MudoSin embargo, sus ojos hablaban con una intensidad que hacía temblar a todos los que se cruzaban en su camino.

¡No me toques! ¡Quítame las manos! ¡Ay, ay, ay! ¡Gente, ayúdenme! gritó a voz en cuello una joven.
Begoña corrió a socorrerla, pero al resbalar en el barro se torció el tobillo y casi se cae. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, la chica ya había desaparecido. Sacudiendo su chaqueta beige, empapada de lodo, Begoña alzó la vista y vio a un anciano muy mayor tirado en la carretera, también cubierto de barro, que intentaba ponerse de pie sin éxito. Sus manos estaban toda una sangre. Fue él quien había asustado a la muchacha que gritaba. Era otoño, el cielo estaba gris y el pavimento embarrado por la lluvia; la noche empezaba a caer.

El anciano mugía algo ininteligible y extendía sus manos ensangrentadas hacia Begoña. A ella le dio escalofríos.

¡Está borracho! ¡Aléjate de él! exclamó en voz alta una mujer que también caminaba por la acera. Pasando junto al hombre caído, apuntó con su paraguas plegado, como si fuera a defenderse. Dio unos pasos atrás, se volvió y le dirigió la mirada a Begoña.

¿Qué haces ahí parada? ¿No tienes problemas? ¡Vaya…! Por una botella haría cualquier cosa, ¡puaj! soltó y se encaminó rápido hacia los edificios residenciales, donde ya brillaban más farolas.

A su lado, donde yacía el anciano y quedó Begoña desconcertada, había un terreno baldío rodeado de una verja de hormigón con alambre de púas en lo alto. Begoña sabía que, detrás de la verja, se encontraba la zona de una fábrica. Los árboles de álamo, altos y viejos, se mecían con el viento. Cada minuto la oscuridad se hacía más densa.

Mhh mhh seguía mugiendo el desgraciado.

¿Le duele? ¿Quiere una ambulancia? preguntó Begoña con timidez, temerosa de acercarse más. El hombre negó con la cabeza, siguió mugiendo y señalando con gestos enérgicos un saco sucio que estaba justo al lado, en el barro. Era un señor bajito, frágil y muy anciano.

A Begoña le picó la lástima. Recordó a su abuela que ya había fallecido hace años, quien siempre le había enseñado a no pasar de largo ante el sufrimiento ajeno. Pero, según la abuela, los tiempos habían cambiado: Si ayudas a alguien sin ser médico, te pueden demandar. Mejor llama a la ambulancia y, si puedes, aléjate, que a veces los estafadores atraen a la gente a sus trampas. Begoña, sin embargo, pensó lo contrario.

Con decisión, se acercó al anciano y se inclinó sobre él. Él volvió a mugir con más fuerza y extendió sus manos cubiertas de sangre. Casi lloraba, como si quisiera contar algo. En su mano derecha sostenía grandes fragmentos de botella.

Una lágrima brotó de los ojos de Begoña por compasión. Sacó de su bolso una caja de toallitas húmedas, tiró los pedazos de cristal a la papelera y empezó a limpiar con cuidado las manos del hombre. Luego lo ayudó a ponerse de pie. No fue fácil, pero lo logró. En ese momento le vino a la mente el recuerdo de su propia abuela, a quien había cuidado durante un año cuando quedó postrada.

Gracias a Dios que tengo las manos fuertes murmuró Begoña. ¿A dónde vamos? ¿Dónde vive?

El anciano volvió a mugir. Apenas se mantenía en pie y Begoña dudó: ¿Estará realmente borracho o simplemente no habla? Como decía su abuela, a esos que no les entra la lengua, no les hagas caso. Pero ella decidió seguir ayudándole. No podía dejar a un hombre tirado en el lodo; hacía frío y se iba a resfriar.

¿Dónde vives? repitió Begoña.

El abuelo señaló con la mano hacia unas casas iluminadas por la cálida luz de los faroles, muy distinto al camino sombrío por donde caminaban. Avanzaba despacio, arrastrando los pies, encorvado.

En ese momento Begoña notó que el anciano llevaba consigo el mismo saco sucio. Dentro, a cada paso, se escuchaba el leve tintineo de botellas de vidrio.

Seguramente quería reciclarlas y se rompió al caer pensó, mientras le sostenía el brazo. Así se lesionó o tal vez las botellas ya estaban rotas. ¿Para qué las necesitaba?

Mientras reflexionaba, llegaron a la casa más cercana. El viejo volvió a mugir y agitó los brazos con energía. Begoña comprendió que ese era su hogar.

¿El interfono? dijo, un poco perdida. No sé el código ¿Será este el portal correcto?

El anciano levantó la mano y empezó a contar con los dedos: tres, uno, tres, uno

¿Treinta y uno? ¿O trece? se quebró Begoña, pero decidió probar los botones. Al primer timbre se oyó una voz femenina algo nerviosa.

Aquí el abuelo comenzó Begoña, sin saber qué decir ni a qué piso había llamado.

