El Solista

Solista

El teléfono, ya viejo, con auricular atado a un cable en espiral y pulido por las manos de tres generaciones de los Gutiérrez, con disco y números que en una ocasión tuvieron que ser repasados a mano de lo desgastados que estaban, con ese timbre chillón e insistente, reposaba sobre la mesita del pasillo.

Antonia Inés, que alcanzó la era de la telefonía por satélite, nunca quiso móviles decían que daban cáncer, ni admitía teléfonos inalámbricos, aunque su hijo, Miguel, le regaló uno de esos juegos modernos de dos aparatos el año anterior.

¡Mamá! Que está muy bien, así puedes pasearte por toda la casa, llevarte el auricular y sin líos de cables. ¡Mira qué bonitos! Plateados, los elegí aposta decía Miguel, sacando uno de la caja, haciendo sonar la bolsa. Imagínate que va y llama Rosana Troche, ¿eh? Pues, te sientas y habláis lo que quieras, cómodamente.

Antonia torció el gesto, miró el teléfono recién colocado en la mesa y frunció los labios.

Los números son pequeños, no me va a servir. Llévatelos tú, que tu Leonor es muy de teléfono y los necesita más. dijo. Y Rosana Troche ya no me llama. Ya no llama.

Miguel resopló resignado. Qué difícil, madre mía, había que convencerla de todo, insistirle para que aprovechara los avances, llevarla al médico Su presión subía y bajaba, y todo resultaba complicado, siempre tan terca.

¡Madre! Ya tenemos uno igual en casa. Y no digas eso de Leonor, es muy buena chica. Nos vamos a casar y pareces que no la quieres. ¿Y eso de los números pequeños? ¡Si además tienen luz! Mira, que lo voy a

Ya se levantaba Miguel para instalarlo y hacerle una llamada de prueba, cuando Antonia le cortó, tocándole la mano con suavidad.

¡Miguel! Siéntate y come, que se enfría todo. dijo Antonia, sacando un molde del horno donde, por todos los cielos, brillante bajo una corteza fina y dorada, estaba el pastel de carne, cebolla y huevo, que tanto le gustaba a Miguel. Su aroma, potenciado por la pimienta y algunas especias, llenaba la casa y parecía que el pastel respiraba, como decía Antonia. La superficie levantándose y bajando, sosegándose al fin. Lo colocó con esmero sobre una fuente bonita.

A Antonia le encantaba presentar todo, que todo estuviera bello: la fuente de porcelana, la paleta para servir, los platos haciendo juego…

¡Anda ya, mujer, que estamos perdiendo el tiempo! protestaba, salivando, Pedro Bautista, el marido. Sírvelo ya, que yo con el cuchillo hago los trozos.

Y ya estaba al acecho, dispuesto a atacar con su feísimo cuchillo el santo de los santos, el pastel.

¡Ni se te ocurra! Antonia iba rauda a proteger su obra. Con la trenza de masa en el borde, todo bien pincelado con huevo, y en el centro el agujerito de donde asoma el jugo ¡Eso significa que la carne era buena!

Antonia estaba convencida de que ni en el restaurante del Gran Casino o en el mítico Colmado Principal servían pasteles así, porque allí les salen demasiado salados. Probó dos veces uno de esos famosos, y las dos se decepcionó.

Toda la vida, Antonia Gutiérrez trabajó en el Teatro Real. No, ni bailarina ni cantante; siempre en la administración, controlando taquillas, entradas, reclamaciones. Pero aquel teléfono de Miguel, y la mención de Rosana Troche, la hundieron en los recuerdos…

Allí, en el vestíbulo del Real, conoció a Don Alonso de Ayala, el primer bailarín, un hombre encantador, cortés, de gran talento. De él debió de aprender el gusto por lo bien presentado.

Hasta entonces, Antonia veía a Don Alonso solo de lejos, en las fotos colgadas en la entrada. Su coche aparcaba siempre en el mejor sitio, a su camerino le llegaban los mejores nísperos, porque Alonso los adoraba y los encargaba de Valencia, y en casa, en vez de esposa, le esperaba una perra dachshund fiel, Gala. Todo en la casa lo hacía el servicio, como estaba mandado en los casoplones, mientras el estrella meditaba sobre una alfombra. Gala vigilaba de frente, ladeando la cabeza. La pequeña parecía saber siempre el ánimo de su dueño y lo recibía moviendo el rabo, mostrando una sonrisa perruna.

