Mis propias reglas

Mis reglas

¡No, Álvaro, de verdad que me alegro muchísimo de que hayas venido! María del Pilar se sentó enfrente de su hijo, apoyó la barbilla en los puñitos y le dedicó una sonrisa cálida. Te he echado tantísimo de menos… Anda, come, hijo. ¿Te sirvo otra croquetita?

Álvaro negó suavemente con la cabeza.

¿No te han gustado? preguntó la madre, asustada, incorporándose. Su carita, que estaba tranquila y algo arrugada, se tensó; las cejas se arquearon. Si las he hecho como siempre ¡Y se lo dije a tu padre, que no comes cerdo! ¡Si se lo advertí! ¿Tienen un gusto raro?

María del Pilar empezó a inquietarse; llevaba toda la semana esperando la visita de Álvaro, llenando la mesa de comida como si vinieran a comer los jugadores del Real Madrid, y ella fuera la jefa de cocina. Y justo, vaya fallo, su hijo pone mala cara a las croquetas

¡Que no, mamá, no empieces otra vez! Están riquísimas, de verdad, pero no puedo más.

Álvaro dejó con delicadeza el tenedor, demasiado pequeño para su mano enorme (parece de oso, pensaba su madre), ajustó la servilleta, diminuta también como un pañuelo infantil. Era curioso cómo de una mujer tan menuda había salido un chaval tan grandullón. Pero su padre, Manuel, también era igual de robusto; al lado de Manuel, Pilar siempre parecía una chiquilla.

Todo, como siempre, estaba espectacular Álvaro se levantó, fue hasta ella, y le dio unos golpecitos en los hombros, como si le cubriera los hombros con una bufanda. A ella le entró de golpe una calma y una sensación de seguridad. Bueno, ¿qué querías contarme? Anda, dilo, que enseguida me tengo que ir. Habíamos quedado con Jimena para ir a comprarle ropa a Martín.

Jimena, a la que Álvaro llamaba cariñosamente de manera castiza, era su esposa, una mujer cuidadosa, honrada y muy guapa. La vio por primera vez en la calle y se quedó tan embobado que chocó contra una farola. Se abrió la ceja y se puso a sangrar. Jimena, asustada, abrió mucho los ojos y se tapó la boca. Álvaro se frotaba la frente preocupado, pensando que quizá había roto la farola

Los dos acabaron en urgencias. Jimena, divertida, inocente y joven, le preguntaba todo el rato si mareaba, le agarraba del brazo. ¿Y qué iba a contestar él? ¡Pues claro que mareaba! ¡Menuda mujer tenía al lado!

Se casaron, y ahora tienen un hijo, Martín, y Jimena trabaja de logopeda. Muchas veces recibe a los alumnos en casa, lo que es una ventaja porque así puede organizarse con las tareas. Álvaro cada mañana va al trabajo y deja a Martín en el colegio, un colegio concertado al que Jimena consiguió plaza, uno de esos que preparan para carreras de ciencias. El caso, que su vida era tranquila y plena, todo amor y mucho que hacer.

¿Y cómo que Jimena no ha venido? preguntó María del Pilar mientras recogía la mesa. Sabía de sobra que su nuera tenía alumnos hoy, incluso en fin de semana, pero quería alargar la charla, le daba apuro pedirle un favor a su hijo.

Si te lo dije antes, mamá, tiene cita con dos niños hoy. Y Martín está haciendo deberes. Bueno, ¿qué pasa?

Álvaro cogió de sus manos unas tazas y las puso en el fregadero, con un cuidado exagerado. Volvió a sentarse y, acariciándose el vientre, se desperezó, chocando la mano con el mueble. Sí, el pisito era pequeño No como su casa, que gracias a la herencia de unos parientes de Jimena, les había tocado vivir en un piso de tres habitaciones, cocina amplia y una estupenda terraza. Allí cabía todo el mundo y aún sobraba espacio. Los parientes de Jimena se habían ido a vivir al campo y cada otoño le enviaban bolsas de patatas, cebollas y hasta crisantemos. ¡Madre mía, qué crisantemos! Venían en el coche furgoneta de su tío Ramón, que adoraba a Jimena, aunque Álvaro nunca supo el motivo. A tío Ramón siempre le ayudaba a reparar la furgoneta y por casa andaba tan a gusto en sus pantalones cortos.

