Felicidad en libertad

Felicidad sin cadenas

¡Javi, espera! Por favor, para un momento

Javier aflojó el paso y se giró.

Por el sendero pisoteado que llevaba a la casita de ladrillo de dos plantas le seguía corriendo rápido Lucía, una muchacha de dieciséis años, con botas altas, una falda, un abrigo blanco cortito y un pañuelo de lana atado a la cabeza. Un par de rizos castaños oscuros escapaban del áspero pañuelo, y ese color concordaba perfectamente con sus ojos verde-avellana, brillantes, siempre al borde del llanto. Eso hacía a Lucía algo vulnerable, frágil, y daban ganas de protegerla siempre.

La chica iba resbalando a cada instante, sobresaltándose, pero avanzaba con ímpetu.

¡Lucía, no corras! ¡Que está resbaladizo! le gritó Javier, serio. Es que no corras Pero mira, te queda bien ir corriendo. ¡Tienes las mejillas encendidas! ¡Así estás guapísima! Ya vas mejorando.

Lucía sonrió, se acercó, Javier le ofreció la mano y ella la cogió, guiñándole un ojo.

¿Qué querías? preguntó él, mirando alrededor y, de repente, la besó rápido en la mejilla. Tu madre no quiere que seas amiga mía, me prometió una paliza

Lucía frunció el ceño, apretó la mirada hacia el suelo y estuvo jugueteando con el asa del bolso. Pero luego volvió a sonreír.

¡Javi, son cuentos de mi madre y mi padre! ¡No se atreverán a tocarte! ¿Te vienes al cine esta tarde conmigo? le susurró. Ya tengo las entradas. ¡Mira!

Ella se quitó el guante, abrió la mano y dejó ver dos entradas arrugadas.

Javi le agarró la mano con sus enormes dedos, notando que la tenía ardiendo, y la acarició suavemente.

¿Al cine? Bueno no lo sé tengo muchas cosas que hacer dijo frunciendo el ceño, haciéndose el duro. Lucía retiró la mano y se la volvió a meter en el guante. Pero si tú me invitas, entonces iré afirmó al final, con voz fingidamente gruñona, pero, ¿de qué va la peli, otra de amor?

No, es de guerra. Mario la ha visto y dice que está muy bien negó Lucía enseguida. Lo que pasa que me da miedo sola, y mis amigas no quieren venir.

Mario dice muchas cosas Anda, ve con él, si es un chico apañado bufó Javier, altivo. Si le haces caso a él

Mario Vidal era compañero de clase de Lucía, inteligente y siempre con ganas de aprender. No le gustaba el fútbol ni hacía tonterías, todo era estudiar, participar y mejorar. Y, además, corría tras Lucía, algo que a Javi le molestaba, aunque veía que como rival Mario no tenía nada que hacer, ni punto de comparación con chicos como él, muchacha viva y alegre. Lucía amaba a Javier, no había duda.

El problema era que, desde hacía un tiempo, en casa de Lucía le tenían vetada la entrada a Javi, mientras a Mario casi le ponían alfombras rojas.

¡No hago caso a nadie! se ofendió Lucía. Si te invito a ti es porque no quiero a otro. Entonces, ¿qué, no vienes?

Se puso colorada.

A Javier aquello le tocó el corazón, y asintió.

Está bien, vamos. Ya veo que te da miedo ir sola ¡Menuda cosa! Y yo que después por tu culpa no duermo y mi abuela Carmen se asusta a media noche le guiñó un ojo divertido.

Lucía se rio y agitó la mano:

¡Tú no tienes miedo nunca! Pues te espero a la entrada del cine a las siete menos diez. Ahora me tengo que ir, que mi madre está liada con la col y tengo la cocina llena de barreños. ¡Hasta luego!

Lucía se giró con cuidado y se fue a paso corto hacia casa.

Vivía con sus padres a apenas dos casas de la de Javier, crecieron juntos, espantando gorriones por los setos, trepando al cerezo para probar esas cerezas negras que prohibían sus madres, escupiendo luego los huesos por turnos, a ver quién llegaba más lejos. También iban juntos al colegio, aunque él le llevaba dos años. Las chicas le envidiaban: Javi era alto, guapo, y siempre estaba pendiente de ella, pero Lucía no veía por qué eso era especial. Javier siempre había estado en su vida, así que era normal que le hiciera caso y la llevara en volandas.

