Gracias por mi padre

Gracias por mi padre

¿Qué te han dicho en la comisaría? pregunta Lucía en voz baja, mientras su madre deja el móvil sobre la mesa.

Nada bueno… responde Antonia López, cogiendo el vaso de agua y dando un par de sorbos. Dicen que todavía es pronto para alarmarse. Que debe pasar al menos un día… Pero yo lo siento. Siento que algo ha pasado.

*****

¡Mamá, hola! ¿Papá aún no se ha ido? pregunta Lucía al entrar en el piso, con una tarta bajo el brazo.

Hola, hija. Se ha ido ya. Te lo dije, hoy era su último día en el trabajo: celebraban su despedida de jubilación y el cincuenta cumpleaños todos juntos. No podía faltar, ya sabes cómo es tu padre.

«Vaya, qué pena…», piensa Lucía, algo decepcionada.

Pero ha prometido volver para la comida.

Bueno, mi Álvaro también llegará sobre esa hora. Estaremos toda la familia. Mientras, ¿te echo una mano preparando la mesa?

Por supuesto. Ayúdame a cocinar, que sola no me las apaño. Pero primero, tomémonos un té. Justo ha hervido el agua y tengo esos pastelitos que te gustan tanto. ¿Te apetece?

Claro, me encantan.

Madre e hija se sientan a la mesa, toman el té, disfrutan de los pastelitos y charlan. Hablan del tiempo, del jardín de los Retiro, del padre, que hoy cumple 50.

Todo parece tranquilo, pero…

Antonia se percata de que su Lucía no está del todo serena. Parece que quiere contarle algo, pero no se atreve.

De repente le entra una inquietud extraña.

Hija, ¿te pasa algo?

¿Se me nota tanto? responde Lucía, sonriendo.

Sí… ¿No querrás contarme algo?

Pues sí. Pero tú no te alteres, que son buenas noticias.

¿Ah, sí? Pues cuéntame, anda.

Verás, Álvaro y yo hemos pensado en regalarte la parcela de la sierra que compramos el año pasado.

¿Cómo que regalar?

De corazón. Álvaro ha reformado la casita y podréis vivir allí toda la temporada si os apetece, cómodamente.

¿Y vosotros?

Nosotros iremos de visita a disfrutar en familia. Pero mira, es que no vamos a poder ocuparnos de la finca como pensábamos… se detiene Lucía, esbozando una sonrisa enigmática.

¿Por qué?

Porque muy pronto tú y papá seréis abuelos. En ocho meses, mamá.

¿De veras?

De veras.

¡Ay, Lucía! ¡Qué alegría tan grande! Cuando lo sepa Tomás…

Antonia se levanta entusiasmada, abraza a su hija fuerte, la colma de besos.

Quería que los dos recibiérais la noticia juntos, pero no pensaba que papá se iría tan pronto.

No importa, en seguida vuelve. Se lo contamos a la vez. Mientras, vamos a preparar la comida.

¡Vamos!

Y así, entre cacerolas y cuchillos, madre e hija se embarcan en el ajetreo culinario. Pese a lo que se dice de dos cocineras en una cocina, ellas se entienden: no se estorban en absoluto; al contrario, forman un solo equipo. Preparan lo que habían planeado y visten la mesa, que queda espectacular: pollo asado, tortillitas de bacalao, un puré de patata casero, tres tipos de ensalada…

Antonia echa un vistazo al reloj.

Lo tenemos antes de lo previsto.

Claro, trabajando a cuatro manos, ríe Lucía. ¿Por qué no llamas a papá y le preguntas cuándo llegará?

Buena idea.

Yo mientras aviso a Álvaro.

Lucía va al recibidor a por su bolso, mientras Antonia toma el móvil y marca el número de Tomás.

Escucha los tonos largos, nada. Vuelve a llamar, pero tampoco responde. Mira el reloj. Y el único pensamiento que le asalta es: «¿Por qué no contesta…?»

De repente le viene a la cabeza algo: Tomás prometió llamarla al llegar al trabajo, pero no lo hizo. Un escalofrío recorre su espalda.