Pues mira, hijo Pilar respiró hondo, algo titubeante, y le acercó un plato de mantecados. ¿Tú te acuerdas de Doña Carmen?

Álvaro, al oír el nombre, se puso serio y arqueó una ceja.

¡Por supuesto que me acuerdo, mamá! asintió. Los mantecados olían a gloria, a miel, a masa, a azúcar glas; no aguantó más y fue a servirse té, cogiendo el más grande, con dibujo de La Giralda.

Pues eso A Carmen la han derivado al hospital de aquí, al provincial. Resulta que le hace falta operarse los ojos el diagnóstico exacto no lo sé, pero la cosa es seria

Álvaro mascaba y escuchaba. Claro que recordaba a la tía Carmen. Había sido la vecina del piso de enfrente toda la vida, siempre ayudó a su madre y cuidó de él de pequeño cuando los padres trabajaban. Siempre la recordaba con sus enormes gafas redondas, que le daban aspecto de lechuza y hacían aletear a sus pestañas como mariposas tras los cristales.

¿Y? preguntó finalmente. Su madre se había quedado en silencio, nerviosa, quitando invisibles migas del mantel.

A ver, lo que quería pedirte es si podría quedarse aquí con vosotros mientras dure el tratamiento Es que el alquiler es caro, y a hotel no puede ir. Está mayor, no tiene tantas fuerzas, y yo siento que le debo mucho, ella prácticamente te crio.

Álvaro se quedó callado, bebió un trago largo de té, se limpió la boca. La idea de compartir piso con la tía Carmen no le apetecía adiós a pasearse en pantalón corto, adiós a ver a Jimena por la noche en camisón en la cocina pero si hay que hacerlo, se hace.

¡Pues por supuesto! Si ella me cuidó de crío, ahora me toca a mí. Álvaro sonrió sintiéndose de pronto generoso, fuerte y atento. Pensó en cómo Jimena y su madre estarían orgullosas de él. ¡Doña Carmen merece que la cuiden ahora!

Y en ese momento, el sol se reflejaba en la ventana como si coronara la escena, y en los ojos felices de su madre brincaban reflejos, y en la plaza sonaban las campanas de la iglesia, y casi, casi se le puso la piel de gallina.

¿En serio? ¡Ay, hijo, eso sí que es tener valores! Eres tan sensible…

María del Pilar le acarició el pelo como cuando era niño. Si Jimena hubiera estado presente seguramente hubiera puesto caras, imitando a su suegra, siempre tan pendiente de su hijo.

Pero como no estaba, Álvaro se permitió volver a ser el niño mimado de su mamá, el más importante.

Pero… habrá que consultarlo con Jimena murmuró su madre, algo temerosa. Pero Álvaro dijo que ella no pondría pegas, y enseguida, encogido en el regazo de su madre, estuvo a punto de adormilarse de lo a gusto que se sentía. Bueno, voy entonces a avisar a Carmen, para que os organicéis…

Cuando su madre salió y su padre salió de detrás del periódico, Álvaro marcó a su mujer.

Jimena le escuchó mientras se maquillaba el ojo y apuntaba ya al otro.

¿Y para cuánto tiempo, dices? preguntó finalmente.

Pues… dos semanillas, creo. Hay que ayudar… la mujer está mayor, no puede estar sola respondió Álvaro justificándose. Es una operación de poca cosa, pero en el hospital no la pueden dejar después

Ya, pero que luego tiene revisiones y demás empezó Jimena, pero su marido le cortó.

Eso, y no es plan de hacerle ir y volver todo el rato. Además, Carmen es muy ordenada, muy maja, seguro que os lleváis bien…

Mira Jimena resopló, no me hace mucha gracia Recuerdo en la boda cómo me miró, qué apretada… No le caigo bien, Álvaro.

¡Que sí! Si te aprecia, mujer, y va a ayudar a Martín, ya verás

A nuestro hijo le quedan dos días para cumplir dieciséis años, ¿en qué lo va a ayudar? Jimena se encogió de hombros, mirándose ya en el espejo, pero perdiendo el ánimo.

En todo, mujer. ¡Qué experiencia tiene! insistía Álvaro. ¿Entonces, no te importa?

Jimena estaba bastante “en contra”, pero no se atrevió a decirlo.

Bueno… ¿Cuándo viene? preguntó seca.

Ruidos en la línea. Álvaro dijo que el domingo.

