¿Y entonces? ¿De verdad nunca os peleáis? Celia arregla el toldo del carrito y mira a su amiga Inés con ojos curiosos.
Bueno, alguna vez sí. ¡Somos humanos, no robots! A veces discutimos, y después nos enfadamos, claro Inés también asoma la cabeza en el carrito, ajusta la sabanita ligera sobre su hijo y se recuesta cómodamente en el banco, cerrando los ojos un momento cuando el sol le acaricia la mejilla. ¡Qué gusto! Por fin hace calor de verdad. Que ya tenía ganas, porque este verano entre lluvias y cielos nublados, no parecía verano.
Pero Celia, cuya vida parecía a ratos la batalla de Lepanto o la Reconquista, según con quién le tocara aclarar las cosas con su madre o con su marido, no piensa dejar el tema así como así.
Pero entonces, ¿cómo lo hacéis?
Tenemos un truco, un secreto. Lo ideamos hace años, justo al poco de empezar a convivir. Bueno, en realidad fue idea de otra persona, pero qué más da, ¿verdad? Nunca nos ha gustado discutir mucho, y tampoco solíamos. Pero ya sabes cómo es: todo va bien y, de repente, algo pasa. Igual es una tontería, pero te parece un mundo. Y entonces surgen mil reproches, la mayoría sin sentido. Cosas de juventud
¿Y ahora qué? ¿Que sois mayores? Celia se ríe, fijando la mirada en su amiga. Pero si no tienes ni una arruga, ni ojeras. ¡Mírame a mí! Sin maquillaje yo parezco una meiga.
La clave está en dormir, Celia. Dormir de verdad. Tres noches a la semana, pero con eso basta.
¿Cómo? ¿Y el niño?
La expresión de Inés se ensombrece.
Mi marido le da el biberón por la noche. Yo quise alimentarle yo misma…, pero no pudo ser.
¿Por qué?
Inés abre los ojos y reflexiona.
Han pasado tantas cosas estos años Hay momentos felices para recordar, pero también sus buenos problemas, incluso desgracias. Ella, que siempre fue la niña mimada de papá y mamá, tuvo que esforzarse mucho para no caer en la tristeza.
Primero, su madre se marchó en el peor momento, cuando más la necesitaba. Luego, su padre Se adoraban, vivían volcados el uno en el otro, y eso Inés lo veía. Como su madre, que al volver del hospital, miraba a su padre dormido en el sofá y le arropaba con la manta, porque ni a la cama ni a la ducha llegaba. Tantas horas de cirugía, era normal quedarse dormido así.
O cuando veía a su madre reírse emocionada con las manos llenas de fresas silvestres que recogía su padre, y se las comía directamente de sus manos, besando su muñeca después de cada una. O cuando el padre le quitaba con cuidado las hojas del pelo tras las tardes de pesca debajo de aquel sauce junto al río. Permanecían en silencio, juntos, y Inés no se atrevía ni a moverse, temiendo espantar esa felicidad de nubes doradas que les envolvía. Lo veía tan claro, que aún ahora podría jurar que era real.
Y es tanto el calor de esos recuerdos que todavía la arropa, aunque quienes lo regalaban ya no estén. Su padre no pudo soportar la despedida de su gran amor. Luchó por ella, movió cielo y tierra pero ni el mejor cirujano consiguió salvar a quien era su aire, sin la que no podía vivir.
Muchos dicen que se ama con el corazón, pero ella sabe que, cuando amas, el corazón late por esa persona. Si te la arrebatan, el corazón simplemente se apaga. Así le ocurrió a su padre.
Inés suspira recordando cómo su abuela le ayudó a empaquetar tras la muerte de él.
Inés, llévate las fotos.
No.
¿Por qué?
Su abuela, sobresaltada, vio cómo Inés se controlaba a sí misma.
Es que aquí no son iguales. No sé cómo decirlo Yo los recuerdo de otra manera, vivos, presentes. Aquí solo son papeles vivos No puedo. Dejémoslas aquí, ¿vale? Luego, ya veremos…
Ese luego se alargó.
Inés se quedó con la abuela. Primero a estudiar, luego a trabajar. No pudo marcharse porque su abuela fue perdiendo autonomía y, ya antes de terminar la universidad, apenas salía de la cama.
Inés, hija, llévame a una residencia. Tú eres joven, tienes que vivir.
¡Pero abuela, qué dices! ¡No te pienso llevar a ningún sitio! ¿Tienes hambre? Acabo de hacer caldo.
¿Cómo te da tiempo a todo, hija?