Un par de inviernos atrás, cuando estaban esquiando, Lucía se encontraba mal, se mareó y vio todo negro, se cayó mal y se rompió la pierna. Durante horas, tumbada en la nieve, le dolía todo, le sudaba la espalda y no podía ni llorar de dolor. Había temido el dolor desde pequeña, su madre siempre sufría para quitarle una espina, así que una pierna

Pero ahí estuvo Javier, como siempre. Los gritos de Lucía se escuchaban por toda la calle y desde niños Javier iba tras ese sonido, como si fuera una sirena. Ahora su voz era más dulce, pero igual de especial para él.

De camino a casa de Lucía con la pierna rota, la pierna fue hinchándose, y hubo que cortarle la bota. Ella se agarró a Javier con tanta fuerza que le dejó marcas en el hombro. Pero Javier aguantó, sin quejarse. Lucía era más importante.

En el hospital, tras ver la radiografía, le dijeron que la pierna no era lo grave, el problema era su corazón: tenía una lista larga de problemas en la historia clínica. La tuvieron mucho tiempo ingresada, y luego en casa.

Cuando la nieve ya se derretía fuera, Lucía apenas volvía a la vida. Le dolía la pierna, el yeso picaba. Se enfadaba con su madre a la mínima, lloraba. Hasta que llegaba Javier. Él, enseguida, la animaba: desplegaba el mapa de España sobre la cama, usaban cochecitos de madera para viajar juntos a los lugares más calurosos, después se iban a tomar té a una cabaña imaginaria en los Pirineos, o sacaban el mecano y construían algo juntos, o hacían murales para colgar.

Cuando te quiten ese calcetín de yeso insistía Javier, nos vamos donde tú quieras. ¿A dónde te llevaría ilusión ir?

Al parque decía Lucía encogiéndose de hombros. Y ni de eso me dejan: mamá dice que tengo que estar quieta por el corazón. Seguro que ya ni sé andar

¡Venga, tonterías! le hacía reír Javier. Hay que moverse. Mi abuelo Manolo, que vive en Segovia, vino de la guerra con una pierna fatal, casi cojo. Pero un médico, que fue a pasar allí el verano, lo puso firme, ejercicios raros, le retorcía las piernas casi como nudos, y hoy ni cojear. Así que, Lucía, la ciencia avanza. Para ti seguro que hay remedio. Solo no te rindas, ¡espabila, caracol!

Para picarla, Javier cogía alguna muñeca y se la llevaba, obligando a Lucía a perseguirle a muletazos, protestándole que la devolviera.

¡A tu edad, Lucía, juguetes! se reía Javier en plan teatral. Eres como la señora Maruja de la tienda, siempre que entro me cuenta sus males. ¡Anímate, Lucía, que aún bailaremos!

¡Lucía, ahora mismo a la cama! Javier, por favor, no le hagas moverse tanto, que no puede alterarse entraba su madre, Matilde, indignada. ¡Fuera, anda, que va a venir Mario y así hacéis los deberes juntos que con las visitas tanto has perdido!

¿Mario? Ese empollón Pues a ver si deja de dar consejillos Javi sacaba pecho, pero entonces recibía un leve empujón.

La madre, en el rellano, le cogía de la chaqueta y lo empotraba cariñosamente contra la pared, cortándole el aliento.

Mira, Javier: mejor no des más consejos. Lucía está enferma de verdad, no puede tener hijos, los médicos han dicho que no soportaría un parto. Y yo quiero que mi hija viva. ¡Ni se te ocurra decirle nada a ella, que sueña con una familia llena de niños!

Cuando Javi iba llegando a casa, por fin entendió lo que le había dicho Matilde. Lucía era, de verdad, inválida, de corazón.

¿Y si muere? ¿Y si muere hoy mismo? se alarmó.

La abuela Carmen le miró sorprendida desde el porche cuando el nieto se quitó la chaqueta y la camisa y se tiró un cubo de agua helada por la espalda.

¡Javi, te vas a poner malo! gritó ella y fue a por una toalla.

Javi se encogió de hombros. ¡Eso no puede ser! Tiene que vivir, tiene que ser feliz. ¡Por mi madre que así será!, y pisó el suelo con énfasis.

La abuela, desde la cocina, no entendió qué murmuraba el nieto.

¿Javi, a qué viene ese jaleo? Venga, que es tarde, sube y descansa dijo ella medio dormida.

Voy ya, abuela. Perdone si te he preocupado. Tomaré un té y a dormir. ¡Descansa, guapa!

