Negro.
El bullicio de la ciudad era como un eco interminable dentro de la cabeza de Cecilia. Vivía en el centro de Madrid, en un décimo piso, rodeada por el rumor incesante de coches, los zumbidos de los aires acondicionados de los vecinos y las voces entrelazadas de los viandantes que se deslizaban entre las aceras bajo la abrasadora canícula. Imposible cerrar las ventanas, hubiese sido como ahogarse. Apenas dos semanas de vacaciones tras un año en una oficina que era como un enjambre, con todos circulando, murmurando, compitiendo por una pizca de luz solar artificial bajo fluorescentes. Cecilia ansiaba el silencio, un respiro sosegado. A sus cuarenta y seis años, habitaba sola un piso demasiado grande y la vida urbana la tenía exhausta.
Pensó entonces que lo mejor sería alquilar una casita en algún rincón perdido de Castilla, fundirse con ese horizonte de hierbas secas y cigarras. Tras mucho buscar, halló un pueblo diminuto a unos ciento cincuenta kilómetros de Madrid, el precio en euros le resultó razonable y en las fotos la casa parecía acogedora. Habló por teléfono con los propietarios y decidió marcharse.
***
El pueblo la recibió envuelto en fragancias de tomillo, grillos, ladridos dispersos y miradas curiosas de ancianos. La casita era humilde pero llena de calor. La dueña, una mujer de unos sesenta, le mostró todo y le entregó las llaves entre risas suaves.
Disfruta de tu estancia, aquí se vive bien.
Gracias, creo que era justo lo que necesitaba.
La aldea apenas tenía vida: apenas quedaban más que jubilados agrupados en bancos a la sombra. En el jardín de la casa de Cecilia crecían guindos y unos parterres olvidados. La verja de madera estaba inclinada, dándole al lugar aún más cuento.
Cecilia salió a callejear por las cuatro calles retorcidas del pueblo, siendo observada divertida pero sin sombra de hostilidad por los habitantes. En el centro, detrás de la iglesia, divisó una tiendecita y entró, buscando suministros. Tras el mostrador, una mujer de pelo recogido, de unos cincuenta años, la recibió.
¿Qué buscas, guapa? le preguntó.
Algo para desayunar, creo. Ponme unos trescientos gramos de chorizo y un pan bien fresco.
¿De dónde eres? se coló enseguida en el tuteo.
En realidad, vengo de Madrid, he alquilado la casa de la esquina para pasar la semana. Me llamo Cecilia.
Luisa. ¿La casa veintitrés?
Esa misma.
Ah, la de la abuela Eulalia contestó Luisa, alargando la a final como arrastrando un suspiro florido. Valiente eres.
¿Por qué? ¿Quién era Eulalia? A mí me alquiló la hija, Ana.
Ana vive en la capital, sí. Pero Eulalia, la viejita, falleció hace un año. Decían aquí que era bruja, ¿sabes? ¿Y no te da miedo?
¿Bruja? ¿Curaba a la gente?
No, nadie se atrevía a que les curara. Todos la temían, hasta que murió. Solo hablaba con su amiga, Clara, que vive enfrente. Puedes preguntarle cosas si te atreves. Esa casa siempre nos dio mala espina. Alguna vez vinieron forasteros como tú, y se iban antes del segundo día, sin explicar gran cosa. De noche es un sitio oscuro y extraño, fíjate lo que te digo.
Pues fíjate que me pareció acogedora, pese al jardín descuidado. Además, no estaré más que una semana. Busco algo de aire lejos de Madrid.
Bueno, solo cuídate. Nunca se sabe.
Gracias dijo Cecilia, cogiendo el pan y el chorizo antes de dirigirse hacia la puerta.
Y no salgas de noche añadió Luisa en tono casi cómplice. Hay muchos perros sueltos y bichos de monte que se cuelan cuando cae el sol.
***
Al caer la tarde, Cecilia se preparó para su primera noche en la casa. Bajó todas las persianas, cerró puertas y ventanas: dormir sola bajo techo ajeno y antiguo tenía su aquel. Los ladridos llegaban como de otro mundo, y de vez en cuando los grillos tejían una música aguda. Preparó una cena ligera y se tumbó en el sofá con un libro que encontró en la estantería. Poco a poco, la calidez de la manta la envolvió hasta que el sueño fue roto en mil trozos por el sonido de un golpecito. El corazón se le aceleró, no quedaba ni una mota de somnolencia. Cada sonido se volvió sagrado y sospechoso.
Ratones, seguro, pensó, no sin disgusto. No les temía, pero tampoco los apreciaba. En los pueblos, ya sabe uno lo que hay.
El ruido regresó, apenas un suspiro, de nuevo. ¿Y si alguien ha entrado? El miedo le paralizó. Cuando algo cayó en la cocina, se quedó rígida, midiendo cada movimiento. Si hay un ladrón, mejor no cruzárseme. El silencio se hizo tras el sobresalto, y así, desvelada y atenta, Cecilia aguardó el alba. Solo cuando las luces comenzaron a difuminar la noche, cerró brevemente los ojos.
