«Puedes pensar lo que quieras de mí, pero no podrás probar nada» — amenazó la suegra, dejando a la nuera frente a una elección difícilAl final, la nuera aceptó el reto, sabiendo que la verdad que ocultaba su suegra tendría consecuencias que cambiarían ambas para siempre.

Pues, Lucía, escúchame bien. Pienses lo que quieras de mí, pero al final no vas a probar nada. No tienes testigos y a Antonio le creo. Así que, si quieres seguir en mi familia, tendrás que conformarte: limpiar, cocinar y callar. ¿Entendido?

***

Lucía se casó con Antonio hace ya varios años. Un tiempo después les nació un hijo, Daniel, que ahora tiene seis años. Los dos trabajaban para poder pagar las cuentas y no caer en la ruina.

Vivían modestamente pero de buen humor: Lucía se encargaba de la casa y del niño, y trabajaba de contable en una pequeña empresa; Antonio era ingeniero. Parecía que todo marchaba como debía.

Un día a la madre de Antonio Juana le diagnosticaron una enfermedad isquémica del corazón que requería tratamiento continuo, cuidados y mucha atención. La mujer tuvo que dejar su empleo y quedó totalmente dependiente de su hijo.

Lucía intentaba ayudar a Juana tanto como podía: después del trabajo pasaba por su casa con bolsas de la compra, preparaba sopas y caldos. A veces llevaba a Daniel, porque no había a quien dejarlo por la noche. En otras jornadas, Antonio iba a visitar a su madre él mismo.

Al principio todo parecía natural. Pero con el paso del tiempo la tensión fue en aumento. El dinero se evaporaba más rápido que antes: medicinas, pruebas, dietas especiales. Antonio, sin decir mucho, destinaba parte de su sueldo a su madre y Lucía aceptaba. Sin embargo, pronto empezó a notar que ya no les alcanzaba para sus propias necesidades. Antonio parecía no percatarse del problema.

A Daniel le hacía falta calzado nuevo, el club al que asistía subió de precio, la lavadora dejó de funcionar. Todo se iba de madre. A Lucía también le hacía falta un abrigo de invierno; llevaba más de cinco años con el mismo. Pero en vez de comprarlo, escuchaba cada vez más a su marido:

Ten paciencia. Ahora lo importante es mamá.

Y ella callaba, sabiendo que la salud era lo primero. Pero por dentro sentía que una carga cada vez más pesada se acumulaba. No sabía cuánto duraría eso ni qué les depararía el futuro.

Una mañana, cuando Lucía tenía una jornada reducida justo antes de una fiesta, escuchó de Juana algo que la dejó helada.

Ese día Lucía recibió una prima. No era una cantidad enorme, pero sí una suma agradable que no había previsto. Ya se imaginaba, al caer la noche, que él y ella acostarían a Daniel, abrirían una botella de Rioja, cortarían queso, jamón y fruta, y se quedarían a solas, como antes, lejos del cansancio y los achaques.

Con esos pensamientos entró en el supermercado, compró verduras frescas, hierbas, leche. Pensó: «Llevaré todo a Juana y luego volveré a casa a preparar nuestra velada».

Tenía una llave del piso de la suegra por si acaso, así que Lucía abrió la puerta con calma e ingresó. Desde la cocina se oía una voz. Al principio creyó que provenía del televisor, pero al acercarse quedó paralizada.

Juana estaba junto a la ventana entreabierta, con un cigarrillo entre los dedos, expulsando el humo al exterior. En la otra mano sostenía el móvil.

Por supuesto que seguiré fingiendo mucho tiempo gaseó con voz ronca. ¿Y a mí qué? El hijo ayuda, la nuera me pisa los talones. No renunciaré a eso por nada del mundo. Gracias, Verónica, por la nota que me hiciste.

A Lucía se le nubló la vista. Las palabras le cayeron como un puñetazo. Retrocedió, chocó la espalda contra el marco de la puerta y la bolsa de la compra se le escapó de las manos; tomates y manzanas se esparcieron por el suelo.

