Aguanta un poco más, abuelo.

Vive un poco más, abuelo.

Un piso grande y vacío, con techos tan altos, cortinas puestas como al descuido sobre el alféizar, radiadores y tuberías a la vista, y un aire espeso de polvo y olvido.

Las llaves se las dio la vecina. Echó un vistazo a las habitaciones, se asombró en el baño por su tamaño y abandono; luego cruzó el amplio salón, abrió la puerta de la terraza, y se dejó caer en un butacón ancho heredado de otros tiempos.

¡Jo, qué maravilla de piso! Hasta mejor de lo que imaginaba. ¿Cuántos cuartos tenía aquello? Una joya; solo que tan dejado que parecía imposible vivir ahí.

Se quedó un rato sentado, después se acercó a la ventana, miró al patio de la comunidad. Dudaba Sabía que en Madrid no es fácil aparcar, igual se había metido en la plaza de alguien. Pero de momento, el Hyundai estaba solo, sitio libre de sobra. Tenía que bajar a por su bolsa.

Aquí tenía pensado quedarse al menos mes y pico todo su permiso, y habría compañía.

La idea de limpiar el piso en dos días palideció al ver aquel abandono. Las ventanas altísimas, las macetas con plantas secas, cortinas tupidas y polvorientas, la bañera oxidada, cañerías color herrumbre.

El techo con molduras de escayola, todo agrietado, una lámpara de cristal grisáceo redonda, cubierta a medias por un trapo. Seguramente para protegerla del polvo. El parquet, hinchado en algunos lados. Una cocina con una placa viejísima, lavadora redonda “Otto” de las de rodillos y un frigorífico Balay amarillo de los noventa, lleno de manchas Y polvo, polvo mezclado con arenilla, por todas partes.

Entró en el despacho, poco acogedor, con una mesa maciza oscura y estanterías hasta el techo. Todo casi negro, abrió las cortinas azul marino de terciopelo. Encima de la mesa, un portalápices de piedra, unos bolígrafos de malaquita, un calendario. David miró la fecha: 12 de enero de 1995.

Aquí el tiempo se detuvo

Tampoco la habitación principal invitaba a quedarse. Del armario colgaba ropa a medio caer, la estantería rota, radiadores desnudos Abrió el cajón de la cómoda, vio una cajita de encaje; al abrirla Se echó atrás, sorprendido.

¡La Virgen! le salió sin querer.

La caja rebosaba de joyas de oro: anillos, sortijas, pulseras, collares, pendientes, broches ¡Cuánto oro! Anillos anchos y pesados, pendientes con ámbar y otros minerales Pensó por un segundo guardar uno en el bolsillo. Total, por uno o dos menos nadie lo notaría.

Pero la idea pasó rápido. Si ni los vecinos la tocaron ¿Y si hay inventario, o una cámara? Miró por la habitación. Bah, si ahí ni luz había.

Volvió a dejar la caja, cerró la cómoda, intentó encender la luz: nada. Buscó la caja de fusibles en el pasillo, la encendió, y al fin la luz volvió.

Bueno. Puso su móvil a cargar, bajó por la bolsa, y al cabo de poco dormía como un tronco en la cama alta y chirriante de la dueña del piso. Había estado conduciendo casi veinticuatro horas.

***

¿Hola? ¿Es usted David García Jiménez? ¿He llamado bien? una voz de mujer mayor.

Sí, soy yo, dígame

Ay, David, ¡qué alegría oírte! Me llamo Matilde Sánchez. Soy la encargada aquí, mi nieta me ayudó a encontrar tu número, si no En fin, que aquí está tu abuelo, Luis García. David, hijo ¿Te importa que te trate de tú? Soy ya mayor.

Claro, dígame…

David, eres el único nieto que le queda, su único nieto. El abuelo está muy callado, apenas habla, está malito, pero te espera. Te espera Quizá

Perdone, ¿cómo decía que se llamaba?

Matilde Sánchez.

Matilde, le agradezco el detalle, pero no lo conozco de nada. Creo que habla del padre de mi padre. Pero mis padres se divorciaron cuando tenía cuatro años, yo

Ya, ya lo sé Tu padre murió hace ya tiempo. Y tu madre, pobre, también falta, que Dios la tenga en su gloria. Ella venía a vernos alguna vez.

¿Qué? ¿Mi madre? Eso no puede ser. Se confunde

No, hijo, no. Es solo que pues fue de repente y no te lo pudo contar, o igual no quiso. Pero tu mamá, Julia, venía. Qué buena persona era, tan atenta. Me dio mucha pena

Perdone, ¿me está diciendo que? ¿Mi madre?

