasta el sábado. Pero no le dejes comer mucho en la reunión y que no mezcle, que luego Y oye, ¿qué hacemos con el sueldo de Paco?
Yo dinero no le pido dice Elena, me las apaño sola con mi hijo. Si le compra algo a Elenito o lo lleva de paseo, perfecto. No os falta de nada.

Montamos el calendario de visitas de Paco. Añadimos cláusulas: que debe llegar pulcro, afeitado, comido, planchado y con los calcetines enteros.
Eso sí, que «Marido Paco, S.A.» no venga alterado por broncas y esté predispuesto a mantener la paz familiar. Alimentado, satisfecho y, si procede, también feliz en otros aspectos.

Por cierto dice ella, algo tímida, si una semana me baja la regla o me pongo mala ¿qué hacemos?
Confiamos la una en la otra le digo. Sólo avísame, yo cubro el turno. Aunque conociendo a Paco, si está con el mando de la tele y la tripa llena, no es un peligro para nadie.
Ya dice ella con resignación. El primer año «Marido de otra, S.A.» cumplía con creces. Luego ya, con retrasos, y ahora si llega a cumplir un 30 o 40% de los turnos, nos damos con un canto en los dientes. Y mira, será para labrar el huerto o acompañarme a alguna cena, pero para eso todavía sirve.

Nos terminamos la tarta del Día y firmamos el acuerdo. Dividimos las copias y nos damos la mano.

Gracias, de verdad dice mi ahora ex-comadre. Gracias por no saltarme al cuello ni tirarme nada. Eres una señora, Elena Torres. Me voy a darle la noticia a Paco. Seguro que se alegra, está harto de mentirnos a las dos.

Al cerrar la puerta, guardo el contrato en una carpeta. En ella tengo otro borrador: mi amigo de toda la vida, Luis Ortiz, quiere sustituir a Paco en caso de baja o ausencia, y anda detrás de que le firme otro acuerdo.
Ese aún no está firmado. Yo también tengo derecho a pensármeloSonrío mientras abro la carpeta y releo la letra temblorosa de Luis: Ofrezco compañía, cenas semanales y arreglos de fontanería. No fumo en el balcón. Prometo aprender a preparar ensalada de queso y ajo.
Me lo pienso unos segundos. Dejo la carpeta en su sitio, cierro la puerta y escucho en el rellano el eco de los pasos de mi tocaya.
En la mesa quedan las tazas vacías, las migas de tarta y un olor dulce a acuerdos imposibles. Miro el reloj: las siete en punto.
Por la ventana, las nubes afilan la tarde y en la calle, Elenito y mi hija juegan a la pelota, gritando el nombre de Paco como si en vez de hombre fuera premio.

Tal vez mañana llame a Luis. O tal vez no.
Quizá, después de todo, me quede así, con mi contrato guardado y mi casa en paz, tomando té con quien me apetezca, y dejando la puerta entreabierta.
Por si alguna vez, entra el futuro con una sonrisa y ganas de compartir tarta de supermercado y alguna receta nueva de felicidad.

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Estoy en casa. Suena el timbre. Abro la puerta y veo a una mujer. Una señora como cualquier otra, ni mejor ni peor que yo, y de más o menos mi edad. Me dice:
Tengo miedo de perderte