¿Este? O sea, ¿mañana? Jimena miró alrededor el pequeño, ordenado (o desordenado) caos de su casa: nada catastrófico, pero no apto para visitas.

Nadie, nadie aparte de su familia íntima, había visto el salón al natural. Si tenía alumnos, era en la sala-comedor, nadie pasaba de ahí. Si venían invitados, limpieza a fondo y orden total. A Jimena siempre le daba apuro su vida doméstica, los jerséis por el suelo, las toallas mal puestas.

Y ahora la tía Carmen iba a deambular por toda la casa, iba a pensar que ella era una pésima ama de casa…

“Los suelos limpios, orden en casa, orden en la cabeza” le repetía su madre. Nada más entrar la gente en una casa, se fija en eso. ¡Jimena, eres una desastre! Anda, ¿no puedes colgar bien la ropa? ¡Eres una chica, por Dios!”

Jimena cerró los ojos, negando con la cabeza como si su madre estuviera justo detrás, llamándola desastre…

El siguiente domingo, no este precisó Álvaro.

Ah… Bueno. Entonces hay tiempo… suspiró ella aliviada. Voy a decírselo a Martín…

Así tendría unos días para limpiar, organizar, lavar y ordenar.

Martín recibió la noticia de la llegada de la señora indiferente. “Viene y punto”.

Mamá, tranquila, vive como vives, ¡ya está! dijo filosóficamente mientras veía a su madre recorrer la casa con la aspiradora. Esto es nuestro ecosistema. Ella es un organismo externo, tendrá que adaptarse.

¡Menudo ecosistema, Martín! Mira cómo está el sofá Ay, venga, coge tú también la aspiradora, que no quiero que piense mal de mí y luego se lo cuente todo a la abuela Pilar.

La abuela ya lo sabe todo y no se muere de vergüenza respondió Martín encogiéndose de hombros.

Jimena andaba atacada, pero sonó el timbre: llegaba su primer alumno, un chaval rechoncho llamado Andoni. Y Jimena, entre ejercicios de pronunciación, miraba todo el tiempo la sala… “¡Las ventanas! No las he limpiado aún…”

“Las ventanas deben estar tan limpias que parece que no tienen cristal, Jimena. Eso dice mucho de una ama de casa” volvía a oír la voz materna.

Eso que llegó Álvaro y la sacó de la limpieza para ir juntos a comprar ropa y todo el camino hablaba maravillas de la tía Carmen. Jimena solo asentía, resignada.

Papá, ya hemos entendido lo de tu segunda madre, cambiemos de tema soltó Martín.

Y Jimena se lo agradeció…

Los días pasaron volando. El sábado siguiente Álvaro fue a buscar a Carmen, y Jimena canceló sus clases para recibir a la invitada.

Mandó a Martín a la peluquería y al perro, Chispa, lavado y acicalado; las ventanas brillaban.

Jimena, llegaremos sobre las tres, así que no te agobies, haz tus cosas. Carmen está preocupada por alterar nuestra rutina avisó Álvaro.

Vale, entendido. La espero para la comida asintió Jimena.

Tenía pensado asar pollo, hacer patatas, una ensalada En fin, recibir a la invitada como mandan los cánones.

Se levantó a las siete, mandó a Martín a pasear a Chispa, y ella misma se metió en la ducha, canturreando “Mediterráneo” bajo el agua. Luego, ya con bata y cepillo de dientes, oyó el portazo de la puerta.

Se escuchaban las voces emocionadas de Álvaro, de una mujer más bien tímida, el perro ladrando y Martín suspirando.

Reflejada, vio que iba en bata y despeinada. El pollo aún sin terminar, y con las patas de Chispa mojadas, el suelo sucísimo

Ya estamos anunció Álvaro arrastrando una maleta roja, seguida de Carmen, que entró sonriendo, encantada con el piso, el ambiente, todo “ideal”. Pero Jimena, la “dueña de la casa ideal”, iba en bata y con el pelo hecho un cuadro.

Aquí está tu cuarto anunció Álvaro, invitando a Carmen a acomodarse.

¿Pero qué hacéis aquí tan pronto? susurró Jimena entre los dientes desde detrás del biombo. ¡No estaba preparada! Me has dejado fatal, Álvaro.

Él se admiraba en el espejo observando las curvas de Jimena…

¿Qué? dijo distraído.

