Vecinitos: Historias de la Comunidad

Las vecinas.

Antonia Castañeda dejó el cubo en la tierra y se limpió las manos en la colorida y larga falda. Los nervios le hervían por dentro.

¿Y dónde se ha metido esa calamidad de Jacinta? Descarada, atolondrada y perezosa, mi vecina. Ayer le dije que el jaramago se estaba colando en mi huerto y ni se inmuta. Sigue igual, entrando como por su casa.

Antonia caminaba de un lado a otro por el corral, echando el ojo por encima de la tapia, vigilando a su vecina. ¡Qué rabia le daba! El cerdo gruñendo en el cobertizo y en casa no paraban de salirle tareas, las palabras y reproches pugnaban por escapársele del pecho. Todo porque la buena de Jacinta no aparecía. Solo se le daba bien dormir hasta mediodía.

Por fin divisó a Jacinta en el porche, alta como una estaca y con su eterna bata mugrienta. ¡Ay, cuánta rabia se le acumuló a Antonia en el pecho mientras su enemiga no daba señales de vida!

No tardó en lanzar su discurso, sonoro y apresurado, para que todo el mundo lo oyese.

Si eres tan perezosa, Jacinta, contrata a alguien que te quite las malas hierbas. Te lo dije ayer, que el jaramago se me mete en las zanjas.

Jacinta contestó al instante, sin apenas mirarla ni girar la cabeza, pero en voz muy clara:

Pues si a ti te molesta, lo quitas tú, o contrata a alguien. Mira, señaló con la barbilla la cancela está abierta.

Y desapareció de la vista, se oyó el chapoteo al tirar un cubo de agua sucia en el patio.

Antonia se quedó boquiabierta ante tal descaro. Casi se puso a temblar de la rabia. Aun así, tenía que esperar a que la víbora regresara al corral. Desde el otro lado del cercado oteó, por si Teresa la del número 5 andaba atenta; seguro que correría a contarlo por el pueblo: ¡Pues sí que le ha respondido Jacinta a Antonia!. Había que salvar la situación rápido, y la otra, atascada en su huerto.

En Valdehinojosa, las mujeres sabían bien pelear y discutir. No en vano el pueblo se llamaba así. Claro que también había por allí alguna santa, como Amalia Gutiérrez, que en la vida había discutido con nadie Pero de ella poco se hablaba: qué aburrimiento, ¿de qué hablar? Y a ver, ¿qué es una mujer si ni sabe defender lo suyo? La señalaban y ella solo encogía la mirada. Ni la una ni la otra, decían.

Pero de mujeres como Antonia Castañeda se hablaba con respeto: ¡menuda mujer, un volcán!. No pasaba un día sin alguna trifulca o malentendido con alguien.

Las discusiones estallaban como pólvora: en la panadería, en la plaza, faenando en el campo, en la verbena, y claro, en la cola para el camión de pescados.

Ni el cansancio ni las prisas podían apartarla de una buena disputa. Era capaz de discutir media tarde y siempre salía ganando. En las cocinas de Valdehinojosa se narraban con gracia aquellas reyertas, con diálogos que cortaban y reían: Y entonces va ella y le dice.

Una vez, en el mercadillo, Antonia casi se pelea a boinazos con una mujer de Villarubia. ¡Qué bronca! Lo vio medio pueblo, formaron corrillo y ellas, como teatreras, dieron lo mejor de sí: maldiciones, insinuaciones sobre maridos, hijos y hasta exnovias, y amenazas entre los murmullos del gentío.

Había que tener arte para discutir así, en escalada de chispa y picardía. Era casi un talento.

Cuando amainaba la tormenta, los insultos se decían ya como una rutina, menos terribles que el silencio. Así era la vida.

Con Jacinta, su vecina, Antonia llevaba años de enfrentamientos e indirectas. Decía de Jacinta de todo por el pueblo, pero la otra ni se inmutaba, solo replicaba y también decía lo suyo.

Boba es y boba será. Vosotras seguid escuchándola.

Por fin, Jacinta apareció tras los cobertizos; Antonia ya lista.

¡Hasta qué punto hay que ser floja para no arrancar un poco de hierba! ¿Es que andas tan atareada, vecina? ¿Has pintado ya el establo? ¿Te agobian los nietos?

