Los chalados

Inés, hija, siempre has sido un poco chiflada, ¡no cambias! ¡Te lo digo en serio! bufaba Catalina, arrojando sobre la cama las ropas nuevas que había comprado para su hermana en pleno centro de Madrid. ¿Pero para qué te metes en problemas ajenos? ¡Como si no tuvieras bastantes propias! ¿No has tenido suficiente ya?

Catalina, robusta y siempre de voz firme, revolvía la bolsa mientras Inés, callada, la miraba con ojos tranquilos. Nunca se compraba nada para ella, siempre ahorrando, sin decir jamás para qué ni por qué. Sin hijos, sin marido. Sí, estuvo casada una vez, pero aquel matrimonio fue un paréntesis tan breve como inútil; acabó en menos de lo que dura un fandango. Apenas había pasado una semana cuando su marido se marchó con las pocas pertenencias que le quedaban y de paso, se llevó los pendientes de oro que la abuela les había dejado en testamento. Aunque esos pendientes, mejor hubieran terminado en manos de Catalina: habrían estado más seguros.

¿Se puede saber por qué no dices nada, Inés? ¡Pareces una bendita! Anda, pruébate la ropa, no vaya a ser que me haya equivocado con la talla.

Las prendas de estampados vivos y cortes modernos no complacieron nada a Inés. Siempre prefería los tonos suaves, las telas lisas. Catalina, en cambio, adoraba la moda llamativa: ese día lucía una falda verde chillón, “verde albahaca”, decían en el mercado, y una blusa estampada de leopardo, lo último de lo último según las revistas.

¡Mira! Ahora sí pareces alguien de verdad gruñó Catalina, viendo cómo su hermana tiraba nerviosa del jersey, demasiado corto para su gusto. ¡No protestes, que te sienta bien! Igual te ayuda a ver si cazas algún mozuelo en estos años tranquilitos que te quedan. Alguno deberías tener, que yo no soy eterna, Inés ¿Qué será de ti cuando me falte?

Su voz se quebró de un modo casi imperceptible. Inés, percibiendo ese tono conocido, se acercó y se acurrucó en su generoso pecho, como tantas otras veces desde que su madre faltase, hacía ya décadas.

No llores, tonta le susurró Catalina, abrazándola y acariciando su pelo salpicado de canas. Te quiero, aunque a veces no lo diga Y tú lo sabes.

Lo sé.

Bueno, cuenta, ¿en qué lío nuevo te has metido esta vez?

Inés alzó la vista y dibujó una sonrisa serena. Desde que su madre murió y su padre desapareció de sus vidas, Inés solo tenía a Catalina. Fue ella, con sus apenas veinte años, quien dejó la universidad para sacar a su hermana adelante. Sacrificó juventud y sueños con la dignidad callada que caracterizaba a las mayores de su estirpe. Las dos habían sobrevivido en el humilde barrio de Lavapiés, repartiendo las penas y las alegrías como buenamente podían.

Inés nunca fue de crear problemas. No tuvo berrinches de adolescente ni sobresaltos en su conducta. Si acaso, rescataba gatos callejeros o ayudaba a la anciana del tercero, olvidando que también tenía deberes, que el supermercado no se visita solo y que los cristales no se limpian por arte de magia. Tenía Inés ese corazón más grande aún que el de Catalina, y eso cualquiera que la conocía lo sabía.

Has salido a mamá negaba Catalina con la cabeza, cada vez que Inés le contaba que había encontrado hogar para otra camada abandonada. También ella sufría por todos, personas y animales. Pero, hija, el corazón no da para tanto. ¿Cómo voy a arreglármelas yo sin ti?

¡De ninguna manera! respondía Inés riendo, con esos ojos azul cielo de primavera, capaces de devolverle la esperanza más aciaga.

Catalina reprendía a su hermana. Temía por ella. Sabía bien que a quienes sienten así, tan a flor de piel, la vida no les trata fácil. Entregan hasta la camisa, sin pedir nada, por hacer el mundo un poco menos frío. Gente así no busca la famosa medida de oro. Asumen que su misión es inclinar la balanza hacia el bien, aunque el mundo ofrezca más sombra que luz.

Cuando Inés, con dieciocho primaveras y belleza serena, confesó estar enamorada, a Catalina le tembló el alma. Temía que acabase dejándose la vida entera en las manos equivocadas.

