Pues mira, te cuento una historia que paso en nuestro pueblo, Cercedilla, cerquita del río, donde siempre se escucha el murmullo del agua. Allí vivía una chica, se llamaba Elvira. Era muy reservada, casi invisible. Ya sabes, de esas personas que parecen que están pero apenas se notan. Siempre con la mirada baja, una trenza finita de ese rubio ceniza tan nuestro de la sierra, y siempre un pañuelito ajado cubriéndole la cabeza. Trabajaba en Correos, clasificando cartas y repartiendo las pensiones.
Nadie le prestaba mucha atención a Elvira. Los chicos del pueblo, esos sí, venían siempre pavoneándose como gallos, buscando chicas risueñas, lanzadas, de esas con genio. Pero Elvira era otra cosa
Aquel año, con la primavera, trajeron al pueblo a un nuevo mecánico para la cooperativa agrícola, un tal Nicolás. Alto, hombros anchos, melena negra, mirada viva y pícara. Y encima, tocaba la guitarra. Por las noches, al salir de la peña, se ponía a rasguear y a todas nos daba un vuelco el corazón, y a Elvira más que a nadie, hasta el punto que, yo creo, perdió la cabeza.
Pero claro, ¿qué iba a hacer ella, tan discreta, ante ese galán? Las más guapas del pueblo se le pegaban como la miel y ella ella solo lo miraba a lo lejos y suspiraba tan hondo que a mí se me encogía el alma.
Y entonces, te juro que empezó a pasar algo rarísimo en el pueblo.
A Elvira le empezaron a llegar cartas. Desde Madrid, además. Con unos sobres bonitos, gruesos, la letra de hombre, grande y firme. Como ella misma trabajaba en Correos, era la primera en verlas, pero lo que uno no cuenta se acaba sabiendo, y nuestra cartera veterana, la tía Sebastiana, que era más lengua que piernas, no tardó en largarlo todo:
¡A la Elvira le escribe un madrileño! ¡La tiene enamorada, ya verás que se nos va a la capital casada!
Elvira empezó a andar diferente, con un aire misterioso, los carrillos rosados, los ojos chispeantes. Hasta se puso guapa. Se enderezó la espalda, recogió la trenza con una cinta de raso. Paseaba por la plaza con su carta en la mano como quien lleva una medalla.
Y claro, Nicolás empezó a mirarla. Ella tenía algo ahora. Ya sabes cómo son los hombres, basta que vean que una chica gusta a alguien para que empiecen a fijarse.
La pobre Elvira, ciega de ilusión, se sumergía cada día más en ese sueño. Se sentaba en el banco junto al portal de Correos, leía sus cartas y sonreía como si le hablaran al oído. Y las vecinas cuchicheaban por detrás: Qué suerte tiene la sosa esa
De repente, todo explotó. Un día de fiesta, con la plaza a rebosar junto al centro cultural, guitarras y jaleos, los chavales bailando. Elvira, guapísima en su vestido nuevo de algodón, se arrimó por allí con su bolsito cruzado.
Y entonces, los gemelos Ortega, que venían ya con buen vino en el cuerpo, se acercaron a hacerle una broma y le tiraron del bolso. Que estaba ya el pobre viejo, y la correa se rompió. Se le cayó, se abrió y rodaron por el suelo todas sus cosas y también ese manojo de cartas atadas con una cinta roja.
Uno de los gemelos, Santi, agarró el fajo y empezó a reírse:
¡Eh, mirad todos! ¡Vamos a ver qué le pone el madrileño a nuestra virgencita!
Elvira fue a arrebatárselas, blanca como la leche:
¡Dámelas, por favor!
Pero Santi, que era rápido, las abrió y leyó en voz alta, con recochineo, toda la plaza en silencio escuchando:
Mi querida Elvirita tus ojos son como lagos azules
La gente callada. Era bonito, lo que leía. Luego Santi se quedó pillado. Agarró otro papel, este arrugado, escrito de un lado y de otro. Lo llevó bajo la farola, lo miró, entrecerrando los ojos.
Y de repente gritó, que hasta la guitarra se calló:
¡Pero si esto es de risa, mirad! ¡Todo tachado! Primero pone Querida Elvira, luego lo raya, luego pone Amada mía, y lo vuelve a tachar. ¡Esto es el borrador, la carta que ella misma escribió y corrigió!
