Tres hilos. Tres destinos.
¿Qué ha dicho? Clara, no he oído bien, ¿el qué? Carmen Fernández se inclinó hacia su amiga, acercándose más caminando por la acera, pegada a ella: Clara Martínez.
Clara le fue contando con detalle de qué iba la conversación de la madre y la niña de unos siete años que acaban de pasar por su lado.
Pues que hay un gamberro en la escuela, y ella fue y le plantó cara…
Clara lo decía casi a voces, con medio barrio escuchando. Carmen la miraba atentamente sin interrumpir. Luego, se gira y localiza con la vista a la cría, asiente con la cabeza conforme se aleja.
Es buena niña, tan limpita… ¡aunque quizá demasiado resabiada! sentencia Carmen.
¿Y eso? se sorprende Clara, la coge del brazo y tira hacia adelante, porque el semáforo lleva ya rato en verde y una fila de coches les espera para cruzar.
¿El qué? Perdona, Carmen, no te oído, ¿qué? repite Clara mientras mira a todos lados, aprieta el bolso contra sí y, a pasitos cortos y rápidos, cruza hasta el bordillo salvador.
Digo, ¿por qué resabiada? repite Carmen, alto.
Ahhh… Pues porque sí.
Carmen Fernández a veces no tiene ganas de explicar sus razonamientos; dice que “está claro, ¿no?” y ya.
La niña, mira tú, se ha echado sobre los hombros la tarea de enderezar al vago y gamberro de la clase. Da lecciones, quiere educar. No, hombre, no, así no funcionan las cosas…
Carmen sacude la cabeza, dándole vueltas a sus pensamientos mientras Clara suspira. A veces Carmen es desesperante con sus silencios misteriosos, pero el mundo sin ella, que ya ha cambiado demasiado y es tan ruidoso, se volvería incalculablemente más difícil de sobrellevar.
Carmen y Clara son vecinas. Sus pisos, rarísimos, tienen cada uno entrada propia a la calle, nada de portales, nada de ascensores. Viven en uno de los antiguos caserones de la época en Madrid, cerca del Paseo del Prado, que pertenecieron en su día a un marqués y que luego fueron cedidos a un conocido artista, que, junto con su esposa, instaló en la casa principal una escuela de arte. Los pabellones laterales y los pequeños edificios se convirtieron en talleres para bohemios y artistas.
Con el tiempo, la historia fue zarandeando y recortando la apacible vida de aquellas salas señoriales. Ese edificio que fue caballerizas, ahora es una hilera de humildes viviendas. Cuando la mayoría de vecinos se fue buscando mejores pisos, Clara, Carmen y otra amiga, Teresa, se aferraron a sus guaridas rompiendo y tirando las notas y ofertas de compra o cambio, con o sin ayuda de inmobiliarias “de confianza”.
Empresas, despachos, agentes de seguridad, emprendedores varios… todos veían aquel rincón de Madrid un caramelo en pleno centro, en el barrio de las Letras, a un paso del Prado, del Botánico, del Reina Sofía… Sí, la casa principal era la escuela de arte, pero los anexos y casetas estaban pendientes de pasar a manos de cualquier promotor avispado.
Pero las tres mujeres, ya frágiles y mayores, defienden hasta el final su terreno, su refugio donde han pasado la vida y quieren terminarla también.
Vamos a ver a Tere apresura Clara, que lleva una caja de pasteles. Hay que felicitarla.
¿Qué? ¿Qué dices? No te sigo, Clara, mírame para leerte los labios insiste Carmen, tirando de la manga de su amiga, agobiada por miedo a lo que Clara pueda explotar, gritar o marcharse por lo de su sordera…
Pero no, Clara siempre para en seco, se inclina hacia su cara y articula con todos los gestos del mundo.
Ah, sí. Teresa nos ha invitado, no se me olvida asiente Carmen. Se aclara el malentendido y allá que van.