No era buena idea molestar a Alonso nada más llegar; podía caerte una babucha por la cabeza. Bailaba con tal entrega que acababa agotado tras cada función, cada noche igual: ducha, infusión de hierbas, yoga sobre una esterilla agradable (Gala quiso probarla una vez con los dientes, y salió escarmentada). Al yoga lo acompañaba con un monótono cantar, que Gala respondía con aullidos lánguidos. Le daba una pena infinita…

Luego Alonso cenaba. A veces venían invitadas las señoras, como las llamaba Gala para sí. Se reían y acababan echando a la perra de la habitación. Ella rascaba la puerta un rato y, después de resignarse, se acomodaba sobre su manta, hecha un caracol, y dormía. Mientras tanto, las señoras seguían riendo y riendo…

La vida de Alonso, Gala y, de rebote, la de Antonia, cambió un lluvioso día de octubre, de esos en que da pereza salir de la cama, porque la niebla que baja desde El Pardo se cuela en la casa como leche vertida en un cuenco, arrastrándose sobre el suelo, cosquilleando el hocico de la perra y tocando los pies desnudos que asoman por la manta. Él los recogía de golpe, se retorcía, hasta que no le quedaba más remedio que levantarse, despertado por el timbre del despertador, que retumbaba con una marcha militar.

Ese día, Alonso llegó tarde al ensayo. Pero para él, eso no tenía importancia, ¡que era el primer bailarín! Si faltaba, todo se venía abajo. Las compañeras se derretían ante un simple roce suyo…

Solo un hombre podía no idolatrar a Alonso de Ayala: el maestro coreógrafo Don Manuel Esquivel.

Ese día, lo esperó en el vestíbulo, le echó una bronca pública y le avisó: otro retraso, y lo sustituía.

Alonso, recuérdalo: imprescindibles, ninguno. Piernas y brazos tiene todo primer bailarín, la cabeza la tiene cualquiera de los segundos, y el oído y el talento, muchos de los terceros. Si hace falta, encuentro a otro mejor. Don Manuel lo decía calmado, pero con manos temblorosas. Antonia lo notó, porque parada a un lado con su chaqueta en la mano, apenas se atrevía a respirar. En la mano el coreógrafo tenía el periódico, que le vibraba apenas, desde la esquina. Inspiró hondo y se fue hacia la gran puerta de roble. Seguramente quería esconderse y reflexionar sobre su osadía: ¡había gritado al propio Ayala! Menuda valentía…

En cuanto la puerta se cerró tras Esquivel, Alonso soltó lo que parecía una risa o un suspiro, y entonces Antonia dejó caer el bolso. Fue muy torpe; se desperdigaron por el suelo una barra de carmín, dos bolígrafos, el frasco de perfume, la agenda de cuero, dos caramelos de menta y otros enredos femeninos.

Perdone dijo Antonia muy bajito, sintiéndose como si hubiera sido ella la que reprendió al primer bailarín. Yo… Yo…

Quiso decir que no había oído nada, que lo olvidaría al instante, que no diría nada…

Pero Alonso, tras observarla en silencio, se agachó y la ayudó a recoger sus cosas del suelo. Unas palabras, un par de risas, y Antonia ya sonreía, mientras Alonso se mostraba caballeroso. Olía a colonia masculina y algo a tabaco. Tenía dedos muy largos, rostro delgado, una nariz aguileña que dominaba el perfil. Sus cejas espesas, casi rizadas, resaltaban el brillo y la profundidad de sus ojosun castaño intenso, con un verde extraño junto a la pupila.

¡Qué ojos más increíbles!, pensó Antonia. Además piropos, a raudales, y ya le pedía el teléfono. Ella, tras dudar, le apuntó el número en un papel, olvidando que estaba casada y que tenía un hijo, Miguelito…

Alonso prometió llamar. Algún día, alguna tarde. Sonrió cálido, dulce. Nadie nunca la había mirado así. Su Pedro era hombre sencillo, diez años de estudios, después trabajo y más trabajo, turnos y pagas. Su forma de andar era de quien lleva media tonelada en los pies, y nunca decía un piropo, solo mascullaba algo antes de dormirse y roncaba. Un hombre completamente normal. Y Antonia siempre se creyó igual. Pero, ¡aparentemente no! Tenía bonitos ojos, cintura armónica y mejillas de manzana

¡Todo esto en el vestíbulo del Teatro Real! ¡Dios mío! Jamás pensó que la describirían así; escuchaba, parpadeaba y sonreía como una niña.

Alonso le devolvió el bolso, tomó el papel con el número y se fue.