No tardó en descubrir que tenía razón. Samuel nunca le gustó a Catalina. Siempre miraba a Inés como si fuera un caramelo caro que no se atrevía a desenvolver todavía. Con el tiempo Catalina entendió que lo suyo era el control, y la dependencia.

Tardó bastante en enterarse del sufrimiento de su hermana, que Samuel le prohibía venir de visita. Al principio, lo aceptó como deseo de independencia de la pareja, pero pronto se le acumuló la desconfianza. Una tarde interceptó a Samuel en la escalera:

¿Dónde está Inés?

El hombre, bajo y nervioso, sonrió de medio lado:

No te metas, no es asunto tuyo.

En aquel instante, Catalina supo que debía actuar. Recuperar a su hermana fue cuestión de minutos: un par de palabras firmes bastaron. Samuel nunca más volvió a ponerle una mano encima a Inés.

El ojo morado de Inés dejó a Catalina sin palabras. Nunca imaginó que alguien pudiera agredir a una persona así de vulnerable y dulce.

¿Por qué no dijiste nada? lloraba, abrazándola con fuerza.

Porque te conozco, y sabía que lo habrías matado. Tengo miedo, sí, pero por ti.

Después de aquello, Inés rehuyó el matrimonio. Las ofertas no le faltaron, que belleza y bondad no son moneda rara. Pero el miedo la acompañaba, ese miedo que ahoga la risa y emborrona la esperanza. Catalina, viendo el daño que los hombres causaron a su hermana, dejó de insistir en unirla a otros y se ocupó de criar a sus propios hijos, Martín y Sofía, a los que Inés adoraba como si fueran suyos.

Inés, ¿por qué no tienes uno tú, aunque sea sola? Aquí estamos todos para ayudarte proponía Catalina.

No, Cata, no es lo mío. No sé si sería buena madre y además, ya tengo a Martín y Sofía, ¿no crees? A veces ni para ellos me llega la fuerza. Déjame así.

Catalina aceptó con resignación, convencida de que no lograría cambiar el destino de Inés, y la animó a buscar otro trabajo menos rutinario.

Mira, Inés, en el parvulario los peques tienen familia, pero en la casa de acogida hace falta alguien como tú. ¿Por qué no pruebas?

Inés apenas necesitó pensarlo. En cuestión de semanas empezó a trabajar en un hogar de menores, convencida de que aquellos niños, sin madre, ni padre, ni nadie, precisaban más que nadie de amor y cuidados.

Así empezó otra etapa en la vida de Inés, la de madrina invisible de decenas de niños y jóvenes. Con paciencia infinita, les enseñaba a cocinar, lavar la ropa o preparar la colada, y cuando llegaban a la mayoría de edad, los ayudaba con la mudanza, con un plato de comida caliente o simplemente con una palabra de aliento.

Con el tiempo, su costumbre de llamar a todos cariño, gato, o pajarito primero extrañaba, luego enternecía. Los que habían pasado por sus brazos la querían como a una madre. Era normal ver a algún chaval, ya hecho y derecho, cruzar la Gran Vía para darle un beso y preguntarle si necesitaba algo.

Mi pez, ¿otra vez sin pagar el gas? Te van a cortar la luz decía Inés cuando se cruzaba con alguno por la calle.

Mamá Inés, me encargo esta semana.

Y esa chaqueta, ¿cómo está tan sucia? Te va a dejar la novia y lo sabes bien.

Esta no me deja, nos casamos el mes próximo.

¿Y no me lo dices? bromeaba ella, mientras el chico se excusaba. Pues dile a Marta que la esperamos este fin de semana para ir a la finca de los tíos, a ver si recogemos cerezas y hacemos confitura. Y tú, nada de excusas.

Se despedían, cada uno a lo suyo, pero la hebra que los unía a Inés persistía, tejiendo una familia tan improvisada como generosa, dispersa por todo Madrid.

Pero no todo eran agradecimientos. Algunos, incapaces de soportar tanta luz en su vida, se aprovechaban de su bondad. Le llegaron a robar alguna vez, y no faltaba quien le recriminara perder el tiempo con gente perdida.

Eso no sirve de nada, Inés le espetaban. Esos críos seguirán igual de maleantes. Mejor cuídate tú.

