Descubrir la verdad

Descubrir la verdad

Dejando el cubo vacío en el suelo, doña Lucía Fernández se irguió y se estiró despacio. Por el camino que llevaba a su huerto se acercaba un militar. La mujer se llevó la mano a la frente, entornó los ojos y distinguió la chaqueta del uniforme, la boina polvorienta y las botas gastadas, cubiertas de la capa rojiza del polvo manchego. Sobre el hombro, un macuto más cansado que su dueño. ¿Cuántos como él cojeando, tullidos, jóvenes, viejos, sonrientes o ceñudos habían pasado junto a su casa en estos años? Algunos se detenían a pedir un sorbo de agua. Entonces ella sacaba una jarra fresquita de leche, pan, y les insistía para que entraran, para que descansaran un rato. A veces la daban el gusto, más a menudo declinaban con un ¡Rápido, madre! Mi Elena me espera, la tengo desvelada. ¡Y yo no puedo más!. Siempre madre, como si llevara el título desde el bautismo. Era dulce y amargo. Al oírlo, el corazón de Lucía se encogía y los ojos se le llenaban de lágrimas. Se apresuraba a girarse con el pretexto de recolocar las manzanas bajo el alero, para fingir que no pasaba nada; no quería compasión. Para qué, si la alegría, hoy por fin, caminaba hacia otra casa. El dolor ajeno, que cada uno cargue con el suyo.

¡Anda, madre! se lamentaba el soldado. Si quieres, me siento un rato más. O, mira, te ayudo a partir leña, a traer agua lo que sea.

No, hijo, no hace falta. Tengo a mi abuelo, don Eusebio Hernández. Marido y ayuda para todo. Y Lucía señalaba con orgullo la casa donde, refrescado por la siesta, dormitaba su Eusebio.

En realidad, no era tan viejo ni mucho menos. Era el alma la que se le había encanecido de golpe el día que ¡Basta ya, Lucía, basta! se decía a sí misma, como si sacudiera las migas del mantel de los recuerdos. Eso, ahora, no importa.

El soldado descansaba un poco y seguía su camino. Lucía lo miraba alejarse. Un poco más allá aguardaba la dicha de alguien quizá varias horas de caminos, hasta que una madre, esposa o hermana oyera la cancela y los ladridos del perro, y pasos por la escalera, y una mano familiar abriendo la puerta.

El corazón entonces se detendría por un instante, para romper en llanto: lágrimas de esas que hierven y son saladas de alegría y de tristeza. Alegría porque ha vuelto, dolor porque el que se fue, aún niño, con la cara colorada y pecosa, ojos traviesos, regresa hombre, con las sienes plateadas, el gesto severo del que ha vivido demasiado, la cara marcada por cicatrices y penas.

Se miran, soldado y familia, reconociéndose de nuevo. Pero les espera el mañana entero: amor, vida y esperanza allí, donde el amanecer tiñe Castilla de oro desleído, se derrama sobre los trigales y calienta las almas que, por fin, han despertado de su largo sueño.

Cuando al fin despertaba Eusebio, doña Lucía le sentaba en el banco junto a la fachada, se apoyaba en su hombro y le contaba qué visita había venido, adónde había marchado, lo que le había ofrecido de merienda y cómo por supuesto rechazaba el hatillo de comida que le preparaba.

No pasa nada, mujer, no pasa nada reía Eusebio. ¡Otro hombre más que vuelve! Alegría, Lucecita, ¡alegría, no lágrimas! Anda, que siempre estás con el drama a flor de piel. ¡Venga, lúchalo! Nuestro Samuel sigue aquí, no lo olvides.

Lucía asentía, pero ¿Cómo iba a estar aquí, si no podía abrazarlo, besarlo en la coronilla, llamarlo a la mesa o escucharle hablar mientras dormía?

Aquella tarde apareció Manuel en la cerca, se arrimó como quien no quiere la cosa, encendió un cigarrillo y, tras meditarlo, llamó con los nudillos.

