La vida acaba de comenzar La víspera, Julia había quedado con su amiga para empezar el día con una carrera matutina. Era cierto que estaban de vacaciones universitarias y no les hacía mucha gracia madrugar, pero alguna vez había que ponerse en forma. —Ksyusha, no te duermas, que ya te conozco, te encanta quedarte en la cama hasta las tantas —decía Julia la noche anterior, mientras su amiga se lo prometía con firmeza. —Julia, claro que no me quedaré dormida, cuando toca, soy responsable, tú lo sabes —y se reía al decirlo, porque de las dos, responsable… precisamente ella, no. Julia se esforzó y se levantó pronto, incluso antes de que su madre se fuera a trabajar, terminando su café y refunfuñando. —Mamá, ¿con quién hablas? —preguntó sorprendida la hija. —Conmigo misma, mira, me he puesto esta blusa nueva y ya tiene una mancha de café… —¿Y tú eras la que decía que yo no cuido la ropa? —se quejó la hija—. Podrías haberte tomado el café en camiseta. —Voy con prisa y ahora me tengo que cambiar otra vez. Bueno, no me eches más leña al fuego esta mañana. Por cierto, ¿a qué se debe que te levantes tan temprano? —ya se estaba poniendo otra blusa. —He quedado con Ksyusha para correr por el parque —respondió Julia muy seria. —Ay, no me hagas reír, con quién has ido a quedar… seguro que tu Ksyusha sigue durmiendo tan ricamente, de eso estoy segura. Mira, hija, tengo una tarea para ti. ¿Hace cuánto que no ves a la abuela? —Mamá, ayer mismo le llamé, hablamos todos los días por teléfono. —Bueno, hoy ve a visitarla, hazle compañía y cómprale estas pastillas para la tensión, que últimamente decía que le subía y le bajaba. Cómprale también unos cruasanes y mermelada de fresa. Ya tiene sesenta y cuatro años. Tú estás de vacaciones y tienes tiempo, yo me voy volando, —dijo la madre y se marchó del piso. —Bueno, pues paso por la abuela a primera hora, como Caperucita Roja, sólo que sin pasteles —pensó Julia sonriente—. Uy, y la carrera… Marcó el número de Ksyusha, que contestó con voz adormilada. —Sí… —pero en seguida espabiló—. Uy, Julia, me he quedado dormida, ¿ya estás en el parque? Perdona, ya… voy… —No hace falta que te des prisa, tengo tarea: visitar a la abuela, así que se cancela la carrera. Primero desayuno, voy a la tienda y a la farmacia, y después a casa de la abuela. Ya sabes que vive en la otra punta de Madrid. —Vale, Julia, yo sigo durmiendo —se alegró la amiga y colgó. —Mamá tenía razón… —Julia se rio—. Esta Ksyusha es una dormilona, aunque quizá yo estaría también tan feliz en la cama ahora mismo. Una hora después, Julia salió de casa con su mochila, el dinero, la lista de medicinas y también metió el paraguas, que el día estaba gris. Tardó una hora más en llegar al otro extremo de la ciudad. Ya casi era mediodía cuando llamó al timbre de María Semeónovna. La abuela abrió rápido y su nieta se quedó de piedra, dio un paso atrás pensando que, igual, se había confundido de piso. —¡Vaya cambio! —Julia no creía lo que veía—. ¿Abuela, eres tú? —Soy yo —respondió con orgullo María Semeónovna—. ¿Julia, de verdad parezco más joven? Dio una vuelta lenta para dejar que su nieta la mirara bien. —Abuela, ¡qué corte de pelo tan moderno! Y el color, has dejado de ser castaña y ahora vas sofisticada con ese rubio plateado, ¡y las uñas! Uy, abuela, que ya no sé si llamarte abuela —se reía Julia. —¿De verdad te gusta, Julia? —¡Claro! Por cierto, mamá dice que tienes la tensión mal, te he traído pastillas, cruasanes y mermelada de fresa. —Bien los cruasanes y la mermelada pero intento evitar el dulce, quédatelos tú. —Venga ya, abuela, ¿qué te pasa? ¿Te has enamorado o qué? Se te ve estupenda, y mamá me ha mandado porque estaba preocupada… —Gracias, Julia, seguro que tienes mil cosas, ¿vas a quedarte conmigo? Julia se sorprendió. Normalmente la abuela no la deja irse en toda la tarde, y esta vez la estaba despidiendo. No pudo evitar preguntar: —¿Y si tomamos un té? —Julia, tengo