La dama de piedra

La Mujer de Piedra

A Magdalena Fernández la trajeron en ambulancia, recogida en plena calle. Cayó de pronto en un charco de agua helada y sucia; no le quedaban fuerzas para levantarse. Dos hombres la izaron, blanda como una masa, y la metieron en el vehículo, rumbo a Urgencias.

Una mujer grande, corpulenta, vestida con un traje de pantalón y unas botas de tacón, llevaba maquillaje discreto que remarcaba sus ojos saltones y labios gruesos, pendientes pesados con piedras, y en las rodillas, un bolso de cuero que sujetaba sin soltarlo. Así, sentada en silla de ruedas (se negó tajantemente a ir tumbada), Magdalena entró en el hospital. Cuando recobró el conocimiento, lo primero fue reprender al conductor por oler a tabaco, luego llamar la atención a la enfermera por la falta de destreza, y al chico en prácticas le prohibió que la tocara siquiera.

¡Y tampoco tenía yo muchas ganas! masculló el muchacho, ofendido.

¡No me desafíes, jovencito! replicó Magdalena, enderezándose sobre los reposabrazos y acomodándose en la silla, como una lechuza huraña que encoge las plumas cuando acecha. ¡Atrévete a desafiarme y veremos quién toca a quién!

Luego, como una inspectora secreta, acercó el bolso a la barbilla, elevó los hombros y comenzó a mirar alrededor con la ceja fruncida, concentrándose en cada rincón del hospital. Su rostro parecía tallado a martillazos en granito: cejas finas, unidas y tensas sobre la nariz. La piel estaba surcada de capilares, pero cubiertos por una gruesa capa de maquillaje, ahora abultado y agrietado por el sudor tras la inyección que le pusieron.

Vamos, avancemos. Aquí no puedo esperar, corre una corriente de aire, ¡un frío atroz! exclamó, señalando con un gesto el pasillo repleto de gente.

La mujer de recepción, abrigada en un lujoso abrigo de piel hasta los pies, la miró con severidad, arrebató los papeles al sanitario y dijo que la señora Fernández era asunto suyo a partir de entonces, los demás podían marcharse.

Crisis hipertensiva, pérdida de conocimiento en la calle No, no ha golpeado la cabeza Ahora la tensión recitaba el chico de uniforme azul.

Muy bien, Román. Anda, tira. Aquí ya no hay hueco ni para un alfiler le tranquilizó una enfermera dándole un golpecito. El chico se parecía mucho a ella, debía de ser su hijo.

Claro Hay que ayudar a los suyos, pensó de forma automática Magdalena.

Le dolía atormentadoramente la cabeza, las manos se le caían de puro cansancio sobre las rodillas y el bolso, caro, con el sello de una buena firma, amenazaba con desplomarse al suelo, pero Magdalena ya no tenía fuerza ni para recogerlo. No tenía fuerzas para nada. Ni siquiera hablar. La lengua, reseca y entumecida, parecía pegada al paladar y tenía una sed abrasadora.

Por favor, ¿pueden darme agua? pidió al aire, con voz clara que apenas brotaba de su boca.

Nadie respondió. La sala bullía de familias empujando camillas, abrazando, reclamando algo o zarandeando a quienes se desconectaban. Los médicos, eludiendo esquinas, iban y venían con prisa, colocando estetoscopios, leyendo papeles, llamando a pacientes, desapareciendo en consultas. Las enfermeras seguían con sus quehaceres, importantes, necesarios, pero absolutamente ajenos a Magdalena.

¿Dónde está Martín? ¿Quién es Martín? preguntó por fin una enfermera, nombre que le sonaba a secreto a Magdalena.

Aquí estoy respondió ella, aumentando la voz ¡Aquí!

Bien, aquí tienes el bote, el baño está allí, luego al análisis de sangre. ¡Y quítate ese gorro, por favor! ¡No estamos en Laponia!

A Magdalena ni se le pasó por la cabeza que seguía con el gorro de piel peluda, como una heroína de La gran familia. Por eso sudaba y le ardía la cabeza.