¡Buenas señá! saludó, mientras Lucía, congelada en el gesto de apartar el pelo, lo miraba. Perdona la molestia, ¿no podrías dejarme dormir aquí una noche? Estoy derrengado.

Quiso esbozar una sonrisa Manuel, pero el nudo en la garganta y las lucecitas negras en los ojos no le dejaron.

Se apoyó torpemente en la valla, cerró los ojos y empezó a jadear.

¡Ay, Eusebio, ven! ¡Ayuda, que el forastero se nos va! gritó Lucía mientras corría hacia el portón. Tranquilo, cariño, tú respira, apóyate en mí eso es.

Lucía le pasó el brazo de Manuel por los hombros y, bajo su peso, casi se desplomó ella, pero Eusebio llegó rápido, lo agarró y juntos lo llevaron al banco.

Madre, trae agua. Pero que esté bien fría, ¿eh? Oye, amigo, ¿tú cómo te llamas? preguntó Eusebio, con los ojos fijos en aquel rostro transparente. ¿Cómo te llamas?

Manuel aventuró el visitante. Herida en la cabeza, que se pudra añadió alguna desventura, gruñendo. A todos nos han barrido menos a mí y forzó una sonrisa trágica, mientras el mentón y las manos le temblaban a la vez. Y, ¿para qué quiero vivir? ¿Para qué? soltó un alarido y se incorporó bruscamente.

¡Por Dios, para ya! ¡No maldigas! lo reprendió Lucía mientras tendía la jarra escarchada. ¡Venga, basta ya! No digas tonterías. Que no te regañe Eusebio ahora ¡Entra en casa y descansa, luego hablaremos!

A Lucía le daban ganas de arrancarle la camisa rígida, llevarlo al baño, frotarle hasta sacar lo negro Y luego vestirlo con una camisa limpia y blanca, pantalones de lino, llenarlo de arroz con leche. Y, si Eusebio no miraba, plantarle un par de besos, como hacía con su Samuel. Pero era mejor dejarlo. Todo a su tiempo.

Nada de baño ni desinfección. Manuel fue directo boca arriba a la cama, de espaldas al mundo, y se quedó dormido al instante. Lucía se quedó un rato comprobando que respiraba, y luego salió, donde Eusebio la esperaba.

Estaba sentado en la escalerilla, liando tabaco sobre su rodilla. Refunfuñando porque la picadura siempre se le caía entre los dedos nodosos.

Déjame, que yo te lio uno Lucía tomó la bolsa del marido con la destreza de quien ha hecho millares. ¿Ves cómo también te has puesto nervioso? Toma. Espera, que te enciendo. Le extendió la cerilla y encendió la colilla. ¿Te tapo la espalda? ¿Que corre aire?

Gracias, Lucía, no hace falta. Algo raro tiene, nuestro invitado. No sé qué será, pero cuando uno no quiere vivir, eso es lo peor refirió Eusebio, mirando la ventana, tras la que Manuel dormía.

Nada, hombre, nada replicó Lucía, terca, agitó el puño como si ahuyentara a los males. Ya verás, una buena siesta, calorcito, y se le pondrá la cabeza en su sitio. Todos cargan su cruz, todos hemos rabiado, arañado la tierra de impotencia. Pero todo pasa. Este dolor, también. ¿Ya? Ven, la cena está lista.

Don Eusebio asintió y pensó, con un escalofrío, que si algo le ocurría a Lucía, él no podría seguir solo. Se rompería en dos.

Manuel despertó en mitad de la noche, sin moverse, atento a la oscuridad. Cosas de la vida Primero observa, luego actúa, como solía decirle su amigo, el Lence, cuando volvían del frente. Que nunca se sabe: te acuestas con una dama y despiertas con un dragón. Eso sí, lo importante es levantarse antes que el bicho, o que no despierte nunca.

