Una mujer de verdad

Marta, ¿dónde estás? ¡Tráeme los pepinillos! ¿Vas a tardar mucho más?

Era evidente que el marido de Marta, ese tal Andrés, ya había perdido la paciencia pues, por primera vez en mucho tiempo, había levantado la voz. Sin embargo, ella estaba absorta, dibujando un rímel carísimo, recién comprado, sobre sus pestañas del ojo izquierdo, y parando a ratos para admirar su obra en el espejo. Su amiga Lucía, siempre tan perspicaz, le había dicho que ese maquillaje solo era apropiado para una fiesta del Casino de Madrid, pero aun así Marta insistía. El ojo derecho, gracias a rímel, delineador nuevo y una sombra azul añil, parecía ahora más grande de lo que la propia naturaleza había previsto, de forma casi inquietante. Sin embargo, detenerse no era una opción.

¿Los pepinillos? Marta ni los miraba, flotando en la bañera, ajena al mundo.

Todo venía a cuento de la declaración repentina de Andrés, hacía apenas una semana, mientras Marta cocinaba y él cerraba tarros para el invierno: ¡Quiero que seas una auténtica mujer!. Y acto seguido, le extendió una tarjeta con los ahorros de un año.

Decir que Marta se quedó a cuadros sería quedarse cortos.

Su primer impulso fue montar un escándalo. ¡Vamos, por supuesto! Si Andrés había conseguido guardar esa cantidad de euros y ni se lo había mencionado, ¿de qué más sería capaz? Marta ya imaginaba a su marido ocultando parte del sueldo o, quién sabe, alguna que otra triquiñuela. Por algo dicen en su pueblo que “el que guarda, nunca fue santo”. Pero apenas abrió la boca, le asaltó un segundo pensamiento y se dejó caer en la silla de la cocina, olvidando el cocido madrileño que rebosaba en el fuego.

¿Qué significa eso de ser una auténtica mujer?

La pregunta ardía por dentro, como el gazpacho con demasiado ajo. Le daban ganas de llorar de rabia y lanzar contra el suelo la vajilla antigua que la suegra, doña Teresa, le había regalado hacía poco. Una vajilla de porcelana de La Cartuja, que Marta solo había soñado en noches de verano de su infancia en Burgos. La suegra la regaló sin más; cuando Marta la besó entre lágrimas, ella se echó a reír con ese deje tan suyo:
¡Ay, Martita! ¡Qué boba eres! Si supieras todo lo que haría por vosotros ¡Vivís, y con eso basta!

La razón de aquel gesto nunca la supo Marta. Doña Teresa siempre fue parca en palabras, prefería abrazos a explicaciones. Abrazó primero a Marta, luego a Andrés, besó a los nietos, y despareció en el AVE, siempre con prisa, alegando que en su casa no se cuidaba sola la huerta ni las gallinas.

Marta tampoco discutía. Llevaba los niños los fines de semana, velaba porque se portasen bien y siempre preparaba algún presente para esa mujer que la acogió sin reparos en los brazos de la familia.

Y había motivos, vaya si los había. Si hasta los de la familia, con todo el empeño, apenas entendían a Marta, ¿qué podía esperar ella de una extraña, a la que había visto apenas en la boda? De hecho, la primera vez que Andrés llevó a Marta (y al pequeño Alejo) a conocer a su madre, Marta temblaba en el coche:
¿Y si no le gusto? ¿Qué le digo? ¿Y si me echa? ¡Madre mía, que vergüenza con un niño de la mano, Andrés! ¡No insistas más!

¡Qué cosas tienes, mujer! ¡Si mi madre te va a sorprender!

Sorprendida no era la palabra, Marta odiaba los sobresaltos. Pero no había vuelta de hoja; la puerta había sido besada por el destino. Cogió al niño dormido y, a regañadientes, siguió a Andrés.

Doña Teresa, allá en Valladolid, la sorprendió: la escrutó, la saludó y, sin decir agua va, le tendió los brazos:
¿Me dejas? Lo acuesto yo en mi cuarto. El pobre ha venido molido.

Y Marta, sin saber por qué, le entregó a Alejo. El niño ni protestó, sólo se agarró al cuello de la abuela, que se puso a arrullarlo y cantar una nana de Juanita Reina hasta que volvió a dormirse.

Alejo, desde que aprendió la palabra, llamó abuela a doña Teresa, y ahí se ganó su corazón.

Marta fue madre a los dieciocho, en un pueblo de la Mancha. La historia del padre del niño era de dominio público. ¿Se casaría Rafael González con la Martita Ortega o la dejaría como a tantas otras? La reputación de aquel Rafael era nefasta, pero Marta lo sabía bien y, por eso mismo, ni le miraba.