¡Voy para abajo! gritó una voz y pasaron unos minutos de espera. El anciano volvió a murmurar y sacudió su saco; los fragmentos de vidrio tintinearon de nuevo.

La puerta del portal se abrió y salió una mujer de unos treinta años y un hombre de similar edad.

¡Abuelo! exclamó la mujer abrazándolo. ¡Muchísimas gracias! ¡Gracias!

Agradeció a Begoña, y el hombre tomó al anciano del brazo y lo introdujo en el edificio.

¡Yo bajo ahora mismo! dijo la mujer, sujetando la puerta para que no se cerrara. Espere un momento, por favor

Begoña quedó allí, un poco desconcertada, mirando los edificios y las pequeñas tiendas de la primera planta que había al lado. Las había visto muchas veces mientras iba al gimnasio por esa misma calle donde había caído el viejo.

Mira dijo la mujer, al salir del portal, entregándole a Begoña un paquete. Son manzanas, muy buen tipo, dulces y aromáticas. El abuelo plantó el manzano hace mucho tiempo.

No, no es necesario protestó Begoña, sintiéndose incómoda. Debería curar las heridas de sus manos, la suciedad podría entrar en la herida o llevarlo al centro de urgencias. Quizá necesiten puntos. No necesito las manzanas, de verdad

No es solo un poco suspiró la mujer. Me llamo Pilar y mi marido es Enrique. El abuelo es Mateo Pérez. Fue combatiente de la Guerra Civil. ¿Tiene un momento? Le contaré por qué estamos tan agradecidos y por qué le traje las manzanas.

Begoña asintió, lista para escuchar.

Mateo Pérez celebró recientemente su centenario empezó Pilar con orgullo. Fue soldado del frente. Cuando lo capturaron, se mordió la lengua a propósito para no delatar a sus compañeros. Después, al escapar, la lengua se inflamó por una infección, lo operaron y le quitaron gran parte. Desde entonces habla como si fuera mudo.

Begoña se quedó boquiabierta, procesando la historia.

Además, no bebe alcohol continuó Pilar. Seguramente pensaron que estaba borracho por su forma de hablar. Una vez, el abuelo se cayó en invierno y estuvo varias horas tirado en la calle porque nadie se atrevía a ayudarle. Acabó con una grave hipotermia y tardó mucho en recuperarse.

¿Por qué lo dejan solo? soltó Begoña.

No lo dejamos respondió Pilar sonriendo. Él se escapa solo. Le hemos intentado convencer, pero no nos escucha Es mi abuelo, el padre de mi madre. Yo y Enrique vivimos con él; él nos abrió las puertas cuando nos casamos. Lo cuidamos, nos lleva bien, es un hombre muy bueno y cariñoso. Tenemos una hija pequeña, Daira, y una vez ella se tropezó en la acera, se hirió la pierna con un fragmento de botella. Le pusieron puntos y quedó una cicatriz. Por eso, por aquí circula gente que recoge botellas y cristales para que nadie más se lastime. Lo hace sin descanso, ni fines de semana ni festivos. Ese es su trabajo.

Al oír a Pilar, Begoña pensó en su propio abuelo, también veterano, que había llegado a Berlín, y que en su vejez sufrió un ictus que le paralizó un lado y le quitó la habla. Después de la rehabilitación, caminaba con dificultad y la mano derecha casi no servía, pero él seguía arreglando cosas con la izquierda, trabajando en el huerto, incluso reparó el tejado de un granero él solo, lo que le valió una buena reprimenda de su esposa, que se quedó boquiabierta al imaginarlo subiendo por una escalera de madera tambaleante.

Aunque Begoña era todavía una niña en aquellos recuerdos, los detalla con claridad. Su abuelo hablaba con frases rotas: cuchara sonaba culara, lluvia se convertía en lovi, etc., y a veces soltaba palabrotas que la abuela le regañaba con un paño húmedo: Calla, que los niños te escuchan.

Al volver a casa, Begoña llevaba el bolso con las manzanas (las había aceptado para no ofender a Pilar) y sentía el calor del recuerdo en el pecho. Qué bonito es cuando la familia se preocupa y se cuida mutuamente. Para alguien que parece un vagabundo sucio y ebrio, ese abuelo es en realidad un querido anciano al que todos esperan con ansias. Al final, ser más amable y atento con los demás siempre paga.

