No me arrepiento de nada

¡Y quiero que cuando vuelva el piso esté recogido! gritó doña Carmen Fernández mientras salía al rellano y pegaba tal portazo que retumbaron los cristales de las ventanas del edificio.

Ana, que bajaba en ese momento las escaleras, pegó un brinco del susto. Se quedó paralizada, rezando por que la vecina no la hubiera visto. Pero, claro, era soñar despierta: la había visto.

Ah, Ana… ¡Buenos días!

Carmen dejó casi con desgana una caja de cartón en el suelo, de esas de electrodomésticos, y empezó a abrocharse su abrigo a toda prisa. Se notaba que salía con prisa.

Buenos días, doña Carmen sonrió Ana, forzando amabilidad . ¿Otra vez los niños la han liado en casa?

¡No tienes ni idea! ¡Estoy que no puedo más! bufó la vecina, peleándose con el último botón.

Justo en ese instante, la caja pegó un pequeño movimiento.

Del susto, Ana casi salta aunque estaba a una distancia prudencial.

No es que fuera miedosa, pero tampoco imaginaba que en esa caja hubiese… algo vivo.

«¿Qué será esto ahora?», pensó.

Se imaginó, en un segundo, un robot de cocina “viviente” que por gamberro al estilo de escupir trozos de verduras crudos había acabado condenado a irse a la basura.

Mira, mira esto dijo Carmen, levantando la caja para mostrarle el contenido.

Ana se acercó con curiosidad y echó un vistazo dentro.

Sabía perfectamente que no habría ningún robot de cocina vivo ahí, pero aun así se llevó una sorpresa inesperada. Y agradable.

Dos ojitos la miraban desde el fondo de la caja, con una mezcla de miedo y curiosidad. Eran de un gatito diminuto.

¡Madre mía, qué monada! se le escapó a Ana, enternecida.

Ya ves tú de lo que te encaprichas murmuró Carmen, cerrando la caja con un suspiro.

¿Y eso? ¿De dónde ha salido?

¡De los niños! Que lo trajeron a escondidas Me arrepiento de haber permitido que se quedase en casa. Da más guerra que tres críos juntos. Yo también me dejé engañar por esos ojitos y esa carilla, pero es que es verdad lo que dicen: “No es oro todo lo que reluce. Será mono, pero tiene más genio que mi exmarido.

Tranquila, doña Carmen, que ya verá cómo se tranquiliza en cuanto crezca un poco intentó animarla Ana . ¿Va con él al veterinario, a ponerle las vacunas?

¿Veterinario? ¿Vacunas? ¡Ya me gustaría! ¡No puedo más con este demonio! Me lo llevo a la casa del pueblo. Que se apañe allí.

Ana se quedó mirándola, esperando que fuera una broma.

Pero con la mirada seria y los labios fruncidos de Carmen, vio que no iba en broma. Y no era 28 de diciembre ni nada; estábamos a 15 de noviembre.

¿Llevar el gato al pueblo? ¿Ahora que ya hace un frío que pela?

¿Y qué hago, me espero hasta primavera, te parece? Da igual cuándo lo lleve, lo voy a llevar igual. Si fuera invierno, igual. No es un gato: es una desgracia.

Se quedó un segundo callada, sofocada por el disgusto.

Al recuperar el aliento, siguió con su desahogo:

Si vieras cómo me tiene. He tomado más valeriana estos días que cuando me quedé sola con los críos. Así que mi decisión es firme: al pueblo y punto.

Pero… intentó decir Ana.

Bueno, también lo puedo dejar en el portal. Al fin y al cabo ahí lo encontraron. Pero seguro que los niños lo vuelven a meter en casa y lo escondan en el armario. Y yo no estoy para estos sustos. ¡Ya basta!

Carmen sacó el móvil del bolsillo, comprobó la hora y negó con la cabeza:

¡Mira cómo me lías! De verdad, Ana, que pierdo el autobús y luego me cuesta un riñón reponer el billete.

Se giró, caja en mano, y empezó a bajar las escaleras.

