Diario de Lucía Jiménez, 4 de marzo
Otra vez, lo de siempre. Me sorprendo a mí misma aguantando lo inimaginable, y no sé cómo explicarlo en palabras, pero necesito escribirlo. Hoy, mientras fregaba el suelo de la cocina, Carmen Domínguez, mi suegra, me tiró el trapo a la cara gritando: ¡Y tú quién te crees que eres para decirme nada! ¡Aquí vives bajo mi techo, comiendo de mi pan!
Me quedé helada, tragando rabia. Tres meses llevo casada con Daniel y cada día es una batalla nueva.
Limpio, cocino, lavo la ropa… ¿Qué más quiere usted? le contesté, intentando evitar que mi voz temblara.
Lo que quiero es que cierres la boca, desagradecida. ¡Has venido aquí con una hija de otro!
Martina, mi pequeña de cuatro años, se asomó tímida por el marco de la puerta. Ya sabe, a pesar de su corta edad, cuándo la abuela está de mal humor.
¡Madre, basta ya! entró Daniel recién llegado de trabajar, todavía cubierto de tierra y sudor. ¿Qué pasa ahora?
Lo de siempre, tu mujercita me habla mal. Le digo que está salado el cocido y salta.
Está bien el cocido susurré yo. Me busca las cosquillas.
¿Ves? ¿Lo oyes? Encima dice que yo la molesto, ¡en mi propia casa! Carmen alzó la voz, señalándome con el dedo.
Daniel me abrazó por los hombros.
Mamá, para ya. Lucía lleva todo el día trabajando en casa, y tú no haces más que discutir.
¡Ah! ¡Así que ahora estás contra tu propia madre! protestó Carmen marchándose con un portazo. El silencio después fue espeso.
Perdona Daniel me acarició el pelo. Desde que cumple años, está peor.
Daniel, ¿y si buscamos un piso? Aunque sea una habitación…
¿Y con qué dinero? No soy director, soy tractorista. Bastante tenemos con llegar a fin de mes.
Me abracé a él. Daniel es bueno, trabajador, pero su madre es una cárcel.
Recuerdo cómo nos conocimos. En la feria del pueblo, yo vendía bufandas de lana y él compraba calcetines. Me dijo enseguida que no le importaba que tuviese una hija, que siempre quiso niños.
La boda fue humilde, sólo lo justo. Carmen me odió desde el principio: joven, con carrera de contabilidad Y su hijo un simple tractorista.
Mamá, ven a cenar dijo Martina, tirando de mi falda.
Ahora, cielo.
En la cena, Carmen apartó el plato con desdén.
Esto no hay quién lo coma. Vaya manera de cocinar, esto es para cerdos.
¡Mamá! Daniel dio un golpe en la mesa. Basta ya.
¿Que basta qué? Digo la verdad. Mira a Inés, ¡esa sí que es una buena mujer! ¡Y ésta!
Inés es la hija de Carmen, que vive en Madrid y sólo aparece una vez al año. Y la casa está a su nombre, aunque ni la pise.
Si no le gusta, cocine usted le solté yo, ya sin fuerzas.
¡Ay, que encima me chulea la nuera! Carmen se levantó enfurecida.
Ya está bien Daniel se interpuso. O paras ya, o nos vamos. Ahora mismo.
¿A dónde vais? ¿A la calle? ¡Que la casa no es vuestra!
Era verdad. Vivíamos en la casa de Inés por compasión.
***
Esa noche, el peso de todo me asfixiaba. Daniel, medio dormido, me susurraba que tuviera paciencia, que un día compraría un tractor y montaríamos negocio, que ahorraríamos para nuestra casa.
Daniel, eso cuesta mucho…
Buscaré uno viejo, lo arreglo. Tú solo cree en mí.
A la mañana siguiente, las náuseas me sacaron al baño. ¿Será? El test dio positivo.
¡Daniel! entré volando en el dormitorio. ¡Mira!
Todavía en sueños, se frotó los ojos, miró y saltó de alegría, dándome vueltas en el aire.
¡Lucía! ¡Vamos a ser padres!
¡Shhh! Que tu madre…
Ya era tarde. Carmen asomaba en la puerta.
¿Qué pasa aquí?
Madre, vamos a tener un bebé Daniel sonreía como nunca.
Su boca se torció.
¿Y dónde vais a meter otro? Si viene Inés, os echa.
No nos echa insistió Daniel. ¡Esta también es mi casa!
Es de Inés. Yo se la dejé a ella. Vosotros, de prestado.
La sonrisa se borró. Me senté en la cama, derrotada.
Un mes después, la desgracia. Levanté un cubo de agua no hay agua corriente y un dolor agudo se apoderó de mí. Rojos en la ropa…
¡Daniel! grité.
Aborto. En el hospital dijeron esfuerzo y estrés. Me recomendaron reposo.
Pero ¿cómo reposar con Carmen cerca?
Boca arriba en la cama del hospital, decidí que tenía que marcharme.
Me voy de esa casa le dije a Teresa, mi mejor amiga, por teléfono. No puedo más.
Lucía, ¿y Daniel? Él te quiere…
Me quiere. Pero con esa madre… no aguanto.
Daniel apareció con un ramo de margaritas.
Cariño, perdóname. No he sabido protegerte.
No puedo seguir allí.
Buscaré un crédito. Alquilamos algo.
No te lo van a dar. Ganas poco.
Me lo darán. He encontrado trabajo en el turno de noche, en la granja. Por el día con el tractor, por la noche ordeñando.
Te vas a matar así.
Por ti y por Martina, hago lo que sea.
Me dieron el alta una semana después. Carmen, en la puerta, fría:
¿Lo has perdido? Ya lo sabía yo, no tienes salud para esto.
