El perdido

Diario de Fernando, Madrid, enero

Aquel perro grandullón estaba sentado en las escaleras de la frutería, tan quieto, que parecía una estatua con su capa de nieve encima del hocico. Los que pasaban apretaban el paso, lanzándole miradas de soslayo, murmurando entre dientes por su tamaño y, sobre todo, porque no llevaba bozal y la correa estaba atada de mala manera al pasamanos. Nadie se fiaba tampoco sabían que el pobre animal llevaba horas tiritando, sin apenas fuerza ni para mantenerse en pie. Pero él sí: sabía que tenía que esperar a quien le había mandado quedarse quieto, y obedecer era su naturaleza.

¿Y tú de quién eres, bonachón?

Me sorprendió aquel chaval. Tenía la voz aún a medias entre niño y joven, insegura y aguda, nada que ver con el tono fuerte y seguro del dueño habitual del perro. Se agachó sin miedo, le quitó la nieve pegada al lomo y le tocó la nariz.

¡Anda, pero si estás helado! ¿Cuánto llevas aquí?

Se quedó un segundo bailando en sus deportivas, impaciente, y de pronto anunció:

¡Ahora vengo!

Se metió corriendo en la tienda y el perro gimoteó. Una vez más, era abandonado; y la única persona que le había dirigido una caricia en horas también se esfumaba.

La realidad era sencilla: al dueño del perro le había dado un patatús dentro de la frutería. La ambulancia, avisada por los vigilantes, vino a buscarle por el acceso de minusválidos y, entre el barullo, nadie se acordó del perro fiel amarrado fuera.

Al chaval, que no tardó nada en enterarse de la historia, le bastó con un par de preguntas para volver fuera y ver al perro esperando, resignado.

Esto no puede ser dijo, agachándose a su lado otra vez. Hoy no va a venir nadie a por ti. Hace un frío de mil demonios, ¿te vienes conmigo? No tengo gran cosa para darte, pero un arroz con pollo sí te puedo hacer.

El animal no se movía, esperando una palabra del único dueño que conocía, y le pesaba la tristeza; pero algo en la voz del chico le hizo levantar poco a poco la cabeza, y, con dificultad, se apoyó para bajar de las escaleras, mirando una y otra vez la puerta de la frutería.

No está ahí, amigo le aclaró el chico, adivinando su desconcierto. Lo han llevado al hospital. Tú vendrás a casa conmigo, si mi tía Encarnación no me echa a la calle.

No entendí por qué el muchacho se reía hasta que llegaron a un bloque antiguo de Lavapiés, subieron al ascensor estrecho, y tras llamar a una puerta destartalada, una voz retumbó por toda la escalera.

¡Ay, Fernandito, hijo, menudo susto! ¡Te mando a por pan y traes un monstruo peludo! Era Encarnación, mujer recia, con manos de hierro y bata siempre salpicada de harina. ¿Y ese quién es?

El perro trató de esconderse, pero la tía Encarnación, lejos de asustarse, le palmeó la cabeza, hurgó en la chapa de su collar y leyó en voz alta:

Atlante. Menudo nombrecito, ¡eh! Anda, ven aquí, Atlántico, que mientras yo mande en esta casa, nadie pasa frío ni hambre.

Desde ese instante, Atlante dejó de temblar. Lo recibieron como a uno más, no con grandes palabras, sino con pequeños gestos: un cuenco de agua caliente, un arroz para él, y la seguridad de que, hasta que apareciera su amo, aquel sería su hogar.

Id a lavaros las manos, venga, y tú, Fernando, ¿qué pintas en mangoletas en enero sin ponerte las botas nuevas? ¡Serás despistado! reñía la tía Encarnación, mientras ya tenía preparada la sopa para cenar.

Ella era una mujer de armas tomar. Había sido maestra en un taller de Renfe, única jefa entre tanto hombre, querida y temida a partes iguales, y a pesar de haberse tragado toda la pena del mundo (perdió a su único hijo y a su marido de golpe, en un accidente de pesca), seguía peleando por quienes la rodeaban. Sólo su madre había podido sacarla del pozo en aquellos años negros, fingiendo primero una enfermedad y luego sobreviviendo a base de pura voluntad; hasta que Encarnación volvió a mirar la vida de frente y aprendió a agradecer lo que sí le quedaba.

No rehízo su vida; sospecho que no se atrevía. Tenía porte y carácter para que le llovieran pretendientes, pero un miedo hondo a perder de nuevo la que tenía la frenaba. Así acabaron compartiendo piso dos completos extraños: Encarnación y Fernando, un chaval huérfano y flaco, venido de una infancia de orfanato y padres ausentes, acostumbrado a vivir con poco, incluso a racionar los mendrugos de pan del desayuno.

Nunca le preguntó de más, ni por caridad ni por costumbre. A veces coincidían en la cocina, se saludaban con cortesía, y poco a poco, sin darse cuenta, fueron acercándose gracias a los pequeños rituales del día a día.

Hasta que una vez, tras varios días de no verse y sospechar Encarnación que algo raro pasaba por culpa de una hogaza que se quedaba sin tocar, entró en la habitación de Fernando y lo encontró en plena fiebre, delirando. Lo cuidó, le dio caldo de pollo y, por primera vez, el muchacho rompió a llorar de gratitud. Algo se deshizo en ese llanto: ya no estaba solo, ya tenía, sin saber muy bien por qué, un lugar donde el regreso significaba que cenarían juntos y alguien se preocuparía por él.

Desde entonces, Fernando cambió. Y aunque al principio se resistió a compartir incluso la comida, Encarnación se lo puso claro:

Tú traes los ingredientes y yo pongo la comida en la mesa, ¿entendido? Y al mercado vamos juntos, que aún tienes que aprender a escoger tomates buenos.

Aceptó, orgulloso, aquel trato. Ya no le avergonzaba comer más ni fiarse de la sopa de la tía Encarnación, e incluso, cuando apareció lo del perro, ella aceptó sin una queja aquella nueva carga. A los pocos días, ya parecían familia: el perro, Fernando y la tía Encarnación.

Atlante se quedó un mes, hasta que el dueño salió del hospital y vino a recogerlo, emocionado.

No sé cómo agradeceros esto. Atlante es mi regalo más querido, me lo dio mi hija antes de irse a Galicia con mi yerno y mis nietos. Si no fuera por él, ya habría perdido el norte… ¿Cómo puedo devolveros el favor?

La tía Encarnación lo acompañó al portal y le susurró algo al oído. Dos días después, cuando Fernando volvió de su trabajo, encontró en casa un pequeño cachorro torpón, peludo y precioso. Con una nota y todo del veterinario y su cartilla de vacunas. Lloró como un niño.

¡Venga, hombre! rió Encarnación, secándole las lágrimas y dándole la fregona. Todos necesitamos familia, y a veces el destino la pone en forma de perro, sopa caliente y alguien que te pregunta si quieres otra ración.

Hoy, al recordar todo esto, he aprendido que la verdadera suerte es encontrar hogar no sólo entre paredes, sino en los corazones de la gente que, aunque no sea de tu sangre, te elige para compartir su vida, su pan y su cariño. No hay mayor fortuna que abrirse a que te cuiden y cuidar tú también, sin pensarlo demasiado. Eso es lo que, al final, se queda.

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