Al ver cómo Simón dibuja otro Hombre Araña en su cuaderno en vez de resolver el enunciado del problema, sus padres comprendieron que el único miembro de la familia con un futuro tranquilo y asegurado sería el gato.

Al ver a cómo Nicolás Garcés dibujaba otro Spider-Man en su libreta en vez de copiar el enunciado del problema de matemáticas, los padres asumieron resignados que el único en casa con un futuro asegurado sería el gato, Tigre, conocido por dormir dieciséis horas al día y pedir jamón serrano como desayuno.

Casi una docena de profesores particulares desfilaron por el salón: matemáticos, físicos, hasta uno que decía entender la gravedad cuántica, pero nada. Con cada nueva visita, Nicolás se volvía más filósofo: La vida es una feria de vanidades, sentenciaba mientras devoraba napolitanas de chocolate y veía dibujos en el móvil. La idea de esforzarse le parecía tan anticuada como el fax.

Ya al borde de la desesperación, el padre vio un anuncio surrealista por Internet: Vendo mancuerna olímpica y garantizo amor por los deberes y el deporte. Método propio. Doy clases de matemáticas, historia, lengua castellana, inglés, bíceps, tríceps, espaldas, literatura y pectorales. Firmado: Teodoro.

Ante tanta impotencia, la sensatez parental salió por la ventana. El padre marcó el número y le contestó una voz ahogada entre jadeos y ruidos rítmicos metálicos.

Te escucho, gruñó Teodoro, mientras de fondo tronaban pesas golpeando el suelo.

Buenas, llamaba por el anuncio

La mancuerna ya la vendí, interrumpió y casi colgó.

¡No, no! Es para que enseñe matemáticas y lengua a mi hijo.

¿Edad, peso y nivel del alumno?

La franqueza de Teodoro asustaba y alentaba a partes iguales. El sonido del fondo cambió a saltos de comba; hasta olía como a sudor y colonia de coco.

Nueve años, veinticinco kilos, casi sabe sumar con llevadas y

¿Cuántas flexiones hace?

¿Cómo dice?

¿Y dominadas?

Ni idea, cinco flexiones con suerte, atinó el padre.

¿Distingue un prefijo de un sufijo?

Eh tendría que preguntarle a mi mujer.

¿Qué herramientas tiene en casa?

¿Cómo?

Compás, transportador, bandas elásticas, pesas rusas

Una regla de madera.

Perfecto, pásame la dirección, llego en una hora, sentenció Teodoro, y gritó: ¡Piernas más abiertas, espalda recta! Esto es para mi clase de historia, no para usted, añadió antes de colgar.

El padre, ahora con las piernas firmes y la espalda derecha como una tabla, fue a buscar a Nicolás.

Al enterarse de la llegada de un nuevo profe, Nicolás subió el volumen de la tele y pidió un colacao con tostada. La ciencia le interesaba menos que el horóscopo de la revista.

Sonó el timbre y la madre de Nicolás, Carmen, miró por la mirilla. Tuvo que controlar la envidia: tras la puerta había una montaña de músculos enfundada en camiseta ajustada y de la que emanaba un aroma tropical.

Buenas, entró lo que sería el primo castizo de Aquiles, sacando músculo hasta con el saludo. ¿Dónde está el futuro Nobel?

Vi-vicente, tartamudeó Carmen, ha llegado el del Opel que amenazaste en la nota por el parabrisas.

Perdón, fue un malentendido, ya no soy oculista en el pasado.

Teodoro Fernández, profe particular, ahora, corrigió con voz grave.

Ah, es usted, dijo Vicente, padre de Nicolás, saliendo tras el mueble. Permítame la bolsa.

Teodoro le tendió una bolsa de deporte gigantesca que, al soltarla, hizo que Vicente tocara suelo sin remedio. Tigre, el gato, huyó a velocidad supersónica y se refugió tras dos puertas cerradas.

¿Qué lleva ahí? bufó Vicente, arrastrándola hasta la habitación de Nicolás.

Material didáctico: primaria y clases prácticas.

Nicolás, pegado al sofá con el móvil, solo levantó la vista cuando Teodoro irrumpió sin llamar.

¿Tiene taladro?

¿Para qué? preguntó Vicente.

Para practicar sintaxis, respondió Teodoro, mientras sacaba una barra de dominadas, un saco de boxeo y una cuerda.

Voy a preguntarle al vecino, usted preséntese, dijo Vicente, tembloroso. Nicolás, este es tu nuevo profe.

¿De dónde saca tantos músculos? preguntó el niño directamente.

Sumando en columna, respondió Teodoro, apilando discos de pesas como si fueran galletas.

Pues nada, apañaros, salió Vicente corriendo.

¿Eres más fuerte que Spider-Man?

¿Spider-Man levanta doscientos de press de banca?

Nicolás no entendió la pregunta, pero intuyó que no.

No me gustan los deberes, aclaró Nicolás, directo.

Los deberes son para perdedores. Nosotros vamos a trabajar los abdominales.

Se tumbó en el suelo y comenzó una serie imposible de ejercicios. Nicolás miraba, esperando a que el profe se cansase, pero no, solo variaba el ritmo y añadía más peso. Tras terminar el circuito, Teodoro preguntó:

¿Has memorizado todo? ¿Quieres ser fuerte? ¿Prefieres vivir eternamente entre telarañas y polvo como tu ídolo?

Nicolás negó con la cabeza.

¡Eso está bien! Haz todas las repeticiones tres veces por cuarenta y cinco menos treinta y nueve. Empieza con abdominales.