En casa de Teresa Hidalgo, la vecina más mayor y que ya no puede andar, hoy toca celebración: el cumpleaños de su hija Julia. Julia ya no es joven, trabaja y apenas puede pasarse. Quedaron en celebrar el fin de semana, pero lo aplazaron. Teresa nunca le guarda reproche.
Es culpa mía dice cuando sus amigas se acomodan ante la mesa, arreglada con esmero para la ocasión. Y no digáis nada de mi niña, ¿eh? Levanta el dedo, pero nadie iba a contradecir. Julia es de las nuestras, y con ella, solo cosas buenas.
Clara le acaricia la mano a la temblorosa Teresa. Esa mano que de niña, años atrás, desyerbaba el pequeño jardincito que montaron ellas mismas justo al terminar la Guerra Civil, cuando sus madres trabajaban como enfermeras en el Clínico. Aquellas niñas se apañaban solas; lo que pillaban, lo comían. Si venía pan, o un poquito de aceite, era toda una fiesta. Pero tenían huerto, gracias a don Prudencio, el abuelo jubilado del tercero, que les regaló sobrecitos de semillas y les enseñó a plantar. Sacaron adelante dos coles, algunos pepinos enroscados y perejil, que no cuajó… Don Prudencio regañaba, pero al final siempre les daba pan duro y las animaba.
Ya veréis, cuando acabe todo esto y vuelvan vuestros padres, vamos a hacer un jardín que nos va a envidiar todo el barrio les prometía.
Pero él ni siquiera sobrevivió a la posguerra. Las niñas vieron cómo lo sacaban de la casa para nunca volver. Ya había demasiada muerte alrededor, pero cuando te toca uno de los tuyos duele distinto… y aquel jardín tuvieron que acabarlo ellas solas.
Ahora, Teresa, los años encima, en silla de ruedas, Clara a su lado, Carmen cortando el pastel y arreglando la ensalada de pepino. Les gusta poner la mesa bonita, sacar la mistela para brindar por la salud de la hija, por las piernas de Teresa que dejaron de funcionar de un plumazo una mañana, después de una caída tonta en invierno, por que este año el invierno sea flojito y no machaque los huesos.
Lo de Teresa fue de lo más absurdo: salió a dar una vuelta, se resbaló y, aunque no se dio fuerte, al día siguiente no podía mover las piernas. Como el teléfono estaba lejos, no pudo avisar ni a médicos ni a la hija. Tan delgada y frágil como era, con la edad había engordado algo, y se sentía inútil. Los médicos hablaban de hormonas, pero ella resumía: simplemente, es la vejez…
Durante horas oyó cómo Clara salía a alimentar a las palomas, cómo pasaba bajo sus ventanas. Sus pisos están a pie de calle, y en invierno el suelo es tan frío que hasta llevan botas de casa. Desde la ventana, Teresa piensa: “Mira, ahí va Clara de camino al mercado, en breve saldrá Carmen, que aún sigue echando el sueño….
No se atrevía a pedir ayuda, se quedó helada en la cama, mientras el calor de octubre se le escapaba por la ventana medio abierta y moría de frío y hambre.
Las amigas se dieron cuenta de que algo fallaba. ¿Cómo que Teresa no ponía la radio ni su disco de pasodoble mientras desayunaba? ¡Imposible! Teresa nunca llegaba tarde ni se quedaba dormida, era como si llevara el reloj dentro.
Empezaron a llamar, primero Clara y Carmen y luego el portero, que malhumorado, avisó que iban a tirar la puerta si no contestaba.
Una patada y la endeble puerta cedió; entraron el portero, Carmen con su sordera y luego Clara.
¡Teresa! ¿Dónde estás? ¡Habla, por Dios! gritaba Carmen, tan nerviosa que ya no oía nada. Todo el piso un torbellino.
Encontraron a Teresa en la cama, entendieron la situación, echaron al portero, y Carmen y Clara, sin ningún pudor, la asearon, cambiaron sábanas y la reconfortaron lo mejor que supieron. Para Clara aquello no era nada nuevo: había cuidado de su marido, después de que una caída en su trabajo de restaurador lo dejara postrado en cama. Cuando él murió, sintió una mezcla de alivio y tristeza.
