Vamos a visitar a la abuela

Visita a la abuela

Ni Natalia hubiese imaginado un giro semejante.

Las chicas habían salido corriendo, mientras ella y Susana se dirigieron a la tienda, por suerte aún abierta. De vuelta a casa, comenzaron a preparar la cena: patatas, pollo al horno, ensaladilla rusa… Abuela Eugenia ayudaba silenciosamente, más con consejos que con manos.

Echa una cabeza de ajo a la cazuela de las patatas, mujer, así quedan mucho más ricas. Al pollo, no dudes en ir regándolo por encima, que así coge un dorado más bonito.

A la abuela siempre le encantó cocinar.

Misi, la gata, seguía dando mordiscos en los tobillos, toda un desastre. Encerrarla en una caja ya no servíaaprendió enseguida a escaparse con agilidad. Y a decir verdad, ya no apetecía apartarla: ese pequeño ovillo peludo, incluso repartiendo mordiscos torpes, era una fuente inagotable de ternura para el alma.

Natalia y Susana no se cansaban de turnarse para recogerla del suelo y besarla en la nariz.

¡Anda, que estáis cocinando! refunfuñaba la abuela. ¡Y dale con la gata!

Pero era evidente que le alegraban tanto las visitas como la travesura de Misi. Aunque se notaba fatigada, no accedía a ir a descansar.

Ya tendré tiempo para tumbarme tranquilamente. Ay, qué pena que no haya árbol de Navidad… Si lo hubiese sabido… Te acuerdas de antes, Natalia, cuando el abuelo traía el árbol y todas a adornarlo…

No pasa nada, abuela. Sabremos celebrarlo igual. Después nos daremos un paseo por casa de los Vargas.

Sin embargo, cuando apenas eran las cinco y media, la puerta de la entrada se abrió bruscamente. Ruidos, voces… la puerta de la sala se abrió, y lo primero fue el tronco de un árbol. Entraron tras el aroma de bosque, la resina, ese olor amargo y navideño.

¡Buenas! ¡Feliz año por adelantado! He hecho dos viajes, pero al final lo encontréel invitado sonreía agotado.

Era ni más ni menos que aquel leñador que habían visto en el autobús, con su chaqueta de cuero marrón y boina de lana calada hasta las orejas.

¿Es para nosotras?

Por detrás asomaron los rostros de las niñasLucía y Clara.

Lucía me contó que pasaríais aquí el Año Nuevo. ¿Y qué sería de un fin de año sin árbol? Es para vosotras.

Natalia sentía pudorla idea de que alguien fuese al bosque solo por ellas…

¿Y eso no está prohibido? preguntó.

Hay que saber por dónde ir…

Qué sonrisa más bonita tiene, pensó Natalia.

¿Nos ayudas a ponerlo, Fernando? El cubo está en el granerodijo la abuela, serena. Pero ¿y la arena? Creo que no queda.

Pero él también había traído un saco de arena. Al quitarse el abrigo y los guantes, parecía un aventurero polar: jersey de grecas, pantalón de borra, calcetines de lana gruesos, solo le faltaba la barba. Iba perfectamente afeitado y el pelo recién cortado. E inspiraba una extraña familiaridad.

Luego no dejéis de pasaros por la plaza. Frente al centro social habrá verbenay para los mayoresbaile con acordeón.

¿Y tú con cuál bailas, con la verbena o con el acordeón? preguntó Natalia con picardía.

¿Yo? Pues antes bailaba en la disco. Pero ya uno se va haciendo mayor, y el año pasado sentí nostalgia del acordeón, así que allí me encontráis. ¿Dónde colocamos el árbol?

Natalia ya despejaba un rincón.

Natalia, la escalera está en el granero…

¿Escalera? ¿De verdad, abuela? ¿Las cajas con los adornos siguen ahí arriba?

¿Dónde iban a estar? Están en el desván, hija.

¡Magia! ¡Un milagro!

Fernando sacó la escalera, pero Natalia fue la que subió. Descubrió bien pronto la caja, la recogió con sumo cuidado y asomó: los ojos de las niñas esperaban un milagro, igual que en su infancia. Es que la Navidad hace niños a los grandes, y a los adolescentes aún más.

Mucho cuidado, son adornos de cristal. Y, quien los rompa… ¡se queda sin dulces!

Pero la más revoltosa con los adornos fue Misi. Primero, demasiado curiosa con el árbol, acabó dentro del cubo de arena a punto de usarlo como caja. Por suerte, la sacaron a tiempo. Después, un salto de medio metro la hizo tropezar cuando encendieron la guirnalda, que ya arrastraba varias décadas encima.