Y además, ¿por qué trae tanto equipaje? preguntó Jimena.

No sé… vosotras las mujeres siempre os pasáis al hacer las maletas, sois como mercaderes bromeó él.

Se sentaron a desayunar. Jimena hizo tortilla a la francesa, Martín montó bocadillos al ver a su madre tan nerviosa.

Carmen entró la última, ocupó asiento junto a Martín.

Buen provecho. Tenéis un hogar precioso. Jimena, ¿recuerdas aquel juego de café que os regalé en la boda? El de las amapolas…

Jimena se encogió de hombros. El juego se rompió el día después de la boda; Álvaro tiró la caja por la escalera. Todo a la basura.

Álvaro ni se acordaba de las dichosas amapolas.

Sería para otra boda… dijo Jimena apresurada, sirviendo el café.

Jimena, aquí me da corriente se quejó de repente Carmen. ¿Te importa si me siento allí?

Martín miró a su madre extrañado. Ella no supo responder.

Álvaro, en plan caballero, intervino.

Jimena, cámbiate de sitio, no queremos que Carmen se enfríe antes de la operación dijo, cambió a su mujer de sitio y sentó allí a la invitada.

Yo a Álvarito lo crié de pequeño dijo Carmen. Hubo que cambiarle los pañales sin parar y comía fatal. Menudo era.

Jimena se atragantó, Martín sonrió con ironía.

Tú deberías ponerte a estudiar ya, joven Carmen recogió la taza de Martín y miró a la anfitriona, que no se atrevió a replicar.

Martín se encogió de hombros y se fue.

Después de desayunar, Carmen se fue a su cuarto, removió cosas, llamó a Álvaro para colocar la tele.

Aquí hay pocas novelas dijo a la puerta de la entrada viendo salir a Martín al fútbol. Martín debería leer más clásicos Traje un par de libros para que lea a Unamuno por las noches. Haremos unas lecturas en serio.

Sí, Carmen. Siempre está con el fútbol y así ya crecerá más culto dijo Álvaro lanzándole la bolsa de la equipación al hijo.

Él sabía que Carmen se llevaba a Unamuno a todas partes, incluso aunque no lo leyese: servía para ganar autoridad. Seguro que en el hospital también lo sacaría, para impresionar.

Salieron Martín y Álvaro.

¿Y tú a qué hora sales? preguntó Jimena.

¿Yo? Sobre la una. Por cierto, ¿ya tiene novia Martín? Porque a Álvaro le salían desde el colegio. Tuvo una llamada Rita, buenísima chica, dócil como plastilina… Eso es práctico, ¿a que sí? ¡Ah! Por cierto, ese perro no debe subirse al sofá. Y hay que mover el zapatero, miren que lugar más incómodo. ¡Ay! Carmen tropezó con el zapatero y tiró zapatos y las sandalias favoritas de Jimena. Pero bueno, esas sandalias no son buenas para la salud. En fin, me voy. Jimena, gracias por acogerme.

Carmen le dio unas palmaditas en el hombro y se metió en el ascensor.

Jimena cerró la puerta…

Mamá, pero ¿por qué tiene que mandar tanto? Hasta ha echado a Chispa del sofá, y aquí le dejamos, ¡es nuestra casa! protestó Martín acariciando al perrete. Este suspiraba tristón.

Pues Es así, está acostumbrada a educar. Pero es temporal, aguanta un poco.

Jimena se sentía culpable por su hijo y el perro: ¿cómo puede no ser la dueña de su propia casa? Pero imposible faltar al respeto a alguien que cambió los pañales a tu marido

Esa tarde Carmen montó una producción masiva de pimientos rellenos en la cocina, todos manos a la obra, y Álvaro no podía estar más servicial.

Pero el lunes, Carmen puso alarma y a todos a hacer gimnasia bien temprano.

¿Cuándo te operan, Carmen? preguntó Jimena, jadeando después de correr en el sitio, mientras Carmen cronometraba las series: cuarenta segundos haciendo planchas, diez de descanso.

Martín, que ya pasó del rollo saludable, se fue directo al cole, pero Álvaro seguía animando a su mujer:

¡Vamos, Jimena, un poco más!

… Pero, ¿cuándo es la operación? insistió Jimena.

Mañana me ingresan, y luego Álvaro, ¿me vas a visitar? preguntó Carmen con tono de corderito.