Ana la vio alejarse y no podía comprender cómo se podía dejar a un gato tan pequeño solo en una casa de pueblo, en pleno noviembre. Si es que el pobre ni sobreviviría…

¡Espere, doña Carmen! gritó Ana de repente.

¿Qué quieres ahora? ¡Te digo que llego justa!

No lo lleve al pueblo, por favor. Déjemelo a mí y yo le busco alguien que lo quiera de verdad. Déjemelo, por favor.

Carmen paró en seco y se giró despacio.

¿Alguien que lo quiera? ¿Qué insinúas, que no lo quiero? le lanzó una mirada asesina . ¡Con estas manos saqué adelante a mis hijos! ¿No te parece suficiente?

No, no lo digo por eso. Solo que, allí, solo, el gatito no va a sobrevivir… Si me deja, intento encontrarle una familia.

Si tiene suerte, sobrevive. Y si no puede, pues tampoco pasará nada; igual no tenía que haber nacido…

¿Y cómo puede decir eso?

¿Y qué culpa tengo yo? El gato no está hecho para la vida de piso. No se adapta.

Solo es un crío. ¡Aprenderá! dijo Ana, sin poder evitarlo . Que usted tampoco manda a sus hijos al pueblo aunque se pasen el día gritando.

Mis hijos son mis hijos, no me los compares con esto. ¡Pero vamos, llévatelo si tanta pena te da!

Carmen dejó la caja en el suelo.

Mejor para mí: ni tengo que gastar dinero en el bus ni perder toda la mañana. A ver cuánto te dura la paciencia… se despidió con sorna.

Se metió en su casa, pegó otro portazo (de esos de temblar los cimientos) y a Ana le llegó un estruendo:

¡A ver! ¿Cómo que no habéis empezado a recoger? ¡Traedme los móviles ahora mismo!

El resto del griterío ya no lo escuchó.

Ana cogió la caja con mucho cuidado, comprobó que el gatito seguía dentro y subió a su piso.

Así, sin buscarlo, se vio con una caja de robot de cocina… y un pequeño gato dentro.

No es que Ana hubiera planeado tener animales en casa. Menos aquel día, que solo iba al supermercado porque se le había acabado el café y, por una casualidad, pasó en el momento justo.

Y, si soy sincera, nunca fue de esas de babear por los animales, como cuentan los “catlovers”.

Pero dejar que Carmen lo llevara al pueblo, no. El corazón no le dejaba.

Esa indiferencia que nos pintan, en el fondo no es falta de humanidad. ¡Es que no se puede actuar así! Si basta con buscar a alguien que se enamore del minino. Con esa carita, seguro que a los dos días alguien lo quiere.

Solo habría que hacerle buenas fotos, publicar en internet y te encontrarías una cola en la puerta.

¡Facilísimo!

*****

Ana se puso manos a la obra en cuanto llegó a casa. Hizo unas fotos buenísimas al gatito y las subió a varios foros: Se regala gatito, Adopción responsable

Y se fue tranquila a por su café.

Y, ya que estaba, un saco de pienso de gatitos. ¡Había que darle de comer hasta que alguien se lo llevara!

También tuvo que comprar una bandeja higiénica y arena, inevitable. Gastos imprevistos, pero qué se le va a hacer.

Esto se lo paso luego al que lo adopte, pensó.

Y no le escocía, porque se sentía bien haciendo algo bueno.

Por lo que le había contado Carmen, el enano se llamaba Rosquilla, pero el nombre no le pegaba nada, así que Ana se inventó otro.

Probó muchísimos nombres la lista iba por el centenar hasta encontrar el definitivo.

Ahora eres Lolo, ¿vale? Espero que te guste preguntó al gato.

¡Miau! contestó el fierecilla, corriendo al pasillo a pelearse con unas zapatillas peludas, que no toleraba porque, en su cabeza, el que manda en la casa es él.

Ana sonrió viendo cómo el micifuz jugaba en el pasillo y se fue a encender el portátil.

Ana era fotógrafa freelance y le apasionaba su trabajo. Además de disfrutarlo, era capaz de sacarle un sueldo decente.

Y tenía pendiente editar unas fotos de un encargo urgente, así que se sentó a retocar con toda la concentración hasta que fue imposible.