Sí, sí, venía. David

Perdón. ¿Quería que viniera a verles? No creo que pueda. Vivo lejos, tengo trabajo

Sí, claro, cómo no voy a entenderlo. Pero Mira, pasa lo siguiente. Luis, tu abuelo, tiene piso en Madrid. Grande, parece. Han aparecido unos listillos, quieren que lo firme para quedarse con el piso a cambio de meterlo en la residencia, uno del ayuntamiento, que son una panda Se lo digo yo.

Bueno, pues que hagan lo que quieran. Él es un desconocido para mí, lo que haga

Como si no me oyera, Matilde siguió.

Pero Luis apenas puede hablar. No tienen derecho, pero buscan la manera. Él lo que quisiera es verlo a su nieto. Dice que para su nieto sí sería el piso. Lo entiendo, es normal. Pero si no, se lo quitan, David. Hoy día, tener piso en Madrid cuesta mucho. Y solo sueña con volver a su piso, vivir allí un poco, disfrutarlo. Pobrecito, casi no puede ni andar. Por eso te busqué; y al final te encontré

Bueno, lo pensaré. ¿Este es su número?

Sí, sí, es este

Le llamo otro día

Vamos, que parecía una película: ¡herencia caída del cielo! Solo que David no se lo creía mucho. Ni pensaba volver a llamar.

Había oído de su madre que el abuelo era de los duros. Cuando falleció su padre, sus padres ya estaban divorciados. Pero la madre siempre decía: “Fue Luis quien amargó la vida a su hijo”.

Por eso no se tragaba que su madre hubiera ido a verlo. Salvo igual por el piso. ¿Sería que quería que le quedara a su hijo?

A Madrid deberías irte, hijo recordó las palabras de su madre.

Pues igual sí. Por él, ella habría hecho cualquier cosa. Le quería mucho.

¡Un piso en Madrid! Tela

Decía su madre que el abuelo había sido un pez gordo del partido, que el piso estaba en el centro, y grande. Cuando su padre la llevó a presentarse, ella se perdió en el piso de tantas habitaciones. No contaba más, porque su vida en pareja fue un desastre, y volvió a su tierra, Granada. Allí creció David. Apenas recordaba a su padre ni a los abuelos paternos.

Sus abuelos de verdad eran los maternos. Los mejores.

Con ellos, en Granada, consiguió David su primer piso. Pero cometió el error de ponerlo a nombre de su mujer también. Se separaron tras diez años de pelea. La niña creció con la abuela; su ex ni caso le hacía.

Al final, después del divorcio, David se quedó con una casita minúscula: una habitación de catorce metros y cocina-pasillo de cinco. Cuando la compró, le daba igual, por tener donde caerse muerto. Pero luego, vio que era imposible vivir así. Empezó a ahorrar, hasta el último céntimo, para poder mudarse. Pensión, facturas, comida, gasolina

Y la ex siempre llamaba reclamando dinero para la niña que la pensión era ridícula. Con la niña se llevaba bien, se la llevaba algún verano, la mimaba.

Ay, papá, así nunca ahorras para un piso. ¡Con lo que gastas en chucherías!

Eso es verdad

Vaya, vaya un piso en Madrid Le daba vueltas una y otra vez.

Y después de un par de horas pensando, mientras colocaba unos azulejos en otra chapuza, acabó llamando.

¿Matilde Sánchez? Soy David. ¿Me explica mejor qué es lo que quiere mi abuelo? Por favor.

A Matilde no le sorprendió para nada. Estaba encantada. Le contó que Luis estaba muy enfermo, pero sueña con volver a casa, al menos unos días. Quiere ver a su nieto no lo dice, pero ella lo sabe.

***

Así que el interés, puro y duro, llevó a David de vuelta a Madrid. No se engañaba.

Echando un ojo a las fotos en la pared del piso, por primera vez vio al abuelo y a la abuela. El abuelo, un señor gordo, con cara poco amable. Pero la abuela parecía maja. Hasta le recordó a su hija Estrella.

Y mañana tenía que ir a buscar a ese abuelo desconocido al geriátrico y traerlo a ese piso dejado.

Entró en la cocina, abrió el gas. Salía gas, pero aquel olor era sospechoso. Mejor llamar a los del gas. ¡A saber cuánto tiempo llevaba cerrada la casa! ¿Desde el 95? Se le olvidó preguntarle a Matilde cuánto hacía que el abuelo vivía en el centro.

Llamó suavemente a la puerta. Detrás, la vecina, la mujer de la llave.

He pensado, aquí no va nada. ¿Te apetece un té?

Se quedaron charlando en su cocina, tan casera y acogedora.

Yo no recogí las llaves a tu abuelo, fue mi suegra. Nosotros llegamos después. Ya no queda ni suegra, ni mi marido Yo vivo con mi hija y su familia.

¿Cuántos años lleva ya en la residencia?