Pues crié bien a mi hija: no me deja sus hijos a mí contestó Jacinta, con tono de revancha.

Ay, eso sí era lanza directa, Antonia lo sintió, porque sus nietos la rondaban a menudo, hijos de su única hija.

Porque sabe la pobre Clara que en tu casa los niños acaban mugrientos y casi sin comer. No te confiaría ni un perro, menos aún a un crío

No les ando quitando la mugre ni atando cordones como tú todo el día

Y era verdad, hacía poco Antonia se había arrodillado para atar el cordón deshecho a su nieto de nueve años.

Que yo puedo, abuela dijo el chiquillo, aunque pronto puso el pie.

Jacinta no lo olvidaba ni lo dejaba pasar.

En mi casa están como en el cielo, no como en un cuartel, por eso vuelven, no como otras abuelas.

¡Porque no tienen a dónde ir! Jacinta dejó el cubo y se giró. Mejor cuida tú de tus gallinas y déjate de hablar tanto. Porque como las encuentre otra vez en mi patio, las mato y las hago en pepitoria.

Sí, sí, al menos cocinarás algo, a ver si engordas con mi gallina y tu marido come caliente por una vez.

Como te vea entre las matas, te rompo el pescuezo, a ti y a la gallina.

Tampoco tienes tanto para picotear, mujer. Si mi gallina come por ahí, me pondrá más huevos y te regalaré.

No quiero tus huevos, no quiero tener mala digestión.

Poco a poco, salieron los maridos de ambas. Sin decir nada, se reunieron en el banco junto a la tapia y empezaron a conversar.

¡Menudas broncas gastan! comentó con resignación Tomás, el marido de Jacinta.

Dios hizo tres males: la mujer, el demonio y el cabrón dijo don Manuel, el de Antonia, encendiéndole un cigarro al otro.

Fumaron en silencio, escuchando el intercambio queda entre las mujeres. Luego hablaron de la nueva dirección de la cooperativa, de la cosecha, y volvieron a oír la trifulca.

Bah, esto les pasa por tener tantos días libres. reflexionó Manuel.

¿Y si las llevamos a casa? preguntó Manuel, poco convencido.

¿Estás loco? Mejor molestar a un perro que a una mujer cabreada.

Y tanto. Si es que todas son de lengua suelta.

Encendieron otro cigarro y esperaron. Ambos sabían cuándo había que intervenir, cuando ya pasaba el vendaval de gruñidos femeninos.

En fin, si hay pelea, el día empieza. Así la mujer descarga el genio y luego se aplica en la tarea de la casa. Antonia no paraba luego con la lengua ni un minuto y la casa iba y venía, moviendo la escoba como una tromba, demostrando que su corral era el más limpio.

Jacinta, en cambio, guardaba el enfado callada y se sumergía en su mundo, pero igualmente procuraba que su marido viera que Antonia no tenía razón.

No lo pienses tanto, Jacinta.

¡Bah! No le doy importancia a memeces.

Aun así, Tomás notaba ese rencor callado de su mujer. ¡Ay, la tontería de la raza humana! ¿Por qué no podían vivir en paz?

Había que saber que Jacinta no era del pueblo, la trajo Tomás de un pueblo cercano, San Bartolomé. Decían que la llevó medio inútil: para cuando llegaba con el cubo de agua, el fuego ya se había apagado.

Antonia, por su parte, hubo un tiempo que ni le quitaba el ojo a Tomás; una moza guapa con trenza gorda. Pero el hombre, para sorpresa de todos, se trajo a Jacinta, larga y desgarbada, sin arte ni salero.

Al final, Antonia se casó con Manuel. Al principio, las familias fueron amigas: se visitaban, celebraban, los niños crecían juntos. Jacinta tuvo una sola hija, los siguientes hijos no prosperaron. Antonia tuvo dos, niña y niño.

Antonia era incansable, cosía y lavaba de noche y mañana, y vestía a su hija como a una reina. Jacinta vivía más tranquila, su hija nunca fue sucia, pero tampoco la llevaba tan emperifollada; compraba ropa más barata y no se mataba buscando lo mejor. Leía cuentos por la tarde, no sudaba sobre la palangana.