mil cosas, llévate los cruasanes y la mermelada, y aquí tienes unas tortitas que he preparado, para que tengas tentempié —y se reía María Semeónovna. —Bueno, abuela, pues me voy —aceptó su nieta—, aunque me huele raro… ¿Tendrá novio la abuela? Bajando por las escaleras Julia iba dándole vueltas al asunto. —Esto lo tengo que averiguar. Nunca antes la abuela me ha despachado así. Aquí hay lío… ¿Será un ligue? ¿O irá de excursión con las amigas, como suele ir a teatro y a cafés? Al salir del portal, Julia se escondió tras los garajes del patio a observar. No tuvo que esperar mucho, media hora después salió María Semeónovna. —Vaya, lleva traje nuevo. ¿A dónde irá? Ah, al parque… María Semeónovna se alejó y Julia caminó tras ella, guardando la distancia. —No vaya a ser que la abuela descubra que la sigo —pensaba la nieta. Pero su abuela iba muy entretenida en sus pensamientos, sin mirar atrás. En el parque la esperaba un hombre canoso, con flores. Julia se ocultó tras un arbusto. La abuela se acercó, él le dio el ramo y le besó la mejilla, y ella también. —Madre mía, no me he equivocado. ¡Abuela! Si en esta edad también surgen historias de amor. ¡Y cómo la coge de la mano! Julia no se atrevía a salir del arbusto; pensó que volverían hacia allí. —Van a la cafetería de la terraza de verano… De pronto, oyó un clic de móvil tras ella y se topó con un joven que grababa a la pareja. —¡Oye! ¿Quién eres tú y por qué grabas a mi abuela? ¿Quién te ha dado permiso? El chico se quedó cortado, pero al reponerse respondió: —¿Quién? Soy periodista. Quizá quiera escribir sobre el amor en la tercera edad. Julia bufó. —¿Amor? Tonterías. Ahora todo está lleno de timadores que quieren quedarse con la casa de las abuelas. —¿De verdad lo crees? —se sorprendió el chico. —¡Por supuesto! ¿Y por qué para tu reportaje eliges a mi abuela? Hay muchas. Yo no te permito grabarla. Es mi abuela y ese “novio” suyo, ya veremos si no le birla el piso. El joven la miró molesto. —Si quieres saberlo, ese novio tiene un piso grande en el centro. Ahora vivo con él, mis padres están de reformas. —¿O sea que es tu abuelo? —Sí, Eguardo Ivánovich. Últimamente está irreconocible. Se afeita cada dos días, se ha comprado vaqueros nuevos y me pidió ayuda con el perfume. Allí sospeché… ¿Y si una cazafortunas quiere quedarse con su piso? Ahora eso pasa mucho… —O sea, el que va con mi abuela es tu abuelo. Yo soy Julia, ¿y tú? —Artem —respondió el chico sonriente—. Bueno, pues si todo está claro, que sigan viéndose. Yo no me opongo. —Pues sí, yo tampoco. Que salga lo que quiera… —Ya que hemos coincidido, ¿vamos al cine a ver el nuevo thriller? —propuso Artem. —¡Venga! —aceptó ella. Pasaron tres meses. María Semeónovna llamó a su hija: —¿Está Julia en casa? —Sí, ¿por? —Pues tengo una noticia: mi buen amigo Eguardo Ivánovich me ha pedido matrimonio y he aceptado. Así que, felicítame, que os invito a la boda —la madre puso el altavoz—. Ya tenemos fecha y todo. —Abuela —gritó Julia—, me alegro, pero ¿para qué casarse a vuestra edad? ¡Si no vais a tener hijos! —Julia, hija, hay que hacer las cosas bien. Y en nuestra generación lo normal es formalizar. Vosotros ahora, a las dos semanas os separáis… Pero lo de Eguardo y yo va en serio. —Mamá, dice bien tu nieta. ¿Seguro que hace falta boda? Podéis vivir juntos… —Hija, el mejor momento para casarse es cuando te llega el amor. No tiene edad, todo el mundo lo sabe. Y en mi edad, puede que la vida justo empiece —María Semeónovna reía—. Así que si llega el amor, ¡al registro con él! —Entendido, mamá. Enhorabuena, os ayudamos con todo. —Por cierto, ¿sabías que Julia sale con Artem, el nieto de Eguardo Ivánovich? —Lo sé, lo sé, me lo contó, y está encantada. ¿A que sí, Julia? —Sí, abuela, ¡y Artem es genial, igual que tu Eguardo! —y soltó una carcajada. Poco después, celebraron la boda de María Semeónovna y Eguardo Ivánovich en una acogedora cafetería. Todos eran felices.