Solo entonces Antonia volvió en sí, se tapó de reproches, luego le temió: ¿Y si llamaba y contestaba Pedro? ¡Dios mío, qué desastre!

Pedro no era celoso, pero quién sabe… él la valoraba mucho.

Por ella arregló él mismo toda la casa, trabajó el doble, ahorró para un modesto anillo de diamantes y le pidió matrimonio.

¿Y si ese Pedro tan ruidoso contestaba al teléfono y era Alonso de Ayala? ¿Qué se dirían? ¡Mejor ni pensarlo!

No, Antonia quería y respetaba a su marido, nunca pensaba traicionarlo. Pero

En la cabeza de cualquier mujer puede prenderse ese pero. ¿Y si pudo ser mejor, más bonito, más romántico? Quizás fue demasiado deprisa con Pedro, por miedo a quedarse sola… ¿Y si debía haber esperado a alguien como Alonso?

Y además, ¿qué hay de malo en una simple charla telefónica? No era monja, vivía en Madrid. Quizás era algo profesional…

Absurdo, ¿de qué iba a llamarme Alonso a mí, Antonia Gutiérrez? ¿Para consultar pasos de ballet? ¿O preguntar cómo cuadrar las entradas de taquilla? Tonterías… Removía el café, perdida en esas elucubraciones.

Antonia, ¿estás bien? le tocó el hombro su jefa, doña Clara Villaverde.

Sí, sí, solo pensaba respondió Antonia, dejando la taza y revisando papeles.

¿Y cómo es él en persona? se sentó Clara, confidencial. Dicen que de cerca tiene la cara marcada, feucho, ¿no?

¿Quién? No sé a quién te refieres se revuelve Antonia, ofendida.

¡Anda ya! Sabes perfectamente… Ay, Antonia. Cuidado, que ese pierde a muchas por el camino. Dicen que tuvo un lío con una costurera, recién llegada tras mucho enchufe. Se la cameló en dos días, la llevó a su casa y

¿Y…? pregunta Antonia.

Pues, ya sabes Clara se encogió de hombros. Yo no soy costurera, ni una niña, tengo familia, y a mí nadie me lía. Perdona, tengo cosas que hacer.

Claro, tranquila Clara se fue a su despacho. Había visto mucho de cerca al bailarín. Siete años atrás, fue pretendiente de su hija, María. Ella, bailarina mediocre, pero en el Real gracias a su esfuerzo, llamó la atención de Alonso un día. Él solía ir a su casa antigua, le flirteaba y acabó llevándosela, le tuvo un hijo, y luego la dejó, acusándola de infiel. Clara lo arregló discretamente por dinero, y con ese dinero les compraron una casita en la sierra.

Alonso entonces tenía brío; ahora se notaba que prefería mujeres maduras, pensó Clara, y aspiró su botella de sales antes de entregarse a la burocracia.

Antonia pensaba en Alonso todo el tiempo; casi se le olvida pagar en el comedor, se pasó su parada, revisó por encima los deberes de Miguel, ni notó la mala nota en el cuaderno. Bobadas, detalles sin importancia. Alonso, en cambio, era un ser de otro mundo, y había prometido llamar

No lo hizo esa noche. Ni la siguiente. Antonia temblaba con cada llamada, corría a contestar antes que su hijo y, tras comprobar que no era él, suspiraba decepcionada.

Bueno, pensaba en la cocina, y si llama, ¿qué le digo? ¿De qué hablamos? ¿Que el pastel de hoy salía buenísimo? ¿Que Miguel se va de campamento? Tonterías Tendría que saber de arte, sí, de ballet. Mañana me paso por la biblioteca.

Así fue, tomó un libro grueso. En casa dijo que era para mejorar la cultura general por encargo del jefe. Miguel la compadecía, Pedro se reía, y Antonia estudiaba, se liaba con nombres y apellidos, anotaba, fruncía el ceño Ya no tenía la memoria de antes.

Gala observaba a su dueño, que hojeaba papeles, cogía el teléfono y marcaba un número, solo para colgar rápido.

¡¿Cómo se llamaba?! ¡Marina? ¡Leticia? ¡Por Dios, tan difícil era poner el nombre! bramó. ¡Ah, Antonia! Como en Eugenio Oneguin.

Marcó de nuevo. Gala se acurrucó a sus pies.

¡Hola! ¿Antonia? ¿He marcado bien? ¡Qué suerte encontrarte disponible! ¿No te molesto, verdad? rió con una voz aguda.

