Y tú nunca confiaste en mí

¿Y tú que no me creías?

Un par de días después, Verónica llamó otra vez. Esta vez su voz sonaba bastante alterada.

Te lo dije, tía, tu Damián es muy sospechoso. Pero tú, nada, sin hacerme caso Pues ahora ¡tengo pruebas!

¿Qué pruebas ni qué niño muerto? preguntó Olga, y notó un escalofrío recorriéndole la espalda…

«¿Qué demonios ha averiguado esta sobre mi idílico novio?».

*****

No por nada en España decimos: Vísteme despacio, que tengo prisa.

Olga, que ya contaba veintiséis castizos años, había escuchado ese refrán unas cuantas veces y procuraba grabárselo bien en la cabeza. Por si las moscas.

Pero justo aquella tarde fatídica no le quedaba otro remedio que arriesgarse: salía del súper con dos bolsas llenas, vio el autobús número 21 parado y, con sus puertas abiertas de par en par, y

salió disparada como si fuera el último día de rebajas.

¡Espere, porfa! le gritó la pobre Olga al conductor, que estaba más interesado en chatear en su móvil que en los peatones desesperados.

Y entonces pasó lo impensable. Se le rompió el tacón del zapato, luego se torció el tobillo, y aterrizó de rodillas en el suelo, rompiendo esas medias nuevas que tanto le gustaban.

Varios tomates rodaron por la acera, junto con la barra de pan y una bolsa de patatas.

Olga miró impotente hacia el autobús, que se alejaba a paso de tortuga, y se emocionó tanto que se le humedecieron los ojos.

¡Vaya tela!

En ese momento recordó el refrán y le recorrió la cara una sonrisilla melancólica. Sí, no hay que correr tanto en la vida

Ya está, basta de emociones fuertes por hoy. Pido un taxi y me largo a casa tranquilita, pensó amargada mientras intentaba levantarse.

De repente, una figura masculina apareció a su lado. No le vio la cara (maravillas del sol madrileño), pero escuchó una voz de esas que te hacen cosquillas en el alma.

¿Dónde va usted tan deprisa, señorita? ¿Le duele mucho? Déjeme que le ayude.

Estaba corriendo a por el bus… si es que luego el siguiente tarda media hora, ¡qué cruz! suspiró Olga, aceptando la mano.

El hombre la levantó con cuidado y con toda naturalidad empezó a recoger sus compras del suelo.

Muchísimas gracias, de verdad dijo Olga, notando que el buen hombre tenía una mirada de lo más simpática. Ya iba a reclamarle sus bolsas cuando él sonrió y se las quedó.

Mire, si quiere la llevo a casa.

¿A casa? se sorprendió Olga. No, no, que llamo a un taxi y en paz, no se agobie, de verdad.

Pero vamos a ver, ¿pa qué vas a llamar? rió el hombre. Si yo mismo soy taxista. Venga, que le ayudo a llegar al coche.

Olga, que normalmente se pensaría siete veces no subirse con un desconocido, ahora solo quería llegar a su sofá. Además, aquel hombre no era para nada intimidante. Al contrario, transmitía buen rollo.

Durante el trayecto, el taxista, llamado Damián, se dedicó a contarle, con mucha gracia, anécdotas cotidianas de sus clientes.

Una vez, una señora se enfadó porque la llevé demasiado rápido contó.

¿Pero qué dices? rió Olga.

Tal cual, la mujer tenía cita en la pelu a las nueve y pidió el taxi a las ocho, por si acaso había atasco. Yo tiré por calles secundarias y llegamos en media hora. Y va y llama a la centralita a protestar: ¿Y ahora qué hago yo esperando aquí media hora, eh?

Ay, qué paciencia

Bueno, ya llegamos, Olga. ¿Es este tu portal o he metido la pata?

Sí, sí este es asintió Olga.

¿Qué piso es?

¿Disculpa? ¿Para qué quieres saberlo? aguzó Olga, poniéndose en modo prevención.