Vida nueva, que acaba de empezar

Anoche, Lucía quedó con su amiga Covadonga para empezar el día haciendo footing por la mañana. Claro, están de vacaciones universitarias, y eso de madrugar les da más pereza que limpiar el baño, pero oye, había que moverse algún día.

Covadonga, ni se te ocurra dormitar, que bien te gusta remolonear en la cama hasta mediodía le decía Lucía entre risas, y Covadonga juró en arameo que esta vez no fallaba.

Lucía, que sí, de verdad, cuando hace falta soy responsable, que ya lo sabes soltó entre carcajadas, porque si alguien lleva mal la puntualidad, esa es ella.

Lucía, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se levantó antes de tiempo. Su madre ni siquiera había salido aún a trabajar; estaba apurando el café y protestando por todo.

Mamá, ¿con quién hablas? preguntó Lucía extrañada.

Qué va, hija, conmigo misma. Mira que estreno blusa nueva y ya voy y la mancho de café…

¿Y luego me echas la bronca a mí porque no cuido mis cosas? replicó Lucía. Te podías tomar el café en la camiseta viejuna.

Voy de prisas, y ahora me toca cambiarme… Venga, no me eches limones en la herida a estas horas. Por cierto, ¿a qué viene ese madrugón hoy? decía la madre, mientras ya se quitaba la blusa manchada.

Que he quedado con Covadonga para ir a correr por el Retiro contestó Lucía sin perder la seriedad.

Venga va, que no me lo creo… Tu Covadonga seguro que está soñando que vuela ahora mismo. La madre seguía a lo suyo. Hija, hace cuánto no visitas a la abuela?

Mamá, que ayer hablamos por teléfono, si charlamos todos los días.

Ya, pero hoy deberías ir a verla, que hace tiempo que no te pasas. Le compras estas pastillas para la tensión, que me dijo que no la tiene muy fina últimamente. Y échale unos croissants y mermelada de fresa, que con sesenta y cuatro años poco capricho tiene ya. Tú sobra de tiempo, que vas de vacaciones Bueno, me voy pitando y la madre cerró la puerta tras ella.

Venga, hoy iré a ver a la abuela. Me siento como Caperucita Roja pero sin tarta de la abuela pensó Lucía, sonriente. Ay madre, ¿y ahora qué hago con la carrera?

Llamó a Covadonga, que contestó con voz de osito hibernando.

¿Sí…? ¡Ay Lucía, que me he quedado sopa! ¿Ya estás en el parque? Perdón, son las…

Tranqui, que tengo misión, me toca ir a ver a mi abuela, así que la carrera, cancelada. Tengo que desayunar, pasar por el súper y la farmacia, y luego ya cruzarme medio Madrid para ir a casa de la abuela, que vive en el quinto pino.

Perfecto, Lucía, pues yo sigo soñando contestó Covadonga, feliz por la nueva excusa, y colgó.

Mi madre tenía razón se rió Lucía. Esa Covadonga no cambia… Yo también estaría en la cama ahora si no fuese por esto.

Una hora después, Lucía salió del portal con la mochila, la cartera, la lista de la compra y hasta el paraguas, que el cielo andaba con mala cara. Tardó otra hora en plantarse en casa de su abuela Asunción. Ya era casi mediodía. Llamó al timbre y, cuando Asunción abrió, Lucía se quedó a cuadros, pensó que se había equivocado de piso.