Sufrió mucho decía en el cementerio. Ahora descansa, por fin. Allí arriba, seguro que ya está como nuevo.
Carmen y Teresa nunca entendieron de dónde sacaba Clara esas esperanzas, pero no la rebatieron. Qué más da…
Teresa pasó una temporada en el hospital y recibió el diagnóstico fatal… Pasó noches enteras llorando en la cama, pensando que era un castigo divino.
Pero ¿por qué a ti, Teresa? le preguntaban sus compañeras de habitación.
Había motivos. Teresa tuvo a su hija Julia con solo diecinueve años. Un amor de juventud con un chico del barrio. Al acabar el instituto, Teresa se quedó embarazada. Su madre le dio una soberana paliza y quiso que se arreglara, pero en la clínica dijeron que ya debía continuar. La madre buscó quien hiciera el trabajo, pero Teresa se escapó al pueblo de una tía. Allí parió y crió a Julia dos años. Su madre las iba a ver, poco a poco fue aceptando a su nieta.
El padre de la niña, ni señales. Tenía aspiraciones de estudiar, de irse a Alemania de becario… Teresa, con una criatura, era un lastre. Así de duro.
Con dos años y pico, la madre trajo a Teresa y a Julia de vuelta a Madrid. Carmen y Clara hacían de niñeras perfectas. Julia iba de una casa a otra: la vigilaban seis ojos los de la abuela, Clara, entonces con vista perfecta, y Carmen, dulcísima.
Fue bonito, sí, y curioso para las amigas ver cómo de niñas ahora una era madre. Era como si hubiera subido de categoría, pero en realidad seguía siendo la misma Teresa, nada más que cansada.
Teresa estudió carrera por libre, trabajó, cuidó a Julia. Su madre murió cuando la niña tenía nueve años.
Un día, en el trabajo, vino una delegación francesa. Allí apareció un francés guapísimo. Ignoraron los controles, las advertencias, todo. El amor pudo con todo.
Carmen y Clara flipaban al ver a Pierre, apareciendo con cajas de regalos, vestidos franceses para Julia, vajillas de porcelana… Y un día, la invitó a irse con él.
Tiene casa en las afueras de París, un chalet precioso, todo preparado para recibirme… contaba Teresa embelesada.
¿Y Julia? preguntó Clara.
De momento, ella se queda aquí. Cuando me asiente, iré a buscarla, es solo un tiempo… se excusaba Teresa. Tenía tanto ruido de felicidad en la cabeza que no escuchaba razones.
Mamá, ¿y mi billete? dijo muy seria Julia, al volver del colegio. Tengo que despedirme de mis amigas en clase, ¿no?
Cariño, tú te quedas. Aún no toca. Cuando vuelva te llevo conmigo. Mientras, vas a quedarte con…
El jarrón que Pierre había regalado se hizo añicos en el aire. Julia lo lanzó contra el suelo. Los platos, las tazas, todo lo de Pierre voló a la basura.
Años después, Julia le confesó a Clara que ese día había sentido como si le arrancaran el aire, como si estuviera ahogando. Le faltaba vida.
Tu madre volverá, ya lo verás la consoló Clara, cuando por fin se calmó el llanto. Cuando vuelva, decides si la perdonas o no. Yo no voy a juzgarla ni justificarla. Es difícil resistirse a la promesa de una vida mejor, sobre todo si vienes de tanta grisura…
Clara también pecó alguna vez: una “señora” la engatusó en la Gran Vía para venderle un gorro de astracán “buenísimo”. Clara pagó, se fue a casa feliz… y en la bolsa había solo trapos. Tampoco salió bien su anhelo de lujo.
Teresa se marchó a París. Julia no la fue a la estación ni contestó cartas. Teresa supo de su vida solo por noticias esporádicas de sus amigas.
Regresó tras seis meses, una eternidad para una adolescente. Julia la odiaba, los regalos fuera. Carmen quiso saber al menos si se había casado.