Pero en la escuela, la cosa no salió del todo bien a los hijos de Antonia. La hija, de milagro pasó justita y el hijo, a base de collejas, logró acabar la EGB. Con eso empezaron las rencillas de vecinas. Los niños amigos, los maridos en paz, pero ellas, como el ratón y el gato. ¿Qué motivos? Los mismos bienes casi, casas pegadas, los mismos problemas y alegrías.

Crecieron los hijos. La hija de Jacinta terminó magisterio y se casó, marchándose a la capital. Volvía solo en vacaciones, con planes y prisas. La de Antonia seguía cerca, con casa grande y familia en el pueblo del lado; los nietos siempre con la abuela. El hijo no se casó aún.

Entonces, cuanto más tiempo libre tenían, más a menudo saltaban los choques. Pronto todo Valdehinojosa supo que no había enemigas mayores que Antonia Castañeda y Jacinta Ramos. Si no era el huerto, eran los árboles, o los animales, y la dichosa banca compartida junto a la cancela casi acaba partida a hachazos si no es por los maridos.

Hasta el perro viejo, Campeón, que estaba acostumbrado a vivir entre los dos corrales cuando los niños aún jugaban, no lo soportó y se marchó a vivir con Bernardino, el del extremo del pueblo.

***

Pero vino la desgracia a casa de Jacinta. Una primavera empezó a no salir al patio. Antonia esperaba, y nada. Hasta Tomás se encargaba de las gallinas. Antonia, ofendida, decía por todo el pueblo Jacinta se ha vuelto una gandula, lo deja todo en manos del marido.

Llegó la época de labrar el huerto y la vecina no daba señales. Anda que como deje el campo así, otra vez el jaramago se nos cuela. Se enfadaba solo de pensarlo.

Hasta que corrió la noticia: Jacinta al hospital, cayó enferma. Vino su hija, se la veía preocupada, respondía con tristeza o se zafaba.

Antonia no preguntaba, en aquellos pueblos no hacía falta, todo se acababa sabiendo.

Dicen que traen a Jacinta de vuelta. Mala cosa, la han operado. La hija no suelta prenda, pero parece cosa de un cáncer.

Al poco día, efectivamente, trajeron a Jacinta. Su hija, tras unos días, tuvo que volverse a la ciudad, hijos pequeños, marido y trabajo que atender. Antes de irse, pagó a Flora la de los Martínez, una pobre tonta para que cuidara de la madre cuando Tomás no estuviera.

Tomás andaba triste y apagado, apenas hablaba, cada vez más hundido. Bien que antes ya no era de mucha charla, pero ahora era pura sombra. De vez en cuando, se sentaba con Manuel en el banco a fumar.

¿Cómo va? le preguntaba Manuel.

Ay le respondía Tomás, encogiéndose de hombros.

Tú aguanta, hombre. Si necesitas lo que sea, dilo. Te ayudo.

A estas alturas Ya ni ganas tengo. Oye, dile a tu mujer lo de las fresas. Como están enmarañadas, que si quiere las coja.

No irá, ya la conoces.

Entonces se lo digo a Flora. Que se las lleve, que si no, se pudre la fruta.

Esa tarde Manuel, mientras cenaba, le comentó lo de las fresas a Antonia, justo cuando ella preparaba mermelada en una fuente de aluminio. Se calló después, esperando los reproches típicos. Pero Antonia no dijo nada, siguió removiendo la mermelada.

Un par de días después, le mandó llevar una gran cesta a la casa de al lado.

¿Qué hay ahí?

En la cesta, dos botes de tres litros de mermelada y otro de litro, protegidos con periódicos.

¿Has recogido las fresas de la vecina?

Las he recogido. Y hasta he desyerbado respondió, enseñándole las manos arañadas y llenas de heridas. Dos días me ha llevado, aquello era una jungla.

Pero… empezó él, recogiendo la cesta y marchando hacia la casa de Jacinta.

De puerta le abrió Flora, que no paraba de balbucear sobre la enfermedad de Jacinta, los médicos, lo cara que está la vida.

Manuel asomó a la habitación, la encontró tumbada, con la cabeza sobre el almohadón, el pelo negro desperdigado, la piel blanquecina, pero los ojos vivos.