¡Madre mía, abuela! se le escapó ¿Eres tú o te has hecho un cambiazo?

Pues sí, soy yo dijo Asunción, contentísima. ¿Tú crees que me he rejuvenecido?

Se dio una vuelta sobre sí misma, para que Lucía la mirara de arriba a abajo.

Abuela, menudo corte de pelo llevas, te queda de revista. ¿Y ese color ceniza tan moderno? Si hasta llevas las uñas hechas… Ya no sé ni si llamarte abuela soltó Lucía muerta de risa.

¿De verdad te gusta, hija?

¡Me encanta! Y mira, te he traído las pastillas que dijo mamá, croissants y mermelada de fresa.

Ay, los croissants y la mermelada están bien, pero ahora suelo evitar el dulce, así que llévatelos para ti.

¿Pero abuela, qué te ha dado? ¿No estarás enamorada? Te veo tan contenta, ¡y mamá que se preocupe…!

Gracias, hija. Que seguro tienes mil cosas que hacer No pierdas el tiempo conmigo.

Lucía alucinaba. Normalmente tenía que prepararse para pasar la tarde entera con la abuela, y ahora casi la echaba.

¿Nos tomamos un té, por lo menos?

Tengo el tiempo justo, llévate tú los croissants y la mermelada. Y mira, te dejo unas tortitas de queso en un tupper. Hoy te llevas picnic se reía Asunción.

Vale, abuela aceptó Lucía, pero esto es rarísimo. Aquí pasa algo Seguro que tu abuela se ha echado un novio, ¿no?

Bajando las escaleras, Lucía iba dándole vueltas Nunca me ha echado así. Aquí hay gato encerrado O tiene novio o se va con las amigas al teatro, al cine o al café, como siempre me cuenta.

Ya en la calle, se escondió cerca de los garajes flanqueando el bloque, por si su abuela salía. No tuvo que esperar mucho, media hora más o menos, cuando vio a Asunción salir del portal con un modelito nuevo y ponerse camino del parque.

¡Ay, abuela! A dónde vas toda arreglada… A ver si es verdad y tiene algún lío… pensaba Lucía, siguiéndola sigilosamente.

La abuela no miró ni una sola vez hacia atrás, iba a lo suyo. Cuando llegó al parque, la esperaba un hombre con canas y flores en la mano. Lucía se escondió tras unos arbustos de lilas. Asunción se acercó, él le dio el ramo y un beso en mejilla, y ella correspondió.

¡No me lo creo! ¡Menuda abuela tengo! Y yo pensando que a su edad estas cosas no pasaban. Mira cómo la lleva del brazo

Lucía agachada tras el seto, temía que volvieran por su lado, pero no; parecía que iban directos a la terraza del café a tomar algo. Los grabó de lejos con el móvil.

Ahora sí que lo entendía todo.

Abuela está enamorada. El hombre, la mar de elegante, y se ve que hacen buena pareja. Los veo felices. A ver cómo se lo cuento a mi madre… No me lo va a creer.

Pero de repente, al salir del seto, se topó con un chico que estaba también grabando a la pareja.

A ver, ¿y tú quién eres? ¿Por qué grabas a mi abuela? ¿Tienes permiso o qué?

El chico, sorprendido, se recompuso y contestó enseguida:

¿Quién? ¿Yo? Soy periodista. Bueno, puede que esté haciendo un reportaje sobre el amor en la tercera edad.

Lucía resopló.

Menudo amor, anda ya. Hoy en día hay mucho listo buscando aprovecharse de abuelas buenas y quedarse con su piso.

¿De verdad piensas así? se extrañó él.

Cien por cien segura. Y dime, ¿por qué elegiste precisamente a mi abuela para tu reportaje? Hay un montón de parejas por ahí. Además, no te permito grabarla, que eso no se puede. Que es mi abuela, y ese novio a ver si le quita el piso de dos habitaciones

El chico la miró medio indignado.

Que sepas que ese novio tiene un piso de tres habitaciones en el centro. Estoy viviendo con él ahora, porque mis padres están reformando la casa.

¿Entonces es tu abuelo?