Antonia, tras el susto, apenas respiraba en el pasillo. ¡Él! ¡Había llamado!

No, qué va, totalmente libre mintió, aunque las tortillas se freían y Pedro estaba a punto de volver, Miguel había salido a entrenar.

Entonces, ¿nos vemos? Conozco un restaurante acogedor en las afueras. Tienen carne de ciervo. ¿Te gusta el ciervo? y volvió a reírse.

¿De qué se ríe tanto?, pensó Antonia, alarmada.

Yo… Bueno… titubeó. ¿De dónde iba a saber si le gustaba el ciervo?

Pues pedimos jabalí. Te va a encantar. ¿Te mando un coche?

No No puedo vaciló y, de golpe, soltó la dirección. Tonta, ingenua, una mujer deseosa de galanterías. El corazón a punto de salirse, la cabeza retumbando. Al menos dejó la cena lista, una nota y se peinó, encontrando un vestido decente para tal banquete.

El coche llegó en veinte minutos. El chófer subió a su puerta, justo cuando Pedro subía la escalera.

Todo fue torpe. El conductor dijo que venía de parte de Alonso, que la esperaba…

Antonia se sonrojó, cruzó una mirada con Pedro, murmuró que era por trabajo. Pedro asintió.

Si tienes que ir ¿Pasa algo? le gritó mientras se marchaba.

No… Todo bien. Tienes la cena.

La puerta se cerró, tragó a Pedro, su amor de diez años de estudios, la escalera olía a tortillas, ladraba un perro en el piso vecino. Ella subió al coche y cerró los ojos…

La cena fue magnífica, Alonso estaba un poco triste, disperso; miraba una y otra vez alrededor. Los camareros la observaban discretamente.

¿Vienes mucho por aquí? preguntó ella.

Sí. No te mentiré, siempre he traído mujeres aquí. Pero tú tú le tomó la mano, acarició su piel, notó la cicatriz vieja en el dorso y… la besó. Justo esa mano que minutos antes armaba albóndigas.

¿Yo qué? Soy muy simple… retiró la mano, asustada.

Sencillez No. Eres compleja, culta, lo noté al instante. Sé que amas el ballet. ¿Has estado en mis funciones? Bah, no contestes. Te regalo entradas, la mejor butaca. ¡Basta de trabajo! ¡Vamos a disfrutar!

Aplaudió fuerte y, como en el teatro, los camareros volaron a llenarles las copas de vino tinto, resplandeciente bajo las arañas de luces…

Antonia volvió a casa casi a las once. Miguel escuchaba música, Pedro ya dormía.

¿Por qué llegas tan tarde, mamá? ¿Cita?

Antonia enrojeció; menos mal que la luz del pasillo era tenue.

¡Qué cosas dices!

Así apareció en su vida un nuevo personaje: Rosana Troche, supuesta amiga de toda la vida, con quien Antonia no se veía desde hacía siglos. Con ella, a veces hablaba largo rato.

¿Y de dónde es tu Rosana esa? preguntó Pedro una tarde. No era celoso, pero sí curioso.

De Los Molinos improvisó Antonia, recordando que un coreógrafo era de allí. Allí nos conocimos, veraneando.

Pedro se dio por satisfecho. Buen sitio. Una vez fue a pescar, hasta conoció a una Rosana. Buena chica, aunque muy dura. Qué vueltas da la vida; igual hasta podría verla No, mejor no, pensó. Pasado pisado.

Con Alonso Antonia se veía muy de vez en cuando. Él la llevaba a restaurantes, hablaba de temas profundos, citaba autores. Antonia, por suerte, había leído aquel libro entero y podía seguirle el ritmo.

¿Y el futuro? ¡Qué más da! Solo es un pequeño juego, pensaba. No le era infiel a Pedro, ni besos, solo buena compañía y charla. ¿Acaso eso es pecado?

Si Rosana Troche llamaba a casa de Antonia, era incómodo, había que disimular. Pero las llamadas a veces se extendían media hora. Miguel resoplaba, esperando una llamada importante; Pedro también, aunque esperaba a su mujer, no al teléfono y ella se entregaba a hablar de Ana Pavlova, Dolores Serna, Agustina Vargas.

Rosana Troche al teléfono se admiraba de los saberes de Antonia, y Gala miraba a su dueño, más sereno, ya no traía señoras a casa, más cariñoso; hasta había dejado el yoga, ahora se sentaba largo, conversando.

Y una tarde Alonso, hastiado de restaurantes, la invitó a su casa.