Hola, Jacinta. ¿Cómo andas? dijo desde la puerta. Antonia te manda mermelada. Te ha recogido y limpiado todas las fresas.

Gracias, la mermelada de Antonia siempre es la mejor musitó Jacinta. Pasa, siéntate un rato.

Manuel arrastró con timidez una silla.

¿Necesitáis algo?

Pues de momento no falta de nada. Tomás compra cuando hace falta le costaba respirar. Pero si Antonia ha limpiado las fresas, dile que quite el trozo de chapa y así entran vuestras gallinas, que ya el huerto se ha perdido.

No hace falta, mujer, cuando tú mejores lo volverás a poner

Jacinta se volvió de lado, resoplando.

No me guardes rencor, Manuel. ¿Vale?

¡Qué dices, alma! Yo nunca he estado enfadado, eso es cosa tuya y de Antonia. Tomás y yo, ya lo sabes.

Ya

Entró Flora con una fuente de patatas fritas, quejándose de las medicinas, de la vida y de la enferma. Jacinta puso los ojos en blanco; ni apetito tenía.

Manuel se fue con el corazón encogido. Para él, mejor sufrir él, antes que ver a su mujer en ese estado.

Aquella noche, le contó con detalle todo a su esposa. Antonia preguntaba y meneaba la cabeza, él la notaba poco empática: ni una pizca de pena por los vecinos.

A esa Flora no le sale cuidar una casa ni harta de vino. Y Tomás, bueno, es hombre, poco se puede decir. Por eso todo está tan dejado, la comida ni para un enfermo sirve.

Dice Jacinta que tu mermelada es la más rica le soltó de espaldas.

Ella se quedó inmóvil, luego reanudó sus tareas.

“Qué corazón de piedra”, pensó Manuel.

A la mañana siguiente, al acabar las tareas, después de sacar y despedir al marido, Antonia calentó en una olla de hierro unas sobras de cocido, envolvió empanadillas y una botella de limonada, lo colocó todo en una talega. Se sentó en su banco del porche y respiró hondo.

Al poco se dio dos palmadas en las piernas, se cargó la talega y fue al corralón de Jacinta. Ni miró los costados, entró sin llamar, allí nunca echaban la llave.

¿Flora? ¿Flora? llamó.

¿Quién anda ahí? la débil voz de Jacinta.

Soy yo asomó Antonia, sin mirarla, fijándose en la cortinilla de colores del umbral. ¿Dónde anda Flora? Te he traído cocido y limonada lo soltó como quien no quiere la cosa.

Jacinta estaba sentada en la cama. Las piernas desnudas, flaquísimas y torcidas. El camisón caído y los huesos clavados bajo la piel. El pelo negro sobre los hombros y ella, azulada. No le gustó nada a Antonia aquel aire de habitación cerrada, a dolor.

Flora ha ido a por leche a casa de los Miralles. Vuelve pronto cada palabra le costaba un mundo.

Bueno. Dejo la talega aquí. Que os aproveche. Tú mejora, anda.

En la puerta vio los botes de mermelada intactos, a los pies de los zapatos.

¿Y por qué no guardaste la mermelada en la fresquera? preguntó a Jacinta, cayendo en la cuenta de que ni podía levantarse.

La bajo yo, mujer, tranquila.

Sin esperar, Antonia cogió los botes y fue a la cocina, levantó la alfombra, abrió la trampilla y vio la arena. Nada estaba limpio.

Antonia, Antonia escuchó.

¿Qué?

¿Me das un poco de limonada? Muero de sed.

Ahora mismo, mujer.

Y cuanto más ayudaba Antonia, más se daba cuenta de lo poco que podía Flora. Jacinta estaba extenuada, claro. Pero tendría que abrir ventanas, limpiar un poco

Anda, tápate con la mantilla que yo te abro la ventana, que necesitas respirar. ¿Puedes levantarte?

Solo para el orinal, las piernas fatal.

¿Y los médicos qué dicen?

Jacinta hizo un gesto. Bebió un poco de limonada y cayó rendida, Antonia le subió las piernas a la cama y se sentó a su lado.

Escúchame, Jacinta. Llámame como quieras, échame si te da la gana, pero de aquí no me mueves. A Flora la vigilaré yo, y si veo que no hace el trabajo, me encargo.