Se despertó a las once. El sol dibujaba sombras alegres por la habitación. Caminó a la cocina: todo en orden excepto por una margarita seca, olvidada sobre la mesa. Cecilia recordaba perfectamente que la noche anterior allí no estaba. Comprobó puertas, ventanas: todo estaba cerrado.
¿Quién había entrado? ¿Cómo era posible? ¿O era todo fruto de su cansancio? Recordó las palabras de Luisa: Era bruja, Eulalia. Intentó desechar la idea, convencida de que todas esas supersticiones no tenían cabida en su mente ordenada.
Ese día paseó por los caminos de cereal, empapada del aire incesante. Pero por la noche, la inquietud le volvió. Chequeó cerraduras, comprobó compuertas. Aun así, el sueño no vino, y la quietud se convirtió en un susurro vibrante. Un ruido minúsculo, otra vez en la cocina. Cecilia se quedó quieta, apenas respirando. ¿Un espíritu? ¿O solo un animal? No durmió. Por la mañana, solo quedaba el cansancio y una certeza: debía decidir, marcharse o descubrir qué pasaba.
***
Al día siguiente, lo primero fue comprar una linterna en la tienda. No mencionó nada a Luisa: temía que la tomaran por loca y al final acabara entre cuentos de brujas. De día, la casa olía a fruta madura y no pasaba nada raro. Pero al caer la noche, Cecilia se apostó en el rincón más oscuro de la cocina, linterna en mano, dispuesta a asaltar el misterio.
La noche avanzaba, el viento parecía querer colarse por la rendija, y la soledad era un pájaro enorme. Cuando todo era ya negrura absoluta, un ruido: la taza cayó del armario cercano al hornillo. Con el susto metido en la sangre, encendió la linterna: Dos ojos verdes la miraban, fijos y profundos. Era un gato. Enorme, negro y precioso. Solo un gato.
¿Y tú de dónde sales? murmuró con una risa trémula.
El gato no contestó, solo saltó y se perdió bajo la sombra.
A la mañana siguiente, Cecilia fue a consultar a la vecina de enfrente. En la verja la aguardaba una anciana de pequeños ojos chispeantes.
Buenos días, saludó Cecilia. Encantada, estoy alquilando la casa de enfrente.
Buenos, dijo la señora sin más.
Verá, todas las noches aparece un gato negro en la cocina, ¿sabe de quién es?
De Eulalia. Eulalia dejó ese gato, Negro se llama respondió, quedándose pensativa. Ana no le quiere, así que va vagando por el pueblo. Le ayudo lo que puedo, pero siempre vuelve a su casa, buscando a su ama. Tiene pena. Ayudaba a Eulalia, dicen que era su compañero. Es un gato listo. Parece que te ha elegido, deberías llevártelo.
¿Llevarlo conmigo?
Quizás te traiga suerte musitó la vieja, dándose la vuelta.
Cecilia no tenía intención de adoptar un gato, menos uno ajeno y ya adulto. Pero decidió que al menos durante su estancia lo alimentaría. En la tienda compró algo de comida para gatos la única marca barata, lo puso en un cuenco sobre la mesa de la cocina. Por la noche, Negro devoró la comida.
***
El último día en el pueblo, Cecilia vio el mundo desde otra altura: sentía la ligereza de quien ha vivido algo extraño y secreto. Por la tarde, mientras tomaba un té, vio el movimiento entre las sombras: Negro apareció sigiloso, la miró, maulló agradecido, comió, y luego, sin dudar, se le acercó, se acurrucó y comenzó a ronronear fuerte sobre sus rodillas.
Vaya, Negro, mira que asustarme así. Pero mañana me marcho.
El gato la miró serio, luego saltó a su regazo y se acurrucó, ronroneando. Así se quedaron hasta tiempo indefinido, flotando en un paréntesis de sueño.
Por la mañana empaquetó sus cosas. Quedaba solo esperar el autobús, dejar las llaves como Ana había indicado. Salió de la casa despacio. Negro la esperaba junto al portón.
¿Me acompañas?
Negro maulló y se restregó contra sus piernas. Cecilia se la quedó mirando. ¿Y si? Sin realmente pensarlo más, lo tomó en brazos y Negro ni siquiera protestó.
El trayecto hasta Madrid fue extraño: Negro quieto, vigilante, acurrucado en su regazo, como si fuesen dos extraviados en la madrugada absoluta.
En el piso, lo bajó al suelo y el gato se adentró en la casa como explorador de lo invisible. Empezó su nuevo reino, despacio y propio.
***
Negro resultó ser un gato educado e inteligente. Por las noches dormía cerca de Cecilia, de día se enroscaba en sus piernas, ronroneando quedamente. La ciudad ya no le pesaba tanto: con ese extraño compañero, la soledad era solo otra sombra de la que reírse suave, como en un sueño donde todo termina bien.