No Teresa negó. Los familiares de Pierre eran de otro nivel, querían que renunciara a la niña, que lo mío era un “detallito” fácil de arreglar. Y cuando vi que Pierre estaba de acuerdo, les dejé su château brillante y aquí estoy. ¿Crees que Julia me perdonará?
Carmen encogió los hombros: Con el tiempo. Cuando se enamore, cuando le toque a ella… Aunque no lo justifique, igual lo entenderá.
Carmen y Clara ya estaban casadas entonces, cada una con su hijo. Irse de casa siquiera un día era inconcebible.
Por ese pecado sentía Teresa que estaba pagando: por abandonar a Julia, medio cuerpo se le quedó paralizado.
Julia contrató a una auxiliar para su madre, pero iba a lo suyo, trataba a Teresa casi a gritos. Un día la bañó con agua hirviendo sin querer y, aterrorizada, se largó sin más. Menos mal que estaban las amigas; las paredes tan finas que oyeron los gritos y llegaron corriendo. Clara tenía la copia de la llave, salvaron a Teresa y desde entonces Clara se encargó de ella.
¡Ni se te ocurra! le respondía cuando Teresa creyó que debía pagarle. ¡Gasta ese dinero en disfrutar, mujer!
¿De qué avergonzarse? Habían ido juntas a los baños públicos, se acompañaban a la consulta ginecológica, sabían todas las manías y las miserias unas de otras. En la guerra, si no se ocultaban a tiempo, se tapaban unas a otras de las bombas. Que después de tanto, ¿iban a cobrarse ayuda?
Tema zanjado: Clara ayudaba, luego sacaba a Carmen de paseo. Carmen, con su sordera, podía meterse bajo un coche o un bus, andaba despistada y le costaba orientarse. Clara la tomaba del brazo y a caminar por el barrio de las Letras, o por bancos del Retiro, a ver a los niños jugar y recordar cuando sus hijos trepaban a las acacias. Por todo Madrid huele a tilo en primavera; Carmen recogiía flores para ella y las amigas, hacían una merienda de infusión de tilo en su minúscula cocina. Cada cual traía un plato especial, y entre todas improvisaban recetas mientras los hijos jugaban y metían la pata.
Comían, miraban al pequeño jardín en flor, charlaban sin fin. Teresa contaba sus aventuras parisinas, Clara las de su vida en el Museo del Prado (trabajó como técnica en arte), Carmen, en la imprenta del surco, callaba cada vez más el oído le fallaba desde la explosión de una bomba cuando niña. Sufría jaquecas, tenía la sensación de que la cabeza iba a partirse como un melón. Se quedaba en el suelo quinceañera, apretándose los lados para evitar el estallido. Con los años, el oído le fue abandonando.
Trabajando en la imprenta conoció a Ernesto, doce años mayor, marcado por la posguerra. Él tenía la mitad de la cara quemada, se agobiaba por pensar en que Carmen lo dejase.
Se casaron. La primera noche, Ernesto no se durmió hasta escuchar todos los ruidos: el reloj, los ratones, la lluvia en los tejados, la respiración de Carmen. Al amanecer, ella lo observó: ni las quemaduras ni las canas le asustaban; seguía viéndolo guapo.
Fue el único amor de Carmen. Se la llevó el cielo muy joven, con solo cincuenta y cinco años. Fue a dormir, no despertó. Carmen, llorando al pie de la cama, secaba las lágrimas de su propio rostro por si le quemaban…
Su hijo Luis fue a avisar a las vecinas. Se quedó con ellas unos días, el duelo compartido. Julia, viendo aquello, sintió por fin lo que le dolía su madre, y comenzó a perdonarla poco a poco, a volver a acercarse a su Teresa, la francesa malograda…
Al marido de Clara ninguna de las amigas le tragaba. Muy bien de palabra, pero a la hora de la verdad, poco cumple, decía Teresa. Prometía nuevas cortinas, pero después nada; tocaba esperar por la nevera, después tampoco. Clara preparaba el rincón y el enchufe, y al llegar su marido, protestaba y se enfadaba, excusando siempre la “carestía de la vida”.