Sí, Evaristo Martín se llama. Y lo flipo, porque desde hace un tiempo no parece el mismo. Se afeita a días alternos, se ha comprado vaqueros nuevos y hasta me pidió consejo para perfumarse. Ahí vi que pasa algo A ver si alguna interesada le quiere dejar sin techo, que hay mucha por ahí

O sea, el hombre que va de la mano con mi abuela es tu abuelo. Yo soy Lucía, ¿y tú?

Gonzalo contestó él, sonriendo. Bueno, pues ya que hemos aclarado el misterio, ¿qué, dejamos que sigan viéndose? Yo por mí, encantado.

Bueno, pues sí, mejor. Que vivan su vida y mi abuela que disfrute.

Oye, Lucía, ya que estamos, ¿te apuntas a ir al cine? Estrenan un thriller en los Ideal.

¡Venga! Me apetecería.

Pasan tres meses. Un día, Asunción llama por teléfono a su hija.

Hija, ¿está también en casa Lucía?

Sí, mamá, dime, ¿pasa algo?

Es que quiero daros una noticia. Evaristo Martín, mi amigo, me ha pedido matrimonio y he aceptado. ¡Así que preparad las felicitaciones! la madre activó el altavoz phone. Nos casamos, y estáis invitadas.

Abuela, ¡enhorabuena! Pero ¿para qué os casáis a estas alturas? ¡Si ya no vais a tener hijos!

Mira, Lucía, una cosa te digo: a mi edad se siguen las buenas costumbres. Nosotros nos tomamos las cosas en serio, no como los jóvenes que a los quince días ya se han dejado. Con Evaristo es amor verdadero.

A ver, mamá, igual Lucía tiene razón, igual no es necesario tanto papeleo. ¡Si ya vivís tan felices!

Nada de eso, hija. El mejor momento para casarse es cuando llega el amor. Y el amor no entiende de edades, que lo sabe todo el mundo. Para mí, justo ahora empieza mi vida.

Vale, mamá, entonces nada que objetar, ¡enhorabuena! Venga, nos ponemos manos a la obra para organizarlo con Lucía.

Por cierto, hija, ¿te has enterado que tu Lucía sale con Gonzalo, el nieto de Evaristo? sonreía Asunción.

Sí, sí, me lo contó, y está encantada con él. ¿A que sí, Lucía?

Claro que sí, abuela, Gonzalo es lo más, igualito que tu Evaristo se rió Lucía.

Y así, en una pequeña cafetería llena de encanto, celebraron la boda de Asunción y Evaristo, rodeados de sus familias. Todos desbordaban felicidad.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