Por ayudarte a subir las bolsas, vamos ¿Cómo vas a subir tú sola con ese pie como una morcilla?

Ella dudó. Por un lado, subir esas bolsas sola iba a costar sangre, sudor y lágrimas. Por otro, tampoco le apetecía que el buen hombre supiese exactamente dónde vivía.

Tranquila, mujer. Que no muerdo. Solo quiero ayudar, y ni te cobro la carrera.

Eso sí que no Estás trabajando, así que te pago.

Que no pienso coger ni un céntimo, mujer, desiste.

Olga puso cara de bueno, allá tú, sacó un billete arrugado de diez euros y lo dejó en el asiento delantero.

Damián, sin que ella lo viera, cogió el billete y, disimuladamente, lo metió en una de las bolsas mientras guardaba las compras en el maletero. Luego acompañó a Olga hasta la mismísima puerta.

Gracias otra vez, Damián.

De nada, mujer sonrió. Si quieres, mañana te llevo al trabajo, no me cuesta nada.

¡Vaya! ¿Y es que ahora eres mi chofer personal? le siguió la broma Olga.

¿Y por qué no?

Así fue como empezaron. Damián la recogía cada mañana para llevarla a la oficina y después le daba un paseo de vuelta por la tarde. Y, curiosamente, ¡no le aceptaba nunca dinero!

Damián, ¿es que a todos tus pasajeros les haces estas ofertas? ¿O yo soy la afortunada?

Olga, habíamos quedado en tutearnos, ¿no?

Ya Pero se me hace raro. Nos conocemos de hace tres días. Pero ¿y lo del dinero?

Solo tú tienes esa suerte dijo Damián con un guiño.

Lo que empezó con un tropiezo almacenó cenas interminables, paseos nocturnos por el centro de Madrid y mucha, mucha complicidad. A Olga cada día le gustaba más ese taxista caballeroso.

Nunca se imaginó que los conductores de taxi podían ser así de majos.

Un mes más tarde, Olga presentó a Damián a su mejor amiga. Buscaba veredicto femenino de confianza.

No me gusta nada sentenció Verónica en cuanto estuvieron a solas en la cocina.

¿Pero por qué no? Si es encantador, guapo, y ni fuma.

Ahí está lo raro, Olga. Yo iba en taxi un montón cuando no tenía coche, y a uno como ese jamás le vi. Es demasiado buena persona Tiene pinta de no estar en su salsa.

¿Qué insinúas?

Que Damián no es quien dice ser. Vaya que resulta ser un estafador.

Pero si los estafadores van tras la pasta, y este no me ha cobrado ni un euro nunca.

Ahí está lo raro. ¿Qué taxista lleva gratis a una desconocida? Su salario tampoco es para tirar cohetes, y ahora va y hace el milagro. No sé Me huele a que quiere ganarse tu confianza. En fin, tú pediste mi opinión y ahí va: ese tío es raro y no me gusta nada

Las palabras de Verónica se le quedaron dando vueltas. Por un lado, no quería hacerle caso. Por otro igual razón no le faltaba.

Damián había irrumpido en su vida como Príncipe Azul. ¿Y si era literal?

Olga decidió seguir adelante, pero ir poco a poco. Mejor conocerle bien antes de saltar a la piscina (o a la fuente de Cibeles, que impresiona más).

*****

¿Qué pasa, que hoy no tienes ganas de fiesta? ¿En la oficina te han dado la paliza del siglo? preguntó Damián cuando Olga se subió al coche.

No, en la oficina bien. Es por otra cosa…

¿El qué?

Verónica, la amiga con la que cenamos hace poco, trabaja de voluntaria en una protectora de animales. Y dice que últimamente no va nadie a adoptar. Han puesto anuncios por Internet y todo, pero ni con esas Me da una pena… Si pudiera, me llevaría un par de gatitos, pero la casera me mata.