No lo sé decía Inés, soplando la cuchara antes de dársela.
Y era cierto. Tenía la ayuda de la vecina, la señora Ramona, que siempre se negaba cuando Inés intentaba pagarle.
¡No digas tonterías! No me debes nada. ¡Hija, si no hago nada! Y de altruista nada sonreía Ramona. ¡Yo también soy mayor! Si me pasa algo, necesitaré a alguien que me pase un vaso de agua.
Fue Ramona quien la sostuvo cuando la abuela murió.
Ay, mi niña, todo te viene encima Primero tus padres, luego tu abuela Pero la vida es sabia. Si te trae tanta pena, también te traerá alegría, ya lo verás. Ley de vida, donde se pierde, llega algo nuevo.
Dios te oiga, Ramona. Pero, ¿quién ve aquí la alegría?
Inés, con los ojos hinchados y una bufanda negra que le había traído una vecina, se quedaba en la cocina acurrucada. Todo le parecía gris, y lo único que destacaba era la foto de la abuela, con una cinta negra. Allí se veía tan joven y guapa, que Inés la desató y apartó con rabia la cinta.
Mientras la recuerdes, está viva. Déjala joven, guapa. ¡Te pareces mucho a ella! Y esa sonrisa y esos ojos los tienes tú igual Y el carácter, Inés ¡Nunca conocí persona mejor! Ramona se persignó y abrazó a Inés. Llora, hija, que también hay que limpiar las penas…
Inés no quiso quedarse en el piso de la abuela. Recogió sus cosas y volvió al piso de sus padres. Recuerda la sensación al abrir la puerta: toda la casa vacía, sin nadie, nada que recordase a los risas, las canciones, los buenos momentos. Un vacío total
No logró llenarlo. Encontró trabajo rápidamente. No era un trabajo brillante, pero pagaban bien para ser Madrid y, al empezar, eso bastaba. Pero la casa le pesaba, la soledad y el silencio eran un muro. Ponía la tele, pero no ayudaba; salir sola le daba miedo, y no tenía trato con nadie. Sus antiguos compañeros de clase la habían olvidado tanto, que aquella amiga de la infancia ni la reconoció por la calle.
Así que decidió ir a ver a Ramona.
Vente conmigo.
¿Cómo dices, Inés? ¿Para qué me quieres en tu casa? ¡Si soy ya una vieja boba! Tú eres joven, encontraras novio, te enamorarás y todo irá bien.
Pues eso tardará, ya te lo digo. No hay nadie por ahora. Y yo me siento fatal Necesito a alguien, Ramona. No puedo estar sola. Cocino el cocido de la abuela, hago sus albóndigas, y luego ni pruebo la comida, porque no está ella
Mi niña Ramona la abrazaba y le limpiaba las lágrimas. No te preocupes, yo me voy contigo. Me hago un hatillo y en unos días me tienes allí. Nada más que me apaño y me la traigo a Vasca también, ¿no se te olvida?
Inés, sonriendo entre lágrimas, acarició a la gata de Ramona. Vasca la miró con sus ojos verdes de esmeralda, se estiró, y volvió a quedarse dormida, así, como demostrando que el plan le parecía bien.
Así, en casa de Inés se sumaron dos habitantes más. Ya no tenía que armarse de valor cada vez al entrar en la oscuridad: Vasca intuía la hora y esperaba en la puerta, rozando su pata en modo de saludo para ir corriendo después a la cocina a avisar a Ramona de que Inés acababa de entrar.
Vinieron meses tranquilos. Y entonces, Inés conoció a Marcos.
El Marquitos, como le decía su madre, era matemático, lo que ya lo describía todo: un genio algo despistado. A veces no veía nada más allá de sus ecuaciones y, otras, se pasaba minutos buscando un lápiz que tenía delante pero siempre la veía a ella. Y la miraba igual que su padre miraba a su madre.
Bastó esa mirada para que Inés se decidiese a casarse. Ramona lloraba de alegría ayudando a preparar la boda.
Todo listo decía, alisando el velo mientras miraba las fotos familiares que por fin ocupaban las paredes. Ojalá tus padres y tu abuela pudieran verte. ¡Qué orgullosos estarían! Pero créeme
¿Qué?
Que ellos lo ven, lo saben. Saben que eres feliz respondió, mientras Inés mantenía la cabeza alta para no estropearse el maquillaje.
Los padres de Marcos la recibieron sin entusiasmo, gente muy ocupada y de trato frío, y gracias a que Inés tenía su propia casa, no tuvo que convivir ni un solo día con ellos.
