¡Ven conmigo!

Querido diario,

¡Ven conmigo! Tengo ahora el patio sin perro. Serás un buen guardián y no te haré daño me dije, mientras subía a la bicicleta y me dirigía al caserío de San Martín. En el camino, el abuelo Eduardo volvió la mirada varias veces, pero nadie corría tras mí.

Era una perra solitaria, como dicen de la gente que se mantiene al margen. Así era ella

Hace muchos años, cuando aún era un joven pastor, el abuelo Eduardo se internó en el bosque en busca de avellanas y encontró a una cría de lobocasi un cachorro. Sólo Dios sabe cómo llegó ese animal al profundo bosque.

Deambulaba en silencio entre los árboles, empapada por la lluvia, sin correa. Eduardo frunció el ceño y se acercó.

Era torpe, poco agraciada, pero sus ojos marrones lo miraron. No eran ojos de cachorro, sino los de una bestia sabia. Eduardo se quedó pensativo.

¡Ven conmigo! Tengo el patio vacío y tú podrías vigilarlo le repitió.

Montó en la bicicleta y volvió al pueblo. El abuelo Eduardo miró atrás una y otra vez, pero nadie lo seguía. Con el tiempo, el recuerdo de aquel encuentro se fue desvaneciendo.

Se dedicó a la granja, que no era nada menor: tres lechones, una cerda con diez cerditos, la vaca Milka, diez gallinas, seis patos con sus patitos y el gato Plutón

Una tarde, cansado, abrió la puerta de la caseta y se sentó en el banco frente a la casa a fumar su cigarrillo enrollado a mano. De pronto, lo observaron esos ojos marrones, tan fijos y extraños que el abuelo quedó paralizado.

¿Vamos al patio? preguntó tras una larga pausa el cachorro, retrocediendo y desapareciendo en la penumbra.

No pasó ni un día ni dos antes de que esos ojos lo observaran cada atardecer, como si buscara en él una alma gemela.

Una mañana, mientras Eduardo giraba su cigarrillo, la perra se acercó, lo olfateó y se acostó a sus pies.

El abuelo nunca había sido hombre de mucho cariño; siempre trató a los animales como mera herramienta. No podía contar cuántas vacas, cerdos y gallinas había criado a lo largo de los años.

Una perra servía para vigilar, los gatos para cazar ratones Él no recordaba cuántos perros habían muerto en su vida: envenenados, enfermos, abandonados. El perrera del patio estaba vacía.

A principios del verano, una fuerte tormenta trajo garrapatas; el veterinario lo diagnosticó y nadie se lamentó mucho. Eduardo, hombre de rostro serio y poca lágrima, permanecía firme. Su mujer, Doña Carmen, era aún más dura; la gente del pueblo aún recuerda cómo, una tarde, golpeó a un ternero con el puño por simple diversión.

Eduardo inhaló su cigarrillo y miró al cachorro que reposaba a sus pies. Los ojos marrones lo escrutaban.

Pues bien, criatura, parece que has decidido quedarte. Te alimentaré dos veces al día con lo que Dios nos provea, no te haré daño. Tendrás una caseta cálida. A veces te soltaré por la noche, unas horas, para que vigiles mi patio y nadie se atreva a pasar sin temor. ¿Aceptas?

Así comenzó su nueva vida. El abuelo llamó a la perra Estela, un nombre que, según él, había escuchado en algún sueño y que guardó como un misterio. Estela recibió una caseta cómoda, una gran granja y una cadena.

El tiempo pasó y la torpe cría se transformó en una enorme y majestuosa perra, temida por todo el pueblo. Se rumoraba que en su linaje había lobos. Su aspecto era imponente y poco canino; nunca movía la cola en señal de sumisión ni lamía las manos.

Cuando el abuelo Eduardo, su mujer o sus parientes se acercaban, Estela permanecía quieta, observando con sus penetrantes ojos. Pero si algún forastero se acercaba, estaba dispuesta a atacarlo. No ladraba mucho; más bien gruñía, y su gruñido era espantoso, sobre todo de día. Por eso trasladaron su caseta al huerto para que los vecinos no tropezaran con ella.

De noche, a veces la soltaba con palabras:

Vuelve en tres horas, que la lechería no pueda pasar sin ti ¡Que no te arranquen a nadie!

Jamás mordió ni asustó a nadie; sus intereses eran distintos. El abuelo siempre la hallaba en su caseta, lo que le granjaba su respeto. Además, la perra estaba siempre preñada, como dicta la naturaleza, y aunque el pueblo temía a Estela, los cachorros se vendían como panes calientes.

Los vecinos de pueblos cercanos llegaban a comprar los crías; aunque temían a la madre, la respetaban por su fuerza.