Vivían solos. De sus padres, Javier apenas sabía si habían muerto o desaparecido. La abuela nunca lo había explicado con claridad. Tampoco quería decirle que su madre le había abandonado, y que del padre ni noticias

A Lucía la llevaban de médico en médico. Matilde siempre les ponía dulces y verduras del huerto en la mesa para ablandarlos, a ver si algún día decían que Lucía podía curarse, pero nunca llegaba el milagro.

A día de hoy no podemos curar esto. Quizá en el futuro, si la ciencia avanza, pero de momento ¡tranquilidad absoluta y nada de sobresaltos! dictaminó el médico. ¡Millones viven con esto!

Y así vivía Lucía: temiendo dar un paso de más, y su madre siempre encima con que no corra, no sude, no brinque, no…

En el cine hacía calor y olía a tabaco. Agarrada al brazo de Javi, Lucía miraba la peli y lloraba en silencio. Lucía, no llores, todo irá bien, le susurraba Javier acariciándole el pelo.

Pero los de alrededor mandaban callar.

Javi, me duele, salgamos un momento, le pidió la chica.

¡Ay! Vale, salimos.

Las dos siluetas taparon un instante la pantalla, salieron bajo el raudal de luz del vestíbulo.

Siéntate aquí, te traigo agua ordenó Javier.

La acomodadora frunció el ceño al verlos.

Tan jóvenes ¿Pero están casados? ¿Dónde vamos a llegar?

Debió pensar que Lucía estaba embarazada, por el mal cuerpo que traía.

Pues no, aún no nos hemos casado, pero lo haremos pronto dijo Javier, apareciendo junto a Lucía.

¿Cómo? se asustó ella, temblándole otra vez la voz. ¿Estás de broma?

Le agarró del brazo, obligándole a mirarla.

No bromeo con esto contestó él en serio. Iba a decírtelo más tarde, pero ya Me voy a la mili. Pero cuando vuelva, nos casaremos. Te prometí enseñarte el mundo, ¿no? Bueno, no todo de golpe, ¡pero los pingüinos seguro! ¿Te acuerdas?

Ella asintió.

Pues lo haré. ¡Me da igual lo que digan! Basta con querer curarte de verdad. Buscaremos médicos, los mejores. Te mirarán y te dirán lo que hay que hacer. Lo haremos y ¡tendrás un hijo conmigo! le habló rápidamente, deseando besarla allí mismo, bajo aquellas cortinas rojas y pesadas del cine, pero la acomodadora no les quitaba ojo. Con ella delante, no se atrevió.

Termina el agua y salimos sugirió, tirando de Lucía. Ella esta vez se deshizo de sus brazos.

¿Es verdad que no puedo tener hijos? ¿Nunca? preguntó, mirándolo con atención.

Javier tartamudeó. Matilde le había pedido que nunca le contara nada.

Bueno ¿Qué más da ahora? Ya veremos. Hay que cuidarse. Venga, vamos a pasear.

Lucía asintió en silencio y se dejó llevar, aunque al darse la vuelta cerró los ojos, mordiéndose los labios. No era una mujer completa. No podría tener una familia de verdad… ¿Y ahora cómo seguir?

Javier le buscó un modo de animarla: la llevó a ver a su amigo Roberto, que le dejó dar una vuelta en su Vespa por el barrio. Sentaron a Lucía delante, le pusieron el casco y le advirtieron a Javier que no corriera.

La moto iba suave, Lucía sentía las manos de Javier rodeándola, el calor de su cuerpo y entonces se esfumó todo lo demás: la película, el malestar, todo. Solo existía esa carretera y la risa de Javier

Aquella noche Lucía acabó otra vez con el médico en casa. Le pincharon algo.

¡Pero cómo no cuidan a la niña! decía el médico en el recibidor. ¡Con exámenes encima y así de nerviosa!

Lucía intentaba explicar que solo había visto una peli, pero la madre fue tajante cuando terminó la visita:

¿Has estado con Javier, verdad?

Sí. Javi siempre me trata con la verdad. Todo, todo me lo dice. Incluso lo de los hijos

Lucía volvió a llorar.

Iré a por él y le parto la cara gruñó Tomás, el padre, apretando los puños.

¡Ni se te ocurra, papá! ¡Javi es el mejor! ¡Mucho mejor que ese Mario vuestro!