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MudoSin embargo, sus ojos hablaban con una intensidad que hacía temblar a todos los que se cruzaban en su camino.
La suegra Ana Petrovna estaba sentada en la cocina, observando cómo la leche hervía suavemente en la vitrocerámica. Tres veces se había olvidado de removerla, y cada vez se daba cuenta demasiado tarde: la nata subía, se desbordaba y ella, molesta, limpiaba la encimera con un trapo. En esos momentos sentía con claridad que el problema no era la leche. Desde que nació el segundo nieto, todo en la familia parecía haberse descarrilado. Su hija estaba agotada, había adelgazado, hablaba menos. Su yerno llegaba tarde, comía en silencio, a veces se encerraba directamente en la habitación. Ana Petrovna lo veía y pensaba: ¿cómo es posible dejar sola a una mujer así? Intentó hablar. Primero con cautela, luego de forma más tajante. Primero a la hija, después al yerno. Pero notó algo extraño: tras sus palabras, el ambiente en casa no mejoraba, sino que se volvía más pesado. Su hija defendía a su marido, el yerno se ensombrecía y ella regresaba a casa con la sensación de que otra vez había hecho algo mal. Ese día acudió a hablar con el párroco, no en busca de consejo, sino porque ya no sabía qué hacer con ese sentimiento. —Quizá soy mala persona —dijo, sin mirarle—. Todo lo hago mal. El sacerdote estaba sentado en su mesa, escribiendo. Dejó el bolígrafo. —¿Por qué piensas eso? Ana Petrovna se encogió de hombros. —Intento ayudar, pero sólo consigo enfadar a todos. Él la miró atento, sin severidad. —No eres mala. Estás cansada. Y muy preocupada. Suspiró. Aquello sí le sonaba a verdad. —Tengo miedo por mi hija —dijo—. Después del parto ya no es la misma. Y él… —hizo un gesto—. Parece que ni se da cuenta. —¿Y tú ves lo que él hace? —preguntó el párroco. Ana Petrovna lo pensó. Recordó la semana anterior, cuando el yerno fregaba los platos tarde por la noche, creyendo que nadie lo veía. O cómo el domingo sacó el carrito de paseo, aunque era evidente que necesitaba tumbarse a dormir. —Lo hace… supongo —dijo dubitativa—. Pero no como debería. —¿Y cómo debería? —preguntó el sacerdote con calma. Ana Petrovna quiso responder enseguida, pero de pronto comprendió que no lo sabía. Sólo tenía en la cabeza: más, con más frecuencia, con más atención. Pero concretar era difícil. —Solo quiero que ella esté mejor —dijo. —Eso es lo que tienes que repetirte —le susurró el cura—. No a él, sino a ti misma. Ella lo miró. —¿En qué sentido? —En el sentido de que ahora luchas no por tu hija, sino contra su marido. Y luchar es estar en tensión. Eso cansa a todos: a ti y a ellos. Ana Petrovna guardó silencio durante un buen rato. Luego preguntó: —¿Y entonces qué hago? ¿Finjo que todo va bien? —No —respondió él—. Haz simplemente lo que ayude. No palabras, acciones. No contra nadie, sino para alguien. De camino a casa pensaba en ello. Recordaba cuando su hija era pequeña: no sermoneaba, solo se sentaba a su lado si lloraba. ¿Por qué ahora era diferente? Al día siguiente fue a casa de la hija sin avisar. Llevó una olla de sopa. Su hija se sorprendió, el yerno se puso nervioso. —Solo vengo un rato —dijo Ana Petrovna—. Para ayudar. Se quedó cuidando de los niños mientras su hija dormía. Se marchó en silencio, sin comentar lo difícil que era todo ni cómo deberían vivir. A la semana volvió. Y la siguiente también. Seguía viendo que el yerno era imperfecto. Pero empezó a notar otras cosas: cómo cogía con cuidado al pequeño, cómo por las noches tapaba a su hija con una manta creyendo que nadie le veía. Una vez, no pudo evitar y le preguntó en la cocina: —¿Te está resultando difícil? Él se sorprendió, como si nunca nadie se lo hubiera preguntado. —Mucho —respondió después de una pausa—. Muchísimo. Y nada más. Pero desde ese instante, desapareció algo punzante que flotaba en el aire entre ellos. Ana Petrovna comprendió: esperaba que él cambiara, pero tenía que empezar por ella misma. Dejó de hablar mal del yerno con su hija. Cuando ella se quejaba, no sentenciaba: “te lo dije”. Solo escuchaba. A veces se llevaba a los niños para que su hija pudiera descansar. O llamaba al yerno para preguntarle cómo estaba. No era fácil; mucho más sencillo habría sido enojarse. Poco a poco la casa se volvió más tranquila. No mejor, ni perfecta; más serena. Sin la tensión constante. Un día su hija le dijo: —Mamá, gracias por estar ahora con nosotros y no en contra. Ana Petrovna pensó mucho en esas palabras. Comprendió algo sencillo: reconciliarse no es que alguien admita su culpa, es que alguien deja de luchar el primero. Seguía deseando que su yerno fuera más atento. Eso no cambió. Pero junto a ese deseo comenzó a surgir otro, aún más fuerte: que la familia viviera en paz. Y cuando sentía que volvían las viejas emociones —la irritación, el rencor, las ganas de decir algo afilado— se preguntaba a sí misma: ¿Quiero tener razón o quiero que ellos estén bien? Casi siempre, la respuesta le guiaba sobre qué debía hacer a continuación.