Le fue contando cómo habían encontrado a un gatito gris y famélico en la estación de Atocha, y a otro pelirrojo con una pata torcida junto al ayuntamiento. Y otros más con historias de lágrima fácil.

Cada semana aparecen más. Pronto ni cabrán en la protectora…

Vaya faena ¿Dónde está la protectora?

A las afueras de Madrid, por eso va tan poca gente…

Al día siguiente, Verónica llamó de nuevo. El tonito era ese de te-traigo-noticia-gorda.

Hola, Olga. ¿Te imaginas quién ha venido hoy a la protectora?

No me digas que el alcalde…

Tu chico, Damián. ¡Y se ha llevado a uno de los gatitos! Dice que quiere ayudar. ¿Le contaste tú lo nuestro?

Sí, y mira, ha surtido efecto. ¿Se llevó al gris, al anaranjado o a quién?

Al gris Pero, tía, yo no acabo de fiarme. A mí ese chico…

Anda ya. Que no te guste, vale, pero tampoco puedes negar que ha hecho un buen gesto.

Ya veremos si buen gesto o no…

Mujer, adoptar un gato está bien. Cuantos menos estén en la protectora, mejor.

Verónica se tragó la última palabra porque alguien la llamó y tuvo que colgar.

Esa misma tarde, Olga y Damián paseaban por El Retiro. Olga moría de curiosidad, esperando que él le confesara que había adoptado un gato. Pero el tío, ni mu.

Damián

¿Dime?

¿Por qué no me has contado lo de la protectora? ¿Y el gatito?

Vero te lo habrá chivado

¡Claro! ¿Creías que esto podía ser secreto? Te lo agradezco de corazón. De verdad, ha sido un detallazo.

Por eso no dije nada. Yo lo hice porque sí, no para que me tiren flores…

Lo sé

Olga empezó a darse cuenta de que igual Verónica estaba equivocada y que Damián realmente era un buen tipo. ¿Será que me tiene envidia?, pensó un momento, aunque enseguida se sintió culpable. Verónica, con su genio, sí, pero jamás le tendría celos.

De eso estaba segura.

*****

A los dos días, Verónica volvió a llamar, esta vez medio llorando.

Te lo dije, Olga, ese Damián está tramando algo raro. Pero tú, que no, que muy majo… ¡Pues tengo pruebas!

¿Pero de qué hablas? sopló Olga, sintiendo un escalofrío…

«¿Y ahora qué ha hecho el pobre?».

Que ha venido dos veces más a por gatos. Ayer y hoy.

¿Quería devolver al gatito?

No, Olga. ¡Se ha llevado otros dos!

¿Y? Si hay gente que tiene tres gatos en casa y tan felices.

¿No te resulta sospechoso? Tres gatos, el soltero del taxi ¿Tú te imaginas a un taxista ocupándose de tres bichillos? Encima, cada vez venía cuando había voluntarios diferentes y preguntaba a todos

Olga no tenía palabras. ¿Qué estaba pasando?

Le preguntaré. Y a ver qué me dice… masculló, colgando.

*****

Oye, Damián, ¿me invitas a tu casa algún día? Ya estuviste en la mía…

Claro, pero otro día mejor Está todo hecho un desastre ahora mismo.

¿Y el gato? ¿Ya le pusiste nombre?

El gato está bien, no te preocupes. Y lo del nombre ya llegará sonrió.

Después de eso, Olga empezó a sospechar. Damián nunca mentía, pero ahora aquí olía a chanchullo. No mencionaba ni por asomo el par de gatos extra que, según Verónica, había adoptado.

«¿Tendrá razón Verónica? ¿Y si mi príncipe es, en realidad, un villano de película de sobremesa de Antena 3?»

Al día siguiente, Olga le contó a Verónica sus dudas.

Te lo dije Si llega a venir en mi turno, le plantaba la pregunta: ¿Para qué tantos gatitos, hombre?. Pero claro, iba turnándose para que nadie sospechase. Tía, tú misma le dijiste lo del refugio…

Sigo sin entender el porqué. ¿Qué va a querer un buenazo como él con tanto gato? No cuadra.