¡A dormir! bramó Tomás, apagando la luz y empujando a su mujer al dormitorio. A Javi le ha llegado la carta, pronto nos dejará en paz

Matilde cerró la puerta, decidida a no dejar entrar nunca más a Javier.

¡Seguiré viniendo! ¡Seremos felices! ¿Por qué la encierran así, la dejan seca como una pasa? ¡Dejad que viva un poco! Javier fue a despedirse de Lucía, pero Matilde salió y no se lo permitió. Javier se rebeló, llegó hasta casi pelear por ver a Lucía. ¡Déjeme entrar o entro por la ventana!

Tomás salió al porche, escopeta en mano.

¿Me va a disparar, señor Tomás? No pasaría nada. Nadie me necesita salvo la abuela Carmen. Y a Lucía dígale que me fui lejos. Así no se preocuparán, ¿no?

Javier avanzó, valiente, y la boca de la escopeta se le clavó en el pecho joven. Matilde se tapó la boca, horrorizada.

Tomás lo miró, luego bajó la escopeta.

Eres tonto, Javi. Igual en la mili madurarás. Vete. Lucía duerme, no consentiré que la despiertes. Por tu abuela, vete le susurró. Tomás y Matilde, sin hablarlo mucho, supieron que la raíz de todos los males era Javier. Si se va, todo irá mejor.

No te preocupes, mujer, igual le gusta la mili, se queda allí, olvida a Lucía sentenció Tomás. Anda, mira si Lucía no ha oído nada.

Matilde se acercó de puntillas al cuarto, donde Lucía de pie, descalza miraba por la ventana la espalda de Javier.

¡Dáte la vuelta! ¡Por favor, gírate! pensó ella, y él, como si la oyera, se ajustó la gorra y le saludó apenas con la mano. Ella lo entendió todo.

Javier tardó cuatro años en volver. Lucía no lo supo sus padres no le dijeron, pero estuvo en Afganistán, donde estuvo desaparecido. La abuela Carmen falleció sin poder despedirse de él. No dejaron que Lucía fuera al entierro.

Todas las cartas que ella escribió se perdieron.

¿No te contesta? le preguntaba con pena la señora de correos. Bueno, mucha faena tendrá ¡Ah, mira, ahí va Mario el empollón! ¡Te va buscando, Lucía!

Javier volvió en otoño. Su casa vacía le recibió con silencio y polvo. El tejado se caía, las paredes llenas de humedades, el chal de la abuela aún en el sofá, las estampitas de santos oscuras en la mesita. Se sentó, cerró los ojos, notando que todo seguía igual, y sin embargo, todo había cambiado. O quizá era él.

Al amanecer fue directo a casa de Lucía. Matilde tendía la ropa fuera.

¡Tía Mati! llamó Javi, tirando el cigarro. ¡Sigue igual que siempre!

A Javi le parecía que había pasado una vida desde que marchó.

¿Quién es? preguntó Matilde, entrecerrando los ojos.

Soy Javier. ¿Puedo pasar?

Abrió la verja sin esperar y fue directo a la ventana de Lucía. Las persianas, bajadas; las flores, desaparecidas.

Se fue, Javi. ¿Sigues vivo? respondió Matilde, casi con reproche, casi indiferente. Volviste, ¿eh? Bueno así está todo esto

¿A dónde se fue? preguntó Javier, llevándose la mano al bolsillo, dudando si sacar otro cigarro.

A Oviedo. Mario logró plaza en la Universidad y se fueron. ¿Mario? Claro, él es el marido. Aquí Lucía no quería quedarse, ya todos te daban por muerto, así que se fue. Recibí una carta: se han instalado, Lucía también empieza carrera. Mario la ayudó durante todo este tiempo, sobre todo después de lo de tu abuela. Así que, Javi, no los busques. Déjales ser felices.

Matilde le abrazó el hombro. Había envejecido. Javi lo vio en la forma caída de su cara.

Lucía nunca quiso a ese empollón rió Javier, escupiendo.

Antes sería así. Pero cuando tú desapareciste, recapacitó. Con él tiene paz, la cuida. Te lo pido, no vuelvas a aparecer.

Javier no contestó, se dio la vuelta y se alejó. Matilde volvió a casa, suspirando. Dentro, Tomás leía. Ahora hasta leía por influencia de Mario.

Javier, tras dar vueltas por la casa vacía, hizo su mochila, selló las ventanas, puso un candado en la verja. Después fue a la tumba de la abuela Carmen, dejó allí su cadenita. Perdona, yaya

Y se marchó.