Eso les daba risa, todos en el campamento reían, olvidando que debían guardar silencio. Ahora, en cambio, la broma dolía: él había dormido con su dama y despertado con la dragona. Y no sabía cómo seguir la vida.

A tientas, comprobó la cama: colchón mullido, manta de parches, almohada tan blanda que parecía un montón de nubes viejas, alfombra tejida a mano. Su Carmen tejía cosas así, llamaba a las vecinas y el salón se llenaba de risas y canciones. Ahora, solo, Manuel se miró las manos: Dije que era especial y resulté más barato que una jarra de vino.

Alzó la cortina y se asomó a la negrura. Sacó un cigarrillo del bolsillo, quiso salir a fumar sin molestar, pero tropezó con un cubo y armó una escandalera. Ni disimular: salió al porche, dejando atrás la casa, abrazado por la noche manchega, la misma que, días atrás, le parecía tan lejana y ahora tan íntima.

Los grillos montaban su fiesta, el viento traía calor desde el trigo, la tierra sudaba el sol que la había abrasado. El rocío chispeaba en las hojas, el vapor ascendía como leche tibia a lo alto, y un suave aroma de tierra, viejas maderas y tomillo anidaba bajo el tejadillo.

Manuel cerró los ojos, se sentó en el banco y encendió su cigarro. Sentía el estómago revuelto.

¿No duermes? se oyó a la espalda. Eusebio asomó al porche y le tendió una vieja cazadora. Tápate, que luego vienen los lumbagos. ¿De dónde eres tú, muchacho? Espera, que bajo. Que no se ve un carajo, la luna la habrán robado estos gamberros.

Manuel alzó la mano, ayudó al abuelo a bajar.

Eusebio tenía la palma dura, nudosa, uñas recortadas a ras y huesuda la muñecapodía rodearla con dos dedos.

Soy de Villaverde. A cinco kilómetros de aquí. ¿Os suena?

¡Hombre, claro! asintió el resplandor del cigarro de Eusebio en la oscuridad. El aire olía a tabaco y a la dulce desesperación de los mosquitos que volaban zumbando alrededor. Una vez vino una practicante de allí, que Lucía se rebanó la pierna con el hacha. ¡Si es que hay que ver! ¿Quién mandó a las mujeres a arreglar nada? refunfuñó Eusebio, provocando a Manuel para darle rienda suelta a su indignación.

Pues sí afirmó Manuel, abotonándose la chaqueta y sacudiéndose un mosquito de la frente. Son todas unas traidoras. Te lían y te muerden, como zorras en celo, ¡brujas!

Los puños se le apretaron, la mandíbula dura. Eusebio notó la rabia no soltada vibrar bajo la camisa del invitado. Menos mal que no tenemos luna, pensó.

¿Qué te han hecho de tanto daño? Nosotros, Lucía y yo, lo hemos pasado todo, bueno y malo, nunca hasta el odio. Eusebio se enfundó la cazadora y se acurrucó en ella como pájaro mojado.

¿Y qué me han hecho? ¡El mismo diablo las parió! Manuel golpeó la pared y desde dentro Lucía emitió un gemidito. Tenía una esposa allí, en Villaverde, Carmen. Linda, lista Pero lo mejor era solo fachada. Me fui a la guerra y, al principio, me escribía. Un día, nada. Ni carta, ni nota, ni señal. Yo escribía, ¡hasta cien veces! Ni caso. Nos habíamos casado solo por unos meses, luego me reclutaron. En la trinchera daban miedo tantas cosas, el gas, la herida Los amigos caían, ardía todo por dentro y yo vivía solo para volver a verla. Pero después me enteré de que, en mi ausencia bueno, de que

Manuel rugió, pataleó y acabó llorando.

Shhhh, calla, que despiertas a Lucía. Despacio. Manuel, ¿no te importa que te llame así? Podrías ser mi hijo Samuel está hizo un gesto vago, a saber adónde señalaba.