¡Porque no es tan bueno, Olga! ¿Te has fijado que ni te deja entrar en su casa? ¿No será porque no hay ni rastro de gatos?

¿Tú crees?

¿Y si nos vamos a la policía…?

Espera, Vero. Creo que tengo un plan para averiguar la verdad.

*****

Durante días, Olga y Verónica plantaron guardia en la entrada de la protectora, como detectives con café con leche y mollete de desayunar, listas para pillar a Damián con las patas en la masa.

Olga le contó que se marchaba un par de días de viaje de trabajo, aunque en realidad era mitad plan, mitad vergüenza ajena.

¡Olga, que viene! Está eligiendo otro y, mira, como si le hiciese gracia todo.

Entonces es verdad… Ay, qué desilusión. ¿Le has abordado?

No, le espié por la ventana.

Bueno, pues adelante, tal como planeamos, a destapar el pastel.

*****

Cuando Damián salió del refugio, ellas lo siguieron con el coche de Verónica por media capital, auténticas agentes especiales versión Chamberí.

Lo curioso fue que llevaba el gatito en el coche todo el trayecto.

Por fin, paró ante un bloque de pisos del barrio de Lavapiés.

Ya está, a entregar otro pedido, susurró Olga.

Del coche bajó una señora mayor, de esas que parecen llevar toda la vida dando de comer a palomas en el parque. Damián le entregó el gato y la mujer le agradeció entusiasmada.

¡No aguanto más! exclamó Olga, saliendo disparada hacia él.

Pero ¡Olga! ¿No estabas en un viaje de curro? se sorprendió Damián.

Me salté el viaje ¿Y tú? ¿Me explicas qué haces con los pobres gatos del refugio? No me vengas con cuentos de que están en tu casa, porque sé que no.

¿Pero qué película te has montado tú ahora, Olga? preguntó Damián atónito, mientras abrazaba al minino.

La abuela los miró como si estuviera viendo Sálvame y se fue, por si acaso.

¿Me quieres explicar o llamo a la poli? ¿Tanto misterio con los gatos?

Si es que no hago nada raro. Los busco una familia. Tú misma me contaste que nadie venía a adoptarles… Así que pensé en ayudar.

¿Buscas dueños entre tus clientes?

Eso es. Pero me aseguro de que sean responsables eh Que yo para eso tengo ojos. Solo a buena gente.

Verónica, que no aguantaba más, bajó del coche.

¿Y tú por qué le sigues el rollo, Olga? ¡Que seguro que te está engañando!

Vero, escucha un momento

Mira, hagamos una cosa interrumpió Damián. Hay un bar justo aquí al lado; nos tomamos un café y os cuento todo, con pelos y señales, lo prometo.

Olga y Verónica, un poco cortadas, aceptaron. Total, después de tanto lío, un café no hace daño.

Ya en la cafetería, Damián explicó la historia real:

Mira, mi hermano trabaja de taxista, pero hace poco se cayó de una escalera pintando el baño y se rompió la pierna bastante mal. Me pidió que le cubriera estos días y así no perder la licencia. Yo tengo curro, pero me apañé para echarle un cable.

¿Y a qué te dedicas tú, entonces?

Pues resulta que soy dueño de la tienda de animales que hay en la glorieta. Pero necesitaba el taxi para hacer tiempo y, ya que estaba, pensé en ayudar a esos pobres gatos. No todo el mundo va a la protectora, está muy lejos. Así que llevaba un gatito en la ruta y, si veía oportunidad, lo ofrecía a pasajeros que parecían de fiar. Y de paso, les regalaba un vale de descuento para la primera compra del felino.

Un momento de silencio. Olga y Verónica miraban entre alucinadas y avergonzadas.