Una tarde de verano, después del desayuno, Estela reposaba bajo el sol, observando con un ojo a María, la niña de tres años de Doña Carmen, jugando en la arena bajo la sombra de un gran árbol, y con el otro ojo al huerto donde la anciana removía la tierra.

María, atada al árbol para que no se alejara, corría de inmediato hacia Estela, extendiendo los brazos:

¡Estela! ¡Estela!

El corazón canino de Estela se llenó de alegría al ver a la pequeña. Vigiló a la niña y a la anciana, y pronto cayó en un profundo sueño.

De pronto, el gato Plutón arañó su nariz con uñas. Estela abrió los ojos y vio al gato, jadeante:

¡Haz algo! ¡María se está ahogando!

Miró más allá del cercado; María no estaba en la arena, ni en el columpio, ni bajo el árbol. El gato señaló:

¡Está junto al estanque! ¡Su muñeca está en el agua! ¡Ayúdala! ¡Nadie me oye! gritó el felino.

Estela soltó un aullido desgarrador, el más fuerte que jamás había emitido. Saltó, se arrancó de la cadena y corrió hacia el agua, arrastrándose por el barro.

Doña Carmen, al ver la escena, exclamó:

¡Qué criatura más desquiciada! y volvió a su huerto.

Entonces Estela lanzó un ulular que recordaba al canto de los lobos; resonó en todo el pueblo, haciendo erizar el pelo a quien lo oyó.

Los aldeanos, alarmados, acudieron al grito y encontraron a María en el borde del estanque, salvada por la perra. Llegó la ambulancia, los padres de María lloraban y reían a la vez.

Al atardecer, la familia de María llegó: su padre, Iñigo, su esposa y el abuelo Eduardo. Iñigo, arrodillado ante Estela, le dijo:

Gracias por salvar a mi hija. Nunca lo olvidaré. Vete conmigo a la ciudad, te haré un gran recinto, te daré la mejor comida y paseos diarios.

Estela, con sus ojos marrones, permaneció en silencio. Finalmente apoyó su cabeza en el hombro de Iñigo por un breve instante y regresó al abuelo Eduardo, acostándose a sus pies. Él, perplejo, no supo cómo reaccionar ante aquel gesto; solo unas lágrimas escasas brotaron de sus ojos.

Hoy comprendo que la compañía sincera no conoce de orgullo ni de prejuicios. Un animal que nos protege con su vida enseña más que mil palabras. Aprendo que la verdadera valentía se muestra en el sacrificio silencioso y que, al abrir nuestro corazón, encontramos lealtad incondicional.

Con gratitud,
Eduardo.