El caso es que Rafael era de lengua fácil y manos aún más rápidas. Sabía qué decir para conquistar y, dónde el habla no alcanzaba, forzaba la situación. Mientras otras callaban, Marta no.

Una noche, Marta regresaba tarde de la ciudad, tras visitar a una tía; tuvo que caminar desde el pueblo vecino porque ni el autobús aguardó por ella:
¿Te piensas que voy a llevar mi SEAT hasta tu casa por ti sola? Anda, vete andando. ¡El cielo está despejado! dijo el conductor, y se marchó a su casa.

Rafael la alcanzó poco después en su coche, la invitó a subir pero Marta, al intentar zafarse, ya no pudo escapar

Volvió a casa con el vestido roto y llorando, sin entrar en casa, se fue directa al baño, restregándose hasta el alba para borrar el rastro de las manos sudorosas y de los besos mojados de Rafael; lloraba, maldecía y sólo pensaba en esconderle todo aquello a su madre enferma del corazón, como le había avisado el médico: cualquier disgusto podía matarla.

La madre nunca supo lo que pasó. Cuando murió en sueños, Marta estaba ya de cinco meses. Quedó sola en el mundo.

Esa tía, llegada a ayudar, enseguida se desentendió:
¡Te lo has buscado, apáñatelas tú! ¿Por qué no denunciaste? Ahora ya podías estar casada y tapar la vergüenza. Pero no me líes, tengo mis propios problemas

Marta ni entendía lo que le decía entre el llanto. Días después, viendo que nadie la ayudaría, fue a la Guardia Civil.

¡Martita, por Dios, haberlo dicho antes! exclamó el sargento, mesándose la cabeza. ¡A ese canalla le voy a enseñar yo lo que vale un peine!

Rafael acabó en la cárcel.

Y, como por arte de magia, salieron otros siete hijos suyos perdidos por los pueblos. Las madres, hasta entonces mudas, acabaron hablando.

La madre de Rafael, cuando el juez dictó sentencia, maldijo a Marta en plena plaza: ¡Que tu hijo nazca enfermizo, o que ni nazca!.

Pero los vecinos de aquel rincón de Castilla no abandonaron a Marta. La noche siguiente, las puertas de los González amanecieron embadurnadas de alquitrán. Al poco, la familia vendió el solar y se marchó al norte.

En fecha debida, Marta dio a luz a un niño hermoso, idéntico a la familia Ortega. De Rafael, ni un lunar. Nariz y orejas del abuelo, que ni llegó a conocer, ojos grandes y rizados, igualitos a los de su abuela.

Los vecinos ayudaron con ropa, canastilla, incluso una cuna, lo que Marta agradeció hasta las lágrimas. El dinero que quedó de su madre lo estiró como pudo, consciente de que criar sola no era cosa fácil.

Pero cuando apenas había encontrado paz, la tía reapareció, esta vez acompañada de los tíos, hermanos de la difunta madre de Marta:
Escucha, Marta tendrás que marcharte. La casa es nuestra, de herencia. Mientras tu madre vivió, la dejamos en paz. Ahora necesitamos los euros. Vamos a vender.

¿Y a mí?

Te toca lo de tu madre, no somos salvajes. Haz lo que quieras con eso.

Marta pensó largo y tendido. Con ese dinero ni una casucha compraría en el pueblo. La única salida, largarse a la ciudad. Pero ¿cómo empezar de cero en Madrid?

La tía ni se acercó a la cuna. Murmuró: Te lo tenías que haber ahorrado.

Marta ni le respondió, no era asunto suyo. Su hijo no lo entregaría a nadie, para eso lo había dado a luz.

Tras la partida de la familia, Marta lloró amargamente bajo el nogal del patio. Los gatos de la soledad la arañaban por dentro, y debió despedirse de la casa de la infancia.

Los vecinos se enteraron y, al poco, vino el sargento:
Mira, Marta, en el pueblo cercano se vende medio caserío, la viuda es muy buena. Si quieres, el domingo te acerco para que lo veas y decidas.

Marta casi se le tiró al cuello.

¿Y Alejo?

¡Créeme, crecerá bien aquí!

Y, palmando la foto de su madre, Marta susurró: No te preocupes, mamá. Sobreviviremos.

La nueva dueña, Carmen Ruiz, resultó encantadora:
No temas, muchacha. Si eres limpia y callada, aquí iremos bien. Y si encuentras trabajo y necesitas ayuda con el niño, cuenta conmigo. Pero si es para ir de juerga, avísame con tiempo.

¿Hay trabajo aquí?
Mi amiga busca dependienta, abrió tienda nueva. ¿Te interesa?

¡Por supuesto!

Ahí, tras el mostrador del ultramarinos, conoció a Andrés. Vino a comprar queso y aceitunas para su madre y, de paso, Marta le contó toda su historia sin querer.

