Después del entrenamiento, Vica se apresuró a casa y le prometió a su marido preparar una sopa de pescado.

Después del entrenamiento, Ainhoa salió corriendo de la pista como si persiguiera una sombra y, prometiendo a su marido, Leandro, cocinar una suculenta sopa de pescado, se lanzó a la calle. Al abrir la puerta de su apartamento en el centro de Madrid, quedó helada al encontrar a Leandro sentado en la cocina, con una copa de vino tinto en la mano, como un personaje sacado de un cuadro de Velázquez.

Vaya, ¿todo de una vez, Leandro? soltó ella, sin aliento ¿No tuviste paciencia para esperarme? Al menos déjame preparar algo de picar

No, siéntate, que hay algo que decir respondió él, sin mirarla.

Ainhoa nunca había visto a su esposo con esa mirada, tan perdida, tan desorientada. «¡Dios mío, qué ha sucedido!», pensó.

No sé por dónde empezar murmuró Leandro, como si la realidad se deslizara bajo sus pies La verdad es que mi secretaria, Catalina, está embarazada de mí. Me voy con ella

¡Madre mía! exclamó Ainhoa, como en una telenovela barata ¿Desde cuándo?

Desde hace un par de años. Desde que llegó, empezó a enviarme miradas, a darme atenciones. Yo, joven, guapo, alegre, me dejé llevar como un niño enamorado. No supe confesarlo antes, pero…

Y ahora, sin salida, seremos padres. Tú sabes que siempre quise tener un hijo propio… Hernán, mi hijo, es como un hijo de sangre, pero no lo es. Necesito un heredero, alguien a quien pasarle mi negocio, ¿me entiendes? Con Catalina me siento rejuvenecido ¿Has oído hablar de la crisis de la mediana edad?

Soy un sinvergüenza, lo admito. Pero no te dejaré ni a ti ni a Hernán sin nada. El piso, el coche, todo lo dejaremos en tus manos; seguiré ayudando con dinero, no te preocupes. Pagaré tus estudios como prometí. Ya he comprado una casa nueva, a nombre de Catalina, porque ella será la madre de mi hijo.

Entiendo, Leandro. Resulta imposible resistirse a una belleza como la de Catalina, y tú, como buen caballero, no puedes abandonar a tu hijo. Gracias por la ayuda económica, la aceptaré; quiero empezar a viajar, vivir para mí.

¿Cuándo te mudas? ¿Te ayudo a empaquetar?

Leandro la miró, desconcertado, como si la calma de Ainhoa fuera una bruma que lo envolviera. Era mejor así, sin discusiones ni crisis.

Adiós, mi querido marido, gracias por los años compartidos. Me he sentido bien a tu lado, pero la vida tiene su guion Tal vez encuentre a otro y sea feliz. Vete, que Catalina seguro está pensando que la he atrapado aquí como una garrapata

Leandro agarró sus maletas con torpeza, esbozó una sonrisa incómoda y se dirigió al ascensor. Cerró la puerta y Ainhoa se volvió a la cocina, sacó una botella de cava del frigorífico, la descorchó, llenó una copa hasta el borde y la bebió de un trago. Su marido la había abandonado. Qué absurdo sonaba todo.

Jamás habría imaginado tal desenlace. Después de tantos años de convivencia aunque sin una pasión desbordante, pero sí con cariño, costumbre y respeto, ahora se hallaba sola. No tenía sentido lamentarse. Una nueva vida, nuevas normas. Encontraría ocupaciones y, de alguna manera, Leandro seguiría pagando. Rehusar el dinero sería una necedad; con él vendrían más oportunidades. Pero tendría que acostumbrarse a su nuevo estatus de abandonada.

El torbellino de sensaciones la arrastró. Se inscribió en clases de baile que empezaba después del gimnasio. Los fines de semana recorría museos, cines y entrenaba en el parque. Afortunadamente no estaba sola; su vecina, Inés, una mujer soltera del barrio de Lavapiés, le hacía compañía con entusiasmo.

Hernán estudiaba en Zaragoza y volvía rara vez, así que Ainhoa vivía a su aire. Cocinaba sólo lo que realmente le apetecía, sin tener que complacer a nadie. Se dedicaba a lo que le gustaba; nadie podía prohibírselo. Ni siquiera pensó en otro hombre; la soledad le resultaba bastante cómoda.

El divorcio se cerró en silencio y sin sobresaltos. Al pasar por la sala del juzgado, Ainhoa vislumbró a Catalina, una mujer deslumbrante que, según sus ojos, llevaba buen gusto. ¡Qué buen ojo tenía su exmarido para los rostros!

Leandro continuó enviando cada mes la cantidad pactada, como una lluvia de euros sobre la tierra, y Ainhoa le agradecía ese gesto generoso. Sabía que su negocio prosperaba y que él podía seguir patrocinándola a ella y a Hernán como agradecimiento por los años compartidos. Catalina, al parecer, no estaba al tanto y probablemente no aprobaría tal arreglo.

Pasó un año. La rutina de Ainhoa no cambió: bailes, entrenamientos y algún que otro viaje al extranjero. El apoyo económico de Leandro cesó; ella se sintió incómoda al preguntar, pero seguramente Catalina lo había prohibido. No importaba; Hernán ganaba bien trabajando mientras terminaba la universidad y podía costear sus estudios. El sueldo de Ainhoa bastaba para sus necesidades.

Un día de descanso, sin prisas, se dedicó a cocinar una sopa de pescado. Al buscar pan, descubrió que se había quedado sin él, aunque lo adoraba. Salió a la panadería de la calle Gran Vía y, como por arte de magia, se topó con Leandro.

Leandro, ¿qué haces aquí?

Ainhoa, hola. Pues… vivo cerca, compré un piso.

Vaya, qué noticia ¿Y Catalina? ¿El bebé? ¿Y quién nació?

Una niña La historia es curiosa. Resulta que Catalina fue enviada por un competidor para infiltrarse, ganarse mi confianza, y yo, ciego de amor, la dejé manipularme. Después de que nació, presionó para que le transfiriera la empresa. Yo, emocionado, firmé todo. Guardé una pequeña cuenta secreta, que ella ignoró. Al final, ella me echó, la niña no era mía, el negocio pasó al rival. ¡Menuda película de melodrama barato!

Compré el piso, encontré trabajo y no estoy en la ruina, pero mi vida anterior ya no existe. No puedo seguir ayudándote lo siento. Ahora quizás no quieras volver a hablar conmigo, te he ofendido demasiado al cambiarme por esto.

A Ainhoa le surgió una mezcla de lástima y compasión. Aquel hombre, aunque torpe, había sido víctima de una estafa. ¡Qué tonto, Leandro! le espetó, riendo. Ven a mi casa, que acabo de preparar la sopa que tanto te gusta.

Se sentaron a la mesa de la cocina, donde durante años se habían encontrado cada día, y charlaron con una calidez que ya no era conyugal, sino amistosa. De vez en cuando se llamaban; no había planes de volver a estar juntos, cada cual siguió su camino. En las clases de baile, Ainhoa conoció a un hombre, se casó y encontró la felicidad.

Invitó a Leandro a su boda; él asistió, contento por la exesposa. Allí conoció a la hermana del novio y, medio año después, Ainhoa y su nuevo marido asistieron al propio matrimonio de Leandro.

Al final, la vida resulta una cosa impredecible. No hay que rendirse ni cerrar capítulos antes de tiempo, porque nunca se sabe qué giro tomará la trama. Solo queda vivir, disfrutar y celebrar cada día como si fuera un sueño que se desvanece al despertar.

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