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¡Ven conmigo!
¡Otra vez con las babas! ¡Maxi, llévate al perro ya! Nuria miraba con fastidio a Tico, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió elegir semejante trasto? Tanto tiempo pensando, consultando con adiestradores, eligiendo raza. Sabían lo importante que era, y al final se decidieron por un pastor alemán: amigo, guardián y protector, como esos champús tres en uno. Sólo que este protector, a él mismo había que defenderle de los gatos… — Si es un cachorro todavía… Verás cuándo crezca —contestaba Maxi. — Sí, a ver si llega pronto el día, ¡porque este potrillo come más que nosotros! ¿Cómo vamos a alimentarlo? Y deja de pisar fuerte, bruto, ¡que vas a despertar al niño! —gruñía Nuria, recogiendo los zapatos que Tico había desparramado. Vivían en la Castellana, en un bajo de un edificio antiguo de Madrid, con ventanas casi a ras de asfalto. El sitio era ideal, si no fuera por un detalle: las ventanas daban a una esquina solitaria del patio, donde por las noches se veían sombras, se reunían los parroquianos y, a veces, había peleas. Nuria pasaba casi todo el día sola con la recién nacida, Lucía. Maxi trabajaba en el Museo del Prado y pasaba el tiempo libre entre mercadillos y librerías de viejo. Su ojo de experto —de “ojo clínico”, como bromeaba Nuria— encontraba entre la multitud obras de arte, libros singulares y objetos curiosos. Coleccionista de vocación, la casa estaba llena de cuadros, porcelanas de época, figuritas del realismo social y cuberterías antiguas… Demasiado valor, y robos no faltaban en el edificio. Nuria no se sentía tranquila sola con el tesoro y la niña. — ¿Cuándo sacamos a Tico? ¿Ahora o después de comer? — Ni idea. ¡Y que conste que no es “mi” perro! —bufaba Nuria. En cuanto oyó “pasear”, Tico salió como un rayo al recibidor, cogió la correa y volvió brincando, lleno de energía. No parecía perro, sino caballo. Quería a todo el mundo, repartía pelotas y abrazos, pero no ladraba ni a los extraños: gran alma, pero poca vigilancia. Y ni gatos perseguía. Jugaba con ellos y acababa magullado… Gatos con carácter, los de su patio. Para defensa, mejores ellos. Al día siguiente, Maxi se iba a Aranjuez a un congreso de arte, y Nuria se quedaba de niñera: a cuidar porcelanas y pasear al orejotas. ¡Como si tuviera pocos quebraderos de cabeza! De madrugada, Maxi se levantó sin hacer ruido para no despertar a la familia. Pero Nuria, medio dormida, oía la tetera, el tintinear de la correa, los “sshh” a Tico. Al poco, ya estaba sola de nuevo: empezaba un día normal. Y pensaba: ¿acaso no es esto la felicidad? Sus amigas la compadecían por casarse joven, vivir pendiente de marido y niña, y el día a día de casa… Pero hay belleza en lo cotidiano. Nada fue como soñaba, cansada de la ausencia de Maxi, la estrechez y la economía apretada. Y ese vicio suyo de gastar en antigüedades… Y ahora el “amigo” orejudo, con el que le tocaba a ella batallar. Pero había comprendido: a los que se quiere, se les quiere por completo, virtudes y defectos incluidos. Nadie prometió perfección. Y con esa certeza, decidió disfrutar lo que tenía, en vez de lamentar lo que faltaba. Sentada en la habitación infantil, daba el pecho a la pequeña, que se dormía mientras comía. Alguien llamó al timbre. Nuria no abrió; no esperaba a nadie, y nadie cruza Madrid sin avisar. ¡Con lo que goza ella de esas horas silenciosas! La casa en calma, sólo el tic-tac del reloj y los murmullos de la ciudad colándose por la ventana… ¿Y Tico? Hacía rato que no aparecía. No es que realmente tuviera grandes orejas, pero sí era despistado. Y tener que cuidarle y sacarle, ¿para qué? Mejor un bichón maltés. Contempló a su niña, que, ya saciada, se durmió. ¡Qué preciosidad! Oro puro, murmuraba Nuria al acostarla. ¿Qué más se puede pedir? En ese instante, un ruido raro retumbó en el salón. ¿Un chasquido? ¿Un chirrido? Nuria aguzó el oído. Fue descalza, silenciosa. Lo primero que vio fue el lomo de Tico, agazapado tras la cortina entre recibidor y salón, tensión en todo el cuerpo, mirada fija hacia el interior. Y, siguiendo su mirada, Nuria se heló: en la ventana medio abierta, ¡asomaba medio hombre! Cabeza rapada de matón, brazos y hombros dentro, empujándose para colarse. No podía ser verdad. ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¿Correr? ¡Estaba casi entero en casa! Un segundo más y… El grito la sobresaltó. Una sombra negra saltó al alféizar y, antes de que Nuria comprendiera, Tico se lanzó al cuello del ladrón. “¡Aaaaah!” chilló el hombre, ojos desorbitados. Nuria salió al rellano buscando ayuda; al poco, llegaron los vecinos y llamó a la policía. La presencia de la gente fue suficiente para tranquilizarla. ¿Qué habría hecho sola? Venció el miedo y se acercó: no fuera a ser que Tico le hiciese demasiado daño. Pero no, su perro se había enganchado al cuello del jersey, firme pero sin sangre. Sólo apretaba cuando el ladrón intentaba soltarse. Si el hombre se quedaba quieto, Tico aflojaba. ¿Cómo aprendió todo eso aquel torpón? No ladró, no hizo ruido, se escondió, calculó, atrapó, sujetó como un profesional. “No es mi trabajo castigar, sino detener”, parecía decir. Policías veteranos no recordaban a un ladrón tan encantado de que lo arrestaran. El hombre prefirió los brazos de la ley que los colmillos de Tico. El perro, en cambio, se sentía tan orgulloso de su captura que costó convencerle de que aflojara… hasta que el agente canino le dio la orden. Entonces soltó al ladrón y se sentó, esperando instrucciones, como soldado ejemplar. — Menuda joya de perro tenéis —dijo el policía, acariciando a Tico—. Nos vendría bien en comisaría… Maxi volvió tarde y, al abrir, no daba crédito. Primero: Tico espatarrado en el sofá, prohibidísimo para él; segundo: Nuria, acariciándole la barriga y mimándolo como si fuera un bebé, murmurando: “Mi alegría, mi potrito, crece fuerte, que eres la alegría de papá y mamá… Qué injusta he sido contigo, perdóname…” Esta historia me la contó el propio experto en arte, protagonista de primera mano, en una de esas jornadas del “Festival de Sorolla”. Seguro que Tico la narraría aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón. De eso hace mucho. Pero la historia vive, y, sintiendo sus patas rascar mi mesa, decidí compartirla con vosotros…