A regañadientes se lo quitó y lo metió en el bolso, sobre carpetas llenas de documentos. No pensaba quedarse mucho tiempo en el hospital: Que arreglen esto pronto, que me den el alta. Yo, Magdalena Fernández Martín, directora de una empresa, tengo mucho que hacer, ¡mis ventanas esperan!

La enfermera dejó el bote para el análisis en su regazo.

Magdalena Fernández Martín: una mujer grande, voluminosa. Siempre lo había sido: nació grande, era un bebé enorme, una niña grande, luego una adolescente desproporcionada. ¡Vaya pieza tienes! decían a su madre en el centro de salud al entrar con la niña en brazos. ¡Tremendo pie el de la chiquilla! exclamaban los dependientes sorprendidos cuando crecía y destrozaba zapatos de colegio.

Frente a Magdalena, su madre parecía Pulgarcita. Pero de su padre, un coloso, había heredado la complexión. El gigante murió de cáncer cuando Magdalena tenía ocho años.

Siempre se sintió fuera de lugar. En el parvulario era un Gulliver entre pulgas; todos la esquivaban, la veían extraña. Luego, en el colegio, soportó mucho. Su único refugio fue el deporte, al que llegó por casualidad porque su madre tuvo un idilio con un entrenador. Para no molestar, Magdalena acabó inscrita en atletismo. Lanzamiento de disco, peso… Allí encontró su terreno. Hasta se lesionó varias veces, y más tarde le dolía el hombro cuando hacía frío, pero fue feliz por una vez en algo.

Más tarde confundió el interés de un hombre por amor y cometió errores, se endureció, enterró a su madre y se re-construyó: una mujer a la que todos miraban con espanto cuando pasaba.

Comenzó a trabajar en una empresa de vivienda, dirigiendo obras, aprendió más, llegó la época de cambios, empezaron a fundarse empresas, y Magdalena se sumó a las cuadrillas de reformas. A menudo la tomaban por un hombre, se reían cuando veían que era mujer, pero la respetaban. Era la suya. Severísima, firme, poco dada a reuniones sociales, pero generaba lealtad en su clan.

Magdalena era el muro de piedra.

La mujer de piedra decían a su espalda.

Su empresa creció: Ventanas al Sol S.L., se especializó, aprendió técnicas, la respetaban. No era maternal, ni compartía café con los empleados, pero todos decían sentirse protegidos tras ella, como tras una muralla. Controlaba la vida de sus subordinados, intentaba imponerles felicidad: los mandaba al médico, organizaba cenas cuando había que celebrar, reñía si se quedaban hasta tarde, organizaba revisiones, regalaba por Navidad… nunca disfrazada, era demasiado ridículo para alguien de su tamaño.

Sabía de todos, incluso predecía el resultado del test de embarazo que su secretaria, Carlota, aún no había comprado. Ya buscaba una clínica para ella.

Estaba al tanto de los dramas familiares, de los hijos admitidos o reincidentes, de los familiares caídos del cielo desde Bilbao. Magdalena encargaba la compra semanal para ellos, activaba contactos con las universidades. Tenía todo planeado. La vida le enseñó a defenderse sola y luego a defender a los suyos, a los frágiles, a los que se parecían a ella en desventaja.

No tenía amigas. Mejor así. Nadie traicionaría su mundo diciendo a sus espaldas esa grandota.

La mujer de piedra no se equivocaba, no disimulaba, cortaba la verdad de raíz, siempre con previsión. Si había que despedir a alguien, antes buscaba alternativas. Podía ser rechazada, pero ella se desprendía de la culpa.

¿Tyrana? No, más bien una locomotora imparable rumbo al porvenir. Y cuidado con quien se interpusiera, sería arrollado. Porque su locomotora tenía un vagón: su hijo Sergio. Por él empujaba

Quien no soportaba su férreo control se iba; pero no eran muchos. En un mundo de paro y competencia feroz, Magdalena reunió a su alrededor a un núcleo firme y leal.

