Diario de Gema
Hoy me han traído a urgencias en ambulancia, recogida de la calle como un fardo sin fuerzas. Me derrumbé en mitad de esa acera empapada y helada, y unos hombres con manos decididas, pero no demasiado cuidadosas me subieron a la ambulancia. No hubo modo de convencerme para tumbarme: me senté en la silla, tiesa como una estatua.
Llevaba mi traje de chaqueta, unas botas de tacón fino y mi maquillaje discreto pero suficiente. Los pendientes, pesados, tintineaban cada vez que levantaba la cabeza. Mi bolso de cuero descansaba sobre las rodillas. Me sentía enorme, rotunda, como siempre. Y, según me trajeron, todavía con el efecto del susto y la rabia, reñí al conductor por oler a puro, al celador por lento y al chaval en prácticas por torpe. Ese renacuajo se rebeló y masculló algo, pero le corté de inmediato: ¡No me falte usted al respeto, jovencito, que las manos se las va a guardar bien quietas! Y me agarré fuerte a los reposabrazos, acercando mi bolso a la barbilla, como si fuese mi escudo.
Observé la sala como quien va de incógnito para evaluar el hospital. La piel me ardía por efecto del maquillaje y el sudor, se me notaban hasta las venas bajo el corrector. Vamos, seguid, que aquí hay corriente, exigí, al ver la cola de gente.
La señora de recepción, toda grave con su abrigo de visón, me quitó los papeles de las manos y despachó a los chicos de la ambulancia. Crisis hipertensiva, perdió el conocimiento, relató como pudo el muchacho.
Sentí una punzada de dolor en la cabeza. Los brazos caían cansados sobre el bolso, y no me quedaban fuerzas para nada. Ni hablar. Solo quería agua. Por favor, denme un poco de agua, pedí, sin saber a quién, alto y claro. Nadie me oyó; aquí cada uno a lo suyo: familias abrazando camillas, médicos pasando apurados con papeles, enfermeras ocupadas. Para ellos no era nadie.
Una enfermera, medicha la bauticé yo mentalmente preguntó por la señora Barrios. Aquí estoy, contesté, y me lo hicieron repetir. Pues tómese esto y al baño, luego análisis de sangre. Quítese esa gorra, aquí no estamos en Burgos, dijo señalando mi gorro peludo, más propio de película navideña.
Me quité el gorro, buscando dónde guardarlo y lo metí de cabeza en el bolso, apretado entre carpetas. No pensaba quedarme aquí ni un día. En cuanto me repusiera, a la calle: que tengo una empresa que dirigir, ventanas que vender, obreros que organizar, y nadie va a sacar los pedidos adelante por mí.
Me colocaron un botecito en el regazo. Qué escena. Siempre fui grande, voluminosa; así nací, así seguí: ¡Vaya niña, señora, qué tamaño tiene!, decía la gente a mi madre. Y ya adolescente, lo mismo con los zapatos. Mi madre, menuda, parecía una Pulgarcita a mi lado. Los genes de mi padre, que era un gigante. Se fue joven, aquella maldita enfermedad, y yo con ocho años me quedé.
Siempre fui acomplejada. Una gigante torpe entre críos en el colegio, solitaria. Solo en el deporte me encontré mi hueco, gracias a un amigo de mi madre, entrenador; ella para poder estar con él, me apuntó a atletismo. Lanzamiento de disco y peso: allí sí que servía ser grande. Me lastimé mil veces, pero, al menos, era buena. Después me equivoqué tomando un ímpetu de hombre por amor y acabé herida. Fui aprendiendo a ir por delante, entera, dura. De ahí que todos me llamaran la mujer de piedra.
Empecé en la administración de fincas, luego con las reformas, después llegó la era de las empresas privadas, y ahí monté la mía: Ventanas al Mundo. Me metí entre obreros, siempre tomándome por un hombre. Nunca consentí abusos: tenía fama de dura, de decir la verdad a la cara y de ser justa, más que amable.
No hacía amigas, mejor así. El mundo se resiente menos cuando nadie susurra a tu espalda que eres una armario. Pero protegía a mis empleados como una roca: les buscaba médicos, les recomendaba restaurantes, vigilaba tanto su salud como sus rutinas y buscaba soluciones incluso cuando tenía que despedir a alguien. Que nadie se quedara en la ruina, ésa era yo.
