La Madre Abnegada

En mi diario estoy relatando los sucesos que transformaron mi existencia. A lo largo de treinta años me despertaba antes de que amaneciera. Me ocupaba de elaborar miles de desayunos de enjuagar montañas de prendas de sanar lastimaduras y de enjugar llantos. Mis hijos representaban mi todo la justificación de mi ser. Me vi obligado a realizar turnos dobles para financiar su educación universitaria liquidé mis joyas para sus matrimonios puse la casa como garantía para sus proyectos empresariales.

‘Papá siempre estará ahí’ expresaban mis amigos con admiración. Y yo sonreía con orgullo convencido de que estaba forjando algo bello una familia ligada por el amor sin reservas.

Javier mi hijo mayor aparecía cada mes. Siempre precisaba algo que vigilara a sus hijos que le facilitara dinero que le hiciera comida para la semana. ‘Es que nadie cocina como tú papá’ decía mientras me abrazaba. Yo me enternecía.

Carmen mi hija del medio me telefoneaba entre lágrimas cada vez que tenía una discusión con su esposo. Yo abandonaba mis quehaceres para reconfortarla para proporcionarle consejos que ella nunca acataba. ‘Tú me comprendes mejor que nadie’ suspiraba. Y yo me sentía especial indispensable.

Pablo el hijo menor aún habitaba conmigo cuando tenía 35 años. ‘Estoy guardando dinero para independizarme’ repetía mientras yo le limpiaba la ropa y le preparaba los alimentos. Sus ahorros siempre desaparecían en videojuegos y escapadas.

Todo se alteró el día en que me puse enfermo.

Una caída sin mayor importancia una fractura en la cadera dos meses para recuperarme. Requería asistencia para lavarme para guisar para adquirir los productos básicos.

Javier tenía ‘demasiado trabajo’. Carmen estaba ‘pasando por una situación complicada’. Pablo se fue a vivir con un amigo ‘por el momento’ el mismo día que salí del hospital.

Los primeros días esperé. Sin duda llegarían solo tenían que organizarse. Pero las horas pasaron a ser días los días se convirtieron en semanas. Las llamadas se distanciaron. Las excusas se hicieron más numerosas.

Una tarde mientras forcejeaba para destapar un bote con mis manos todavía frágiles oí voces conocidas en el jardín. Mis tres hijos se encontraban allí pero no habían llamado a la puerta. Me aproximé a la ventana y los observé en discusión.

‘Alguien tiene que quedarse con papá’ expresaba Javier.

‘Yo no puedo tengo mi propia familia’ contestaba Carmen.

‘Pues vende la casa y ponlo en una residencia de ancianos’ propuso Pablo. ‘Con ese dinero incluso podríamos repartirnos una parte.’

Se marcharon sin acceder.

Esa noche no vertí lágrimas. Por primera vez en decenas de años reflexioné acerca de mí. En el hombre que había sido antes de reducirme a ser solo ‘papá’. En los anhelos que había ocultado en las chances que había declinado por mantenerme a disposición de ellos.

A la siguiente mañana efectué tres llamadas.

La primera fue a un letrado. La segunda a una firma dedicada a la compraventa de propiedades. La tercera a mi hermana que residía en otro país y que por años me había pedido que la visitara.

Deshice la casa en dos semanas. El dinero lo registré solo a mi nombre. Adquirí un pasaje de ida.

Cuando mis hijos lo supieron llegaron a toda prisa. Por primera vez en meses los tres reunidos en mi umbral.

‘¿Cómo puedes hacernos esto?’ vociferó Javier. ‘¡Somos tu familia!’

‘Después de todo lo que hicimos por ti’ sollozó Carmen.

‘¿Y nosotros qué?’ cuestionó Pablo. ‘¿Dónde vamos a pasar las Navidades?’

Los observé en silencio. Estas tres personas que habían sido mi universo completo que ahora me veían únicamente como un estorbo a solucionar o una herencia a distribuir.

‘Vosotros ya no me necesitáis’ les dije con una tranquilidad que me asombró a mí mismo. ‘Y yo descubrí que tampoco os necesito a vosotros.’

Cerré la puerta.

Al día siguiente subí al avión. En el asiento 23A contemplando las nubes experimenté algo que no había sentido en décadas la libertad.

Se dice que los padres aman sin condiciones. Pero nadie comenta que ese amor cuando no es mutuo puede transformarse en una prisión. Y que en ocasiones la elección más audaz no es permanecer sino marcharse.

Actualmente resido en una vivienda pequeña cerca del mar. Poseo nuevos compañeros nuevas costumbres nuevos objetivos. Mis hijos llaman de forma ocasional siempre interrogando cuándo regresaré.

No pienso regresar.

Porque he aprendido que ocuparme de los otros no me convertía en un buen padre si olvidaba ocuparme de mi propio ser. Y que el amor genuino no puede existir donde solo hay pretensiones y comodidad.

