¡Paciencia, hija! Ahora formás parte de otra familia y debes respetar sus normas.

¡Aguanta, hija!Ahora estás en otra familia y tienes que respetar sus normas.Te has casado, no has venido de visita.
¿Qué normas, madre?¡Todas están patas arriba!Sobre todo la suegra,¡me odia, lo veo a simple vista!
¿Alguna vez has oído que las suegras pueden ser amables?

¡Se pasea!¡Se pasea!¡Qué constante!Señora Teresa Molina está en medio de la cocina, su rostro arde de ira y sus ojos chispean furiaSi el marido se sale, la culpa es de la mujer.¿Quieres que te lo siga explicando todo?

La suegra explota. Grita a su nuera Inés como una desquiciada, todo porque Inés sospecha de su hijo, Bernardo, de una posible infidelidad.

Inés, joven y delicada, con unos ojos grandes y confiados, se apoya contra la pared intentando calmar a la enfadada mujer.

Señora Teresa, esto no tiene sentido.Él tiene familia, hijosIntenta defenderse Inéspero la suegra la interrumpe de un gesto, como si espantara una mosca.

¿Eso es familia?¿O es tu hijo que no deja entrar a su abuelo y a mí?desestima la suegra, burlándose¡Tu educación, por cierto!

¿Educación, señora?Iván solo tiene un año.Es un crío todavía, reclama Inés en voz baja.

¿Un crío?Frunce el ceño la mujerLos nietos de los García son incluso más pequeños.Se me escapan de las manos y no obedecen, como ese tu señala hacia la habitación de los niños.

En realidad, él es vuestro nieto contesta Inés, temblorosaY, ¿sabéis?, los niños perciben a las personas malas.Tal vez por eso no se acerca a vosotros.

¿Somos malos?¡Menuda chorrada!la suegra levanta la voz¿Y tú, querida, de dónde sacas el pan?¿De quiénes son esos productos?¿De quiénes son esos euros que gastas?¡Desagraciada!

Inés ya no quiere seguir discutiendo con su temible suegra. Le ha repetido mil veces a Bernardo que quiere vivir apartado de sus padres, pero Bernardo, consentido hijo de mamá, no ve necesidad alguna.

A él le gusta vivir con sus progenitores. Se siente allí como en el regazo de la Virgen. Va tranquilamente a trabajar y los ancianos se encargan de lavar la ropa, limpiar la casa y cocinar.¡Una vida de cuento!

Mientras tanto, la suegra, con su lengua afilada, interroga a Inés sin cesar. Al principio, Inés intenta establecer contacto, ayudando en la casa, escuchando sus eternas quejas sobre los vecinos y la vida. Con el tiempo comprende que es inútil.

Sea cual sea la buena voluntad que Inés muestra, la suegra la odia y no lo disimula.

Trajimos a esta inútil a casa, como si no existieran chicas normales le cuenta Teresa a la vecina, mientras Inés recoge los juguetes que Bernardo ha esparcido por la puerta del edificio y oye todo.

¡Hasta de otro pueblo vino por ella!contestó la chismosa Manuela, la cotilla del pueblo, que ya ha barrido los chismes de toda la comarcaNuestras abuelas son mejores, más laboriosas y más listas.

No digas nadaapoya ManuelaY tú, Teresa, siempre dices que tus manos no son de tu zona.No puedes arreglar nada.

¡No imaginas la magnitud!No puedes confiarle nada.Si pierde algo, lo rompe.Y el niño no es el mismo.

Los nietos de los García son otra cosa: un chico tranquilo y listo.Este, en cambio, solo hace travesuras y se queja.Los genes no son los adecuados.

Cuando la situación se vuelve insoportable, Inés llama a su madre en el pueblo vecino, se queja y llora, y su madre responde:

¡Aguanta, hija!Ahora perteneces a otra familia y debes respetar sus costumbres.Te has casado, no vienes de paso.

¿Qué costumbres, mamá?¡Todo está al revés!¡Especialmente la suegra!¡Me odia, lo veo a simple vista!

¿Alguna vez has escuchado que las suegras pueden ser buenas?Todas pasamos por esto y tú también lo vivirás.Lo esencial es no mostrar que te cuesta.Aguanta.

Al comprender que con su madre temerosa no logrará nada, Inés le advierte que llamará al padre.

¡Manda a tu padre!Se alarma su madreSabes que él tiene una condena pendiente.Un paso en falso y lo meten en la cárcel.

Inés lo entiende. Sabe que su padre, José, amaba mucho a su única hija. Él recibió una condena condicional por una pelea que se originó cuando alguien ofendió a Inés en la tienda del pueblo.

Sabe también que su padre no permanecerá callado si se entera de los abusos que su hija sufre en la familia de su marido. Él es un hombre de carácter fuerte.

No le diré a papá responde Inéspero si siguen así, si la suegra actúa así no sé qué haré.

Todo se arreglará, hija insiste su madre, intentando calmarlaEn unas semanas ya no recordarás esta conversación.