Pues mira, Damián resultó ser inocente rió Olga, guiñando un ojo a Verónica. Y tú, Vero, que si el hombre era un monstruo

Bueno, tampoco me digáis nada, que cualquiera sospecharía. Y al final tenía yo razón, ¿eh? No era realmente taxista. Pasa que salió honrado y todo.

Por cierto, Verónica, si necesitáis ayuda en la protectora pídeme pienso o lo que sea, que os echo un cable.

Eso se agradece mucho más que los discursos.

¿Y el gatito de hoy, qué? preguntó Olga.

A ese me lo quedo yo. Que volver al refugio no es plan.

¿Y me invitas a tu casa ya, o sigues diciendo que está patas arriba?

¡Hoy está como una patena, bienvenida seas!

Aquella noche, por fin, Olga descubrió que Damián no mentía: en su piso convivían dos gatitas y, ahora, un tercer miembro el travieso blanquirrojo, a quien bautizaron Maese.

A partir de ahí, Olga y Damián formaron una peculiar familia. Maese y las dos gatas se entendieron y, muchas veces, eran ellas quienes se escondían del pequeño terremoto que no paraba de jugar.

El hermano Vasili volvió a conducir su taxi y, en los días libres, Olga y Damián se llevaban otro minino a ofrecer durante los trayectos, con el permiso de Verónica.

Y, curiosamente, ¡siempre encontraban casa ese mismo día!

Porque, si lo piensas, los gatos necesitan una persona igual que muchas personas ni saben que necesitan un gato. Pero ahí están, esperando encontrarse…