Ellos eran su pilar. Mientras Magdalena yacía en el hospital, esperaba (ojalá) que no perdieran ningún pedido.

¿Esto qué es? ¡Quita eso, no quiero! tiró el bote a la suelo. Tengo una crisis hipertensiva, tengo que estar en cama. ¡Ni leer sabéis!

No te quejes, guapa intervino un hombre desaliñado, con una venda en la frente. Recogió el bote y lo examinó . Si quieres, lo hago yo por ti, pero devuélveme el gorro. ¡No trabajo gratis! rió . Qué grandes, las chicas como tú…

Ayúdate tú solito espetó Magdalena, empujó la silla y se desplazó a la pared contraria, las ruedas dejaron dos hundimientos en el revoco.

Señora, ¡ya está bien! Acabamos de pintar, no estropee la pared le regañó una mujer con tarjeta identificativa. Sonia, ¿de quién es esta señora? ¿Dónde la pongo?

No soy de nadie. Soy Magdalena, y me largo. ¿Cuál es la dirección del hospital? Tengo que llamar a un taxi.

¿Dónde va? ¡Espere! El doctor viene ahora, le recetará reposo, recupérese y luego se va contestó conciliadora la mujer.

Pero ya estaba marcando en su móvil.

¿Sergio? Pásame con nuestro hijo ordenó al teléfono con voz férrea. Lo sé, pero es importante. Estoy en el hospital y mañana tengo reuniones. Necesito que Sergio venga.

No ordenaba nunca, aunque podía soltar un grito que congelara la sangre. Siempre era metódica, para que el otro comprendiera que aquello era serio, luego decía lo que necesitaba.

Su nuera Irene marchó al baño, llamó a su marido: Tu madre está en el hospital.

¿Qué dices, Irene? Espera, en diez minutos salgo el sonido del agua tapaba sus palabras.

Lo había escuchado perfectamente. Si la madre llama es porque puede hablar y respirar, así que diez minutos más no deciden nada. Antes era él quien esperaba, durante horas, que su madre regresara a casa.

Su madre tenía cosas importantes, primero trabajo, luego negocio. Cambiaron de piso gracias a sus ventanas, Magdalena donó cristales a la escuela de Sergio, ayudaba a amigos con reformas pues tenía cuadrillas a mano. Había tejido una red en la que todos los pescaditos se alimentaban de ella. Sólo el pequeño pececillo, Sergio, parecía estar siempre en otra pecera.

No le pegaba ni gritaba, revisaba deberes, asentía o corregía y enviaba a su hijo de vuelta a la mesa: Hasta que quede perfecto, le decía. Explicaba con frialdad por qué esforzarse. Jamás le dijo un te quiero ronco de vaca amorosa, como una madre ordinaria en España con su cría. Jamás le susurró antes de dormir que era el más bueno, el más guapo, el preferido. No lo nombró nunca.

No le quería, sentenció Sergio a los diecinueve. Le preparó para los exámenes, aprobó por su empuje, no tuvo que trabajar. ¿Y qué? ¿No es obligación cuidar de un hijo? Uno no pide nacer. Si ella lo hizo, que le ayude y luego no se entrometa. ¿Y estar en el hospital? ¡Bah, tonterías!

Magdalena escuchó a Irene susurrar que Sergio llamaría en diez minutos.

Señora Fernández, ¿quiere que vaya? preguntó Irene.

Magdalena colgó. Ahora sí, podía decir a la recepcionista: No soy de nadie. Suyo, sólo suyo. El hijo llamaría cuando quisiera, la nuera mascaba chicle, temiendo que la suegra se quedara impedida para siempre y la atara a ese cuerpo voluminoso. Mejor así.

Magdalena intentó levantarse, apoyó la espalda en la pared. La silla rodó, las piernas no respondieron, se desplomó. El bote rodó por las baldosas; su bolso, de marca, se vació en el suelo, el gorro de piel se posó como almohada bajo su mejilla.