Con las manos dejó claro que aceptaba.

En pocos días, Flora salió expulsada, entre voces de Antonia:

¡Pero mira qué descaro! ¡Ya estaba rezando el responso! ¡Llorona!

Antonia volvió hecha un vendaval:

No te preocupes, ahora estoy yo aquí y contigo no se acaba el mundo.

Y no hubo descanso para Jacinta. Antonia limpiaba, cambiaba sábanas, mandaba tragar medicinas, comer y mover las piernas, como prescribió el médico.

Organizó la casa y la cocina, haciendo comida para todos, incluyendo a Tomás. En el pueblo informaba con orgullo:

Hoy Jacinta y yo hemos comido cocido con chorizo. Se lo ha zampado con pan. El médico dice que ya puede. Se me va a poner buena, ya veréis.

Jacinta solo tenía fuerzas para soportar la rutina y dormir. Apenas hablaba, todo lo más, asentía. Era inútil contrariar a Antonia. Solo podía llorar a escondidas si la otra se ponía insoportable, entonces Antonia aflojaba y cedia un poco.

¡Venga, mujer, no te pongas así! ¡Tampoco es para tanto!

Tomás notaba que la tristeza verdosa se disipaba con la llegada de Antonia. Tenía brío, humor y hasta esperanza. Aunque lo refunfuñara, a veces animaba, empujaba, y el corral mejoró.

¿Cómo la aguantas? ¿No te da descanso? se quejaba a Manuel.

¡Bah! Donde no basta el diablo, allí mando yo a Antonia decía Manuel.

Poco a poco, Jacinta fue recuperando el ánimo; andaba poco, pero ya charlaba, se cambiaba sola y los médicos dijeron que mejoraba. Siempre queda esperanza tras una buena operación.

Hay que salir al aire dijo un día Antonia, dándole un chal de lana.

No quiero, mujer, se reirá la gente protestaba Jacinta, queriendo dormir.

Pero la otra ordenó a los hombres que la llevaran hasta el banco común de la cancela. Estaba orgullosa de su hazaña y quería que se viera, en el pueblo y en la familia, que Jacinta mejoraba y tenía color. Que, si Dios quiere, aún tenía para rato.

Sentadas juntas en la banca, Antonia fue la primera en hablar:

He pensado, Jacinta, que llevamos toda la vida discutiendo, pero nuestras casas no se hicieron vecinas por casualidad. Nuestros hijos han crecido juntos, nuestros maridos son casi hermanos. Los chicos ya vuelan por su cuenta, solo nos quedamos tú y yo para hacer de ancianas en este rincón, compartiendo banco.

Sí, y aún discutimos sobre este banco dijo Jacinta, envolviéndose en la mantilla. Mi suegro lo puso aquí, entre las casas.

¡Qué va! Lo hizo mi padre, con sus manos.

No, fue mi suegro quien pagó a tu padre para ponerlo aquí.

¡Anda ya, si mi padre nunca cobró de nadie!

Pues era nuestro banco, que lo sepas.

Ay, Jacinta, qué cosas dices. Yo vi a mi padre hacerlo con estos ojos.

Vete a paseo, Antonia.

Vete tú, Jacinta. Este banco es nuestro porque nuestras vidas están aquí, entre sus tablas, vayan de un lado al otro del pueblo.

Y, claro, empezaron de nuevo. Porque, ¿qué es un pueblo sin sus disputas?

Detrás del cobertizo, Tomás y Manuel fumaban en silencio.

Manuel soltó una sonrisa, luego se secó una lágrima.

Ya echaba yo esto de menos. ¿Ves cómo Jacinta va mejorando? dijo Tomás.

Se va poniendo buena contestó Manuel, esbozando una sonrisa. Gracias a Dios, todo vuelve a su sitio. Las mujeres, como mujeres.

Y así, la discusión volvió como un fuego y se apagó igual. El viejo Campeón cruzó la calle, se tumbó a los pies de las dos mujeres, con la cabeza sobre las patas.

El atardecer se volvió dorado, el viento renovó el aire y el sol, como un sabio, iluminó la banca donde dos aún se disputaban el sitio, compartiendo sus vidas.

El banco, que entre idas y venidas, había sellado sus destinos.

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Cinco SUV en la Puerta del Jardín