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Y tú nunca confiaste en mí
Viviremos el uno para el otro Tras la muerte de su madre, Egor logró recuperarse un poco; ella llevaba tiempo ingresada en el hospital, donde finalmente falleció. Antes estuvo postrada en casa, y tanto él como su esposa Vera se turnaban para cuidarla. Las casas estaban una al lado de la otra, aunque Egor le insistió a su madre para que se trasladara con ellos, pero ella no quiso de ninguna manera. —Hijo, aquí murió tu padre, y aquí quiero morir yo. Así estoy más tranquila —lloraba ella, y Egor no podía negarle ese deseo. Para ellos habría sido más fácil si la madre estuviese en su casa, pero su hija tenía trece años y no querían que presenciara el deterioro de su abuela. Egor trabajaba a turnos, Vera era maestra de primaria. Así, la madre estaba siempre acompañada y hasta hacían turnos para dormir en su casa. —Mamá, ¿la abuela va a morir pronto? —le preguntaba Ksyusha—. Me da pena, es muy buena con nosotros. —No lo sé, hija, pero llegará el momento. Así es la vida. Cuando la abuela empeoró la llevaron al hospital. Egor tenía una hermana, Rita, tres años menor y madre de Antoñito, a quien solía cuidar la abuela o Vera, ya que Rita siempre andaba ausente por “viajes de trabajo”. Llevaba mucho separada de su marido, nunca quiso cuidar de su madre, sabiendo que Egor y Vera se ocupaban. Rita era la antítesis de su hermano: dura, fría, conflictiva. Tres días después, la madre de Egor y Rita murió en el hospital. Tras el entierro, decidieron vender la casa materna, pues si no se cuida, se viene abajo. La madre había puesto la casa a nombre de Egor hacía tiempo: con Rita nunca tuvo buena relación, y ella lo sabía, por eso apenas se hablaban. Pero después de la venta, su esposa Vera insistía: —En cuanto recibas el dinero, repártelo a partes iguales con Rita. —Vera, Rita tiene su propio piso, su exmarido le dejó una buena vivienda y ella gastará el dinero igual. —Eso da igual, Egor, así nuestra conciencia quedará tranquila, y evitarás que ande criticándonos por todas partes. Egor aceptó y le dio la mitad del dinero a su hermana, pero ella, en vez de agradecerle, dijo: —¿Y esto es todo? ¿Y lo demás? Con el tiempo, Ksyusha cumplió quince años, y otro infortunio recayó sobre ellos: Vera enfermó gravemente. Aunque antes ya se sentía mal, lo achacaba al cansancio de trabajar con niños. Pero un día se desmayó en el patio y la llevaron al hospital: le diagnosticaron esa enfermedad traicionera, demasiado tarde. —¿No se puede hacer nada por mi esposa? —preguntó angustiado Egor al médico, pero él solo encogía los hombros. —Hacemos todo lo posible, pero llegó demasiado tarde al hospital. ¿De verdad no notó que estaba enferma? —Claro que lo noté, le insistí muchas veces para ir al médico, pero Vera siempre pensaba en los demás y nunca en sí misma… —dijo, abatido. Pronto Egor llevó a Vera de vuelta a casa; ya no se levantaba de la cama. Él y su hija la cuidaban, pero la enfermedad avanzaba sin freno. Egor le ponía las inyecciones, incluso cogió la baja para estar con ella. Cuando terminó el permiso, tuvo que volver al trabajo. Ksyusha cuidaba de su madre después del colegio, la alimentaba, la aseaba, y se agotaba. Un día apareció Rita. —Egor, se me ha roto la lavadora. Míratela, que tú entiendes. —Vale, iré luego —prometió, y tras su jornada laboral la arregló. Al despedirse, él le comentó: —Al menos podrías venir a quedarte con Vera de vez en cuando, así Ksyusha no la cuida sola. Solo tiene quince años, no puede con todo, y yo a veces trabajo de noche. Además, Vera no te es ajena: ella crio a Antoñito, y luchó por tu piso cuando tu exmarido quiso quitártelo. —Bueno, ¡pues vaya! No me vengas ahora con lo de hace cien años. Antoñito ya tiene diecisiete, y yo me casé antes que tú. Sí, Vera me ayudó con el niño, pero yo estaba siempre fuera. Le regalé un anillo de oro, eso compensa. —Sí, pero Vera te lo devolvió al instante, y tú tan contenta te lo quedaste. —Si no lo quería, estaba en su derecho. Además, una cosa es cuidar de un niño sano y otra muy distinta es quedarse al lado de una moribunda. No cuentes conmigo —respondió fríamente y ni agradeció la reparación. Egor, tras oír eso, no solo se ofendió sino que dijo: —No vuelvas a pedirme nada. No tienes corazón. A partir de ahí, dejó de pensar en su hermana. Vera se apagaba rápidamente. Ese día Ksyusha vio a su padre por la ventana y salió corriendo a su encuentro. —Papá, papá, mamá está fatal, no come, se ha girado y ya no habla. Quise darle la medicina y agua, pero… —No pasa nada, hija, saldremos adelante, seguro que