Por primera vez en mi existencia soy feliz siendo simplemente yo.En mi diario estoy relatando los sucesos que transformaron mi existencia. A lo largo de treinta años me despertaba antes de que amaneciera. Me ocupaba de elaborar miles de desayunos de enjuagar montañas de prendas de sanar lastimaduras y de enjugar llantos. Mis hijos representaban mi todo la justificación de mi ser. Me vi obligado a realizar turnos dobles para financiar su educación universitaria liquidé mis joyas para sus matrimonios puse la casa como garantía para sus proyectos empresariales.

‘Papá siempre estará ahí’ expresaban mis amigos con admiración. Y yo sonreía con orgullo convencido de que estaba forjando algo bello una familia ligada por el amor sin reservas.

Javier mi hijo mayor aparecía cada mes. Siempre precisaba algo que vigilara a sus hijos que le facilitara dinero que le hiciera comida para la semana. ‘Es que nadie cocina como tú papá’ decía mientras me abrazaba. Yo me enternecía.

Carmen mi hija del medio me telefoneaba entre lágrimas cada vez que tenía una discusión con su esposo. Yo abandonaba mis quehaceres para reconfortarla para proporcionarle consejos que ella nunca acataba. ‘Tú me comprendes mejor que nadie’ suspiraba. Y yo me sentía especial indispensable.

Pablo el hijo menor aún habitaba conmigo cuando tenía 35 años. ‘Estoy guardando dinero para independizarme’ repetía mientras yo le limpiaba la ropa y le preparaba los alimentos. Sus ahorros siempre desaparecían en videojuegos y escapadas.

Todo se alteró el día en que me puse enfermo.

Una caída sin mayor importancia una fractura en la cadera dos meses para recuperarme. Requería asistencia para lavarme para guisar para adquirir los productos básicos.

Javier tenía ‘demasiado trabajo’. Carmen estaba ‘pasando por una situación complicada’. Pablo se fue a vivir con un amigo ‘por el momento’ el mismo día que salí del hospital.

Los primeros días esperé. Sin duda llegarían solo tenían que organizarse. Pero las horas pasaron a ser días los días se convirtieron en semanas. Las llamadas se distanciaron. Las excusas se hicieron más numerosas.

Una tarde mientras forcejeaba para destapar un bote con mis manos todavía frágiles oí voces conocidas en el jardín. Mis tres hijos se encontraban allí pero no habían llamado a la puerta. Me aproximé a la ventana y los observé en discusión.

‘Alguien tiene que quedarse con papá’ expresaba Javier.

‘Yo no puedo tengo mi propia familia’ contestaba Carmen.

‘Pues vende la casa y ponlo en una residencia de ancianos’ propuso Pablo. ‘Con ese dinero incluso podríamos repartirnos una parte.’

Se marcharon sin acceder.

Esa noche no vertí lágrimas. Por primera vez en decenas de años reflexioné acerca de mí. En el hombre que había sido antes de reducirme a ser solo ‘papá’. En los anhelos que había ocultado en las chances que había declinado por mantenerme a disposición de ellos.

A la siguiente mañana efectué tres llamadas.

La primera fue a un letrado. La segunda a una firma dedicada a la compraventa de propiedades. La tercera a mi hermana que residía en otro país y que por años me había pedido que la visitara.

Deshice la casa en dos semanas. El dinero lo registré solo a mi nombre. Adquirí un pasaje de ida.

Cuando mis hijos lo supieron llegaron a toda prisa. Por primera vez en meses los tres reunidos en mi umbral.

‘¿Cómo puedes hacernos esto?’ vociferó Javier. ‘¡Somos tu familia!’

‘Después de todo lo que hicimos por ti’ sollozó Carmen.

‘¿Y nosotros qué?’ cuestionó Pablo. ‘¿Dónde vamos a pasar las Navidades?’

Los observé en silencio. Estas tres personas que habían sido mi universo completo que ahora me veían únicamente como un estorbo a solucionar o una herencia a distribuir.

‘Vosotros ya no me necesitáis’ les dije con una tranquilidad que me asombró a mí mismo. ‘Y yo descubrí que tampoco os necesito a vosotros.’

Cerré la puerta.

Al día siguiente subí al avión. En el asiento 23A contemplando las nubes experimenté algo que no había sentido en décadas la libertad.

Se dice que los padres aman sin condiciones. Pero nadie comenta que ese amor cuando no es mutuo puede transformarse en una prisión. Y que en ocasiones la elección más audaz no es permanecer sino marcharse.

Actualmente resido en una vivienda pequeña cerca del mar. Poseo nuevos compañeros nuevas costumbres nuevos objetivos. Mis hijos llaman de forma ocasional siempre interrogando cuándo regresaré.

No pienso regresar.

Porque he aprendido que ocuparme de los otros no me convertía en un buen padre si olvidaba ocuparme de mi propio ser. Y que el amor genuino no puede existir donde solo hay pretensiones y comodidad.

Por primera vez en mi existencia soy feliz siendo simplemente yo.

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