Me vuelvo a mi casa, Inés dijo Ramona una tarde haciendo té, mientras Inés preparaba raviolis caseros para su marido.
¿Por qué? preguntó, sin detener sus manos.
Ya no me necesitas. No estoy de más, pero sí de sobra.
No digas tonterías. Me has hecho de madre y de abuela ¿Qué haría yo sin ti? Y además aunque Marcos sea matemático, nosotras también sabemos sumar. Aquí somos tres, y con Vasca, ¡cinco! dijo Inés tomándole las manos. No pienso dejarte ir. Quiero que mi hijo tenga una abuela de verdad, como tuve yo.
Ay Ni te imaginas lo que eso significa para mí. Me has devuelto la familia.
Marcos asomó a la cocina, se quitó las gafas y preguntó con sorna:
¿Una inundación? Lo conseguís A este ritmo vais a necesitar
Inés le interrumpió con un beso y le puso las gafas bien. Venga, cariño, que en nada cenamos. Déjanos aquí, las chicas, ¿eh?
El hijo mayor de Inés nació puntualísimo.
¡Hijo de matemático! decía Ramona mientras fajaba con destreza al pequeño Samuel. Ni antes ni después, como un reloj.
Inés, recién dada de alta y en vísperas de los Reyes Magos, organizaba mesa feliz. Todo iba bien, vendrían los padres de Marcos a conocer al nieto
Pero no fue una fiesta. Vinieron, se sentaron diez minutos justos y se marcharon después de lanzar alguna indirecta que a Inés le pasó desapercibida. Después le dijeron a Marcos, a solas, que el niño no se parecía a él, y Marcos, por primera vez, fue tajante y prohibió de inmediato visitas hasta que no cambiasen de actitud. Desde entonces, Samuel solo tuvo una abuela: Ramona.
Ramona le enseñó el mundo. Juntos hacían las travesuras más divertidas, entraban en los charcos, hacían flautas de hierba y cantaban a voz en grito, para delirio del niño.
Cuando Samuel cumplió cuatro años, Inés se enteró de que estaba embarazada de nuevo. La noticia llenó la casa de alegría, pero pronto se nubló.
¿Un segundo hijo? Es un gasto, una responsabilidad No es buen momento, Inés. Debes pensar también en tu marido. Marcos está a punto de defender la tesis, y tú con bebés y una señora ajena, y encima delicada de salud No lo entiendo. La madre de Marcos no se callaba nada. Inés apartó el té. Últimamente tenía la tensión inestable y, aunque los médicos no veían problema, la inquietud la minaba. Siempre había tenido salud de hierro, incluso de pequeña sólo cogía los resfriados tontos.
Deberías plantearte si de verdad quieres tenerlo. Piensa en los deseos de todos, no solo en los tuyos. Marcos tiene que crecer, avanzar Y tú lo detienes.
Aquello la dejó intranquila. Se quedó pensando hasta que dio con lo que le temblaba del discurso de su suegra al llegar a casa: nuestros deseos ¿Tan poco contaba ella? ¿Acaso Marcos pensaba lo mismo, se lo había dicho su madre? Por una parte lo entendía: los padres quieren lo mejor para sus hijos. Pero no era justo culparla únicamente a ella. Esperaban al bebé juntos, era una decisión de ambos
Cuando volvió Marcos, se había dado tal número de vueltas a la cabeza, que nunca lo recibió con tal tormenta en los ojos.
Marcos, ¿quieres tener otro hijo conmigo?
Marcos, sorprendido por el tono, apenas acertó a responder. A Inés le bastó ese silencio para arrancar una auténtica tormenta. Lloró, gritó y asustó tanto a Ramona, que ella no sabía si ir por la valeriana o abrazar a Inés para que no se hiciera daño. Tras romper media vajilla, por fin se calmó y, mirando los destrozos, preguntó incrédula:
¿He sido yo, todo esto?
Marcos asintió, nunca lo hubiese esperado de la habitualmente tranquila Inés.
Ramona luego se encargó de explicarle a Marcos:
Es normal, nervios del embarazo. No puedes enfadarla más. No sé de qué hablaron con tu madre, pero ve ahora y pon paz. Coge la manta vieja y duermeos juntos, háblalo, arregladlo, que esas grietas crecen si no.
Ése era el secreto del que Inés había hablado a Celia.
¿Ves? Cuando nos casamos, compramos una manta nueva. Al llegar a casa, resultó que era pequeña. Para dormir bien, era un milagro si no acababas pegadito al otro. Ramona no paraba de reirse, y nos dio la idea.