¡Vaya tela! exclamó el vagabundo, corrió a levantarla. Mientras la ayudaba, le robó el monedero y la sortija de ámbar.

El hombre le resultaba vagamente familiar, algún rasgo… pero imposible precisar…

Ella apenas sentía, respiraba ronca, la cabeza ladeada y en sus oídos zumbaba una orden monótona: Manténgase a la derecha, manténgase a la derecha…

Normalmente Magdalena iba a la oficina en coche, pero no conducía: distraída, prefería leer papeles o mirar el paisaje. Su chófer, Ramón Gallego, siempre la recogía a las siete y media, le abría la puerta y la acomodaba rozando el abrigo, luego subía al volante, ponía música clásica y salían. Así durante años. Ramón vivía bien al amparo de Magdalena: medicinas para su mujer enferma, vacaciones rebajadas, mejores víveres, primas, más nóminas de lo normal Son cosas que no se dejan. Sí, Magdalena podía llamarlo de madrugada porque había problemas con una obra en Barcelona o Salamanca, y había que volar de inmediato. Ramón, tras besar a su dormida mujer, se lanzaba a recogerla. Ella asentía, se disculpaba por la molestia, se sentaba en el auto. Podía ahorrarse las disculpas: estaba todo en el contrato, pero era elegante.

Pero hoy, Ramón se quedó atascado en el parking de su bloque: un camión de limpieza le destrozó el parachoques.

Magdalena, llame a un taxi, ¡madre mía, vaya día! suspiró Ramón.

No hace falta. Iré en metro replicó poniendo el gorro. No se encontraba bien, pero fue fuerte. ¿Se asustó con el choque? Sí, pero no en exceso. Ser de piedra, controlarse, era habitual cuando hay dinero suficiente para arreglar cualquier contratiempo. Tú arregla el coche y ven cuando puedas, necesitamos organizar el taller.

Marchó como una nube gris-anaranjada al metro. Los peatones se apartaban: su presencia imponía. Podría interpretar a una gigante en el cine.

En el metro, la muchedumbre iba y venía como olas. Manténgase a la derecha, repitió una voz, y todos obedecían. Magdalena también, por no ser arrollada por estudiantes apresurados. Todos iban de prisa; el día comenzaba…

Y ahora el día terminaba. Tras el trajín de Urgencias, mediciones, inyecciones, pitidos, la llevaron a una habitación, la ayudaron a la cama, la cubrieron. Apenas recobró la consciencia y seguía escuchando: Aguante, aguante…

En la habitación olía a perfume, medicinas y, extraño, a galletas de vainilla recién hechas. Magdalenda también las apreciaba, pero casi nunca las comía.

La habitación daba a la tercera planta; por la ventana no se veía la avenida de coches, iluminada y viva como una guirnalda navideña…

Magdalena recordaba haber comprado una guirnalda igual en El Corte Inglés. Aquel día fue a recoger a Sergio en el colegio. Estaba solo en el banco, la profesora ya lista para marcharse.

¡Ves, Sergio, ya han venido a por ti! ¡No temas tanto! gritó con voz fuerte y bien modulada.

Sergio se puso en pie, frotándose las lágrimas con la manga, y se abrochó el mono rojo con bandas reflectantes. Le encantaba, pero fingía ignorarlo, para fastidiar a su madre. Siempre quería vengarse por algo… Quizá porque los demás tenían padre, y él no. Porque sus madres eran amables, cariñosas, en faldas de lana y botas gastadas. Se agachaban, abrazaban a sus hijos, sonreían al resto, les ponían el gorro y les abrochaban el abrigo.

Pero la madre de Sergio era una roca imponente, de pie, esperando en silencio a que se vistiera. No ayudaba, no corregía. Solo esperaba.

¿Qué hay en la caja? preguntó finalmente, caminando junto a ella.