Pero si son sólo dos días. La operación es una tontería respondió él, aunque luego asintió.

El lunes fue estresante para Jimena: clases que se anulaban, niños que se ponían malos, otros que no venían. Carmen, en su cuarto, escuchaba a Nino Bravo cantar Un beso y una flor a todo trapo y entonaba con él, golpeando el suelo. Jimena, agotada, la vio bailar a través del cristal.

Está nerviosa, mujer le explicó Álvaro. Cuando se pone así, escucha a Nino Bravo, la calma.

Por la tarde, Carmen intentó que Martín leyera con ella Niebla, pero él se negó tajante y le soltó sus quejas sobre la obra, y sobre la presencia de Carmen en casa. Dio un portazo. Carmen llamó después a Jimena, que iba hablando por teléfono citando a madres de alumnos:

No, mire, si quiere que su hijo tenga logopeda de los mejores, lo trae hoy sin falta. Si no, atentas a las consecuencias: de mayor, su hijo tampoco irá a verla. Le doy media hora o está fuera del calendario. ¿Quién soy?, ¡la secretaria de Jimena Sánchez! Buenas tardes.

Devolvió el móvil a Jimena y se quedó mirando por la ventana. Jimena empezó a hiperventilar, hasta que explotó. Martín vino a oír.

¡Mire, Carmen! No se meta en nuestra vida ni en mi trabajo. Y los pimientos los hace usted en su cocina. Me da igual cuántos pañales cambió a mi marido. ¡Basta de mandar! Lea usted a Unamuno, haga deporte, lo que quiera, ¡pero no aquí! Y Chispa se tumbará en el sofá si yo quiero, y compraré conservas aunque diga que no es sano. Es mi vida, mi casa, mis alumnos, ¡yo decido! Espero que la operación le vaya bien, y pronto se vuelva a su casa.

Martín aplaudió, Chispa gimoteó pegado a las piernas de Jimena, y Carmen, al volverse desde la ventana, sonrió.

Jimena se quedó atónita. Pensó que se iba a llevar una buena bronca, pero

Pues muy bien, Jimena. Nunca, ¿eh?, nunca hay que agachar la cabeza, ni complacer a todo el mundo. Que digan lo que quieran, pero tú vive recto. Si no quieres que me quede, dilo claro. Así todo es más sencillo, y tú te sientes en paz. Perdona que me haya pasado, hija mía, siempre fui un poco provocadora Álvaro lo sabe. Ay, hija, ¡qué nervios tengo por la operación! Y Chispa, buen chico, tan listo y se agachó a acariciar al perro. ¿Queréis un poco de dulce de membrillo? He traído del pueblo. ¿Martín, tú quieres?

Él puso los ojos en blanco. Ya sospechaba que las mujeres eran raras, pero tanto

Llamaron al timbre: llegó el alumno rechoncho de Jimena y se llevó su porción de membrillo. Su madre, azorada, le pidió a Jimena que no la borrara de la lista de clases.

¿O hablo con su secretaria? preguntó tímida.

No, no te preocupes. Tu niño es un solete.

Jimena le guiñó el ojo a la secretaria.

Por la noche, cuando Álvaro y Martín se metieron al salón a jugar a la consola, Carmen, cómoda en el sillón, contó anécdotas de Álvaro de niño, cómo le pilló rayando las paredes, cómo se mojaba en los charcos y estuvo a punto de caer al río y cómo Rita, esa novia, no le gustó nada: demasiado sumisa.

Y el juego de café ni lo eché de menos. Se rompió para traer fortuna, y así vivís tan bien juntos. Álvaro me perdona todo, me tiene cariño Y tú, Jimena, eres maravillosa.

El dulce de membrillo se derretía en el plato, caía la noche tras los cristales; al este, ya se asomaba el primer hilo anaranjado del amanecer.

Es la hora susurró Carmen. A las ocho tengo que estar en el hospital

Álvaro la llevó en coche por las calles tranquilas. Jimena fue con ellos, sentada al lado de Carmen, notando cómo ella temblaba de nervios.

Esta noche te llamo le ajustó el abrigo Jimena. Y ni se te ocurra discutir.

Carmen asintió. Era bonito vivir con gente joven, aún más con Martín, tan diferente de su padre. Según él, sigue su propio ecosistema y está dispuesto a estudiarlo, nunca a cambiarlo.

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