Mamá, esto es un desastre dijo la hija, sin ni siquiera saludar. El portátil ha muerto. De verdad, ha muerto. En mitad de un proyecto. Casi me da algo.
Irene sujetó el teléfono con el hombro.
¿De verdad?
Totalmente. El técnico dice que más vale comprar uno nuevo. Y tengo que entregar el informe en tres días, ¿me entiendes? Sin ordenador, imposible. He visto uno bueno, cuesta setecientos euros.
Setecientos euros. Irene hizo un cálculo mental del saldo en su cuenta. Había poco más de mil.
Te lo transfiero ahora mismo dijo tranquila.
¡Eres la mejor, mamá! ¡Un beso!
La llamada se cortó. Irene sostuvo el móvil un segundo más cerca del oído, después abrió la aplicación del banco. Marcó el número de cuenta de su hija. Setecientos euros. Enviar.
La pantalla confirmó la transferencia. Irene se dejó caer en la banqueta de la cocina. Fuera, el atardecer lanzaba destellos dorados sobre el hule floreado de la mesa, ya algo envejecido
Treinta años antes, un crepúsculo igual coloreaba esa cocina, cuando Eugenio le dijo que iba a por pan. Marta, la niña, acababa de cumplir un año. Sus mofletes rojos, dos dientes delante, y esa costumbre de agarrarse siempre a la nariz de todos. Eugenio nunca volvió. Ni entonces, ni después. Ni pensión, ni llamadas de cumpleaños, ni tarjetas de Navidad. Desapareció, como si nunca hubiera existido
Irene salió adelante. No tenía otra opción.
Turno de mañana en la fábrica, por las tardes limpiaba oficinas en el centro. Marta se quedaba con la vecina, doña Charo, que en paz descanse. A veces Irene llegaba tan tarde que, sin fuerzas para llegar al sofá, se tumbaba al lado de la cuna. Se levantaba a las cinco y vuelta a empezar. Año tras año.
El dinero, siempre justo. ¿Un abrigo nuevo? Se apaña; el viejo se puede arreglar, quedará como nuevo. ¿Vacaciones en la costa? ¿Qué costa ni qué costa, si Marta necesita clases extra, luego profesor particular, luego una buena universidad? Irene ahorraba todo lo posible: compraba productos rebajados antes de cerrar el súper, remendaba medias, se teñía el pelo con tinte barato del mercado.
Pero al final, consiguió ahorrar para comprarle a Marta un pisito. Pequeño, pero suyo. Se lo dio en cuanto terminó la carrera, e Irene lloró de alegría firmando la donación.
Todo por ella. Siempre por su hija.
Marta creció, se sacó la carrera de economista, consiguió trabajo en una empresa importante. Irene sentía tanto orgullo que le dolía el pecho al verla: su niña, trajeada, uñas bien hechas, hablando sobre balances y cuentas.
Pero esa seguridad no impedía que Marta siguiera llamando para pedir cosas.
«Mamá, necesito pagar el curso de inglés; es imprescindible.» «Mamá, tenemos cena de empresa y no puedo ir con el vestido de siempre.» «Mamá, ha salido una oferta increíble de viaje, sale sólo una vez al año.»
Irene siempre accedía. Si no tenía, pedía a su compañera de trabajo, Lucía, prometiendo devolverlo con el adelanto. O cogía horas extra. Lo consideraba su deber de madre. ¿Acaso deja una madre de ser madre cuando los hijos crecen?
Marta jamás preguntaba de dónde salía el dinero. Irene nunca lo contaba. Así se habían acostumbrado.
Tras la transferencia del portátil, Irene estuvo sentada mucho rato en la cocina, girando la taza vacía entre las manos. Sintió un peso nuevo en el pecho. No era enfado, más bien un cansancio viejo, profundo, como si lo llevara en los huesos.
«Basta ya se reprendió. Es Marta, tu propia hija. ¿Por quién si no vas a vivir?»
El peso no desapareció. Pero Irene lo dejó a un lado, como siempre
Un mes después el teléfono sonó de nuevo. Pero esta vez la voz de Marta transmitía auténtica euforia.
¡Mamá! ¡Me ha pedido matrimonio! ¡En la azotea de un restaurante, con música en directo!
¿Marta…? Irene se sentó apoyando la mano en el pecho. ¿Quién te ha pedido?
¡Alejandro! Te he hablado de él. Llevamos medio año juntos.
¿Le había contado? Irene rebuscó en la memoria. Algo sobre un tal Alejandro de buena familia, sí. Pero nunca contaba detalles. Jamás.
Nos casamos en dos meses. Sus padres ya han reservado el restaurante.
Marta, qué alegría sonreía Irene, llorando sin querer. ¿En qué te ayudo? Hago lo que haga falta.
Hay mil cosas El vestido, el banquete, las flores Su madre paga por sus invitados, pero nuestra parte la tienes que poner tú, ya sabes
Irene lo sabía
Las dos semanas siguientes las pasó en el banco, pidiendo un préstamo. La cifra daba miedo; ni quiso pensar en cuántos años tardaría en pagarlo. Al menos, la boda debía ser perfecta.