Lolo, tras vencer a las zapatillas, se puso a correr de un lado a otro, chocando con sillas, puertas y muebles. Aquello era un escándalo.

¡Eh, enano! dijo Ana, girándose en la silla y señalándolo . Entiendo que estés aburrido, pero recuerda que es temporal

¡Miau!

Que sí, que es así. Estás invitado y tienes que portarte bien. Déjame trabajar, hombre.

Pero fue decirlo y sentir un remordimiento brutal. Lolo puso cara de drama: ojitos tristones y todo el cuerpo encogido.

¿Cómo se puede estar regañando a alguien tan pequeño?

Vale, juega, pero tranquilo cedió.

Lolo maulló feliz y siguió corriendo por la casa como si la hubieran diseñado para él. Ana, resignada, se puso los auriculares y se refugió en la música y el photoshop.

Hasta que, en cinco minutos, el terremoto de Lolo aterrizó debajo de la mesa y, no se sabe cómo, arrancó el cable del ordenador. Y salió corriendo tan pancho.

¡Madre mía! Ana miró la pantalla negra del ordenador, aguantando la risa y la rabia.

Los próximos minutos persiguió al gato por toda la casa. Ni rastro.

Eso sí, en dos ocasiones se pegó unos buenos golpes en el dedo del pie y contra la silla del escritorio.

Al recuperar la compostura y volver al ordenador, repasó los foros donde había publicado las fotos de Lolo. Un montón de me gusta, muchos comentarios pero todos iguales:

Qué ricura, Qué afortunada con ese gatito, Es un amor

Pero ni una sola persona preguntando por él. Ninguna llamada, ningún mensaje privado. Y, desde luego, tampoco colas en su puerta.

Así que decidió añadir a sus anuncios que ella misma lo llevaría a casa del nuevo dueño, aunque fuera al otro extremo de Madrid o, si hacía falta, a Burgos.

Seguro que ahora sí alguien se anima.

Mientras tanto, Lolo se cansó de tanto corretear, se subió al sofá y se puso panza arriba con cara de Quédate conmigo. Ana, claro, se olvidó del trabajo y se quedó acariciándolo hasta que el pequeño se durmió.

Y, de paso, ella también.

Así que ni fotos, ni correos, ni encargos ese día. Pero ¿y lo bien que se estaba?

*****

Una semana más tarde, Ana se dio cuenta de que encontrarle familia al gato iba a ser más complicado de lo que pensaba. Muchos likes, muchos qué bonito, pero cero interesados reales. Ni una sola llamada.

Y tras tres días más, lo pensó en serio: ¿Y si nadie se lo lleva? ¿Se quedará aquí conmigo para siempre?

¡Lo que me faltaba! exclamó, para acto seguido reírse de sí misma.

Lolo dormía junto al teclado, sujetando el ratón con sus patitas (razón por la que Ana no podía trabajar desde hacía casi una hora). Al escuchar el grito, el gato abrió un ojo y le lanzó un maullido ofendido, como diciendo: ¿No ves que es la hora de la siesta? ¡Un respeto, mujer!

Ana suspiró y se puso a releer comentarios en el móvil.

Nada nuevo. La gente seguía comentando lo bonito que era Lolo, lo afortunada que era ella, pero nadie quería hacer suyo ese tesorito. Con cada comentario, la esperanza de que encontrara dueño se iba apagando.

De repente, le vino a la cabeza la última vez que fue al psicólogo para intentar resolver una insatisfacción indefinida.

Tenía trabajo que le apasionaba, el dinero le llegaba bien, y hasta piso propio (gracias a sus padres, eso sí). De relaciones, nada: había decidido darse un tiempo para sí misma.

Aun así, la sensación de que algo faltaba estaba ahí.

El psicólogo le recomendó mirarse por dentro. Pero todo terminó con un vaso de agua y una pastilla para el dolor de cabeza. Así que dejó de ir y decidió consultar con sus amigas.

A ti lo que te pasa es que tienes demasiadas cosas, hija, le soltó Lucía, que siempre le ha tenido un pelín de envidia.

¿No será que te falta ELLO? preguntó Sonia, rallando el plato de milhojas.