Tengo ganas de estar en casa. Y seguro te da curiosidad cómo vivo. Además, Gala está pachucha tan sensible, necesita cariño. Ven a tomar un café. Te enseño el álbum de fotos de mi bisabuela. Ven, ¿sí?

Lo dijo tan sinceramente, que Antonia dudó. Sí, había oído de todo sobre Alonso, pero la gente cambia, ¿no? Le importaba, como persona, por su amor por el ballet. Ya su edad solo daba para un café Y ¡pobre perrita enferma! Además, el día era frío, gris, y apetecía algo cálido.

Fueron. Al llegar, tras la verja forjada, un chalé de aire antiguo, pero recargado. Demasiadas columnas, balcones y molduras.

Cruzaron la gravilla hasta la entrada y respiraron el olor a hojas mojadas. Querubines del jardín, cubiertos de hojas, y Alonso se rió; a través de la cristalera se vio el rabo de Gala.

¡Adelante! abrió la puerta y la dejó pasar.

Antonia y Gala se observaron mutuamente. Hasta Antonia olfateó el ambiente. Algo raro la casa no olía a hogar, a cosas vividas. Cada lugar tiene su olor: betún, pastel, muebles, detergente, pan, lo que sea, pero tiene.

En la de Antonia siempre mandaba el olor a ropa limpia y a tartas. Aquí, nada. Solo una peligrosa neutralidad.

Suelos de mármol relucientes, paredes grises, todo decorado con fotos en blanco y negro de Alonso en mil posturas.

¿Dónde tienes la cocina? preguntó Antonia. Quería insuflar vida, un poco de calidez, cocinar, hervir té con hierba buena o limón, freír rosquillas

¡Parezco una madre que va a visitar a su hijo!, se refugió en una mirada a Gala. Y la perra, seguro, pensaba lo mismo.

¿La cocina? Tanita, ¡ven! Por esta puerta.

Antonia pasó al punto que señalaba, confiando encontrar una cocina enorme donde hasta bailar se podía.

La primera vez que conoció a la familia de Pedro también fue en la cocina, allí ayudaba a su suegra, que la miraba con cariño. Ahora debía cocinar, rápido y rico. ¡Era justo lo que Alonso necesitaba! No estaba hecho para el hogar

La puerta se abrió en silencio; hubiera dicho que había un mayordomo esperándola. Olía a rosas, oscuro.

Gala refunfuñó y se marchó. Otra igual, pareció mascullar su rabo.

Antonia pensó preguntar dónde se encendía la luz, pero solo escuchó:

Desnúdate, Antonia Ahora vuelvo.

Sus cejas se arquearon, sus manos temblaron; todos los altos ideales del ballet salieron huyendo mientras las piernas la conducían directamente a la salida. Podía sentir la mirada reprobatoria de Pedro. ¡Vaya pérdida de cabeza!

Salió corriendo a la carretera, paró un taxi y pidió, por favor, que la llevase de vuelta.

Alonso miraba asombrado en su enorme dormitorio frío. Las rosas llevaban días mustias y él ni se había percatado. ¿Quería un poco de agua, tal vez? Si lo hubiera pedido

La buscó llamando su nombre: nada. Al fin, se dejó caer y comenzó a llorar.

Gala también gimoteó suavito. Antonia los había abandonado, quizá para siempre

Ella era tan distinta, tan viva y real; Alonso había pensado incluso en casarse con ella. Pero todo lo arruinó. Con Antonia no podía hacer lo de siempre Ella era genuina. Y él con su desnúdate…

Antonia llegó a su piso en silencio, se quitó los zapatos, fue al baño a mirarse largamente al espejo y acabó riendo, primero flojito, luego más alto.

¿Qué te pasa, mujer? Pedro golpeó la puerta, hasta arañaba, quizás asustado.

Nada, Pedro. Hay que dormir Dormir

Rosana Troche llamó a los días. Antonia pensó en colgar, pero le dio pena Alonso y aquella Gala enferma.

Antonia lo consoló, animó, encontraba siempre las palabras justas, mientras Alonso escuchaba, sentado junto a la mantita de Gala…

¿Quién llamaba esta vez? ¡Menuda charla! indagaba Pedro. ¿Rosana?

Sí respondía ella. Se le puso mala la perra.

Vaya pena. Oye, ¿y el pastel está ya? Pedro arqueaba las cejas y Antonia iba corriendo al horno a sacar el pastel dorado y con trenza en el borde.