Eligieron el vestido por videollamada. Marta giraba frente al espejo en la tienda, probándose uno tras otro, e Irene la veía por el móvil emocionada. Se decidieron por uno de encaje; mil doscientos euros. «Mamá, parezco una princesa», decía Marta. Irene lo habría pagado el doble sólo por esa sonrisa.
Banquete. Restaurante. Flores naturales. Fotógrafo. Vídeo. Coche clásico.
Los gastos crecían y, sin embargo, Irene seguía sin conocer al novio.
Marta, ¿cuándo podré ver a Alejandro? ¿Y a sus padres? Es que ya toca
Ay mamá, luego, están siempre a tope. Su padre lleva empresas, su madre organizando eventos
¿Aunque sea por videollamada? Ni siquiera sé a quién se casa mi hija.
Claro, que sí, hablamos la semana que viene.
La semana pasó. Otra más. La presentación se aplazaba.
Catorce días antes de la boda, Irene llamó de nuevo a su hija, temprano.
Marta, ¿y mi invitación? Quería enseñársela a mi vecina, que se lo prometí
Un silencio incómodo al otro lado, largo y viscoso.
¿Marta?
Mamá Mira Sucede una cosa
Sintió un escalofrío. Irene sostuvo el móvil con fuerza.
¿Qué cosa?
Los padres de Alejandro Ya sabes Son gente con mucho dinero. Tienen su mundo.
¿Y eso qué?
Marta soltó el aire deprisa, con nervios.
Pues No estás invitada, mamá. A la boda. No te enfades pero entiéndelo.
Irene se quedó petrificada. Las palabras le llegaban desde lejos, como bajo el agua.
¿No estoy invitada?
Eso es. Irán todos y tú sería incómodo, mamá Ya te lo explicaré ¿vale?
Marta a Irene le costó articular, yo he pagado esta boda. Te he dado mi vida. ¿Por qué?
Silencio. Después, la voz de su hija, aguda, nerviosa:
Mamá, ¡me da vergüenza estar a tu lado! ¿Te has visto al espejo últimamente? ¡No puedo seguir hablando! ¡Adiós!
Tono de llamada. Irene se quedó sentada con el teléfono en la mano. Un minuto. Dos. Cinco. El tiempo se congeló o pasó volando; ya no lo distinguía.
Fue casi sin querer al baño y se miró en el espejo:
Del cristal empañado le devolvía la mirada una desconocida. Pelo blanco recogido a desgana. Cara surcada de arrugas: alrededor de los ojos, de la boca, en la frente. Jersey gastado de hace años, comprado en rebajas.
Treinta años dejándose la piel. Por Marta. Por el futuro de su hija. Y ahí estaba el futuro.
Se terminó el trayecto.
Durante las dos semanas siguientes, Irene vivió en una especie de trance. Iba al trabajo, cocinaba sin poder comer, se tumbaba en la cama sin dormir. Vacía.
El día de la boda entró en las redes sociales, sin saber muy bien por qué.
Las fotos llegaban una tras otra. Marta con aquel vestido de encaje, radiante. El novio, elegante. Invitados felices con copas en la mano. Salón lujoso, rosas blancas, cristalería. Irene pasaba foto tras foto y no podía detenerse. Marta sonriente junto a una señora enjoyada quizás la suegra, el novio abrazando a un hombre importante sería su padre, damas de honor divinas.
Y a Irene la consideraron indigna de estar ahí.
Lloró hasta el amanecer. No de rabia, más bien de una certeza amarga: todo lo entregado en treinta años no valió de nada. Había sido un monedero. El servicio. Un estorbo a quien esconder delante de la buena sociedad
Tres días después sonó el teléfono otra vez.
Mamá, hablemos la voz de Marta sonaba culpable, pero lejana, sin verdadero remordimiento. Igual exageré el otro día
Marta Irene se sorprendió de su serenidad, ya eres una mujer casada. Tienes un marido, una familia adinerada. Ya no me vas a pedir más dinero.
¿Pero qué dices? ¡Sólo quería pedirte perdón!
Cuando me quedé sola contigo, con un bebé, sin marido ni recursos, salí adelante. Así que tú podrás hacerlo aún mejor. Tienes más oportunidades.
¿Mamá, entonces te has enfadado?
Irene pensó. Al otro lado, respiraban con inquietud.
No estoy enfadada, Marta. Sólo he comprendido algunas cosas.
Colgó y apagó el teléfono.
Fuera ardía de nuevo el atardecer, dorado y denso, igual que hacía treinta años. Irene lo miró y, por primera vez en muchísimo tiempo, no pensó en su hija. Pensó en las botas de invierno que necesitaba comprar. En que, quizás, por fin podía ir a la peluquería. Empezar a vivir para sí misma.
Porque una vida entregada solo a otros puede dejarte sin vida propia. Y nunca es tarde para dedicarse a uno mismo.