Se volvió duro, implacable, incapaz del no, buscaba pelea en la vida, luchaba por lo suyo y por lo ajeno, a veces en negocios poco limpios. Movía dinero, mucho y no siempre legal. Y buscaba.

No, encontrar a Lucía hubiese sido sencillo. Universidad, Mario Vidal, gente que siempre sale en las noticias. No. Javi buscaba posibilidades.

Ocho años después, tras pasar de recambios de coches a antigüedades, luego supermercados y proveedores, Javi entró en el mundo del equipamiento médico y desde ahí, a los mejores doctores del mundo.

¿Y por qué te interesan tanto los temas del corazón? le preguntó Román, cardiólogo reputado en La Paz. Por esto aquí siempre tenemos lo mejor. ¿Cuál es el caso?

Nada. Alguien a quien quiero que viva mejor dijo escuetamente Javi. Es una amiga, dos años menor, con problemas de corazón desde los 16. No conozco el diagnóstico exacto

Eso hay que averiguarlo le aclaró Román. Puedes traerme la historia. Pero hacen falta pruebas recientes.

Javier lo anotó, cogió su maletín y salió, notando el silencio del hospital interrumpido solo por pasos de enfermeras.

¿A dónde vas? Irene estaba en el pasillo, atándose el albornoz. En el piso hacía frío, Javi siempre ventilaba. Son las cinco, ¿a dónde vas tan temprano?

Javier se giró, encogiéndose de hombros.

Perdón, no quería despertarte. Tengo que irme dos o tres días. No estés triste dijo, abrazándola rápido y besándola de forma torpe. Si preguntan, no sabes cuándo volveré Y, de verdad, nada de traer a nadie a casa, ¿vale?

Irene levantó las manos, como rindiéndose, y le mandó un beso al aire.

A la orden, mi señor. ¿Seguro que no quieres desayunar?

No me da tiempo. Perdona.

Cerró la puerta despacio.

Ella oía las pisadas firmes en las escaleras.

Sabía que él no la amaba. Nunca lo ocultó. Pero era como si estuvieran bien juntos. Con Javier ella tenía un hombre atractivo y con dinero; Javier tenía a alguien cerca. ¿Qué más se puede pedir en este mundo, tan extraño?

Don Javier, estamos muy agradecidos por su propuesta, el equipamiento siempre es bienvenido, pero los historiales es otro tema le decía el jefe médico en una comida. ¿Inspección? ¿De dónde ha salido usted? ¡Yo nunca he dado datos de doña Lucía Ibáñez! Pero de las compras, hable con la administración.

Nervioso, el pequeño doctor mordía sus uñas, sudando copiosamente.

Relájese, hombre rió Javier. No vengo de ningún lado. ¿Cuánto pide por la información? No sea tacaño. Lucía es mi amiga de toda la vida. Su marido no la deja hacer nada, la atiborra a pastillas, sólo la deja trabajar cuando debe aparentar, pero nada de viajar, ni cine, ni teatro ¿Cómo se vive así, doctor? Hasta tiene un hijo. Al principio, dijeron que no podía, pero parece que Mario se empeñó. Ahora ese niño vive para los deberes, no puede ni jugar. Todo es para el beneficio de Mario: coche, casa, vacaciones solo para él, Lucía se queda siempre en casa. Sí, sé que ella no puede viajar en tren, pero él sí va al mar Incluso la leche de la cartilla la toma él, no el niño. Y café, mucho café

Javier hablaba despacio, conteniendo las ganas de gritar.

Usted es peligroso, don Javier susurró el médico. Se mete en vidas ajenas. Eso es un crimen.

Crimen es aprovecharse del sufrimiento de una mujer enferma le rugió Javier. Me da igual su mundo. Yo pido solo el historial clínico. Lo pago bien, y no se enterará nadie. Negocio cerrado.

¿Cuánto? preguntó el médico, resignado.

Javier nombró una cifra. El doctor asintió y le entregó documentos. Era puro teatro; Javier lo sabía.

Gracias. El equipamiento llegará pronto.

Lucía Ibáñez caminaba despacio por un pasaje, sin pensar realmente en nada. Al día siguiente tenía revisión, un horario incómodo, pediría permiso en el trabajo. Por la tarde, reunión en el colegio de su hijo. Los padres de Mario vendrían a pasar unos días Mucho que hacer, pero ahora solo quería andar y respirar.