Las llamadas ya eran rutina diaria. A veces Antonia contestaba, otras pedía a Miguel que dijera que no estaba. Agotaba consolar, animar, entretener. Pero no podía dar la patada a Alonso, le daba lástima: allí solo, en esa casa gris, la perra enferma

Alonso vagaba por el Real como alma en pena, ya no bailaba igual, y a final de febrero dimitió.

¡¿Pero cómo se le ocurre, maestro?! le gritó Don Manuel. ¿Quién va a?

Imprescindibles no hay; no aquí corrigió Alonso. Perdóneme.

Hasta se olvidó de que Antonia trabajaba detrás de esas puertas, en la tercera planta, o vivía otra vida.

La última vez llamó en mala hora. Era el cumpleaños de Antonia: invitados, buena mesa, flores de Pedro, su mejor vestido. Todo era perfecto y, de repente, sonó el teléfono.

¿Digo que no estás? preguntó Pedro. Que Rosana llame luego.

No, no. Tomo yo. Última vez, Pedro por favor.

Tomó el teléfono. Alonso le contó que Gala había tenido cachorros y pensaba regalarle uno.

¿Por qué? preguntó ella.

No sé al menos para que una hija de Gala te tenga cerca. Estoy enamorado de ti, ¿sabes? Eres real, nada de muñeca, te pareces a mi madre. Bueno, perdona. ¿Lo quieres?

Lo aceptó. Un cachorrillo canela, torpe y gracioso, que llamaron Suso. Suso se adaptó en seguida, se hizo amigo de Miguel, pero era Antonia su favorita.

Siempre la recibía cada tarde, la miraba y sonreía. Hasta él parecía saber que no había nadie como Antonia.

Años han pasado. ¿Dónde estará Alonso, qué será de él? Antonia nunca supo. Hace tiempo que contó toda la historia a Pedro; él rió, no mostraba ni pizca de rencor.

Y Antonia aún teme las llamadas; no es miedo, sino no saber bien cómo actuar. El pasado la visita a veces en sueños, le mira con esos ojos tristes de Alonso, le aulla. Pero después aparece Miguel, su futura nuera Leonor, y el mundo gira como debe.

El mejor bailarín del Real, tras dejarlo todo, vive en soledad en su casa con columnas. De vez en cuando, su hija María y el hijo van a verle. Toman café en la gran sala, y Alonso mira por la ventana pensando que bailó toda su vida, alcanzó mucho, pero no sintió nada, solo una chispa. Y el amor eso era con Antonia, a quien jamás regaló una entrada para verle bailar. Qué pena…