Eso, ¿cuánto es?

Dímelo tú.

No hay taladro, solo encontré un destornillador, entró Vicente justo y, al ver al niño haciendo flexiones, salió de puntillas cerrando tras de sí.

***

A la mañana siguiente, a las cinco y media, sonó el timbre. Vicente, todavía bostezando, abrió la puerta con ganas de soltar improperios, pero al ver la calvicie brillante de Teodoro, se le secó la boca.

Hoy tocan historia y geografía: vestimenta, zapatillas, camiseta y pantalón corto. Carrera de fondo estudiando el barrio y repasando fechas.

Solo va a tercero, aún no da esas asignaturas, protestó Vicente.

También leeremos poesía. ¿Se apunta usted?

No, gracias, fui buen estudiante en mi época.

¿En qué año se replegaron los visigodos de nuestra provincia?

Eh dentro de una hora tengo que ir a trabajar; mejor voy despertando a Nicolás.

Volvió enseguida:

No despierta.

Póngale ropa, ya se enterará corriendo, aconsejó Teodoro.

***

Tres veces por semana, Teodoro llegaba y comenzaba el entrenamiento: lunes, pectoral-tríceps-hombro-mates-lengua; miércoles, espalda-bíceps-literatura-inglés; viernes, piernas-historia-geografía.

En tres semanas, Nicolás salió a la cocina con el torso descubierto y el padre, al verle los abdominales, se tapó la barriga cervecera con la tetera. Ahora el niño corregía la postura a sus padres y prohibía ver la tele en el sofá.

Vicente, esto no me da buena espina, confesó Carmen una noche. ¿Sabes lo que Nicolás me pidió para su cumpleaños?

Ya lo sé: la PlayStation.

No, una espaldera y una batidora para hacer batidos proteicos. Te juro que ese Teodoro no es profe, es un entrenador loco. Nos va a dejar al niño como un culturista enano.

Pero si dice que estudian matemáticas

¿Le has visto con algún libro?

Tablas pero de calorías.

Por eso lo digo. Ya sabemos cómo son estos forzudos

¿Cómo son?

Cabeza hueca, insistió, tocando la mesa de cristal.

¿Y qué preferimos? ¿Un forzudo corto o un estudioso enclenque?

Pues un niño normal, como los de antes. ¡Se acabó!

En ese momento sonó el teléfono.

Es la tutora, Carmen cogió. ¿Dígame? ¿Qué ha hecho? Sí, sí, voy para allá.

¿Qué pasa ahora?

Se ha peleado en el cole. ¿Lo ves? ¡Ya está! Era cuestión de tiempo.

Voy contigo.

***

Fueron al colegio en taxi y, nada más llegar, citados al despacho del director.

Ya ves, profe nuevo y el niño ya al despacho del jefe, gruñó Vicente.

La sala estaba llena de padres, niños, la psicóloga escolar y la tutora. El jaleo era tal que desafinó el piano del aula de música.

Esto no es un gimnasio, es un colegio, saltó una madre.

¿Alguien me puede explicar qué ha pasado?

La tutora explicó:

Nicolás obligaba a los niños a jugar a la escalera en el recreo y llevar la cuenta con divisiones mixtas.

¿A la qué? preguntó Vicente.

Dominadas en barra y aumentando la dificultad, aclaró Nicolás.

¡Silencio! Los demás no querían y él les amenazó.

¡Pero si ellos empezaron! Me insultaron y yo solo les corregí la conjugación de presumido y apaleado. Me intentaron pegar y, como dice Teodoro: Si tienes energía de sobra, mejor haz una serie de dominadas. Y mejor que pegarse es dividir fracciones.

Dijo que si nos acercamos otra vez, nos saca las raíces cuadradas lloriqueó otro.

¡Este cavernícola no pinta nada aquí! gritó una madre.

Un momento, intervino Vicente. ¿Entonces no hubo pelea?

Los del supuesto bando agredido negaron tímidamente.

¿O sea mi hijo responde a los malos modos con mates y ejercicio?

¡Y les puso a correr y recitar a Calderón!

Mira, y tú preocupada porque iba a ser un cabestro, sonrió Vicente. Carmen asintió, sorprendida.

La directora intervino:

Debo disculparme con ustedes. Su hijo es brillante, pero, dado su nivel, vamos a adelantarlo de curso.

¡Justicia divina! saltaron algunos, refunfuñando.

A cuarto. Claramente ha superado el temario sentenció la directora.

El silencio era tan denso que casi se podía oír cómo la envidia roía los cerebros de los demás padres. Se fueron del despacho evitando la mirada de los Garcés.

Teodoro, le llamo porque nos pasan a cuarto; habrá nuevas materias, avisó Vicente saliendo del despacho.

***

Una semana después, Nicolás ya estaba en cuarto. Dos más tarde viajó a un campeonato de crossfit escolar y se apuntó a su primera Olimpiada Literaria Junior. Al mes, un antiguo padre de compañero llamó para pedir el contacto de Teodoro.

Con el tiempo, se formó un grupo mixto de niños que no eran expulsados por perder carreras, sino por suspender en lengua o mates. Y así, la casa se llenó de nuevos alumnos y de algún que otro gato musculoso pidiendo más jamón.

Todo muy normal, vamos.

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Al ver cómo Simón dibuja otro Hombre Araña en su cuaderno en vez de resolver el enunciado del problema, sus padres comprendieron que el único miembro de la familia con un futuro tranquilo y asegurado sería el gato.
Anoche, mientras él cenaba con su amante, pagué su cuenta y dejé una nota: “Mañana no vuelvas.”