Mamá, Álvaro estará aquí en menos de una hora, anuncia Lucía al regresar. ¿Y papá?

No responde…

¿Seguro? Qué raro.

Sí… Lo he llamado varias veces, pero nada.

Mamá, ya sabes cómo es hoy: estarán celebrando, posiblemente. No tendrá tiempo.

No, hija, no me cuadra. Ya tendría que estar volviendo. Prometió estar a la hora de comer y tu padre cumple siempre sus promesas. Ni siquiera avisó al llegar al trabajo, y nunca se despista así. ¿Por qué no responde?

¿Por qué no llamas a su jefe? Igual te puede decir algo o dejarle marchar antes. ¡La familia espera!

Voy a intentarlo.

Antonia nunca ha sido de asustarse, pero hoy tiene el corazón en vilo. Tomás siempre respondió a sus llamadas. Siempre.

Porque lo más importante para él era su mujer, y no quería que sufriera. Especialmente hoy.

«Quizá, claro, piensa Antonia, le está costando despedirse del trabajo de su vida…»

¿Dígame? interrumpe una voz masculina sus pensamientos.

¡Don Ricardo! Soy Antonia, la mujer de Tomás. ¿Sabe usted cuándo le dejarán salir? Lo estamos esperando para celebrar en casa… Lucía está aquí y mi yerno llega enseguida.

Buenas tardes, Antonia. Sinceramente, no sé qué decirle…

¿Cómo?

Pues que nosotros tampoco le vemos. Le hemos llamado varias veces, pero no contesta.

¿Entonces no ha ido? Antonia se queda sin palabras.

No, y le seguimos esperando. Si contacta con él, recuérdele que debe venir al trabajo, aunque sea un rato. Ya sabe: la tradición de la despedida, es importante para todos.

Claro, claro. Y usted avíseme si aparece, por favor.

Con manos temblorosas, Antonia deja el móvil sobre la mesa. Mira a Lucía:

No ha ido al trabajo… Y sigue sin contestar. Lleva mucho rato desaparecido… ¿Dónde puede estar?

Mamá, tranquila. No te pongas en lo peor. Vamos a intentar llamarle juntos.

*****

Tomás sale del portal, sonríe al sol de la mañana, saluda a las vecinas sentadas al fresco y camina hacia la parada del autobús.

Su recorrido lleva siendo el mismo desde hace veinticinco años, y este día no parece distinto al resto.

Excepto porque hoy va a recoger su finiquito, a despedirse de los compañeros con los que compartió media vida y a celebrar su cumpleaños.

La noche ha dormido mal. Nervioso. Se ha levantado varias veces, tomándose un tranquimazín, pero no ha mejorado.

Por la mañana, sin embargo, sonríe mientras Tonia le felicita.

Oculta a su esposa que no se siente bien, para no preocuparla.

No es la primera vez, se dice, y luego se pasa… Sale temprano, para que no lo note. Si Tonia lo sabe, cancelaría la celebración, y él quiere despedirse con sus compañeros de toda la vida.

«Esto pasará», se anima Tomás, llevándose la mano al pecho.

En la parada, ve llegar el autobús abarrotado; siente que no podría soportar el calor del interior.

Decide caminar. Hace muy buen día y tiene tiempo de sobra. El aire fresco le sentará bien.

No llama a su mujer, como habían quedado. Ha decidido que lo hará al llegar al trabajo.

Pero no llega nunca.

Cruza un pequeño parque, vacío por la mañana. Allí, empieza a sentir un dolor intenso. Se sienta en un banco, afloja la corbata y los botones del cuello, respira hondo.

No sabe cuánto tiempo pasa, pero no mejora. Al final, entiende que es grave. Busca su móvil con manos temblorosas, pensando: «Llamo primero a Tonia y luego a una ambulancia».

Pero el móvil se le cae, resbala bajo el banco. Intenta agacharse para cogerlo, pero el dolor le impide moverse. La oscuridad le nubla la vista. Solo puede tumbarse y se resigna: «Vaya regalo de cumpleaños y de jubilación», piensa con tristeza.