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Me lo he pensado mejor sobre casarme Archipo pasaba noches enteras en su laboratorio, sin descanso, transfiriendo líquidos de un tubo de ensayo a otro y analizando polvos misteriosos. Estaba convencido de que, con tanta dedicación, su trabajo pronto daría fruto y por fin podría mostrar al mundo su “producto”, extraído de las raíces de una planta rara. El entusiasmo con el que este investigador de cuarenta años se sumergía en su oficio le impedía percibir las miradas de interés de la joven limpiadora, Sofía, quien apenas llevaba poco tiempo trabajando en el instituto. Guiado por la esperanza de lograr resultados cuanto antes, Archipo no se daba cuenta de cómo Sofía, olvidando por completo sus tareas, pasaba horas en el umbral de su despacho, apoyada en la fregona, clavando su mirada en su espalda. Relato de ¡Madre Mía! / Zen Por fin, una tarde, la joven se atrevió a decirle: — Don Archipo, lleva usted ahí sentado desde primera hora. ¿Le apetece tomar un té? Resulta que por accidente traje el hervidor de casa. Y he preparado unas salchichas caseras. Al escuchar lo de las salchichas, el hombre apartó la mirada de su trabajo y se levantó. — El té me parece estupendo. ¿Con salchichas, dice? Sería un pecado rechazar tal invitación. La limpiadora, radiante, sacó con manos temblorosas su mochila y extrajo primero el hervidor y luego un táper, donde llevaba aquella delicia. — Mi madre me trajo carne de la aldea ayer — explicó Sofía con una sonrisa —, yo preparé las salchichas con grasa y las asé. Archipo se puso las gafas para inspeccionar el envase mientras el agua hervía en el hervidor. Era una bandeja de plástico transparente con tapa. — Dígame, por favor, ¿desde qué hora lleva el táper con la comida en su mochila? Sofía dudó, nerviosa, y se encogió de hombros: — Pues, desde la mañana… ¿por? — Hmm, ¿y la tapa se quedó tan bien cerrada como ahora? — Sí… creo… — respondió asustada la joven —. ¿Cree que se habrá echado a perder? No creo. En el vestuario hace fresco, aún no han puesto la calefacción. Archipo luchaba contra la duda: — Entiendo… Entonces, tomemos solo el té. Y esto, mejor lo lleva usted a casa. La pobre Sofía, a la que aquel intento de agradar le había llevado toda la tarde anterior, indignada, le arrebató la bandeja. Archipo comprendió sus intenciones por el ceño fruncido de ella. — ¡No la abra! — gritó, alejándose y tapándose la nariz con un pañuelo. Sofía abrió el táper, olió e hizo un gesto desdeñoso: — Huele normal. ¡Sois unos pijos los de ciudad! ¿Que no quiere probarlas? Pues, me la como yo. Golpeando la mesa con el táper, se sirvió té y empezó a comer. El aroma y el ambiente calmaron a Archipo y, mirando de reojo cómo ella disfrutaba, murmuró: — ¿Es ternera? — Ujum — contestó ella con la boca llena. — Tienen buena pinta… y huele de maravilla. A regañadientes, el científico siguió con su té, mientras su estómago rugía. Pero entonces ocurrió algo completamente inesperado: como hechizado, la mano de Archipo agarró un trozo de salchicha. Su fina piel estalló bajo los dientes. — Exquisito… ¿quién la ha hecho? — Pues yo — respondió apurada Sofía. Archipo siguió comiendo, cerrando los ojos de placer. — Me deja sin palabras. Sofía, entre lágrimas de alegría, limpió su boca con la bata y suspiró: — ¿Ves? Al final no estaba mala, ¡si llevo toda la vida cocinando! *** En agradecimiento, Archipo insistió en acompañar a Sofía hasta la parada del autobús. Hablaron un buen rato. Resultó que Sofía tenía solo veintitrés años. Demasiado joven. Podría ser su hija, pensó. En la parada de autobús, esperaron juntos. — Si quiere, mañana le traigo galletas caseras — murmuró, sonrojándose, la chica. — Yo misma las hago, nunca compro en tiendas. ¿Las prefiere de zanahoria o de requesón? — Todas me gustan. — Pues traigo dos tipos. Por increíble que parezca, Archipo empezó a esperar el día siguiente con impaciencia. Esa noche, incluso soñó algo vergonzoso: en el sueño, Sonita se desnudaba, bajándose la camisa por su dulcísimo hombro. Archipo se despertó con las mejillas ardiendo. — Cielos… Cuarenta años sin mirar a una mujer y ahora esto. Como si me hubieran echado mal de ojo. Parte 2 Antes de conocer a la futura familia política, Archipo estaba nervioso. De camino, en el taxi, se acomodaba los pocos pelos que le quedaban para disimular la calva. La noche anterior, Sonya, con su cabeza apoyada en el regazo de Archipo, le había quitado todas las canas con unas pinzas. Archipo se afeitó, se puso su mejor traje y colonia. Sonya, cariñosa, le rozó la mejilla como una gata. — Les vas a gustar — le animó —. Mamá es comprensiva. Y mi padrastro es muy bueno, siempre está de acuerdo con todos. — ¿Cuántos años tiene tu madre? — Cuarenta y cinco. — Pues yo tengo cuarenta. ¿Crees que le pareceré bien? — ¡Anda ya! ¿Y si se queja? Le diré que