sí. Pero esa misma noche Vera murió. Ambos lloraron, se quedaron solos. A Egor, tras la muerte de su esposa, le quedó cierta paz al pensar que ella ya no sufría y que su hija tampoco presenciaba el dolor. Amaba a Vera, pero la cruel enfermedad no solo le arrebató a su ser querido, sino que los agotó a él y a Ksyusha. Después del funeral, se sintió peor. Le faltaba la mirada de Vera, su risa y el cuidado que le prestaba; esos recuerdos no le dejaban. Ella era imprescindible y ya nunca volvería. Ksyusha también sufría, pero incluso intentaba consolarle. —Papá, hicimos todo lo que pudimos. Tenemos que aceptar que mamá ya no está, allí donde esté, no padece. Nos acostumbraremos, lo importante es que nos tenemos el uno al otro. —Qué adulta eres, hija mía —se sorprendió Egor—. Esta desgracia te ha hecho madurar mucho. Ksyusha se preocupaba por su padre y siempre estaba con él; él también se apresuraba tras el trabajo, sabiendo que ella le esperaba e incluso ya cocinaba. Después cenaban juntos y compartían sus novedades del día. Un día, al volver de trabajar, su hija le contó: —Papá, después de clase tía Rita vino a casa. —¿Y qué quería esa? —preguntó él, irritado—. No la dejes pasar. —Entró justo detrás de mí, no tuve tiempo de cerrar. Dijo que venía a recoger el abrigo de piel de mamá y otras cosas. Me dijo que tú lo sabías. —No le di nada, se fue enfadada. —Hija, no le permitas llevarse nada y, la próxima vez, cierra la puerta al llegar. No tiene nada que hacer aquí. Egor estaba trabajando cuando le dio un fuerte dolor en el pecho: apenas podía respirar. Se le puso la cara blanca y perdió el conocimiento. Su compañero llamó a una ambulancia y lo llevaron al hospital. Ksyusha fue corriendo, llorando, y el médico la tranquilizó: —No llores, tu padre está consciente, ha sido un preinfarto. Necesita tratamiento. Ahora todas las responsabilidades recayeron en Ksyusha: cuidar del padre, la escuela, la casa. Tenía que hacerse cargo de todo sola y dedicaba más tiempo al estudio. Así vivía, de un lado para otro; iba al hospital e incluso le llevaba comida. Un día Rita apareció con un pastel. —Ksyusha, le he hecho un pastel a tu padre para el hospital. No quiero ir a verle, sabes que no me soporta. Toma, llévaselo y ni se te ocurra decirle que lo he hecho yo. —Gracias, tía Rita —le contestó, y ella se fue. Al poco, apareció Antón, el hijo de Rita y hermano de Ksyusha, que a veces la ayudaba. Estaba acabando el bachillerato. —He olvidado las llaves y he venido —dijo—. ¡Vaya, Ksyusha, tú hiciste el pastel? —No, no sé. Lo trajo tu madre para papá en el hospital. Toma un trozo, que después del cole tienes hambre y para papá es demasiado grande. Antón aceptó, ella le sirvió té y luego se fueron juntos al hospital. De repente, vieron que Antón se ponía muy pálido, le salía sudor frío, se apoyó en la barandilla de la entrada y, de pronto, se desmayó. Por suerte, estaban allí mismo en el hospital. Descubrieron que tenía una sustancia tóxica en sangre. —¿Qué comió? —preguntó el médico. —El pastel, lo llevamos a mi padre. Lo hizo la madre de Antón para mi padre. —Bajo ningún concepto se lo deis a tu padre. Me lo llevo para analizarlo. Avisaron a Rita, que llegó corriendo al hospital. —Dios mío, hijo, ¿qué te ha pasado? ¿Cómo puedes estar tan grave? —Comió tu pastel, tía Rita. Le di un trozo cuando vino del colegio —y ella se quedó blanca. Al poco, la policía se llevó a Rita. Se descubrió que había envenenado el pastel para matar a su hermano y así poder venderle la casa. A Ksyusha la dejaría ir al instituto y vivir en un colegio mayor. Rita lo había planeado todo; solo no contó con que el pastel acabaría en manos de su propio hijo. Cuando Egor fue dado de alta, llevó a Ksyusha y Antón a visitar a Rita. —Perdóname, Egor, perdón, Antoñito, tú también Ksyusha… Me equivoqué, perdonadme, por Dios —lloraba ella. Egor retiró la denuncia, al poco liberaron a Rita. Pero Antón no podía perdonar a su madre y pasaba cada vez más tiempo con Egor y Ksyusha. —Tío Egor, nunca perdonaré a mi madre, la odio, ¿cómo ha podido hacerme esto? —Antón, los padres no se eligen. Lo que hizo tu madre fue horrible, pero está arrepentida. Todos podemos cometer errores. Dale una oportunidad, perdónala, porque sufre y se siente muy culpable. Poco a poco, todo fue mejorando. Antón entró en la universidad, Ksyusha acababa el colegio y también quería estudiar, aunque no quería dejar solo a su padre. —No te preocupes, hija, yo me las arreglo. Tienes que estudiar. Viviremos el uno para el otro y vendrás a casa los fines de semana y en vacaciones. Tu madre soñaba con que entraras en magisterio.