¿Y cuál era?
Cuando discutíamos, ella nos quitaba la manta grande. Compró ropa de cama igual y nos dejaba solo la pequeña. Nadie encontraba la grande. O dormías juntos, o pasabas frío. Inés se ríe. Así o te reconciliabas, o ¡Exacto! Después, Marcos y yo decidimos que nunca nos iríamos a dormir enfadados. No hacía falta manta, pero a veces la sacamos, por costumbre, si discutimos mucho. Es normal discutir. Si una pareja nunca lo hace, algo no cuadra. Al fin y al cabo, somos de familias diferentes, cada uno de su estilo.
Tienes razón ¿Y os reconciliasteis?
Sí, no fue inmediato, pero sí. Y aprendí que primero hay que escuchar de verdad a tu pareja, no el runrún del resto. Le vi feliz cuando le dije que estaba embarazada, como explicándoselo a Samuel y yo, sin embargo, solo escuché a su madre.
Inés se gira hacia el carrito, donde su hijo Dani duerme plácidamente.
¿Y Dani? Celia se recuesta, dejando que el sol retoce en sus mejillas. ¿El parto fue bien o los nervios afectaron?
Inés duda un momento y responde.
Ese embarazo… No llegó a término.
Celia se lleva la mano al carrito cuando su hija se remueve, como si captara la pena de su madre.
La voz de Inés se vuelve monótona, casi sin vida, pero Celia no la interrumpe. Tal vez necesita desahogarse.
Estaba muy avanzado. Me hundí, no quería ver ni oír a nadie. Ramona me obligaba casi a comer, a veces me llevaba en brazos hasta la ducha. Yo sentía que mi vida había terminado. ¿Cómo seguir sin quien tanto esperabas, a quien sentías dentro? Es como si un gigante cruel te arrancase la felicidad y la sustituyera por dolor Nadie me entendía, sólo me amaban. Marcos se olvidó de todo y no se separó ni un segundo de mi lado. Cuando su madre vino a exigirle que volviera a sus cosas, él la echó. Ni me consolaba, ni decía palabras vacías. Solo venía con nuestra manta pequeña, se tumbaba a mi lado y me abrazaba fuerte También con Samuel, que era pequeño, tampoco comprendía, lloraba por las noches pidiendo a su madre Y yo ni fuerzas tenía para levantarme.
¿Y cómo…?
¿Me levanté? Con esfuerzo, gracias a él y a Ramona, a quien empecé a llamar mamá Ramona. Un día, dormida, no sé qué soñé, pero grité tanto que subió la vecina de arriba asustada. Llamé a mi madre, y vino. Me abrazó con la manta, me cantó la nana que yo le cantaba a Samuel y me sentí más ligera, no sé por qué, pero aliviada.
¿Y luego?
Ramona me fue llevando de médico en médico. Insistía en que todo era posible. Dani fue su mayor victoria. Cinco años después, y ella todavía creyendo
Al final de la alameda aparecen dos figuras. Inés sonríe con lágrimas en los ojos.
Ahí viene mi ángel. Ramona ha ido a recoger a Samuel de fútbol. El club es bueno, pero lejos, y por ahora no me atrevo a dejarle ir solo. Pero mamá Ramona se niega a cederme el relevo: dice que le da vida. ¡Ha montado hasta una peña entre los padres! Se inventan cánticos, tienen bufandas y animan tanto que los chicos casi siempre ganan. ¡Les daría vergüenza no ganar con ese barullo!
Samuel, despeinado con una camiseta blanca, corre y pregunta en susurros al mirar el carro:
Mamá, ¿me dejas llevarlo yo a casa?
Sí, con cuidado. Inés se levanta y asiente a Celia. ¡Gracias!
¿Por qué?!
Por ayudarme a recordarlo todo otra vez. Por hacerme darme cuenta, una vez más, de cuánto quiero a los míos. ¿Mañana?
Claro, ¡nos vemos!
Inés abraza a Ramona, que acariciándole el pelo le pregunta algo y luego saluda a Celia.
¡Buen día!
Igualmente.
Celia las mira marchar y reflexiona que Tolstói llevaba razón en su Ana Karenina. Y pensando en eso, decide que de camino a casa pasará por El Corte Inglés y buscará esa manta “milagrosa”. Puede que funcione Y comprar alguna cereza, y hornear el bizcocho favorito de su marido.
Eso siempre ayuda a entenderse mejor piensa, sonriendo.