Pasé de largo. No iba a darle una lágrima más.
Daniel se dejó la vida trabajando. Dormía tres horas, ni se quejaba.
Voy a trabajar en la oficina del pueblo le dije. Pagan poco, pero algo es algo.
Me contrataron de contable. Por las mañanas, Martina a la guardería y yo a la oficina. Por la tarde cuidaba de todo. Carmen seguía pinchando, pero aprendí a no oírla.
***
Daniel no dejaba de soñar con el tractor. Encontró uno destrozado, que se vendía por nada.
Pide el crédito le animé. Lo arreglas, y empezamos a trabajar.
¿Y si no sirve?
Tú tienes oro en las manos.
Nos concedieron el dinero. El tractor parecía chatarra en el patio.
¡Vaya negocio! se reía Carmen. Eso sólo vale para el desguace.
Daniel desmontaba el motor cada noche, a la luz de una linterna. Yo le alcanzaba las herramientas.
Vete a dormir, estás agotada.
Empezamos juntos, terminamos juntos.
Un mes, dos. Los vecinos nos miraban con sorna.
Una mañana, el motor rugió. Daniel, incrédulo, en el asiento.
¡Lucía! ¡Arrancó!
Salí y lo abracé.
Sabía que podías.
Llegaron encargos: arar la huerta, llevar leña… Y el dinero empezó a entrar.
De pronto, el test volvió a dar positivo.
Daniel, otra vez estoy embarazada.
Esta vez, nada de esfuerzos. Lo hago todo yo.
Me cuidó como a un cristal. Carmen refunfuñaba:
Mimada. Yo tuve tres hijos y no pasó nada. Mira esta.
Pero Daniel, firme, no permitió que me cargara de trabajo.
En el séptimo mes volvió Inés, junto a su marido y sus planes.
Mamá, vendemos la casa. Nos pagan muy bien. Te vienes a vivir con nosotros.
¿Y Daniel y Lucía? Carmen señaló hacia nosotros.
Ellos que se busquen la vida.
Inés, esta casa es mía también protestó Daniel.
Es mía. ¿No lo recuerdas?
¿Cuándo debemos irnos? pregunté, por dentro temblando.
En un mes.
A Daniel le hervía la sangre. Yo le puse la mano en el brazo: calma, cariño.
Esa noche hablamos abrazados.
¿Y qué vamos a hacer? Pronto nacerá el niño.
Encontraremos algo. Lo importante es estar juntos.
Trabajó más que nunca, de día y de noche. Ganó en una semana lo de un mes. Entonces sonó el teléfono: era Fermín, vecino de un pueblo cercano.
Daniel, vendo mi casa. Vieja pero sólida. Barata. ¿La quieres ver?
Fuimos a verla. Tenía pozo, horno antiguo, tres habitaciones y corral.
¿Cuánto pides?
Fermín dijo una cifra. Teníamos la mitad.
¿Me la dejas a plazos? propuso Daniel. La mitad ahora, el resto en seis meses.
Trato hecho. Eres de fiar.
Necesitaba tiempo para asimilarlo. Volvimos radiantes. Carmen, al vernos entrar, avinagrada:
¿Dónde andabais? ¡Inés trae los papeles mañana!
Perfecto sonreí yo. Nos mudamos.
¿A dónde? ¿A la calle?
A nuestra casa. La hemos comprado.
No se lo esperaba.
¡Mentira! ¿De dónde sacasteis el dinero?
Trabajando Daniel me agarró de la cintura. Mientras tú hablabas, nosotros luchábamos.
Mudanza en dos semanas. Poca cosa teníamos. Martina corría de habitación en habitación, el perro ladraba feliz.
Mamá, ¿de verdad este es nuestro hogar?
Sí, cariño. Este sí es nuestro, de verdad.
Carmen vino un día antes de irnos.
Daniel, he pensado que… ¿no me llevaréis con vosotros? En Madrid no me hallo.
No, madre. Ya elegiste. Vive con Inés.
Pero soy tu madre…
Las madres no desprecian a sus nietas. Adiós.
Cerró la puerta. Nos costó, pero era justo.
El pequeño Nicolás nació en marzo, sano y con voz de mando.
Es igualito a su padre rió la matrona.
Daniel lo acunaba, incapaz de contener las lágrimas.
Gracias, Lucía. Por todo.
A ti, por no rendirte. Por creer.
Poco a poco, la casa se llenó de vida. Plantamos tomates, tuvimos gallinas, el tractor seguía trayendo encargos. Por las tardes, Martina jugaba con el perro y Nicolás dormía en la cuna, mientras Daniel y yo tomábamos el fresco en el porche.
¿Sabes? Soy feliz.
Yo también.
Pensé que no aguantaría lo peor.
Lo has hecho. Eres fuerte.
Somos fuertes. Juntos.
El sol se escondía tras los encinares. Olía a pan horneado y leche caliente. Esta sí era una casa de verdad, un lugar donde nadie hacía daño, donde nadie sobraba.
Un hogar para vivir, amar y criar a nuestros hijos.
Ser feliz, al fin.
***
Queridos lectores, todas las familias enfrentan pruebas que a veces parecen imposibles. La historia de Lucía y Daniel es un poco el reflejo de tantos caminos, donde la fuerza y el cariño son los que ayudan a salir adelante.
Así seguimos, de tempestad en tempestad, hasta que llega la calma y quizá una sonrisa de la vida.
¿Vosotros qué pensáis, mereció la pena soportar tanto, o habría sido mejor cortar de raíz y buscar un techo propio desde el principio? ¿Qué es para vosotros un verdadero hogar las paredes o el calor familiar?
Dejad vuestra reflexión, que la vida está para aprender.






