Oye, María, tienes que oír esto. Resulta que para verme así, con todo ese brillo de oro, me levanto todos los días a las cinco de la mañana. Primero paso al establo, ordeño las vacas, les doy de beber a los terneros, reparto el pienso y, solo después, me preparo para ir a mi curro principal. Así que, de envidiar, no hay nada que decir. Si supieras lo que es la vida en el campo, no pensarías lo mismo que ahora.
¡Ay, Alicia! exclamó Begoña, que se quedó boquiabierta al verme con mi collar de oro, mis anillos y hasta una pulita de oro brillante. ¡Qué guapa estás! Y decir que vives en el pueblo. Mira cómo reluces; la gente de la ciudad se quedaría con la bolsita al revés y vendría a vivir aquí. ¿Quién diría que se puede vivir en el campo y verse tan elegante?
Yo solo le dije que no había nada que envidiar, que el trabajo no se escapa y que el campo tiene su encanto. Pero Begoña, que desde pequeñita conocía vacas y cerdos, no podía entender cómo una señorita como yo se había convertido en una agricultora. Siempre creímos que, terminada la escuela, nunca volvería a casa.
Rosa, mi madre, se quedó mirando el horizonte del monte mientras yo me pintaba la cara con capas de maquillaje para ir a la discoteca del pueblo. No vuelvas a la aldea, me dijo, pero la vida no es tan fácil, hija. Yo, con mi carácter rebelde, le respondí que nunca volvería a la aldea y que acabaría casándome con un ricachón en la gran ciudad.
Pues si eso es lo que quieres, hija, me contestó Rosa, pero recuerda que el campo también tiene gente y trabajo. Si te animas a ayudar con las vacas, me será más fácil preparar la cena.
Yo me reí. ¡Imagínate a mí con las vacas! El pueblo entero se reiría. Mejor me quedo con mis tacones y mi brillo.
Sin embargo, la vida siguió su rumbo. Terminé la secundaria con notas medias, pero con unas ganas enormes de seguir adelante. Decidí estudiar para ser maestra de educación infantil, porque al fin y al cabo, el trabajo en una guardería era limpio y respetable. Mis padres vendieron un par de bueyes y me pagaron el primer año de estudios.
Al terminar el cole, me hice maestra y, poco después, conocí a Víctor Martín, un chico del mismo pueblo que había ido a la ciudad a estudiar ingeniería. Después de cuatro años de noviazgo nos casamos, y justo al terminar el instituto de formación, llegamos al día del parto. Nuestra hija, Lucía, nació tan bonita como su madre.
Al principio la pensión de Víctor no alcanzaba para los tres, y él, cansado, dijo:
Ya basta, Alicia. No vamos a seguir gastando la mitad del sueldo en la ciudad. Nos mudamos al pueblo mientras la niña crece.
Así que empaquetamos nuestras cosas y nos fuimos a Almagro, un pueblecito de la Mancha donde mis padres ya habían comprado una casa. Víctor encontró trabajo en la granja local como mecánico, con un sueldo algo menor que el de la ciudad, pero sin alquiler que pagar. Yo, al principio, no quería volver al campo, pero con la ayuda de Rosa y de mi suegra, todo se volvió más fácil. Cada día nos levantábamos con el canto de los gallos, ordeñábamos, cuidábamos del heno y, por las tardes, jugábamos con Lucía en el huerto.
Pasaron los años y, tras cuatro años, conseguí un puesto como directora del jardín infantil del pueblo. Ya no soñaba con la vida citadina; el olor a tierra mojada y el sonido de las vacas se habían convertido en mi música favorita. Víctor, por su parte, empezó a criar terneros y a vender carne al mercado de Ciudad Real, lo que nos permitió mejorar un poco nuestra economía.
Una tarde, mientras estábamos sentados bajo la parra, Begoña apareció de visita con sus dos hijos y una bolsa de churros. Me dijo:
¿Te imaginas que vuelvas a la ciudad? Aquí tenemos casa, huerto y todo lo que necesitamos. Ni siquiera pienso volver a la granja de mis padres.
Yo le respondí con una sonrisa:
Mira, Begoña, la vida en el pueblo no es peor que la de la ciudad. Cada una tiene sus cosas buenas. Yo, en serio, prefiero el silencio del campo al ruido constante de la urbe. Además, cuando Lucía termine la primaria, tal vez nos veamos en la ciudad, pero ahora me basta con este panorama.
Pasaron veinte años y, como suele pasar, la escuela volvió a juntarnos. Nos habíamos graduado del instituto y, tras la vida de cada uno, nos reunimos en la casa municipal de Almagro. Algunos, como Marta, nunca dejaron el campo; siguen trabajando en la granja familiar y ahora son dueñas de una pequeña bodega. Otros, como Carla, se casaron con un empresario de Madrid y viven en un piso con vistas a la Gran Vía, aunque nunca dejaron de extrañar el olor del tomillo.
Al final del encuentro, Víctor y yo nos quedamos mirando al horizonte, pensando en todo lo que habíamos recorrido. Él me dijo:
¿Te acuerdas cuando me llevé a la aldea sabiendo que no lo soportarías?
Yo, riendo, le contesté:
¡Claro que sí! Pero al final, la vida nos enseñó que el trabajo duro siempre paga, sea donde sea. No importa si estamos en la gran ciudad o en el campo; lo importante es estar juntos y seguir adelante.
Y así, entre risas, recuerdos y algún que otro ¡qué arte! de los que nos acompaña el campo, terminamos la charla. ¡Ya sabes, amiga, la vida es como un buen gazpacho: a veces lleva leche, pero siempre tiene su sabor!






