En nuestro colegio asistía una niña — huérfanaUn día, descubrió un antiguo cuaderno escondido bajo el pupitre que contenía los secretos de la fundación del propio colegio.

En mi colegio de Madrid estudia una niña huérfana. Vive con su abuela, una ancianita muy devota. Cada domingo, ambas van a la iglesia que está al cruzar la calle, delgadas y frágiles, cubiertas con pañuelos blancos. Se dice que la abuela le prohíbe ver la tele, comer dulces o reírse a boca abierta, por miedo a que los demonios entren, y la obliga a lavarse la cara con agua helada.

La demás alumnado nos molesta. Ella nos mira con ojos grises, casi de adulto, y susurra: «Señor, ten piedad de ellos, no saben lo que hacen». Nadie le hace amistad; la consideran rara. La llaman Begoña, a veces también Albina.

En los comedores de mi infancia la comida nunca sabe bien, pero los viernes hay churros con chocolate o una salchicha envuelta en masa con cacao y una chocolatina pequeñita. Un día, mientras se burlan de Begoña, alguien la empuja y ella se estrella contra mí; choco contra una bandeja y los vasos de cacao se vuelcan, formando un río de chocolate que cubre a dos colegial@s mayores.

¡Vaya! exclaman los mayores.

¡Vamos! digo, agarro la mano de Begoña y corremos al aula.

Siento que detrás de nosotras se oye un alboroto como un grupo de jinetes de la sierra y un rebaño de ciervos. Las dos últimas clases son de matemáticas. Detrás de la puerta de cristal se asoman dos figuras corpulentas. A veces la puerta se abre un poco y aparecen dos cabezas que se miran y susurran. Entiendo que nos espera (citación de los clásicos) una investigación, un juicio y una condena.

Lo importante es salir sin que nos vean, sé una salida al desván; allí nos quedaremos hasta que oscurezca y luego iremos a casa. propongo.

No responde Begoña, iremos como hacen las chicas, discretas y con dignidad.

Pero, Begoña, allí están ellos digo.

¿Qué? ¿Que nos tiren kéfir? ¿Que nos griten? ¿Que nos peguen? pregunta.

Pues

Aunque nos golpeen, será una sola vez. Y si no te vas, vivirás con miedo cada día.

Salimos del aula con el resto, como corresponde a las chicas, con modestia. Dos colegial@s mayores están apoyados contra la pared.

Eh, pequeñitas, ¿qué han perdido? dice uno, sosteniendo mi cartera con el dibujo de Mickey Mouse y diez euros (para la piscina y la academia de arte).

Toma me entrega la cartera y no vuelvas a correr.

Camino a casa agitando la mochila, pensando lo feliz que es vivir. Todo ha terminado bien y, por suerte, tengo una nueva amiga.

¿Quieres que llame a tu madre? Ella llamará a tu abuela, te librará y nos iremos a mi casa a ver dibujos animados. ¿Te parece? le pregunto.

Begoña ruge los ojos.

Vamos, llevaremos a tu abuela unas gofres con leche condensada, los ha horneado hoy.

Seguimos amigas durante muchos años, hasta que la vida nos lleva a continentes distintos. Pero siempre recuerdo aquel día.

Saltar desde la torre al espejo azul de la piscina da miedo, pero el miedo solo se siente una vez. Dar un paso nuevo da miedo. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que me llamen tonta? Solo una vez. Y yo me repito eso cada día.

El miedo puede ser una sola vez, o puede acompañarnos todos los días. Tú lo superas una vez, o él vive dentro de ti durante toda tu vida. La decisión es tuya.

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En nuestro colegio asistía una niña — huérfanaUn día, descubrió un antiguo cuaderno escondido bajo el pupitre que contenía los secretos de la fundación del propio colegio.
Cuando salí de la notaría, mis piernas temblaban. Caminaba por la calle como en un sueño — no oía el ruido de los coches ni las voces de la gente.