¿En la finca? Recuerdo un cortijo por ahí aventuró Manuel.

Eso mismo asintió Eusebio. Y entonces, ¿qué pasó?

Me da miedo, abuelo confesó de repente Manuel. Primero, miedo de morir; cuando te disparan por todos lados, sientes que quieres enterrarte y desaparecer. Después, miedo a volver tullido. ¿Para qué le sirves a tu mujer así? Solo un lastre. Miedo a que me dejara. Y ahora miedo a verla.

¿Por qué?

Porque igual la mato. Si le veo los ojos, igual la mato.

Un visillo tembló tras la ventana; Lucía se tapó la boca.

Así fue reflexionó Eusebio. ¿No te esperó?

Eso parece. Una amiga de la infancia, Pepa, me lo contó. De esas que lo saben todo. Resulta que Carmen tuvo dos niños en mi ausencia: uno en el 43, otro en el 45. Vamos, parió por partida doble. ¡Y sin esconderse! Aunque quedaban pocos vecinos solo Pepa, la que me escribió.

¿Estás seguro? Porque una cosa es chisme y otra tener pruebas objetó Eusebio.

¿Pruebas? ¡Si los dos niños son de distinto padre! Uno moreno, otro rubio. ¿Serán todas así? ¿Qué hago? ¿La echo? ¿Me ahorco yo? ¡Porque sin ella no soy nada! En la enfermería, cuando me cosían, gritaba su nombre. El médico me decía: ¡Aguanta, que tu chica te espera! ¿Mi chica? Mejor habría muerto. La odio. Odio al mundo. Hay paz, todo el mundo festeja, pero yo yo no puedo. Se derrumbó y lloró. Si he amado, ha sido hasta las entrañas. Y me traicionó. Una víbora.

Eusebio asintió, mientras el gallo saludaba el alba.

Ya ves Tenías razón. No querías sobrevivir. Pero mira: ya que has sobrevivido, vete a partir unos troncos, ¿quieres? Hazlo como para ti mismo. Yo me he torcido la espalda, Lucía te prepara el desayuno. Y así pensamos qué harás ahora.

Manuel se levantó, se ciñó el cinturón filosamente, se quitó la chaqueta y salió a por la leña tras la casa.

En fin suspiró Lucía cuando Eusebio entró en la cocina.

En fin, en fin Que le dé a la leña, que se saque el veneno. Luego, a pensar. Esa Pepa, ¿no era la chica que traía la correspondencia cuando nuestra Pili se fue al frente? Aunque

¿Pepa Zamora? frunció el ceño Lucía. No sé Era de mucho hablar

Una hora después, Eusebio obligó a Manuel a irse al río y nadar hasta la otra orilla.

¿Quieres ahogarme, viejo? bromeó Manuel mientras forcejeaba contra la corriente. No lo conseguirás. No hay quien pueda conmigo.

Era verdad. Manuel era como si lo hubiese rezado todo el pueblo. Había vuelto del infierno por razones que ni él mismo comprendía.

Te guarda la vida, Manuel. Algo te queda por hacer aseguraba el sargento.

Para Carmen, pensaba siempre. ¿O no?

Manuel cogió aire y se zambulló, braceando con manos y pecho de oso.

Eusebio le vigilaba desde la orilla, inquieto, hasta que Manuel emergió, flotando de espaldas. El vapor del río se arremolinaba ligero, los peces saltaban en los remansos y, muy arriba, las golondrinas zumbaban por el aire.

¡Mentira, viejo! ¡Mentira! ¡Quiero vivir! ¡Con o sin Carmen, vivir! gritó el soldado, carcajeando. ¡Para fastidiar a todos!

Eusebio le hizo señas de regresar.