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«Puedes pensar lo que quieras de mí, pero no podrás probar nada» — amenazó la suegra, dejando a la nuera frente a una elección difícilAl final, la nuera aceptó el reto, sabiendo que la verdad que ocultaba su suegra tendría consecuencias que cambiarían ambas para siempre.
Un milagro en Nochevieja: —¡Petri, explícame, por favor, cómo has podido olvidarlo! ¡Esta mañana te lo recordé varias veces y además te mandé un mensaje! —Ana miraba a su marido con reproche, mientras él, de pie en el umbral de la cocina, sólo se encogía de hombros con cara de culpable. —No sé cómo ha podido pasar, Anuska… Se me ha ido completamente de la cabeza, —intentaba justificarse Petri. —¿Y el móvil? —El móvil ni lo he sacado del bolsillo, así que ni vi tu mensaje… Ana empezó a hervir por dentro. —O sea, para comprar la nueva batería del coche no te has olvidado, pero para el regalo de nuestra hija debajo del árbol… eso se te ha olvidado. —Pues sí… Simplemente, la tienda de repuestos cerraba a las ocho y fui con prisa, olvidando todo lo demás. Lo siento. —A veces creo, Petri, que tu viejo cacharro, que se estropea cada mes, te importa más que nuestra Marina, —Ana se sentó en el taburete y suspiró mirando el reloj. Marcaba las once menos cinco. Noche cerrada, ya no había nada que hacer. Y por no poder arreglar la situación, el ánimo era aún peor. —Ana, ¡no digas tonterías! Quiero a Marina, y lo sabes de sobra. Simplemente se me ha olvidado… ¿A quién no le pasa? —A mí no me pasa, Petri… —Ana quería gritar, pero habló en susurros para que su hija no los oyera. Su marido intentó abrazarla para calmar el inminente escándalo, pero ella se giró dándole la espalda y… …empezó a poner ensaladilla en la fuente. “He pasado media tarde con esta ensaladilla para alegrar a mi marido, y él… olvida el regalo de su hija.” —Sabía que tendría que encargarme de todo, —murmuraba Ana—. Pero confié en ti, Petri. De verdad pensaba que eras responsable. —Ana, sé que tengo la culpa, pero si lo piensas bien… no ha pasado nada tan grave, —dijo su marido—. Si no hay regalo debajo del árbol, mañana por la mañana se lo compro y se lo doy, como si fuera de los Reyes. —¿Dónde piensas comprarlo? Mañana casi todas las tiendas están cerradas, salvo los supermercados. Ay, Petri, Petri… Era comprensible la decepción de Ana. Cuando nació Marina, instauraron una costumbre entrañable: la nochevieja, justo después de las campanadas, la familia reunida bajo el árbol encontraba allí los regalos. Para Marina, que creía en los Reyes, en la magia y en los milagros de Año Nuevo, era el momento más especial, la emoción más pura al abrir su pequeño paquete anhelado. Aquella noche, Marina ya había mirado varias veces bajo el árbol por si el regalo aparecía antes de medianoche, y contaba a su madre qué ilusión le hacía recibir el regalo de los Reyes este año. —¿Qué me traerán este año los Reyes? —se preguntaba la niña en voz alta—. Me encantaría una bici como la de Iván del bloque de al lado, pero si son patines también me haría ilusión. Ana sonreía mirándola. Precisamente había pedido a su marido que le comprase unos patines. Lo normal era que Ana eligiese el regalo, pero esa vez a Petri le llamaron de urgencias en el trabajo y Ana había pensado: “¿Para qué voy yo, si él puede pasar y comprarlo camino a casa?”. Petri llegó a las ocho pasadas y, a la hora de preparar la cena, cuando Ana le preguntó guiñándole un ojo por el regalo de Marina, él recordó de pronto que se le había olvidado por completo… —Ana, vamos a disfrutar el día, ¿sí? —suplicó Petri, intentando de nuevo abrazar a su mujer—. ¡De verdad no fue a propósito! Si quieres, hablo yo con Marina y se lo explico, seguro que lo entiende. Ana no respondió. Siguió poniendo la mesa, llorando en silencio: “¿Cómo ha podido olvidarse justo del regalo para su hija…?” Hasta el último momento, Ana pensaba que Petri tenía el regalo escondido en algún sitio, esperando el instante justo para ponerlo bajo el árbol. Pero