espero un niño tuyo. — No empieces una vida juntos con mentiras — se asustó Archipo. Al llegar, Archipo luchó con el viento invernal por su gorra, mientras miraba atónito los inmensos montones de nieve, desconocidos en su ciudad. El hogar era de esos que el madrileño solo ve en cuentos: desvencijado, techo torcido de uralita, una chimenea coronada por una olla vieja. Al entrar: el crujido grave de la puerta cubierta con una colcha, suelos de madera bajo alfombrillas hechas a mano, paredes pobres cubiertas de cal… Todo le pareció irreal. «Dios, ¿cómo se puede vivir aquí?», pensó horrorizado. Sonya le empujó cariñosa al interior. En medio del salón, una mujer en bata miraba seria. — Mamá, este es Archipo, mi novio — le presentó Sonya. La anfitriona desprendía frialdad: — Buenas — musitó mientras miraba de arriba abajo a Archipo. — ¿Cuántos años tiene usted? — tronó la mujer. — Cuarenta. — ¡Y mi hija tiene veintitrés! ¡Le lleva usted una vida entera! — Por favor, tiene que entender que… Archipo trató de defender su amor y su honradez, incluso habló de coche y casa en Madrid. — Pero coche, no tiene — le recriminó la madre. — Es que no veo bien, pero si es necesario, le enseño a Sonya a conducir. — ¡De ninguna manera! — gritó la mujer. — ¡Mi hija no será sirvienta de ningún viejo! Un hombre atractivo salió del fondo. Era el padrastro, joven, sonriente y simpático. — Encantado, un placer conocerle —saludó. Pero la madre sentenció: — ¡No pienso dar a mi hija a este vejestorio! Sonya intervino, la madre, el padrastro… Todo derivó en un auténtico drama familiar. Archipo, abrumado, soltó la mano de Sonya e intentó marcharse. — Lo siento… No puedo enfrentarme a tu madre. — ¿Y ella puede maltratarme a mí? — gritó Sonya. Comenzó literalmente una batalla campal. Archipo salió huyendo mientras una banqueta volaba cerca de su cabeza. «Santa María, protégeme», rezaba mientras corría bajo la oscura nieve del pueblo, buscando en vano un taxi o una estación. Agotado, regresó hacia la casa (la reconoció por la olla de la chimenea). Sorprendentemente, dentro reinaba la calma. Sonya salió con las maletas. — Archipo, ¿estás ahí? Mi vida, pensé que te habías ido… — Me faltaba el aire — mintió él. — Si mamá no me bendice, me voy contigo. Los pies de Archipo se estaban congelando. Dudaba ya de todo. ¿De verdad le hacía falta todo aquello? ¿Y con esa familia tan… desbordante? *** La madre salió a la puerta como una señora de la España rural, enfundada en un chaleco y botas. — Si no me respetas, hija, adelante, te vas. Ahora él es responsable de ti. — Mejor con él que aquí, mamá. ¡Archipo es un hombre magnífico! Pero por favor, ¿nos ayudas a llamar un taxi? — Ni hablar. Ahora ustedes solos, ya no cuenten más conmigo. Sonya se apoyó en Archipo. — Cariño, haz algo… — Aquí no hay señal. No soy mago. Ve a casa de los vecinos y pide un taxi. Por primera vez, Archipo sentía un miedo y un agobio inexplicables. Se le doblaron las piernas y cayó al suelo. Sofía gritó por todo el pueblo. — ¿Qué te pasa? — chillaba angustiada. Archipo balbuceó: — Me mareo… mamá mía… quiero volver a casa. Finalmente llegó la médica del pueblo, le inyectaron algo y comenzó a recuperarse. — Tiene la tensión por las nubes. Debe usted reposar. El rostro de la suegra seguía persiguiéndole: — ¡Encima, enfermizo! — se burlaba. Sonya intentó cuidar de él, pero Archipo ya solo pensaba en huir, no en casarse. «Estos tendrán sus acuerdos, pero yo, en cuanto respire, salgo corriendo y no vuelvo a pasarme por aquí.» *** De regreso en Madrid, una tarde Archipo advirtió a su ayudante: — Ya he terminado. Ustedes también. Cierro el laboratorio. La joven ayudante de treinta y dos años se sonrojó: — He traído una empanada para el té… — ¡No! Nada de té aquí. Esto es un laboratorio, no una cafetería. — Pero ya terminó la jornada… — ¡A casa! — gritó Archipo. La ayudante, herida, se fue. — ¡Menudo chiflado! — susurró al marcharse. Archipo suspiró aliviado y se fue. Llegó justo a las ocho a casa. Sofía abrió. — Buenas tardes, don Archipo. — ¿Qué hay de cena? — preguntó él, sin mirarla. — Sopa de pato espesa y empanadillas de patata. — Perfecto. Apunta lo que gastes, te lo sumo al sueldo este mes. Se descalzó, se lavó y se sentó a cenar. Sofía, a su alrededor, intentaba reconfortarle: — ¿Aún le molesta mi madre? Ella ya le ha explicado todo… Solo tenía miedo de que, siendo tan sabio y casi catedrático, no quisiera casarse en serio. Solo quería que me valorase algo más. Pero yo te quiero de verdad. Archipo cenaba en silencio, tenso. — ¿O es por la bronca familiar? Eso no fue para tanto, de verdad… A veces las familias discuten, no le des importancia… Archipo la condujo hacia la puerta, le dio sus cosas y la despidió. — Es tarde. Mañana no vengas. Pasado mañana sí, que habrá varenyky. Cerró la puerta tras la chica, volvió a la cocina, y siguió comiendo.