Vicente tiene cincuenta y dos años. No es un anciano; está en plena forma. Trabaja mucho, ocupa un puesto decente en una empresa de logística y tiene varios colegas. Uno de ellos lo conoce desde que eran niños. Lo que le falta es una familia; nunca ha llegado a casarse.
Cuando era joven cambiaba de pareja a cada momento. Le gusta sentirse atractivo y popular. Al acercarse a los cuarenta se vuelve más reflexivo y siente que la juventud ya se escapa. Conoce a una mujer maravillosa y pasan dos años juntos; incluso empiezan a planear la boda. De repente ella lo abandona por otro hombre.
Vicente piensa que la vida le está cobrando la deuda. Las muchachas que dejó atrás ahora le vuelven a perseguir en forma de recuerdos. No consigue otra relación seria; aparecen encuentros ocasionales, breves aventuras que pronto se apagan.
A los cincuenta se resigna a no casarse ni a tener hijos. Que a la vejez me encuentre alguna mujer solitaria que quiera compartir las tardes, reza, aunque si no ocurre, seguirá solo. Sus parientes también escasean: sus padres han fallecido, no tiene hermanos y sólo le queda una prima tercera y el hijo de ella, su sobrino, con quien mantiene contacto esporádico.
Los amigos, ya casados y con nietos, prefieren reunirse en familia y rara vez salen a tomar una caña con los hombres. Lo siguen invitando, pero Vicente se siente algo aislado. Antes esa situación no le molestaba, ahora la ve como el signo de la vejez que se avecina.
No quiere convertirse en ese viejo gruñón que habla con la tele, pasea al perro en el Retiro y se queja de la juventud. Cada vez le parece más probable, pero lo acepta y sigue conociendo mujeres, con la esperanza de hallar a la única. No deja de ver a sus amigos, trata a sus familias como propias, y a veces se encuentra con su sobrino. Nada parece cambiar de raíz.
Una mañana de sábado suena el móvil. Vicente está a punto de salir con los colegas a una excursión al campo y piensa que será uno de ellos llamando. Sin mirar la pantalla agarra el auricular con la otra mano mientras intenta meter cosas en la mochila.
Sí dice, mientras el teléfono se queda atrapado entre su hombro y la oreja.
Buenas tardes, ¿Vicente? responde una voz femenina.
Él, convencido de que es otra publicidad, cuelga. No le da tiempo, siempre llega tarde, y siempre se justifica diciendo que ayuda a sus amigas a organizarse. Pero no es eso.
Vuelve a sonar el móvil. Esta vez mira la pantalla y ve un número desconocido.
¡No me interesan sus créditos ni esas ofertas! grita, irritado.
Vicente, no llamo por publicidad dice la mujer, más tranquila.
Él se sienta en el sofá, sin entender si se trata de una estafa nueva.
¿Sí? ¿De qué tipo?
Me llamo Iria, tengo veintidós años y creo que soy su hija.
¡Claro, una estafa! piensa, aunque la historia suena curiosa.
Mira el reloj, ve que todavía le quedan unos minutos antes de salir, y decide seguirle el juego.
¿En serio? ¿Cómo lo ha descubierto?
Iria titubea, como si no esperara esa reacción.
Mi madre se llamaba Inés Martínez.
Una sonrisa se dibuja en el rostro de Vicente; su mente dibuja instantáneas de una vida juvenil, despreocupada, con amigos y fiestas. Se imagina a sí mismo a los treinta, guapo y alegre, y piensa en el viaje de trabajo que le han asignado a Valencia. Si pasa el día trabajando, la noche queda libre.
Después de la llamada, Vicente se dirige al bar más cercano. Allí están dos amigas, charlando animadamente. Son más jóvenes que él, pero eso no le incomoda; se siente todavía bastante joven.
Se sienta con ellas, entabla conversación y, tras un rato, una se despide para volver con su pareja. La otra, Inés, graduada del Instituto Tecnológico de Madrid, se queda y siguen charlando.