No era fácil decorar el árbol con Misi ayudando. El proceso era: abrir la caja, sacar un adorno, sacar al gato, cerrar la caja. Misi parecía teletransportarse, pero con su blandura no podía dañar los adornos: más bien ellos a ella, pues varios ya estaban rotos.

Los viejos adornos, algo desconchados pero brillantes, hipnotizaban a las niñas: una mazorca, un aviador, un reloj, la luna, una guirnalda, una seta.

¿Quién es este? ¿Un explorador?

¡Un pionero! respondieron Natalia y Fernando a coro.

¿Tú fuiste pionero, tío Fer? preguntó Lucía levantando el adorno.

Pues hala, ya me habéis puesto con los del acordeón.

Natalia miraba el árbol y sentía que era el de su niñez. Qué suerte haberse quedado. Aquello era pura dicha.

Las familias pronto fueron retornando a sus casas. Ellas tres celebraron el Año Nuevo de forma sencilla, pero sentida: abuela, Natalia y Susana. La abuela confesó que hacía cinco años que no brindaba en Nochevieja.

Susana, ¿me cuentas ya qué pasó? Solo si quieres

Todo bien. Solo tenía que afrontar la realidad. Él ya va con Laura.

¿Arturo? ¿Te arrepientes?

No, ya no. Claro que escuece. Pero ya me han animado las chicas. Mira, estaba claro que no iba a ninguna parte, ¿para qué perder más tiempo?

¿Y el amor?

El amor debe ser de ida y vuelta. Si no, es un sufrir. Y yo, mamá, ya no quiero ser la parte que sufre.

Sabiduría juvenil

No, su hija ya no era ninguna niña. Igual que ella: sabía que con Alejandro nada cambiaría y su etapa de penar también terminaba. Ni la felicitó por Año Nuevo. Tampoco a ella le nació hacerlo, ya no le apetecía, ni le dolía. Sabía que, en todo caso, él la escucharía distraído, con música alta y prisas.

Aquella noche, Lucía y las amigas vinieron corriendo a llamar, calzadas todas con botas de fieltro. Susana también se puso las de la abuela.

Abuela, ¿quién es ese Fernando? le preguntó Natalia cuando quedaron solas.

Fernando, muchacha, es el nieto de Aurora Nieto. La recordarás.

No mucho. Pero de él quizá sí por el nombre. ¿Es a quien de niña le diste unos azotes por las manzanas?

El mismo. Y bien merecido. Aurora hasta me lo agradeció, porque no había manera con él.

¿Era un trasto?

Quién no robó manzanas de pequeño Pero mira cómo ha salido.

¿Ah, sí? ¿En qué sentido?

Pues sirve en la Guardia Civil o algo así. Nunca lo tengo claro. Un buen muchacho, noble. Pero no se casa, siempre busca a alguien. Y su abuela se apena.

La abuela, agotada, pronto se fue a la cama. Natalia también salió hacia la plaza, por un sendero de nieve blanca bajo la luz tenue. El año anterior, unos traviesos habían incendiado la paja del establo la misma noche. Siempre había algún susto en el pueblo. Pero mejor estar cerca, pensó, por si acaso.

Frente al centro social seguía la verbena, con papá Noel, la bruja Maruja. Susana bailaba con las amigas, grabando en su móvil. Natalia no quiso interferir: observaba apartada. No era una fiesta con demasiados borrachos. Niños correteaban, mayores y ancianos bailaban. Era todo el pueblo disfrutando. La directora del centro social animaba el ambiente, llamando a todos para bailar y participar en juegos.

Quizá esa verbena debiese servir de ejemplo a muchas ciudades. Probablemente porque todos en el pueblo se conocían, y más de uno se abrazaba cada vez que se cruzaban, se deseaban lo mejor y terminaban invitándose unos a otros a casa.

De repente, vio a Fernando. Con otro hombre sacaba de la plaza a un mozo que había armado jaleo. Nada nuevo.

Quince minutos después, Fernando apareció a su lado.

¡Feliz año! ¿Estás aburrida?

¿Aburrida yo? ¡Qué va! Hacía tiempo que no vivía un Año Nuevo así. Susana no para de reír, y ni se acuerda de internet.

Aquí es imposible aburrirse… Ya han robado un tractor.

¿Un tractor?

Sí. El tractorista lo había dejado parado al lado de su casa y un par de borrachines aprovecharon para dar una vuelta. Les hemos perseguido, hasta han salido a la laguna helada, imagina.

¿Y no rompieron el hielo?

¡Se rompió, sí! Pero era poca profundidad y pudimos sacar el tractor, y a los mozos se les quitó la borrachera del susto.