Y el jolgorio fue mayúsculo. De las acacias volaban hojas de tanto reír:
¡Que se escribe cartas a sí misma!
¡Vaya imaginación! ¡Se ha inventado un novio!
Elvira allí, en medio de un corro, tapándose la cara con las manos, temblando. Por poco se la traga la vergüenza. Yo, que era joven entonces, me quedé paralizada, sin saber cómo consolarla.
Y entonces se hizo un silencio raro. Nicolás, que estaba sentado en los escalones con su guitarra, la dejó a un lado. Se levantó despacio. La gente se apartó al verle la expresión seria, dura.
Se acercó a Santi, sin decir nada, le quitó el montón de cartas sin que rechistara, recogió los sobres del suelo, los sacudió, y fue hacia Elvira. Ella no levantó la cara.
Le tomó del brazo, con cuidado pero firme, y con voz alta para todos:
¿De qué os reís tanto, eh? ¿Nunca habéis visto a una persona?
Luego bajito, solo para ella:
Anda, Elvira, vamos, ya está bien de fiesta por hoy.
Y así cruzaron la plaza, él llevando su bolso con esos papeles desgraciados y dándole la mano, rodeados por ese silencio incómodo que solo trae la vergüenza ajena.
Desde esa noche empezó lo suyo. No fue de un día para otro, claro. A Elvira le costó volver a mirar a la gente a la cara. Pero Nicolás no se despegaba de ella, la esperaba al salir del trabajo, le llevaba flores del campo. Y en seis meses, boda con menú de cocido y rosquillas en el mesón.
Vivieron de maravilla, de esas parejas que se entienden con la mirada. Nicolás la adoraba, siempre pendiente de ella. Elvira floreció, buena ama de casa, madre de tres chicos. Y nadie volvió a reírse del asunto de las cartas. Nicolás tenía esa mirada que calla a cualquiera de un golpe.
Pasaron los años. Nicolás falleció hace tres, cuestión de corazón. Elvira, pobre, se quedó muy tocada. Yo le hago compañía a menudo, para tomar algo y charlar.
Un día, sentadas en su salón, con el olor a manzanas secas y la lluvia en el tejado, Elvira rebuscaba en el cajón de su cómoda. Sacó una caja de madera tallada, de esas que sólo un enamorado puede hacer.
La abrió y allí estaban, las cartas. Ya amarillas, con los sobres muy gastados.
¿Sabes, Lola?, me dijo, temblándole la voz, yo pensaba que aquel día Nicolás las tiró o las quemó. Jamás me atreví a preguntarle. Me pesó toda la vida esa mentira.
Cogió el sobre de arriba, y debajo encontró un folio a cuadros, limpio, nuevo, claramente escrito poco antes de que Nicolás se fuera.
Elvira cogió las gafas, llorando despacito, y me da el papel:
Léelo tú, por favor. Ya no veo bien.
Yo lo leí, y aún me estremezco al recordarlo. Decía así:
Elvirilla mía: He encontrado esta cajita y he vuelto a esconderla. Perdona a este viejo tonto por callar tantos años. Siempre vi cómo te pesaba aquel asunto de las cartas. No quería remover lo que dolía, pero ahora pienso que debí decírtelo antes, para que no llevaras esa piedra dentro. Aquel día, en la plaza, supe enseguida que eras tú la que las había escrito. Te conocía la letra de tanto ver tus recibos. ¿Sabes por qué no me reí yo? Porque me dolió el alma. Pensé en lo sola que debía estar una para escribir esas cosas a sí misma. Y nosotros, ciegos, sin ver la belleza de esa alma. Gracias por esas cartas, Elvira. Si no fuera por ellas, quizá nunca me hubiera dado cuenta de que eras el amor de mi vida. Para mí, siempre fuiste la más guapa de todas. Tu Nico.
Acabamos llorando a moco tendido. Olía a manzanas, a infusiones y a esa ternura triste que ya no se ve mucho en estos tiempos.
Así son las cosas. Elvira mintió de puro desespero, para que la mirasen. Y Nicolás no vio la mentira, sino el dolor que la provocaba. Y la quiso. Toda la vida la quiso.
Ahora, cada vez que veo esa cajita pienso: no juzgues a quien hace tonterías por amor. Nunca sabes cuánto necesita alguien un poco de cariño.