Y lo que más le duele es no poder ver ni a esposa ni a su hija de nuevo.

*****

Antonia toma unas gotas para el corazón, respira hondo y vuelve a intentar llamar a su marido. Tono largo, nada. Lucía también lo intenta, una y otra vez, sin éxito.

Poco después llega Álvaro. Los tres se sientan alrededor de una mesa preparada para la fiesta, pero solo hay silencio y preocupación.

¿A qué esperamos? pregunta Antonia de repente. Hay que llamar a la policía. ¿Y si pueden ayudar?

Lucía y Álvaro la apoyan. Entienden que Tomás no se habría marchado así porque sí.

Sobre todo, al trabajar en emergencias, Tomás se ha enfrentado a situaciones de riesgo muchas veces. Si no responde, es por una razón de peso y hay motivos para preocuparse.

¿Qué han dicho en la comisaría? pregunta, en susurro, Lucía cuando su madre cuelga.

Nada bueno… contesta Antonia, bebiendo agua. Dicen que aún es pronto para buscarlo. Pero siento que algo ha pasado, Lucía. Lo siento.

Entonces, ¡tendremos que buscar por nuestra cuenta! dice ahora Lucía, decidida.

Tienes razón, hija. Tomó el autobús cerca de casa, así que hay que empezar por la parada. Quizás alguien le haya visto o algún conductor recuerde algo.

Mamá, déjanos a Álvaro y a mí buscar fuera; tú quédate en casa, por si acaso papá vuelve. Y, mientras tanto, llama a los hospitales, por si acaso.

Sí, de acuerdo…

Lucía y Álvaro salen a buscar a Tomás y Antonia empieza a marcar los teléfonos de los hospitales, apretando fuerte el rosario entre los dedos y rogando en voz muy baja: «Que no sea grave, por favor, que no lo sea».

*****

Tomás aún está consciente, aunque cada minuto empeora. Apenas puede mover la mano, y es incapaz de hablar: las palabras no le salen.

Ayud… balbucea, tendiendo la mano hacia dos mujeres que pasan sin mirarle.

Pero ellas lo ignoran. Ni siquiera reconocen que necesita ayuda.

¡Otro borracho más! dice la más mayor, con desprecio.

Seguro que ya está beodo antes del mediodía, ni puede andar el hombre… ¡Menuda vergüenza!

Tomás escucha todo y lágrimas silenciosas le recorren las mejillas. Dolía sentirse tan indefenso. Tantos años ayudando a salvar vidas, de gente y de animales… y ahora, nadie le ayuda.

«¿Por qué tenía que ser hoy…?»

Justo cuando los tacones dejan de sonar, Tomás cierra los ojos, resignado a su suerte… cuando de repente…

Oye un ladrido fuerte, junto a su oído.

Después siente unas patas sobre las piernas y una húmeda lengua acariciándole la barbilla.

«¡Un perro! se anima Tomás. Si hay un perro, cerca debe estar alguien.»

A duras penas abre los ojos y ve a un perro ya mayor. Y en ese instante, le reconoce: hace tiempo, él mismo rescató a ese animal de un incendio.

Los recuerdos le vienen en una ráfaga: la casa en llamas, los vecinos salvados, el ladrido en la ventana rota… Cómo corrió al fuego, desobedeciendo a su jefe, para sacar al animal vivo. Cómo miraron aquellos ojos llenos de gratitud.

Y cuando todo se funde en penumbra y frío, el perro no le abandona. Le lame la cara, ladra alto, alerta a quien pase.

Si puedes… musita Tomás. Llama a alguien. A quien sea…

Y pierde el sentido.

Pero el perro sí le escuchó. Corrió hacia la salida, saltando y gimiendo frente a todo transeúnte que encontraba: estudiantes, una madre y su hijo, un hombre comprando en el quiosco…

Nadie le hizo caso. Todos lo apartaron, probablemente pensando que era peligroso, sin imaginar que solo buscaba ayuda.