Él escuchando en silencio, registrando esos ojos como guindas negras y la voz suave que se le quedó a vivir en el recuerdo.

Pero Andrés no volvió de inmediato. ¿Cómo decirle a Marta que una mujer lo había dejado con dos hijos, teniendo que criarlos solo, con la madre ocupada cuidando a su padre enfermo? A veces, los niños lloraban por las noches, llamando a nadie.

No sabía cómo hablarlo, así que anduvo días merodeando por la tienda, sin entrar.

Pero Marta tampoco lo olvidó y, tras recabar noticias por Carmen, cuando Andrés se animó a entrar, Marta ya lo sabía todo:
¿Qué edad tienen tus hijos?
El mayor hará pronto tres, el chico tiene uno, igual que mi Alejo.
Preséntamelos, y luego veremos

Así fue como empezó el asunto.

La boda, íntima, apenas los más cercanos. Luego, escapada al Mediterráneo con los niños, donde Marta disfrutó el mar como nunca.

La felicidad no vino regalada. Primero, el mayor cayó enfermo y Marta no salió del hospital en meses. Luego, apareció la madre biológica de los niños a reclamarlos, pero Marta luchó como gata, viajó hasta su pueblo, consultó con la Guardia Civil y se empeñó en ser madre legal de esos niños. La otra desapareció antes de que se dictara la sentencia; la suegra, tras el juicio, abrazó a Marta:
Ahora sí que estoy tranquila por los niños.

Pasaron los años y los hijos crecían. Marta seguía igual de tímida, siempre sonriente, silenciosa, pero todo el pueblo sabía que, si alguien tocaba a su gente, Marta se convertía en leona.

Y de pronto, aquello del auténtica mujer. Esa noche, tras el asunto de la tarjeta, Marta no durmió. Se levantaba, se miraba en el espejo del pasillo, se volvía y no hallaba respuesta. Orgullosa, no iba a preguntarle nada a Andrés. Al día siguiente, tras dejar a los hijos en el colegio y la guardería, se fue a casa de Lucía:
¿Y ahora qué hago?

Lucía y Marta, tan bohemias, pensaron que en las revistas femeninas hallarían consejo. A la media hora ya sabían que una auténtica mujer debía comer, vestir y maquillarse bien y, si no, como dicen en Madrid, ni chicha ni limoná, y eso si tiene lazo, porque si no, ni eso.

Marta no compró lazo, pero sí viajó a la capital con Lucía y gastó un pastón en maquillaje, un camisón de seda, unos zapatos de charol que ni se atrevía a sacar de la caja.

Pero Andrés ni se inmutó ante tanto esfuerzo.

Justo cuando Marta estaba terminando la sombra en el párpado, la puerta del baño se abrió de golpe y, del susto, se clavó la brocha en el ojo. Decidió en ese instante que ser auténtica mujer era lo de menos.

¿Pero qué haces, Martita? Andrés corrió, viendo a su mujer saltar a la pata coja, con lágrimas y el rimel chorreando.

¡Todo culpa tuya! gruñó entre dientes mientras empezaba a quitarse el maquillaje. ¿Qué pasa, que no soy mujer?

Andrés, al darse cuenta de lo que pasaba, la abrazó y la frenó:
Espera, tonta. Ven aquí.

Y, al lavarla suavemente, le decía:
Mira que eres rara yo, que no sé hablar, y tú te inventas cosas y te enfadas sola.
¿Entonces para qué me diste el dinero y me acusaste de no ser mujer?
Porque nunca te compras nada para ti. Todo para los niños, para mi madre, pero ¿y tú? Así que pensé: igual que esas mujeres que van de compras, compra lo que te dé la gana, mujer.

Ahora la que se reía era Marta.

Soltó una risa que puso la casa patas arriba. Los niños, al principio, pensaban que su madre lloraba y montaron tal escándalo que les costó un rato calmarlos.

Esa noche, cuando los niños dormían, Marta salió al porche, levantó la cara limpia al cielo estrellado de Castilla y se rió flojito, recordando el caos infantil que había orquestado ese día.

¡Ya están todos acostados! anunció Andrés, sentándose a su lado en los escalones.

¿Los has tapado bien?
¿No ves? Los pepinillos quedarán de campeonato.

Ojalá Pronto me vendrán muy bien sonrió Marta, guiando la mano de su marido a su vientre.

¿Y no decías nada? exclamó Andrés, abrazándola fuerte.

Entre pepinillos y exigencias, apenas me queda tiempo

Él la calla con un beso largo, recordándole que una mujer jamás debe olvidar cómo se siente ser mujer, y luego la estrecha más, para que sepa bien dónde está su sitio: junto a su corazón, torcido, donde el alma respira.

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