Pues ni idea. Catorce o quince, yo creo. Nosotros llevamos aquí doce. La suegra aún regaba las plantas y limpiaba, pero nosotros ya no, perdón. Nadie pensaba que el dueño volviera. Yo enferma, mi hija con el trabajo, los niños Bastante con lo nuestro.

Así que no llegó a conocerlo, a mi abuelo.

No, solo oí hablar de él por mi suegra. Le tenía respeto, pero también un poco de miedo. Es gente de otra época Trabajó en un ministerio, pero los nuestros siempre fueron de a pie. La casa viene de un bisabuelo, que era marino. Había lío también en la familia, pero ya ni me acuerdo.

¿Tiene el teléfono de los del gas? Me vendría bien

Sí, ahora mismo Se fue a buscarlo, pero se volvió. ¿De verdad te lo vas a traer? ¿Qué edad tiene ya?

No lo sé Me enteré hace poco de su existencia. Pensaba que ya no quedaba nadie. Sí, lo traeré. Él quiere. Pero solo por un mes y pico, el tiempo que me dura el permiso.

La vecina dudaba:

Los mayores pueden ser duros. Que esté bien de la cabeza, por lo menos

***

Los del gas no vinieron. Tenían una avería. David decidió dar un paseo, buscar un bar y comprar productos de limpieza y algo de comer.

Al día siguiente, pensaba ir al geriátrico, ya habló con Matilde. Ella, liadísima, decía que no hacía falta comprar nada, que ellos prepararían todo para el abuelo.

David no entendió muy bien a qué se refería. Él pensaba traérselo con sus cosas y ya. ¿Qué más iba a necesitar? Cuestión de comida. En fin

Pronto, bien temprano, David puso rumbo al asilo al otro lado de la M30. Quizá el abuelo ni querría mudarse, pero aunque fuera solo para verlo.

Seguía con la mosca de qué pasaría si una sola visita bastara para, yo qué sé, enternecer al viejo. Que son sentimentales. Le ve, se emociona, y le deja el piso en herencia Aunque con tanto listillo, igual le dan el cambiazo al abuelo. Pero si aparece el nieto, habría una esperanza

De verdad esperaba que el viaje al menos sirviera para algo. Un piso así solo se ve en las películas. Por el abuelo ni sentía ni padecía. Y si no, pues a aprovechar para ver Madrid, darse una vuelta por El Prado, mirar tiendas de electrónica o bricolaje, y para casa. Gasto tirado, pero Los milagros no existen, por si acaso.

El centro de mayores no era gran cosa; todo alargado y de dos plantas. Jardines cuidados, una garita de seguridad, macetas, banquitos. David quedó contento.

Y más aún al ver que le esperaban. Una mujer mayor, delgada, con el pelo rizado y sin cubrir, era Matilde Sánchez.

Buenas, David. Estoy nerviosa. Ahora vas al despacho, pero no digas nada de mí, por favor. Diles que fue tu abuelo quien te llamó. Apenas habla, pero se entiende. Di que te pidió traerlo a casa.

¿Y eso es cierto? David no tenía claro nada de aquello.

Claro que sí. Luego hablamos agitó las manos. Anda, ve, te esperan. ¿Trajiste el libro de familia?

El director llamó al médico, mucho hablaron de la salud delicada de Luis García, que iba a ser muy difícil encargarse de él. David solo pensaba: Estos quieren colarse con el piso.

No, no. Me lo llevo. Lo cuidaremos David se hacía el que tomaba la decisión con calma y seguridad.

Bueno, como quieras dijo el director encogiéndose de hombros. Parecía mirarle con lástima. Los papeles estarán listos en una hora, puedes pasar a ver a tu abuelo.

David asintió y salió del despacho, haciéndose el que sabía el camino. Matilde se santiguó y le mandó esperar en el pasillo.

Mientras veía los tableros y macetas, de repente oyó un ruido: por el pasillo, a toda velocidad, se le cruzó un viejito enclenque en silla de ruedas eléctrica. David se llevó un susto. Parecía teledirigida, iba como un bólido. La silla se detuvo de golpe, giró y se paró delante de él.

Este debe ser el Senna de aquí, pensó David. ¿Así serían todos?

El abuelo sujetaba el mando con la derecha, la silla le venía enorme, se ladeaba. Iba vestido con chándal negro, calcetines de lana, una gorra gris. La cara piel acartonada, mejillas cubiertas de costra, barba gris, nariz roja, mirada de cejas espesas.

David miró a su alrededor. Una enfermera, joven, cargada de bolsas.

¡Señor Luis, le he dicho que espere! refunfuñó, le ajustó el cinturón, le tapó con una manta.

El viejo se puso un poco más recto, pero solo miraba a David.