A Inés le gustaría no pensar en ella, pero la relación con la suegra no mejora. Teresa parece empeorar, como si Inés fuera la culpable de todos sus problemas. Incluso su padre, el anciano Iván, cansado de la vida, ya no aguanta.

¿Por qué le gritas siempre a la joven? una mañana, cuando la discusión alcanza su punto álgido, Iván interviene¡Se irá de aquí!¡Y acertadamente!

¡Yo le haré salir! exclama Teresa, lanzando su furia contra su esposo¡Voy a demandar cada euro que hemos gastado en estos años!¡Y le quito el niño para que no lo críe en esta familia miserable!

Inés sabe que la suegra dice tonterías, pero el miedo sigue allí, sobre todo porque todavía ama a su marido, Bernardo.

Los rumores de que Bernardo se ve a escondidas con su antigua novia, Clara, resultan ser simples habladurías de la gente del pueblo, que se alimentan de las quejas de Teresa.

Nadie sabe cuánto más durará el tormento de la suegra si no fuera por su larga lengua. Un día, después de otra victoria sobre Inés, la suegra cuenta sus hazañas a su mejor amiga, la vecina Manuela, quien a su vez las repite al barbero del pueblo y al propio Bernardo. Así, la historia de la nuera tonta y su severa suegra se extiende hasta el padre de Inés.

El padre de Inés, un hombre corpulento de casi dos metros, hombros anchos, decide actuar. Toma su hacha de leñador, la cual acaba de usar para cortar leña, no se quita el chaleco de trabajo, se sube a su vieja motocicleta Derbi y, sin decir palabra a su esposa, parte hacia el pueblo vecino para liberar a su hija del desprecio.

Mientras tanto, en la casa de Teresa estalla una verdadera crisis. La joven madre deja al pequeño Violeta, de ocho meses, un instante en el sofá nuevo de color amarillo brillante para ir a buscar un pañuelo fresco. Al regresar, descubre una mancha marrón bajo el bebé. En los ojos de la suegra esa mancha se agranda como un agujero negro listo para devorar el hogar. Aparece como una tormenta y comienza a gritar a Inés con toda su energía.

¡Arruinaste el sofá!¡Mi favorito!¿Sabes cuánto costó?¡Te arrancaría las manos y luego te cosería para que no sufras!

Lo arreglaré. Lo limpiaré todo intenta calmarse Inés, temblando mientras agarra un paño.

¿Qué vas a limpiar?¡Es nuevo!¿Y cómo lo sabes?¡Nunca has comprado nada con tu propio dinero!

¿Y ustedes qué? exclama Inés, perdiendo la paciencia¡Basta ya de insultarme!

El rostro de Teresa se sonroja de furia.

¡Ahora quita esa mancha y luego lleva al niño fuera!¡Vivirás bajo mi techo y seguirás fastidiando hasta que aprendas el comportamiento correcto!

Inés, entre lágrimas, trata de borrar la mancha. La manchita marrón se aferra a la tela amarilla como si se burlara de su impotencia. El pequeño Violeta, al sentir la tensión, llora a todo pulmón, intensificando la atmósfera cargada.

Teresa se eleva sobre Inés, escupiendo improperios. No se percata de la figura que aparece en el umbral: es José, el padre de Inés, firme como una estatua, con la empuñadura del hacha apretada.

En un instante, Teresa, como si sintiera la presencia, se gira y su mirada se posa en el hacha.

Conoce la ferocidad de José, conoce su condena condicional, y el temor le atraviesa la piel.

¡Hola, José! gruñe la suegra¿Y qué haces criando a mi Inés?

He escuchado lo que pasa responde José con voz grave, entrando sin zapatos.
Levanta el hacha sobre su cabeza, obligando a Teresa a cerrar los ojos y agacharse. En vez de golpear, la posa suavemente sobre su hombro y extiende la mano a su hija.

Vámonos, Inés, no tienes nada que hacer aquí dice, llevándola hacia la salida.

Espera, yerno grita Teresa, recuperándose del susto¿Y qué diré a mi hijo?

Que venga él mismo a verme, con su esposa. Yo conversaré con él como hombre de verdad dice José, lanzándola una mirada fría que lo dice todo.

José lleva a Inés y al pequeño Violeta fuera. Bernardo tarda en llegar, temiendo al enfrentamiento con su padre. Finalmente, se atreve.

José conversa largo y tendido con Bernardo. No lo amenaza, no le grita, pero su voz firme y el hacha apoyada sobre la mesa le dan peso a sus palabras. Bernardo promete vivir separado de su madre, que no permitirá más interferencias y que protegerá a su esposa e hijo.

Cuando José aprieta la mano de Bernardo, este siente que cualquier broma con ese hombre es peligrosa y que debe cumplir su promesa.

Desde ese día, Teresa evita a la nuera y al nieto. No los saluda ni les habla en la calle.

Bernardo e Inés viven por su cuenta. Todo en su casa fluye en armonía y comprensión. Tal vez recuerden los consejos del suegro, o quizá sea simplemente el amor que los une.

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¡Paciencia, hija! Ahora formás parte de otra familia y debes respetar sus normas.
DIAGNÓSTICO: PARA SIEMPRE