¡Ay, hijo, es una maravilla! ¡Una guirnalda! Vamos a ponerla en nuestro árbol y brillará precioso la piedra se iluminó por un momento y Sergio se sorprendió de verla tan animada… como una madre de verdad.

De camino a casa, Sergio imaginaba el árbol brillante. Pero al llegar a casa, la guirnalda no funcionó. Su madre ni se inmutó: recogió el cable, lo guardó.

Ven a cenar. Luego tengo que planchar. Eso es todo.

Claro, a los dos días apareció con la guirnalda arreglada, pero Sergio ya estaba enfermo y no volvió al colegio hasta semanas más tarde. Nunca pudo presumir de árbol.

Ahora, como en un sueño, alguien tendía una guirnalda sobre las carreteras, ataba sus hilos a los corazones humanos y hacía parpadear las luces. Pero la luz de Magdalena parecía fundida, necesitaba reparación.

La puerta se abrió. Una enfermera menuda en bata rosa se sentó a su lado.

No abra los ojos, déjeme limpiar la máscara de pestañas. Si entra, escuece mucho. No, no se mueva, ya acabo.

Sentía la caricia helada del algodón húmedo en las mejillas, la enfermera murmuraba palabras suaves…

Magdalena recordó a su madre, tiempo ha enterrada. Había visitado su tumba en septiembre, pagado para que arreglaran la verja y sembrado nomeolvides, dispersando semillas sin saber si era demasiado tarde.

¿Los tapo? Que los gorriones son muy listos… le preguntaban los hombres, esperando una gratificación extra. Magdalena, la roca envuelta en un abrigo hasta los talones, no respondía, sólo repartía billetes y se marchaba.

De niña, su madre le refrescaba la frente con toallas mojadas y limpias, perfumadas de frío.

No, no hace falta que me limpie murmuró avergonzada Magdalena. Ya dormiré, ya me lavaré luego.

Silencio, necesita descansar. Así… Así, ya está. Ahora el pelo liberó el moño de Magdalena de sus horquillas, peinó suavemente.

Le pago estiró el brazo hacia su bolso, sobre la mesilla . El monedero… no está.

Magdalena sollozó.

Era la segunda vez que la robaban. La primera, en el metro, un hombre borracho le agujereó el bolso, sacó la cartera con una foto de Sergio, una moneda de un céntimo traída de Lisboa, y una lista de la compra. Magdalena ni lo notó hasta más tarde, al sacar el monedero en un kiosco y ver la raja. Entonces se sentó y lloró, esta montaña de hombros y manos gruesas, llorando como una niña.

Qué pena… susurró entre lágrimas . Qué pena

No por el dinero, no. Sino por el bolso recién comprado, su primer accesorio elegante; la cartera, de piel azul tan suave… Al final, habría cicatrices, en la piel y en el alma…

Esto también era culpa del hombre de Urgencias.

No importa, repose. Ahora le traigo el tensiómetro. Silencio…

La enfermera salió, volvió con el aparato. Magdalena apenas sintió la presión del brazalete al dormirse en un sopor tibio, de caramelo fundido.

Sergio, recién salido de la ducha, pronto olvidó a su madre. Irene se lo recordó varias veces, incluso llamó ella, pero Magdalena no cogía el teléfono.

Algo pasa, Sergio. Deberíamos buscarla, llama a la empresa se sentó frente al marido, pero él se encogió de hombros.

Mamá lo tiene todo atado. Tiene hasta UVI móvil reservada, seguro. Olvídalo, Irene.

La apartó, como un mueble, y encendió la tele una pantalla grande, brillante. Había fútbol. Sergio, con los ingleses en pantalla, pateaba el suelo bajo la mesa como si jugara él.

Buen televisor el que regaló la madre dijo, dándose en la rodilla y bebiendo cerveza.

Irene, frotándose el hombro, se retiró a la habitación y volvió a llamar a su suegra.

Entre ambas, siempre hubo un vínculo extraño, ni hostil ni afectuoso.