¿Ves? No se rinde fácil Manuel Fernández. Por fastidiar, viviré. Pero entonces le dolió el costado, como si la puñalada de aquel día en la casa abandonada volviera. ¡Y qué lámparas había, y alfombras, y una niña que le miraba aterrorizada! Y su padre apuñalándole a él. Un burgués. Por fastidiarle, también viviría. Y se casaría con Pepa, y tendrían cinco niños, ¡que Carmen se mordiera de rabia!

De vuelta del río, Manuel se secó con la toalla de Eusebio.

Vamos. Nos aguarda Lucía con el desayuno.

Camino a casa, Eusebio pensó, apretando los labios: Difícil mirar al hijo ajeno cuando el propio está lejos

Lucía alzó las cejas al ver a Manuel atacar la comida; comía en silencio, a dentelladas, casi salvaje, hasta que se dio cuenta y se sonrojó.

No pasa nada le sonrió Lucía. ¿Está bueno?

¡Mucho! Gracias, doña Lucía. ¿Y vuestro hijo? Samuel, ¿no? ¿No vendrá? Eusebio dijo que estaba en la finca, allí ¿Traba?

Pero Manuel calló al ver la fotografía de un joven con uniforme sobre la cómoda, con un lazo negro en una esquina.

Perdón susurró.

Lucía asintió; Eusebio suspiró.

Hace un año volvió el chico, y fue la alegría del pueblo. Pero tenía metralla muy cerca del corazón y no sobrevivió explicó Lucía de repente, con una seriedad inusual. Yo venía de la estación y al llegar bueno

¡Basta, mujer! ¡Basta! Eusebio golpeó la mesa. ¿Qué harás, Manuel? ¿Volverás a casa?

No quiero murmuró Manuel.

Tenía miedo. De los ojos de Carmen, de las excusas, de sí mismo, de que pudiera perder la calma. ¿Cobarde? No. Solo humano. Un hombre cansado que ha visto lo que es mejor no ver nunca.

Hay que ir insistió Lucía. Nada de vivir en el rumor. Habla, arregla lo que sea. Así, por lo menos, no te culparás después. Así, hay claridad.

¿Para qué, si todo está claro ya? Manuel dejó el vaso sobre la mesa.

Esté o no claro, me acuerdo de tu Pepa. La que venía a traernos cartas. Hablaba mal de todo el mundo. Decía que una del pueblo tenía dos hijos, que la ayudaban y que eso lo hacía por caridad y dramatismo. Y por nuestra estación pasaba media España en los trenes; mucha gente sola, muchos enfermos, niños sin nadie Recuerdo vagamente si la tal era María o Matilde. Así que

Eusebio se quedó boquiabierto, Manuel saltó como un toro. ¿Marina? ¿Le decían Marina? musitó.

Ya no sé Tal vez titubeó Lucía.

Eusebio salió al instante, fue a la cuerda de tender y le dio a Manuel su uniforme casi seco.

Venga, soldadito, ve. Ya no tienes miedo, ¿verdad?

Manuel asintió, se vistió a toda prisa, abrazó a los viejos, cogió el macuto y echó a andar.

Al llegar a Villaverde, se adentró por los olivares, se metió entre zarzas (aturdiéndose con el zumbido de las abejas) y salió triunfante con un ramo de cantueso. Le gustaba a Carmen.

Al llegar a la puerta se le encogió el ánimo. Miró al patio.

Un niño jugaba en el camino con un gato. Al ver al desconocido, se paralizó y corrió a casa.

¡Miguel! ¿Qué pasa? oyó Manuel una voz conocida, que le dolió más que cien heridas.

¡Mamá, hay un señor mirándome! gritó el niño.

Carmen asomó. Sostenía en brazos a otro pequeño, que le tiraba del pelo y reía con todos los dientes.

Se quedó petrificada. Su cara se volvió pálida, como si el mundo arrancara de nuevo. Al fin, salió decidida al porche.

Esa mirada. Era la que él temía, una mirada de disculpa de perra apaleada

Pero Carmen mantuvo la barbilla alta, los ojos firmes. Era la de un ave fénix.