*****

En la parada, nadie ha visto a Tomás. Lucía, con una foto de su padre, recorre bares, tiendas, y portales de la zona. Nada.

Desesperados, pasan frente al parque cuando escuchan el ladrido insistente de un perro de edad.

Un jubilado le grita al animal, lo amenaza con el bastón.

Oye, Lucía, ¿qué pasa? pregunta Álvaro cuando ella se detiene.

No sé… Ese perro no está ladrando porque sí. Es como si intentara decirnos algo… lo siento de veras.

El perro la mira. Los ojos del animal suplican.

¿Adónde vas? pregunta sorprendido Álvaro.

Lucía ya no le escucha. Se acerca al animal, que de inmediato se dirige hacia el interior del parque. Lucía le sigue. Detrás va Álvaro.

En cinco minutos, encuentran a Tomás tumbado en un banco, inconsciente, pero vivo.

¡Papá! grita Lucía, sosteniéndole la cabeza y tratando de reanimarle. ¡Álvaro, llama al 112!

*****

La ambulancia llega enseguida y trasladan a Tomás al Hospital General, donde lo atienden en cardiología.

Lucía recoge al perro y con Álvaro vuelve a casa para coger el coche, rumbo al hospital. Por el camino llama a su madre, le cuenta lo sucedido y promete informarla de todo en cuanto sepa algo.

Su padre ha tenido mucha suerte les dice el médico saliendo de la UCI. Lo han encontrado a tiempo. Media hora más y no lo habríamos logrado.

¿Se va a poner bien? pregunta Lucía llorando de emoción.

Sí. Vivirá.

Lucía sale, abraza al perro con fuerza.

Gracias… Gracias por salvarle la vida a papá.

¿Está bien? pregunta Álvaro.

Sí, va a salir adelante, responde Lucía exhausta. Y ha sido gracias a él añade señalando al perro.

Tiene collar, debe de tener dueño.

Seguramente… pero hasta que los encontremos, se viene a casa. Nos ha salvado la vida. No puedo dejarle abandonado.

Por supuesto, cariño.

*****

Antonia, Álvaro y Brando (el nombre, grabado en la chapa de su collar), esperan en la puerta del hospital. Cuando finalmente ven salir a Tomás con Lucía, Brando salta y mueve la cola de alegría. Salta entorno a Tomás, le lame las manos y los ojos le brillan.

Mira, papá, él te salvó. Te ha hecho el regalo más valioso de todos: la vida.

Gracias, amigo, sonríe Tomás, inclinándose para rascarle detrás de las orejas. Lucía, ¿y sus dueños?

Lo hemos intentado todo, anuncios en internet… pero durante toda tu estancia en el hospital nadie lo reclamó.

Antonia se acerca. Llora y sonríe al mismo tiempo.

Gracias por volver, Tomás.

Perdóname, Tonia, por no haberte dicho cómo me sentía. Pensé que se me pasaría.

Ya pasó… ¿Nos vamos a casa a celebrar tu segundo cumpleaños? pregunta, secándose las lágrimas.

Vamos.

*****

En cuanto a Brando, buscaron a su familia. Tomás incluso fue al barrio donde lo rescató aquel día del incendio.

Pero la casa seguía vacía y los antiguos vecinos decían que los dueños se habían mudado hace tiempo y no quisieron llevar al perro.

Brando se quedó con Tomás. Y fue feliz.

Tomás, también. Le llevó a la parcela de la sierra, lo presentó a sus amigos, pasearon juntos por el retiro. Estuvo junto a Tomás y Álvaro cuando recogieron a Lucía y a las gemelas recién nacidas del hospital.

¡Enhorabuena, papá! decía Lucía sonriente. Ya eres abuelo, y tienes dos nietas.

¡Qué alegría, hija!

¡Guau-guau! ladraba Brando, contento porque la familia que le salvó, también tenía ahora una razón más para ser feliz.

La vida de Tomás mejoró. Encontró sentido y felicidad renovada, y toda la familia humana y peluda fue agradecida, cada día, al milagro amable de aquel perro madrileño llamado Brando.

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