A Magdalena le faltaba el tiempo y la habilidad. Amaba haciendo: ventanas nuevas (¿Cómo va a tener el hijo de la ventana unas viejas?), reforma del baño, coche para su hijo, un abono de gimnasio para Irene (por su espalda), productos, tejidos de calidad. Todo lo resolvía por iniciativa propia, invitando a su nuera a acompañarla, luego elegían lo mejor en las tiendas.

Al principio, Irene no entendía tal actitud y rehusaba, más tarde asumió que era invencible y pensó que devolvería el dinero cuando pudiera.

Así amaba Magdalena. O sólo así sabía, o sólo podía. Y a Sergio igual: juguetes, deportes, muebles, patines, equipos de música, vacaciones en la playa… no con ella, sino en campamentos, pero iba de visita cuando podía. Si hacía falta arreglar la calefacción del colegio, Magdalena iba ella misma, conseguía materiales, peleaba con fontaneros, hasta se colgaba el soplete los obreros admiraban su empuje y, gracias a ella, su buena paga. Si la escuela necesitaba piscina, lo gestionaba todo. ¿Por qué lo hacía? Lo quería mucho, aunque él no la quería a ella.

El día que Sergio anunció que se casaba, Magdalena se sintió desconcertada. Aún ayer parecía su niño con cochecitos, y ya tenía esposa. La boda, sencilla pero en buen restaurante, que Sergio no habría podido pagar. El vestido de Irene, elegido entre las mejores tiendas, con el corte y los adornos que quiso.

Irene quiso acercarse, pero Magdalena mantenía la distancia. Era la mujer de piedra, una montaña. No era de mimos ni palabras suaves. Había trabajo, reuniones, perfiles, reclamaciones, litigios, un sinfín de obligaciones. Tira del carro, como una yegua, y sin tregua.

Irene volvió a llamar. Contestó una mujer. Apuntó todo. Debía esperar a la mañana siguiente, en horario de visitas.

Está dormida, agotada. Traiga ropa cómoda, algún jersey grueso. Hay corriente en las habitaciones

Irene asintió. Agradeció y cortó la llamada.

Sergio desplazado en el sofá, jugaba ahora al ordenador. Irene pensó decirle algo, pero guardó silencio. Se vistió, cogió las llaves del piso de Magdalena y desapareció.

… Magdalena madrugó en la habitación. Las compañeras, de edad similar, murmuraban y bebían té. Una, Zenaida, sentada junto a la ventana, masticaba sin cesar.

¿Galletas de vainilla? acertó Magdalena . Le gustan. Pero cuidado, es mejor mojar en té, que secas hacen daño.

Los nervios, perdone. Mi marido está ingresado en otra planta, tuvo un ictus, estoy inquieta. No puedo dejar de masticar. El té… ya es demasiado….

No, de ningún modo. ¿Dónde hago un té, por favor? . Las chicas del comedor la miraban sorprendidas al verla, tan grande y magnífica, agotada pero erguida, entrar en la sala.

Observó todos los detalles: el linóleo levantado, la cocina que necesitaba reforma. Y, cómo no, las ventanas: buenas, limpias. Faltaba ajustarlas. Debía enviar a su técnico…

Cruzando el pasillo en pantuflas, llevó una taza de té caliente para Zenaida.

Beba, Zenaida. No sé cómo le gusta, cuánta azúcar, pero pruebe.

Zenaida asintió agradeciendo con un gesto y se entregó al calor de la taza.

Es usted muy buena dijo, señalando la puerta de la habitación . Hay una chica ahí, la llama.

Era Irene, con varias bolsas, ridícula en bata desechable azul y cubrebotas.

Hola, llamo, llamo no quería gritar. Perdonen, vengo a ver a la señora Fernández dejó las bolsas junto a las pantuflas de Magdalena. Zenaida asintió comprensiva y volvió a sus galletas.

Irene, no hacía falta, me apaño aquí Magdalena movió la cabeza, avergonzada.