¿Por qué te casaste con él? le preguntó Carmen cuando el marido de Clara también negó la compra del armario.
Porque pensé que nadie más se fijaría en mí. Vosotras sois guapas, yo una ratita… ¿quién me iba a querer? Contestó Clara llorando.
¡Divórciate! suplicaban las amigas. ¡No aguantes más!
No puedo. Por mi hijo. Él adora a su padre. No podría entenderlo. No, no chicas…
Carmen y Teresa le ponían de vuelta y media, pero de repente, Clara parecía otra, iba radiante, sonriendo, flotando.
¿Tú qué? le preguntó Carmen, seria. ¿A qué viene tanta alegría con ese marido tuyo?
Me he enamorado. Hay un hombre que me cuida, me hace sentir lo que significa apoyo de verdad.
Llora. Carmen niega con la cabeza: no se va a separar, no puede… Se castigará a sí misma y a él, eternamente.
Aquel romance duró años. Se acabó cuando Luis ya era universitario, y el padre, el marido de Clara, cayó enfermo de un ictus en el trabajo, en los andamios. Ya no volvió a levantarse. Clara se volvió enfermera, culpable, le pidió perdón, él murmuraba y la miraba.
Cuando murió, el hombre que amaba a Clara le pidió matrimonio, pero ella se negó.
Luis no lo entendería. Sería una traición a su padre.
Aquel hombre se marchó de Madrid, no dijo adónde, no escribió, no volvió. Fue él quien consiguió para Clara el frigorífico y los muebles, pero nunca fue el dueño de su casa. Una pena.
Y los años fueron pasando, las amigas, el jardín, el barrio… Los niños y nietos llenaban los conciertos en el Ateneo, donde asistían religiosamente tres señoras mayores: Teresa en su silla, con mantel y vestido de terciopelo; Clara, seria y elegante; Carmen, más sencilla, con su traje gris atacado en las mangas, el bolso gastado y una expresión de paz que hacía pensar que era la pianista camuflada en el público…
Todos llevaban guantes de encaje, en honor al pasado parisino de Teresa.
Deja ya de culpabilizarte, Teresa dice Clara, cortando el pastel, repartiéndolo. Julia ya es madre, tiene su vida. Si odia a tu Pierre, que le den, pero a ti te adora.
Eso, eso asiente Carmen. La juventud es cruel y no perdona. Luego la vida le enseña matices. Julia no lo comprendía entonces, ahora sí. Pero tu Pierre, menuda joyita…
Ponen la tetera, no es de carbón, ni huele a madera, pero queda bonita y da paz. En ese reflejo se ven todavía las madres de personas ya mayores. Eso sí que es herencia.
Fuera vuelve a llover sobre las hojas caídas. El frío arrancará pronto las últimas flores del jardín. Ya huele a otoño, pero aún queda algo de calor.
Un coche irrumpe en el patio, bajo la lluvia, las luces parpadean y se apagan. Se oyen tacones en el pasillo, alguien llama al timbre. Teresa se estremece, se pone alerta.
Abre Clara: deja pasar a Julia, le besa, le indica la cocina.
Tu madre ya desespera, pasa. ¡Felicidades, mi niña!
Julia trae dalias del color favorito de su madre, moradas con centro amarillo. Apenas se ve tras el ramo, porque la cumpleañera se emociona y llora, sin poder creerse del todo que sí la han perdonado. O quizá porque no termina de perdonarse a sí misma. O porque hoy ha nacido su nieta, una pequeñaja color canela, envuelta en rosa. ¡Eso sí es alegría!
Si esta noche miras la ventana de ese pequeño edificio semicircular tras la antigua casona artística del Prado, verás a tres ancianas riendo, tomando té, recordando y sobre todo esperando: hijos, nietos, bisnietos… todo lo que da sentido a su vida. Saben que pronto se irán y se perderán en el olvido, y que lo más valioso es ese rato de cercanía, de abrazos… Eso, eso es lo que nunca tendrá precio.