Tampoco fui cariñosa con mi hijo, Sergio. Nunca un piropo, nunca un te quiero, pero siempre tuvo colegio, clases extra, comida buena, vacaciones. Yo creía que bastaba; él, que eso no era amor. Lo nuestro era más bien trato de negocios; hacía lo posible para que él tuviera lo que a mí me faltó, pero parece que con eso no alcanzaba a ser una madre de verdad.
Hoy, en urgencias, mientras todos iban a su ritmo, sentí que estaba sola. Ni siquiera mi nuera, Inés, tenía que aguantarme, pero ahí estaba la pobre, mascando chicle y tratando de ser educada. Llamé a Sergio, que estaba bajo la ducha. Su respuesta no fue muy distinta a la mía en otros tiempos: Mamá aguanta, ya llamo luego. Él, siempre esperando, y yo, siempre ocupada.
Me intenté levantar: caí desplomada, toda mi vida rodando por el suelo junto al bolso, el gorro, las llaves. No sé quién fue el tipo que se acercó a ayudarme ese hombre, vagabundo de pinta pero luego me enteré que se llevó mi cartera y el anillo, aunque en ese momento la mente se me nubló y solo oía una voz mecánica en la cabeza diciendo: Siga por la derecha, siga por la derecha.
Recordé a Rómulo, mi conductor habitual, siempre dispuesto, que no vino hoy porque el camión de la basura le chocó el coche. Yo, tercamente, decidí ir en metro, rodeada de gente mirándome como si fuera una montaña andante.
Al llegar la noche, por fin reposando en la cama del hospital, pude pensar. Las cosas que siempre he hecho por los demás, las redes que tejí para mantener a flote a Sergio, la rigidez con que me aferro al trabajo, todo eso me ha hecho fuerte, pero también fría. Dicen que soy de piedra, pero por dentro a veces siento que solo es un disfraz.
Entró una enfermera, diminuta, en bata rosa, y me retiró con cuidado la máscara de rímel. Me acariciaba la cara con un algodón, tan suave, tan maternal, que me hizo llorar. Recordé a mi madre, cuando me limpiaba la frente con un paño. ¿Cuánto hace que nadie me trata así?
Lloré por dentro, por tantas veces que me han robado la alegría, por aquel primer robo también en el metro, cuando perdí no solo el monedero, sino la foto de Sergio y una moneda que me regaló un amigo de juventud. Lloré ahora porque ese tipo de urgencias volvió a arrebatarme mis cosas, como si a la mujer de piedra nada le perteneciera.
Al día siguiente, mientras el teléfono no paraba de sonar y todos en la empresa me reclamaban, una enfermera me reconoció: Catalina Pegaso, una amiga de juventud. Ella sí que supo consolarme en mi peor momento, cuando tuve que interrumpir aquel embarazo fruto de una historia absurda y cruel. Ahora ella está aquí, con dos hijas, ayudando y sonriendo. ¿Y yo? Sin pareja, el hijo lejos pero sigo en pie.
Más tarde vino Inés, con bolsas: ropa cómoda, dulces y hasta un camisón bonito. Me conmovió ese gesto, aunque pensé que quizá lo hacía por deber. No importa, aún así se agradece. Nos sentamos, silenciosas, como si entre las dos flotara un secreto. Ella giraba su anillo de casada entre los dedos. ¿Pensará en separarse de Sergio? Eso no lo pregunto.
Me devolvieron el bolso y el anillo. El ladrón, dijeron, era un tal Nicolás Burbuja, antiguo atleta, casi campeón nacional. Fue amor de juventud, lo entendí al verlo escrito. Murió esa noche. Mintió cuando me creía la mujer más guapa; yo quise creerle, pero éramos jóvenes, ingenuos. Ahora quedo yo, más viva y más humana que nunca.
No soy de piedra, por más que lo diga la gente. Solo he aprendido a protegerme, y quizá ahora empiece a dejarme querer un poco más. Siempre quedan ventanas por abrir, primaveras por sembrar flores, y un nieto en camino al que intentaré decirle: Te quiero, tantas veces como haga falta, para no convertirme nunca en lo que el mundo cree: una estatua inmóvil.
Las mujeres, para no petrificarnos, necesitamos a alguien a quien cuidar y querer. Es mi propósito: no endurecerme más, aprender a amar diciendo, no solo haciendo.
Así que hoy empiezo de nuevo. No sé si bien o mal, pero al menos cálida, sensible, gigante como la Gema Barrios que un día nació dando la talla.