¡Vaya noche! Se ve que en Nochevieja aquí se bate el récord de trasnochadores.

Yo a ti te recuerdo. Erais de los jóvenes revoltosos, ¿eh? Yo era menor, tú y mi primo Sergio robabais manzanas. Os iba a azotar poco menos que mi abuela por turnos en el granero.

JajaFernando lo recordaba con alegría, bueno, tampoco fueron para tanto los azotes. Pero la lección de abuela Eugenia no se olvida. Gran infancia la nuestra, de pueblo. También te recuerdo a ti: eras como una muñeca, con rizos y vestido de lunares.

¿Muñeca?

Sí. Yo me sentía un chavalito del pueblo todo magullado y tú parecías tan fina… En cuanto te vi en el bus, te reconocí por la carita y esa forma de quejarte si te pinchabas con una aguja. Ni me atrevía a hablarte por miedo a ensuciarte. Y la verdad… ahora también me impone.

Natalia soltó una carcajada, lo tomó del brazo y propuso un paseo.

Venga, vamos a disipar todos los miedos. Demos un paseo, y nos contamos la vida como si fuésemos hermanos, pero de verdad.

No supieron cómo pasó el tiempo. Se confesaron, rieron, confidencias de ida y vuelta. Pronto, las chicas volvieron a casa y siguieron charlando de camino.

Mamá, ¿podemos ir a casa de Clara un rato? preguntó Lucía.

Lucía, no tardes, ¿eh? le advirtió Fernando.

Que no hace falta, de verdad, tío Fer.

Claro que sí, debo prometerlo a tu madre.

Se sentaron a esperar en casa de la abuela Eugenia. El ambiente seguía agradable, la conversación fluía con facilidad. Quizás aquellos recuerdos del pueblo los hacían sentir como de la familia.

Fernando también confesó su amor frustrado. Una mujer mayor, casada. Natalia notó la tristeza en su voz, tal vez aún seguía atado a ese recuerdo.

Ella le contó su divorcio, los altibajos con Susana, su propia historia. Tomaron un café, miraron la nieve desde la ventana, y no tenían ni pizca de sueño.

¿Tú vives ahora en Madrid? pronto se tuteaban.

En las afueras de Madrid, hace poco. Antes estaba destinado en Asturias, servicio transferido. Trabajo en la Guardia Civil, ando de aquí para allá. Sin casa, ni propia familia.

Todo a su tiempo.

¿Y tú, Natalia, trabajas?

¡Son fiestas ahora!

Entonces mañana mismo, a esquiar.

¡Uy, no, no!levantó las palmasNi tenemos ropa. Veníamos solo para un día.

Eso tiene fácil arreglo.

No sé, hace tanto no esquío… Y Susana nunca ha aprendido. Mejor no.

A la mañana siguiente, trajeron ropa, botas y esquís. Natalia pensó que su hija jamás querría ponerse esos pantalones de forro grueso; pero Susana, de primeras, estaba emocionada, aunque el entusiasmo se esfumó al subirse a los esquís por primera vez. Pasaron una hora entera enseñándole, entre caídas y risas.

A Natalia le costó menosen su infancia, la gimnasia era solo con esquíspero también dio con sus huesos en la nieve varias veces. Al poco, le cogió el truco y se deslizó más rápida, sorteando árboles. La huella retorcida cruzaba la espesura nevada.

Fernando encabezaba la expedición: sabía volver atrás, ayudar a los caídos, dominaba los esquís como nadie.

¡Mira, mamá! gritaba Susana al deslizarse por una cuesta, iluminando sus ojos con alegría.

En los árboles, la nieve formaba gorros blancos; el aire era puro y fresco. Hasta vieron a una ardilla escabullirse entre cáscaras de nuez.

Natalia sentía felicidad. Pronto llegaron a una loma perfecta para bajar. Los copos pinchaban la piel encendida por el frío.

¡Uy, esa cuesta! No me atrevo. Susana, ni lo pienses.

Pero la ciudad enseña a atreverse. Susana caía y se aprendía, Natalia no tanto.

Te va a gustar. ¡Anímate! animó Fernando.

Obedeció. Tomó impulso con los bastones y se lanzó. La sensación de velocidad, el viento en los oídos… cayó, sí, pero llenísima de euforia. Repitió varias veces.

El cansancio se notó pronto. La bajada era divertida, la subida… agotadora.

Las niñas no tenían prisa en volver. Sonrojadas, sudorosas, se grababan y reían. Inventaban mil locuras.

Vámonos tú y yo a dar una vuelta, déjalas disfrutarsusurró Fernando.