¿Para qué vuelves? dijo.

¿Cómo que para qué? ¡Carmen! ¡He vuelto! ¡Soy libre! ¿Y estos niños, son? Manuel soltó el ramo, se desmoronó, las flores cayeron a tierra.

No importa. Leí tu carta. La de hospital. La escribió una enfermera, pero ¿Has encontrado a otra mujer? Dímelo y nos vamos. Carmen cruzó los brazos.

¿A dónde coño vas a ir? ¿Qué carta? ¡Tonterías! Manuel empujó la verja, la abrazó fuerte.

¡Déjame! Carmen le apartó, dolorida. Ahora vas a ver. Quizá no recuerdes pero la carta existe.

Carmen corrió por el pasillo y volvió con el sobre.

Manuel leyó, arrugando los ojos.

Aquella carta no la escribía él, dictaba un mensaje de ruptura, de encontrar otro amor en la guerra, que Carmen era un error.

¡Eso es mentira! Manuel rompió la hoja. ¡Carmen! ¡Eso es mentira!

Ya no importa, Manuel. ¿A qué negar lo obvio? Carmen movió la cabeza.

Pero Manuel ya no escuchaba. Coloradote y temblando, se marchó hacia la casa verde pistacho del pueblo, la que tenía el cartel de Correos.

Dentro, nadie salvo una mujer tras la ventanilla, con cara de enfado.

Manuel arrojó la carta.

¿Esto es cosa tuya, Pepa? ¿Y el sobre? ¡Encima escribiéndole a Carmen de mi parte! ¿Por qué, por qué, por qué? Pepa, esto es de cobardes

La ventanilla vibró con sus gritos.

Pepa tembló, y le cayeron lágrimas.

Porque te quería sollozó. Y tú elegiste a otra. Te casaste y te olvidaste de mí. Yo esperaba que no regresaras. Qué pena. Pues vete, cuida de tus huérfanos. ¡Os odio! Y de un manotazo tiró cartas, sobres y sellos al suelo.

¿Y mis cartas a Carmen? ¿No las diste? Manuel la miró, fiero.

¡A lo mejor no! ¡Idos los dos a freír espárragos! Ojalá no hubieras vuelto. ¡Ojalá!

Ella salió corriendo. Manuel quedó solo en el mostrador.

Bueno, muchacho, ¿ahora eres el jefe? preguntó una abuela que apareció por la puerta. Manuel asintió, cerró los ojos.

Sí. Era el jefe. De su familia. Su mujer, sus dos hijos. Samuel y no había preguntado aún. Y todo se arreglaría. Él había vuelto, y ahora los protegería. Virgen Santa, ¿cómo pudo dudar de Carmen? ¡Por los cotilleos de Pepa! Menos mal que Lucía le mandó venir y hablar. Ahora ya estaba todo claro, limpio, el alma suave como una manta de lana buena.

A través de la ventana se veía, sobre la mesa, el jarrón con cantueso. Samuel acariciaba las flores, poniendo las rotas sobre las largas. Papá se llamaba Manuel. Como el otro pequeño, Sergio. Y mamá, Carmen. A Carmen le encantan esas flores y papá se las trajo.

Ahora, Manuel y Carmen se besaban junto a la verja y los vecinos miraban y sonreían. Nadie les regañaba. Ya no. El soldado había vuelto a casa, a los suyos. La vida por delante. Y que empiece con un beso. Que dure siempre.

¿Tú crees que les va a ir bien? susurró Lucía a Eusebio, que ya dormitaba.

Seguro. Gente que sabe hablar, acaba entendiéndose. Todo tiene solución. ¿Has visto qué amanecer más bonito? Era para ellos, para Manuel y Carmen. El cielo ardía, como su amor. Y yo a ti también te quiero, locuela mía. Más de lo que puedo decir

Y Eusebio se quedó dormido, mientras Lucía escuchaba el latido de su corazón. El más bueno de toda Castilla.

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