Al caer la noche pasean por las luces de la Gran Vía. La charla fluye como si se conocieran desde siempre; se ríen, comparten anécdotas y, sin darse cuenta, terminan en el pequeño apartamento que Inés comparte con su amiga. La compañera ha salido a casa de su novio y la puerta está libre.
Durante tres días Vicente se queda en la ciudad, y tres noches pasa con la encantadora Inés. Cuando su comisión termina, ella lo despide en la estación de tren. Él quiere darle su número, pero ella se niega.
No tenemos futuro dice ella.
Él acepta. Le entrega su apellido por si alguna vez quiere buscarlo. Un mes después ya no piensa en Inés; ha comenzado una relación con otra chica. Sí, sigue siendo un galán.
¿Está ahí, señor? interrumpe otra voz en el móvil, devolviéndolo a la realidad.
Sí, ¿por qué cree que soy su padre?
Mi madre me lo contó. Murió hace un mes.
Dios mío Lo siento mucho. ¿Qué ocurrió?
Cáncer. Nos dimos cuenta demasiado tarde. Pero antes de morir me habló de usted, dijo su nombre y apellido, y me mostró una foto que ella había impreso de usted cuando era joven. Pasaron más de veinte años, pero la busqué en redes sociales, encontré su número y llamé.
Vicente se queda callado; le cuesta asimilarlo todo.
¿Por qué no me dijo de la hija? pregunta, con voz temblorosa.
Mi madre decía que usted no estaba listo para una vida familiar. No quería atarlo. Ahora estoy sola, sin nadie. Sé que usted tiene su vida, quizá una familia No quiero imponernos, solo
Iria interrumpe él, vamos a encontrarnos. Quiero conocerte.
De acuerdo exhala ella.
Cancela la excursión. La noticia le da la cabeza a vueltas; no comprende lo que siente, pero quiere conocer a su hija.
Iria resulta una joven muy amable, nerviosa al encontrarse en una cafetería. Lleva una foto de ella con su madre y su certificado de nacimiento.
No quiero que piense que soy una estafa explica.
Yo tampoco soy millonario para que lleguen los estafadores sonríe Vicente. Le creo, recuerdo a su madre.
Conversan durante horas; Iria narra su infancia, la vida con su madre, el matrimonio fallido de ésta, la ausencia del padrastro y el hecho de que su madre no tuvo más hijos. Por desesperación buscó a su padre.
Lamento no haber sabido nada de ti dice Vicente, sacudiendo la cabeza. Me gustaría estar en tu vida, verte crecer. Mi propia vida familiar tampoco funcionó; nunca me casé y no tengo hijos. ¡Ahora resulta que tengo una hija!
Hablan tres horas, acuerdan volver a verse.
Esa noche Vicente no duerme. Lamenta que Inés haya criado sola al bebé y se siente enfadado porque ella jamás le preguntó si quería una hija. Pero también siente una tristeza profunda por haber perdido tantos años sin saber de ella.
Cuando vuelven a encontrarse, Iria le muestra que ella vive en el mismo piso que su madre había heredado, pero ahora lo alquila porque el precio en Madrid es altísimo. Le propone mudarse a su casa para ahorrar y, cuando venda la vivienda de su ciudad natal, comprar algo decente aquí.
Vicente le ofrece quedarse con él, ayudarla a ahorrar. Le compra regalos, organiza pequeñas celebraciones, la presenta a sus amigos y le cuenta que tiene un primo cuarto, aunque eso no sea importante.
Seis meses después Iria, por primera vez, lo llama papá. Él sube al balcón, dice que necesita una llamada y, sin querer, deja escapar las lágrimas.
Dos años más tarde Iria se casa. Cuando nace su hijo, el abuelo se vuelve una locura de felicidad, tratando de compensar los años perdidos con su nieto.
Ahora Vicente ya no se siente solo. Ha encontrado una mujer con quien planea envejecer, tiene una hija, un yerno y un nieto. Sólo ahora comprende que estuvo a punto de perder la felicidad que llama familia.