¡Pero cómo que no! exclamó Irene, revolviendo en las bolsas Aquí tienes pijama, camisón, sudadera. Aquí va lo de la higiene, aquí tus caprichos favoritos, té, café. Sábanas no, pero si quieres las traigo.

Magdalena erguida, y en la cúspide de su montaña, su flequillo despeinado temblaba. Todo su cuerpo, bajo el camisón institucional, se estremecía.

Tía Magda, ¿pero qué te pasa? ¡Venga ya! Irene se irguió . Ve, ponte cómoda, voy a buscar al médico.

Salió disparada y Magdalena quedó mirando la cama, las bolsas, el camisón.

La vida se recomponía, se pegaban los trozos que antes sólo sabía pisar sin sentir, atenta y rígida para no notar cuánto dolían los cristales de sus sueños.

Nunca permitió acercársele a nadie, ni siquiera a la nuera. Y ella, ahí estaba, preocupada. ¿Por interés? Quién sabe… pero sentaba bien ver que venía a visitarla.

Sergio llamó alguna vez, Magdalena no contestó. No sabía qué decir.

Irene volvió y se sentó, pensativa, girando el anillo de bodas. No pensaba contar que quería separarse de Sergio. Mejor callar.

Por la noche, Magdalena lloró de cara a la pared, sin saber la razón.

Al día siguiente, le devolvieron el monedero y el anillo.

El hombre que les robó en Urgencias ha muerto. Aquí tiene sus cosas anunciaron unos funcionarios.

¿Y qué le pasó? preguntó Magdalena.

El corazón. Se llamaba Nicolás Buriano dijeron por decir.

Magdalena asintió. Ahora sí, le recordaba. Nicolás, el mejor del equipo de deportes, casi campeón, le acariciaba la espalda y le juraba amor. Mentía y ella creía. Ahora él estaba muerto. Ella seguía viva.

Y no era de piedra, sino de carne y recuerdos, solo que llevaba tanto tiempo sin respirar hondo ni sentir alivio.

Pero ahora todo cambiaría. Tenía a gente nueva: a Catalina, a Zenaida, a Irene torpe pero adorable, su trabajo, sus gestiones, la primavera, y los nomeolvides, que aún debía plantar. Tantas preocupaciones que solo ella podía resolver. Y, además, un nieto, una perlita vista en la ecografía.

Irene, no esperes nada de él. Pero quiérele y díselo. Yo nunca lo hice, y me pesa le confió Magdalena . Una mujer que no ama, se convierte en piedra.

Irene asintió. No, Magdalena no era de piedra: era tierna y frágil, grande y ancha, pero muy débil. Magdalena Fernández Martín, que alguna vez nació y saludó al mundo con un gran grito Esa noche, justo antes de dormirse, Magdalena imaginó su cuerpo como una montaña al sol: surcada de grietas, musgo, lluvias pasadas, pero aún en pie. Y pensó en nombres nuevos: Magdalena la firme, Magdalena la que tiembla. Magdalena, simplemente, con miedo y ganas a partes iguales.

Cuando Irene la abrazó antes de irse, torpe y sin palabras, Magdalena no la apartó. Sintió esos brazos tensos rodearle la espalda y cedió por un instante, como si la gran roca se ablandara, y un calor pequeño pero real vibrara muy hondo. Lloró en silencio, apoyada en el hombro de la joven, permitiéndose el lujo del desahogo, ya sin público ni testigos.

Al día siguiente, un rayo de sol entró por la ventana mal ajustada y le calentó la mejilla. Magdalena abrió los ojos y supo que vendrían días buenos y malos, que seguiría corrigiendo el mundo a su modo, endurecida pero no invulnerable. Tal vez hasta aprendería a dejarse ayudar, a preguntar, a sentarse un momento más a la mesa. Tal vez, después de todo, aún tenía tiempo para arreglar luces fundidas y guirnaldas, para atreverse, al fin, a decir te quiero.

Porque hasta la piedra, si la baña la lluvia y el sol, aprende, con paciencia, a florecer.

Y Magdalena, por primera vez, se permitió florecer.

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