MamáMamá abrió la puerta con una sonrisa, y el aroma de la cena familiar llenó la casa.

15 de mayo

Hoy he vuelto a sentir, con una claridad casi dolorosa, lo que significa cargar con los años que se escapan entre los dedos. Me caso a los veinticuatro, ella, Araceli, tiene veintidós. Es la única hija de los Martínez, una familia de profesor universitario y maestra de primaria. En poco tiempo la vida nos bendijo con dos niños, Luis y Pedro, y más tarde con una pequeña, Sofía.

Mi suegra, María Antonia, se jubiló hace ya un par de años y ahora se dedica a cuidar de los nietos. Con ella siempre he mantenido una relación distante. Sólo la llamo por su nombre y su segundo nombre: María Antonia, y ella me responde con un frío usted, llamándome siempre por mi nombre completo, Javier Hernández. No discutimos, pero bajo su mirada se cuece siempre una cierta frialdad que me hace sentir incómodo. No obstante, no debo reprocharle nada: siempre me trata con una cortesía exagerada y, en lo que respecta a mi relación con Araceli, mantiene una neutralidad firme.

Hace un mes la empresa donde trabajaba cerró sus puertas y me quedé sin empleo. Esa noche, mientras cenábamos, Araceli soltó, con el tono de quien intenta no preocuparse demasiado:

Mamá está jubilada y mi sueldo de 1500, no nos alcanzará mucho, Javier. Busca trabajo.

Facilísimo de decir, pero en los últimos treinta días sólo he toqueteado puertas y no he conseguido nada. En un arrebato de frustración, pateé una lata de cerveza que estaba a mano. Por suerte, mi suegra se quedó callada, aunque sus miradas dejaron entrever algo más.

Antes del matrimonio, escuché por casualidad una conversación entre mi madre y mi hermana.

Celia, ¿estás segura de que él es con quien quieres pasar el resto de tu vida?
Mamá, claro que sí.
Me parece que no comprendes toda la responsabilidad. Si tu padre todavía viviera
¡Basta, mamá! Nos queremos y todo saldrá bien.
¿Y los niños? ¿Podrá mantenerlos?
Sí, mamá.
Todavía no es tarde para detenerse y reflexionar. Su familia
¡Mamá, lo amo!
¡Ah, no tendrás que morder el codo!

Ha llegado el momento de morder el codo, pensé con una sonrisa amarga. María Antonia nos miró como quien observa el agua en un pozo sin fondo.

No quería volver a casa. Sentía que Araceli me consolaba con palabras vacías: Tranquilo, mañana será otro día, mientras su madre suspiraba, juzgándome en silencio, y los niños me lanzaban la típica pregunta: Papá, ¿has encontrado ya trabajo?. Escuchar todo eso una y otra vez se vuelve insoportable.

Salí a caminar por el Paseo del Prado, me senté en una banca del Retiro y, al caer la noche, me dirigí a la finca de la familia, donde pasamos los veranos desde mayo hasta octubre. Allí, una ventana de la habitación de María Antonia estaba encendida. Me acerqué sigilosamente por el sendero, la cortina se meneó, y yo, sin querer, tropecé y caí en el tronco de un árbol.

María Antonia salió a la puerta:

¿Dónde ha estado Javier todo este tiempo? ¿Llamaste, Celia?
Sí, mamá, pero la línea está ocupada. Seguro sigue sin encontrar trabajo y está dando la vuelta por ahí.

Su voz se volvió hielo:

Celia, no te atrevas a hablar así del padre de tus hijos.
¡Madre, en serio! Parece que Javier se ha vuelto un tonto que no busca empleo. Lleva un mes sin mover un dedo, ¡y ya está sentado en mi cuello!

Por primera vez en seis años, escuché a mi suegra golpear la mesa con el puño y alzar la voz:

¡No lo digas así de tu marido! ¿Qué prometiste cuando te casaste? en la salud y en la enfermedad ¡estar a su lado y apoyarlo!

Araceli balbuceó una disculpa:

Mamá, lo siento. No te preocupes, está bien, es que estoy agotada. Perdóname, querida.

Descansa, dijo María Antonia, dejando caer su mano con cansancio.

La luz se apagó. María Antonia cruzó la habitación, apartó la cortina y, mirando al cielo, cruzó fervorosamente los dedos:

Señor Todopoderoso y Misericordioso, protege al padre de mis nietos, al marido de mi hija. No le dejes perder la fe en sí mismo. ¡Ayúdanle, Señor, a mi hijo!

Rezaba mientras se cruzaba, y las lágrimas corrían por su rostro.

Dentro de mí se formó un nudo de calor. Jamás había visto a alguien rezar por mí. Ni mi madre, estricta y dedicada a su trabajo en la oficina del ayuntamiento, ni mi padre, que desapareció cuando yo tenía cinco años. Crecí entre guarderías y la escuela, y al llegar a la universidad conseguí mi primer empleo porque mi madre no toleraba la vagancia; consideraba que yo podía sostenerme por mí mismo.

Ese calor subía, invadiendo todo mi ser, hasta que estalló en lágrimas que no pedían ser vistas. Recordé cómo María Antonia se levantaba antes que el alba para hornear empanadas y preparar gazpacho, y cómo sus croquetas y sus albóndigas eran un verdadero regalo. Cuidaba la casa, sembraba en el huerto, hacía mermelada y conservas de pepinos y repollo para el invierno.

¿Por qué nunca le había agradecido? ¿Por qué jamás le dije nada? Araceli y yo solo trabajábamos, criábamos a los niños y pensábamos que eso era suficiente. O quizá yo era quien creía eso. Me vino a la cabeza aquel programa de televisión sobre Australia que vimos en familia, y María Antonia comentó que siempre había soñado con visitar ese continente misterioso. Yo, con una sonrisa, respondí que allí hacía demasiado calor y que no dejarían pasar a una dama con traje de hielo.

Pasé la noche bajo la ventana, con la cabeza entre mis manos.

A la mañana siguiente, con Araceli desayunamos en la terraza: empanadas, mermelada, café con leche, y los niños, radiantes, nos miraban. Miré a mi suegra y, con voz suave, le dije:

¡Buenos días, mamá!

Ella se estremeció, vaciló un instante y respondió:

¡Buenos días, Javier!

Dos semanas después conseguí un puesto como ingeniero en una empresa de Zaragoza, con un salario de 2200 al mes. Un año después, a pesar de su férrea resistencia, le envié a María Antonia unas vacaciones a Australia, cumpliendo ese viejo sueño suyo.

Hoy, mientras escribo, siento que la vida, con sus giros inesperados, me ha enseñado a valorar esas pequeñas cruces de miradas y rezos silenciosos que, al fin y al cabo, pueden ser la luz que guía a un hombre perdido.

Javier.

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