Ella respondía con una sonrisa apacible, confesando a Catalina:

¿Cómo les pides amor a quienes nunca lo han recibido? Nadie puede dar lo que no conoce

La fatalidad la golpeó una noche al regresar a casa; alguien la asaltó al pie de su portal. Un golpe seco en la cabeza, la paliza brutal, casi como intentando apagar de un mazazo la esperanza en el mundo. Fue un vecino, Pepe el de la ferretería, quien la encontró en un charco de sangre al volver, tras echar unas copas con unos amigos.

¡Pero cómo osan! ¡Inés, abre los ojos! lloraba mientras pedía auxilio.

Catalina, enterada de la tragedia, llegó al hospital seguida de su familia como alma que lleva el diablo.

¿Vivirá? preguntaba a cada médico que se cruzaba en el pasillo.

Las respuestas, frías y cortantes, apenas le servían para calmar los nervios. Solo cerca del mediodía llegó la noticia: Inés sobreviviría. Los médicos habían hecho todo lo posible.

Durante esas horas, la sala de espera se llenó de todos aquellos que alguna vez llamaron mamá a Inés. Muchos lloraban sin contener las lágrimas, cruzando plegarias para su recuperación. Todos estaban allí no solo por gratitud, sino por sincero cariño.

Catalina, entre sollozos de alivio, descubrió que su hermana no era solo su Inés esa a quien toda la vida se sentía obligada a proteger sino la Inés buena, la Inés grande que había construido, sin apenas saberlo, toda una familia.

Ay, sol mío, ¿qué haríamos sin ti?

Inés, dicen, escuchaba las voces y plegarias incluso desde el lecho de hospital. Cuando abrió los ojos, con los médicos encorvados aliviados, lo primero que preguntó fue por su hermana.

Tu Catalina está fuera, esperando. Te la traeremos en cuanto te pase a planta, pero ahora, descansa.

A los agresores los detuvieron en poco tiempo. Nadie logró comprender, ni falta que hacía, cuál fue el motivo de tanta violencia. Cuando Inés los reconoció desde el banquillo, no musitó ni una palabra: simplemente apartó la vista. Ese gesto de derrota simple, rotundo les dolió mucho más que cualquier reproche. Solo uno de ellos, meses después, se atrevió a escribirle una carta pidiendo perdón. Inés contestó con letras temblorosas, todavía con la mano maltrecha, y le pidió a Catalina que le ayudara a vender su humilde piso del centro.

¿Y eso, Inés?

Quiero un cambio de aires. No quiero que me busquen aquí.

Catalina comprendió el motivo y se puso a buscar comprador. Pero los hijos de Inés intervinieron y buscaron una solución mejor: consiguieron una buena vivienda algo más amplia, también céntrica, y juntos la arreglaron con esmero.

¡Pero si esto parece un palacio! exclamó Inés el día que la trasladaron.

No tenía lujos, pero los detalles, el cariño volcado en cada arreglo, le devolvieron el brillo a los ojos. Ahí tuvo sitio para cuidar más gatos y abrir su hogar a quienes lo necesitaran, aunque Catalina protestase por el ir y venir de chavales que aún no habían conseguido su vida.

A la tenacidad de Catalina se le abrían puertas con solo llamar. Ya fuera por su carácter o por sus gritos, los funcionarios preferían resolver las gestiones rápido, antes de que se liase una buena.

¿No tienen vergüenza? bramaba en el Ayuntamiento. Con lo que se gastan, y ni un minuto de atención a los huérfanos. Pero yo me encargaré de que cada euro que falte tenga nombre y apellidos.

Poco a poco, cada chico encontraba su camino, y cuando parecían asomar los problemas, Catalina otra vez lideraba la carga como una Quijote inquebrantable. Sabía que en el barrio las llamaban las chifladas, pero a ella le daba igual. Sentía, en lo más hondo, que esa era su misión: Inés para los niños, ella para Inés.

Así era y así debía ser.

¿Y ahora, Inés? preguntaba Catalina cada vez que su hermana llegaba con una nueva historia.

Es una muchacha, Cate, sin techo ni nadie, y con un niño en brazos.

¿Y qué edad tiene la criatura?

Diecinueve años ella. Y sola.

Pues ahora te tiene a ti decía Catalina, mirándola de arriba abajo. Ese verde, no te lo pongas más.

¡Cate!

No te quejes. Lo solucionaremos. ¡Tenemos tiempo!

Y brillaban los ojos de Inés, mientras Catalina suspiraba, convencida de que el mundo era mejor gracias a su hermana. Al final, ¿qué importa si te llaman chiflada, lunática? Si el amor que das cambia una vida, ¿qué más da?

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