Una moto pasó rugiendo, con una chica abrazada al chico. Lucía sonrió: recordó los paseos con Javier y el olor a verano.

¡Lucía! oyó de repente. Se detuvo. ¡Lucía, hola!

Se giró. Era Javier.

Tenemos que hablar tú y yo. Es importante, urgente la llevó hasta un banco. Siéntate.

Javi Javier ¡Eres tú! balbuceó, tocándole el brazo, la cara. Ni la abuela Carmen lo creía

Lucía lloró y Javier la abrazó fuerte y tierno a la vez. Siempre, pensó ella, ha estado ahí cuando lo necesitaba.

¿Dónde hablamos? ¿Un café?

¿Para qué? Ven a casa. Mario y Valentín están dentro. Así conoces a mi hijo.

No puedo ir allí. Lo que tengo que hablar es solo contigo.

Vale allí enfrente hay un bar. Vamos.

Javi tardó en atreverse, pero empezó:

Lucía, tienes que venir conmigo. Hay que hacer papeles, permisos

¿A dónde? preguntó perpleja.

Encontré el mejor médico para ti, Román, en Madrid. Puede operarte. Saldrías adelante. Ya está todo pagado. Por favor dijo, casi suplicando. Ellos colaborarían también. Necesito tu historia clínica y tus papeles nada más.

Pero Lucía le interrumpió:

Cuéntame, ¿y tú cómo estás? ¿Te casaste? ¿A qué te dedicas? Has cambiado, ahora eres misterioso. Da un poco de miedo. ¿Eres un delincuente?

Pasé de todo. Empecé mal: trapicheos, negocios feotes. Pero ahora solo compro, vendo y he aprendido inglés, que ya es mucho. Javi intentaba volver al asunto. Valentín estudia inglés también, Mario le encontró un profesor. Tu casa, ¿qué tal está?

Nada. No tiene importancia Pero, Javi, no sé. Tengo miedo. ¿Imaginas que me operasen y no saliese bien? Valen es aún pequeño. Yo estoy bien así, bien.

En ese punto, Mario se acercó a la mesa.

Lucía, hay que irse. Valentín tiene hambre. Buenas, Javier dijo seco.

Ya en casa, tras cenar en la cocina, Mario llevó a Lucía aparte.

Entonces, ¿con qué vienes? ¿Traes medallas de héroe? ¿Sabes cuántas noches he pasado en vela cuidando a Lucía, lo que hemos sudado? ¿Tú estuviste cuando nació Valen y ella casi se muere? No. Ella es mía, yo sé lo que conviene. No necesitamos salvadores. Retírate, por favor.

¿De verdad? Javier se puso tenso. Ella no es una cosa. Solo pido que tenga una vida, no sobreviviendo sino viviendo. ¿No te da vergüenza usarla como excusa, disfrutar sus logros y luego nada?

Entonces Lucía intervino, casi con lágrimas, pero dulce:

No quiero irme. Javier, cariño, me da miedo. ¿Y si no despierto? Valen es pequeño. Estoy bien aquí.

Le abrazó.

Venga, a merendar que tenemos pastas y bombones sonrió. Y tú, Javi, vuelve a casa luego, ¿vale?

Javier no tomó ni té ni dulce. Se fue, ni se despidió.

Al caminar por la calle, empujando a los viandantes, no entendía cómo podía alguien rechazar una vida mejor. Lo había hecho todo por Lucía: vendido medio negocio ¿Para qué?

Tú solo quieres demostrar a Mario que eres mejor que él. Pero has perdido. Perdido

En casa, Irene no dormía. Cuando Javier entró, ella apareció en el pasillo, con la bata, temblando.

Hola susurró. Hice sopa ¿Pruebas?

Ella le abrazó. Javier se sorprendió.

Pensé que no volverías, que te quedarías con ella

¡Tonta! ¿Sin ti? Ni en broma de pronto, Javier sintió alivio. Ya no debía nada a nadie. Podía vivir, amar a Irene, casarse con ella, tener hijos y crear una familia.

Y era tan simple: ¡permitirse ser feliz!

Irene miró sonriente cómo Javier devoraba la sopa. Y sonrió, convencida de que ahora sí, en su casa también vivía, por fin, una pequeña familia.

Hoy, al escribirlo todo, lo entiendo: hay muchas formas de ser feliz. Pero nunca lo serás si no te atreves a vivir y dejas que otros elijan por ti.

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