ya estaban todas las tiendas cerradas, no se podía comprar nada… —¿Te ayudo en algo? —preguntó Petri sin mucha confianza, viendo cómo Ana colocaba los platos. —Ya has ayudado suficiente… déjalo. En ese mismo instante, Marina entró en la cocina, feliz tras ver todos los cuentos y pelis navideñas: —¡Mami, papi! ¡Faltan menos de dos horas para el Año Nuevo! Pronto los Reyes me traerán mi regalo… Ana fulminó a su marido con la mirada. Pero se volvió de inmediato para que su hija no sospechara nada y no le diese el día. Además, Ana ya había pensado una solución: pondría bajo el árbol un sobre con dinero y en la cubierta escribiría: “Para Marina, para unos patines”. No era lo que su hija esperaba esa noche, pero era mejor que nada. Quizás, y con suerte, todo quedaría ahí… ***** A las once en punto, cuando ya estaban todos en la mesa, alguien llamó a la puerta. —¿Has invitado a alguien, Petri? —preguntó Ana extrañada—. Porque yo desde luego no he invitado a nadie. —Ni yo tampoco. Igual son los vecinos… Voy a ver, servid el zumo, —dijo Petri dirigiéndose a la puerta. Allí se encontró con un hombre barbudo vestido con una vieja chaqueta roja. En nada se parecía a Papá Noel. Más bien parecía un sintecho: por el aspecto y por el olor (no era precisamente aroma de colonia). —¿Qué desea? ¿Se ha equivocado de piso, o viene a pedir dinero? Le advierto que no le daré ni un euro, que se lo gastará en alcohol. —No, no, no vengo a pedir dinero. No soy un desgraciado —replicó el extraño con buen ánimo. “¿No es un desgraciado? ¡Será cachondo!”, pensó Petri conteniendo una risa. Él nunca había mirado por encima a un sintecho, más bien les tenía compasión, pero esa frase le resultó tan absurda como graciosa. —¿Entonces qué quiere? —Petri salió al rellano y entrecerró la puerta para que el “aroma” no entrara. —Verá… Encontré un gatito en la escalera. Mire qué cosita más linda, —el hombre sacó de debajo de su chaqueta una bolita de pelo—. ¿No será suyo? Petri sonrió de lado. “Seguro que piensa que pedir dinero no cuela y ahora intenta colarme el gato, tan sintecho como él mismo, por unas perras”. —Perdone, es la primera vez que veo ese gato. Y además nunca hemos tenido animales en casa. —¿Seguro que no quiere quedárselo? Si tiene una hija, seguro que le hace ilusión. “Lo sabía —pensó Petri—, ahora me vende el gato”. —No, gracias. —Está bien… —se entristeció el hombre barbudo—. Pues lo tiraré a la basura. Ya iba a irse el hombre, tapando de nuevo el gatito bajo la chaqueta, cuando Petri lo paró. —¡Oiga, espere! ¿Cómo que tirarlo a la basura? Déjelo aquí en el portal, al menos. —Lo echarán igualmente a la calle. Y en el contenedor, al menos hay cajas donde esconderse, y comida a veces… Petri nunca había sentido especial cariño por los animales, pero por alguna razón le dio pena aquel cachorrito. Solo de imaginarlo pasando frío y hambre toda la noche… Si hubiera tenido más tiempo para pensarlo, tal vez habría dudado… Pero todos le esperaban en la mesa, el hombre ya se iba… —¡Déjemelo a mí! —le arrebató el gatito al barbudo—. No lo tire a la basura. —Como quiera, —sonrió el desconocido y se despidió, bajando ya la escalera. ***** Cuando por fin Petri entró en casa, Ana y Marina lo esperaban asomadas en la cocina, algo nerviosas. —¿Qué pasa, por qué tardas tanto? —Nada, nada, todo bien —respondió Petri, escondiendo el minino tras la espalda y rogando que no maullara. Si Ana descubría lo que había traído, lo echaba a la calle de inmediato. Y no estaba seguro de que solo al gato… Claro que tarde o temprano se enteraría, pero Petri necesitaba tiempo para explicarse. Además, tenía que justificar cómo se le ocurre, una hora antes de Nochevieja, meter en casa un gato callejero sin consultar. —¿Quién era? —preguntó Ana con sospecha. “¿No estará tramando algo este?” —Era… nuestro vecino, Víctor, el del quinto. Preguntando por la batería del coche. —Ah, claro… si eres el rey de los coches. Ve a lavarte las manos y ven, que en nada es la Nochevieja. —Sí, en cinco minutos estoy. Con