¿A dónde? Natalia se sorprendió.

A un sitio.

La llevó hasta un abrupto cortado, desde donde se veía el río blanco perdiéndose a lo lejos.

¡Qué maravilla! exclamó.

Siempre vengo aquí. ¿Sabes por qué?

¿Por qué?

Para empezar de nuevo.

¿Qué quieres decir?

Dejar algo atrás y volver a empezar. Desde aquí hay que gritar.

¿Gritar?

Sí, a pleno pulmón. Miratomó impulso y voceó: ¡Eeeeehhh!

El eco removió la nieve de los pinos, chispas brillando al sol.

¡No creo que me salga!

Claro que sí. Yo me retiro y gritas. ¡A lo grande!

Natalia dudó. ¿Por qué? ¿Para qué tanto? Pero se cargó de aire mirando el río, prisionero entre orillas de hielo… Qué ganas tendría de romperse y correr libre.

Igual que ella.

Y también Susana: toda su adolescencia limitada, y de pronto allí se soltaba, se descubría. Una chica auténtica, divertida, libre. ¿Habría sido igual en Madrid?

Natalia separó las piernas, llenó el pecho de aire y gritó:

¡Yuuuuhuuuu! ¡Yuuuuhuuuu!

Las urracas alzaron el vuelo. Pareció que el río contestaba en eco. Se giró, con una sonrisa y brillo de picardía. Fernando la observaba, apoyado en los bastones, con mirada seria.

Sí, le gustaba. Y no lo pensaba ahora por coquetear, sino con el corazón: a ella también le gustaba él.

Se lanzó con los esquís hacia él. Él también a ella. Chocaron, cayeron, rodaron en la nieve. Él la besó en los labios fríos, en los ojos, despeinó su pelo. Fue un impulso inexplicable, algo limpio y grande, más allá de la pasión entre hombre y mujer.

Regresaban juntos; Natalia pisaba la huella de Susana.

Mamá, he conseguido siete bajadas sin caerme. ¡Alucina! Lucía me ha grabado para mandárselo a todas. ¡Esto sí que es un planazo! Nadie vivió un Año Nuevo igual. Brutal. ¡Y yo en botas de fieltro! Te lo enseño luego…

Susana, a mí me encanta Fernando.

Susana paró en seco.

¡Uy! Natalia abrió los esquís para no tropezar.

Susana la miró, dudó un momento y sonrió.

Y a mí también, mamá. Pero en distinto sentido. No me importa en absoluto.

¿Qué no te importa?

Nada de nada. Eres mi madre, pero bien guapa y con chispa. ¡Haz lo que quieras!y se fue deslizándose.

Eso era el mayor permiso y bendición. Y Natalia lo sabía: Fernando, allá adelante, también lo deseaba. Pero lo suyo no sería como lo fue con Alejandro; de eso Natalia estaba muy segura.

Ambos, junto al río, se despidieron del pasado y avanzaron juntos hacia el presente. Susana acabaría por entenderlo, Natalia lo sentía.

Al poco, las acompañó a la parada del autobús.

¿Seguro que no preferís un taxi? insistía él.

¡Que va, Fernando! Vamos perfectas. Miraseñaló las botas de fieltro, ¿lo ves?

Ay, qué pereza ir al instituto otra vez… protestaba Susana.

Pues no vayasle dijo Fernando.

¡Fernando! Natalia lo miró en serio.

¿Qué más da un par de semanas? Prepara ya los papelesse volvió a Susana. Pronto te mudarás de cole. A Madrid. Y no es pregunta, es un hecho.

¿De verdad? ¡Vaya! … Chévere. Yo me apunto.

¡Vaya arte tienes! Siempre te dice que sí. Susana, yo justo quería contártelo, pero

Mamá, simplifica. Donde vayáis, voy. Ya sé que hay feeling.

¿”Feeling”? Fernando ladeó la cabeza. Hay feeling, así que…

***

Hola, Natalia.

Hola, Alejandro.

Perdona que no llamara antes. He estado liado… al final, he tenido que irme a Madrid. Un colega de la tele prometió ayudarme, ¿te imaginas?

Me lo imagino.

Total, que hice varios contactos. Sabes lo mío, ¿no? Pues pensé que me mudaba, pero al final nada. Se la dieron a otro toda la plaza… Así que, qué se le va a hacer. ¿Nos vemos? Estoy en casa, por fin.

Yo no, Alejandro. Me fui de Salamanca.

¿Te fuiste? ¿Cómo que te fuiste? ¿A dónde?

A Madrid. Me he casado, Alejandro. No me llames más.

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