¿Él? ¿Quién? se rió Ana.

No quién, sino qué. Te falta un poco de chicha, mujer; con lo delgada que estás da hasta susto verte.

Tampoco las amigas resolvieron el misterio, así que Ana decidió dejar de pensar tonterías. Pero hoy, de nuevo, le volvía a rondar el tema.

¡Si encima igual lo que me faltaba era Lolo! Quién sabe.

*****

Un mes después de la llegada inesperada de su nuevo compañero felino, Ana ya no se hacía ilusiones de encontrarle otro hogar. Nada: de más de mil doscientos me gusta (que sí, los contó), nadie lo había querido.

Y ahora, justo un mes después, veía por qué.

Pasó de todo en esas semanas, como podría escribir una saga tipo Episodios Nacionales. Pero para resumir, Lolo resultó ser un gato la mar de listo.

Por ejemplo, le cogía el truco a todo a la primera vez que Ana le pedía dejar tranquilo el sofá.

También probó suerte en profesiones: empezó por diseñador de interiores. Por su culpa, Ana se vio cambiando cortinas cuatro veces hasta que decidió que no hacían falta.

Luego le dio por la cocina: probó pepinillos, champiñones en escabeche, patatas cocidas y los escupía todos. Al final, decidió que lo de la cocina tampoco era lo suyo: mucho mejor el pienso del armario.

Por tanto, solo le quedaba una vocación: hacer feliz a Ana.

Cada uno tenía su idea de felicidad. Ana soñaba con poder dormir del tirón y acabar de retocar las fotos de sus encargos. Pero con Lolo en casa, la paz era imposible.

Fue como si allá arriba alguien decidiera que Ana necesitaba algo de marcha.

Bastaba con que ella se sentara o tumbara, para que Lolo apareciera de la nada y la mirase como diciendo: ¿Juegas ya conmigo?.

Y ahí empezaba el show, imposible de describir con palabras.

Ahora entendía a doña Carmen aunque jamás haría lo mismo. Llevarse el gato al pueblo, ni en broma. Por mucho que a veces Lolo la agotara.

Pero, a cambio, le pasaron cosas muy buenas.

Para empezar, ya no tenía ese runrún de que le faltaba algo.

Y aprendió a limpiar la casa en tiempo récord. No porque hubiese menos lío, precisamente, sino porque tenía que hacerlo antes de que Lolo se despertara y volviera todo del revés.

Pero oye, ¡cuántos momentos felices en un mes! Como cuando un niño da sus primeros pasos y la madre saca pecho, igual Ana el día que el gato aprendió a usar el arenero solo. Antes le tenía que llevar ella, a la hora que fuera, incluso a las 3:41 de la madrugada.

Nadie la vio llorar de alegría cuando por fin pudo dormir dos horas seguidas sin que nadie la despertara porque al peque le diera por las necesidades.

Eso sí, Lolo cogió la costumbre de encender y apagar la lámpara del pasillo a media noche. Acabó guardando la lámpara, como las cortinas, para que el gato no la liara.

En fin, cosas cotidianas. Y Ana, poco a poco, se habituó.

A los treinta días exactos, se dio cuenta de que el piso no era suyo… era de Lolo. Ella solo acudía de invitada. Porque Lolo, cuando ella llega de trabajar, es el primero en recibirla. El auténtico dueño de la casa.

De repente, Ana entendió que ya no tenía que buscar buenas manos para Lolo, porque ella era esas manos, la mejor y más cariñosa de todas, capaz de soportar todo lo que le echara el minino.

Dispuesta a despertarse a cualquier hora para jugar con él al escondite o al fútbol, a acariciarlo cuando se hacía el amo y señor de la cama.

Sí, estaba lista para todo y no se arrepentía. Porque se había enamorado de él. Es que, bueno, ¿cómo no quererle?

Y Lolo, a su manera, también la quería… Ahora ya no la despierta por la mañana: simplemente se tumba a su lado hasta que Ana se despierte. Solo la mira en silencio; aunque, a veces, con una mirada que parece decir: ¿Hasta cuándo vas a dormir, jefa? ¡Que estoy esperando a que juegues conmigo!.

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