la cocina despejada, Petri empezó a recorrer la casa buscando dónde esconder el gato. En el balcón no, que hace un frío que pela. El baño, peligroso, podría entrar cualquiera. Habitación de la niña o la suya, tampoco. Solo quedaba el salón… —¡Petri, vas a venir ya! —gritó Ana disgustada—. ¿Hasta cuándo vas a estar ahí? —¡Ya voy, cariño! Sin pensar mucho, abrió el armario del salón, metió al gatito en la balda de abajo y dejó la puerta entreabierta para que respirara. ***** —¡Feliz Añoooo! —se oía gritar en la calle. Petri felicitó a su mujer y a su hija, deseó salud y suerte. Mientras lo hacía, Marina dejó el zumo sobre la mesa y corrió al salón. Cuando Ana lo vio, recordó que no había puesto el sobre bajo el árbol y fulminó a su marido con la mirada. —¡Ahora te las apañas tú para consolarla! Pero Marina, lejos de decepcionarse, empezó a gritar de alegría. Tan fuerte que ni los petardos tapaban su voz. —¡Mami, papi! ¡Venid corriendo! ¡Mirad lo que me han dejado los Reyes bajo el árbol! Petri y Ana entraron en el salón, se quedaron congelados. Junto a la niña, bajo el árbol, había un pequeño gato blanco. —¡Llevaba tanto tiempo pidiéndolo…! ¡Los Reyes me han traído el gatito! —lloraba casi la niña de emoción—. Lo llamaré Copito de Nieve. Lo abrazó, feliz, y Ana llevó a su marido aparte. —¿Esto qué es? ¿De dónde sale eso? ¿Tú lo has hecho? —Ana, solo pido que no te enfades. Te lo explico. —¿Enfadarme? ¡Pero si mira qué contenta está! Si me lo hubieses contado antes, no te hubiera echado la bronca. Ana abrazó a Petri, le dio un beso en la mejilla. Petri se quedó mudo, sin creerse la suerte que tenía. Es cierto: en Nochevieja los milagros existen. La hija feliz, la esposa cariñosa… Todo gracias a un pequeño gato blanco y… Se acordó de repente del sintecho. —Ana, tengo que contarte una cosa… Le susurró algo al oído; ella le miró sorprendida y asintió. ***** —Bueno, Egor, —el hombre barbudo dio una palmada en la espalda del otro que estaba sentado a su lado—, ya hemos colocado a todos los gatos, gracias a Dios. Ahora a volver al sótano, antes de que cierren. —Sí, Mijaíl, buena idea tuviste con la historia del contenedor, —sonrió el segundo. —¿Verdad? Temía que me mandaran a freír espárragos… —Riesgo había, pero así solo quien de verdad cuida el destino del animal lo acoge y no lo tira a la basura. —Eso es. —Total, a buenas manos han ido y estarán bien. Muy buena idea tuviste. Los sintecho estaban en un banco no lejos de la casa donde esa noche habían dado en adopción a cuatro cachorros hallados en el sótano. Mucha gente paseaba, pero nadie les decía nada. Más bien les deseaban salud y suerte. De pronto, la puerta del portal se abrió de golpe y apareció Petri, que al verlos les hizo señas y corrió hasta ellos. —¿Qué le pasa? ¿Se arrepiente del gato? —dijo Mijaíl al ver a Petri. —¿Es él? Qué raro… —¡Feliz Año, buena gente! —sonreía Petri, ofreciéndoles una gran bolsa—. Mi mujer y yo os traemos esta cena de Nochevieja para agradeceros el regalo. —Gracias, no lo esperábamos, —respondieron Egor y Mijaíl. —Y esto, de mi parte, —Petri les dio una botella de cava—. Para celebrar como merece. —Bueno, Mijaíl, al final nosotros también vamos a celebrarlo… ¡Vaya milagro! —se frotó las manos Egor contento. Iba ya a irse Petri, cuando se detuvo y preguntó: —¿Dónde vais a celebrarlo, si puede saberse? —Pues… aquí cerca, en el sótano: seco, caliente, y cartones para tumbarse. —¿Y si venís conmigo? En cinco minutos los tres entraron en el garaje. Petri abrió la puerta: —Poneos cómodos. Hay un sofá, calefactor, mesa y platos. Mejor que el sótano. Yo sacaré el coche fuera para que tengáis espacio. —Si aquí cabemos bien… —No, mejor fuera. Y no os paséis con la bebida, ¿eh? —Solo un brindis. Nada más, —aseguró Mijaíl. —Bien, confío en vosotros. Mañana vengo y me contáis, quizás pueda ayudaros a buscar algo más. —Inesperado… —murmuró Egor. —Ya ves… —asintió Mijaíl. Así fue aquella noche, realmente mágica y por completo castiza. Una auténtica Nochevieja de milagro.