En ese momento, David se dio cuenta: aquel era su abuelo. Las fotos del piso mostraban a un hombre robusto, elegante, mayor pero imponente. Esto era otra cosa. Miró las manos: marrones, llenas de manchas, casi de madera.

Buenas, saludó.

El abuelo no respondió. Seguía mirándole fijo.

Matilde está cogiendo lo último. Hemos metido pañales, pero no quiere saber nada. Y mira que insistimos Si le dejas, se escapa. Hasta que no firmes, nosotros respondemos por él. Da una vuelta mientras te toca esperar.

La enfermera se fue y David se quedó un poco bloqueado. El abuelo, cabeza baja, seguía mirando el mismo sitio. David empujó la silla fuera. No sabía si el abuelo entendía algo, oía algo, así que callaba. Después de unos metros, paró, puso la silla frente a un banco, y se sentó delante.

Bueno, abuelo. Estoy aquí. Matilde me encontró dijo, mirándolo, aunque el viejo solo se fijaba en el mando de la silla. David creyó notar que le escuchaba. Abuelo, ¿de verdad quieres irte de aquí? Se está bien aquí, creo ¿Quieres irte?

Nada.

¿Me oyes, abuelo? gritó un poco más fuerte, pero tampoco.

Bajó el tono. Sordo, entonces. Pues vaya

Pero el abuelo esbozó una leve mueca en la boca, como si le hiciera gracia.

Anda David levantó las cejas, y de pronto se le ocurrió una idea. Se fue a un lado para que no le viera y gritó:

¡Marcha atrás!

La silla salió disparada hacia atrás, casi atropellando a David. ¡Para! la silla se detuvo. A ver, gira hacia esos columpios, indicó.

El abuelo dudó, luego la silla giró sola y salió a toda velocidad por la avenida. David atravesó los arbustos, cogió la silla por las asas.

¡Quieto! Vaya carácter resopló. Sí, con este abuelo no iba a aburrirse.

Lo empujaba pensativo. Por primera vez, era consciente de la carga que le venía encima. Empezaba a recordar las palabras del médico. ¿Qué sabía él de cuidar a alguien así, medio ido? Nada. Y en nada estaría firmando la responsabilidad

¿Y si vuelve al despacho, reconoce que se equivocó y se va? Ahora le apetecía más que nunca. Pero ¿y el piso? Se pierde Había que intentarlo. Matilde dijo que el abuelo solo quería vivir otra vez en su casa. Un mes lo aguanta cualquiera, por un piso así. Aunque igual llegaba tarde. ¿Testamento? ¿Dónde están los papeles? ¿Quién

La enfermera le relevó.

¿Te llevas todos los papeles? No te lo llevas para siempre

Sí, todos.

Firmaba por cada cosa: DNI firma, tarjeta sanitaria firma, libreta de ahorros, escrituras de piso, carpeta de documentos, más cosas

¿Y esto?

Papeles de Luis García. El garaje, la casa, el piso. Toda una carpeta, firma más Todo debe estar íntegro cuando lo devuelvas. Y recuerda, lleva cinco años legalmente incapaz, así que imagina. No puede hacer ningún trámite legal. Vendrá trabajo social a revisar cómo está. Tenemos que avisar

No había testamento en los papeles. Cuatro bolsas, la camilla, la silla a duras penas cabía en el maletero, al abuelo lo subieron delante. Su cuerpo, flácido como un saco, lo acomodaron rápido entre David y un celador.

David, los pañales ni se los enseñes, que se pone malo, avisó Matilde. Odiaba la papilla, la comida triturada, nada de carne. El médico dejó la dieta. En el baño se apañaba aún solo, pero ahora ve tú a saber. Si le ayudas, se cabrea. Odia las inyecciones pero hay tranquilizantes Escribí todo, yo y el doctor. Por las noches casi le pinchaba de prepo. Se enfada, pega, pero yo salía corriendo y ya Se secó una lágrima.

¿Y hay algo que no le moleste? David ya se irritaba con tanto lío.

Me da pena. Es buen hombre, pero aquí no podía con nadie, solo yo le pillé el punto ¿Hacemos bien, hijo? Ya no lo sé. Llámame, a la hora que sea Llámame Es como de la familia para mí.

Cerraron la verja, Matilde quedó llorando, y David resopló.

En la cabeza, la pregunta de siempre: ¿qué quiso decir el director con incapaz legal? No entendía mucho de leyes. Tendría que informarse. El tema era el piso.

Y este viejo estaba verdaderamente mal, muy mayor. ¿Qué sentido tiene todo esto?

Miró de reojo al abuelo, que se apoyaba en la ventanilla, mirando al frente. Carretera gris entre pinares.

Bueno sin sermones ni líos, igual nos apañamos, pensó, y pisó el acelerador.

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