3 + 19 =

La vida acaba de comenzar La víspera, Julia había quedado con su amiga para empezar el día con una carrera matutina. Era cierto que estaban de vacaciones universitarias y no les hacía mucha gracia madrugar, pero alguna vez había que ponerse en forma. —Ksyusha, no te duermas, que ya te conozco, te encanta quedarte en la cama hasta las tantas —decía Julia la noche anterior, mientras su amiga se lo prometía con firmeza. —Julia, claro que no me quedaré dormida, cuando toca, soy responsable, tú lo sabes —y se reía al decirlo, porque de las dos, responsable… precisamente ella, no. Julia se esforzó y se levantó pronto, incluso antes de que su madre se fuera a trabajar, terminando su café y refunfuñando. —Mamá, ¿con quién hablas? —preguntó sorprendida la hija. —Conmigo misma, mira, me he puesto esta blusa nueva y ya tiene una mancha de café… —¿Y tú eras la que decía que yo no cuido la ropa? —se quejó la hija—. Podrías haberte tomado el café en camiseta. —Voy con prisa y ahora me tengo que cambiar otra vez. Bueno, no me eches más leña al fuego esta mañana. Por cierto, ¿a qué se debe que te levantes tan temprano? —ya se estaba poniendo otra blusa. —He quedado con Ksyusha para correr por el parque —respondió Julia muy seria. —Ay, no me hagas reír, con quién has ido a quedar… seguro que tu Ksyusha sigue durmiendo tan ricamente, de eso estoy segura. Mira, hija, tengo una tarea para ti. ¿Hace cuánto que no ves a la abuela? —Mamá, ayer mismo le llamé, hablamos todos los días por teléfono. —Bueno, hoy ve a visitarla, hazle compañía y cómprale estas pastillas para la tensión, que últimamente decía que le subía y le bajaba. Cómprale también unos cruasanes y mermelada de fresa. Ya tiene sesenta y cuatro años. Tú estás de vacaciones y tienes tiempo, yo me voy volando, —dijo la madre y se marchó del piso. —Bueno, pues paso por la abuela a primera hora, como Caperucita Roja, sólo que sin pasteles —pensó Julia sonriente—. Uy, y la carrera… Marcó el número de Ksyusha, que contestó con voz adormilada. —Sí… —pero en seguida espabiló—. Uy, Julia, me he quedado dormida, ¿ya estás en el parque? Perdona, ya… voy… —No hace falta que te des prisa, tengo tarea: visitar a la abuela, así que se cancela la carrera. Primero desayuno, voy a la tienda y a la farmacia, y después a casa de la abuela. Ya sabes que vive en la otra punta de Madrid. —Vale, Julia, yo sigo durmiendo —se alegró la amiga y colgó. —Mamá tenía razón… —Julia se rio—. Esta Ksyusha es una dormilona, aunque quizá yo estaría también tan feliz en la cama ahora mismo. Una hora después, Julia salió de casa con su mochila, el dinero, la lista de medicinas y también metió el paraguas, que el día estaba gris. Tardó una hora más en llegar al otro extremo de la ciudad. Ya casi era mediodía cuando llamó al timbre de María Semeónovna. La abuela abrió rápido y su nieta se quedó de piedra, dio un paso atrás pensando que, igual, se había confundido de piso. —¡Vaya cambio! —Julia no creía lo que veía—. ¿Abuela, eres tú? —Soy yo —respondió con orgullo María Semeónovna—. ¿Julia, de verdad parezco más joven? Dio una vuelta lenta para dejar que su nieta la mirara bien. —Abuela, ¡qué corte de pelo tan moderno! Y el color, has dejado de ser castaña y ahora vas sofisticada con ese rubio plateado, ¡y las uñas! Uy, abuela, que ya no sé si llamarte abuela —se reía Julia. —¿De verdad te gusta, Julia? —¡Claro! Por cierto, mamá dice que tienes la tensión mal, te he traído pastillas, cruasanes y mermelada de fresa. —Bien los cruasanes y la mermelada pero intento evitar el dulce, quédatelos tú. —Venga ya, abuela, ¿qué te pasa? ¿Te has enamorado o qué? Se te ve estupenda, y mamá me ha mandado porque estaba preocupada… —Gracias, Julia, seguro que tienes mil cosas, ¿vas a quedarte conmigo? Julia se sorprendió. Normalmente la abuela no la deja irse en toda la tarde, y esta vez la estaba despidiendo. No pudo evitar preguntar: —¿Y si tomamos un té? —Julia, tengo mil cosas, llévate los cruasanes y la mermelada, y aquí tienes unas tortitas que he preparado, para que tengas tentempié —y se reía María Semeónovna. —Bueno, abuela, pues me voy —aceptó su nieta—, aunque me huele raro… ¿Tendrá novio la abuela? Bajando por las escaleras Julia iba dándole vueltas al asunto. —Esto lo tengo que averiguar. Nunca antes la abuela me ha despachado así. Aquí hay lío… ¿Será un ligue? ¿O irá de excursión con las amigas, como suele ir a teatro y a cafés? Al salir del portal, Julia se escondió tras los garajes del patio a observar. No tuvo que esperar mucho, media hora después salió María Semeónovna. —Vaya, lleva traje nuevo. ¿A dónde irá? Ah, al parque… María Semeónovna se alejó y Julia caminó tras ella, guardando la distancia. —No vaya a ser que la abuela descubra que la sigo —pensaba la nieta. Pero su abuela iba muy entretenida en sus pensamientos, sin mirar atrás. En el parque la esperaba un hombre canoso, con flores. Julia se ocultó tras un arbusto. La abuela se acercó, él le dio el ramo y le besó la mejilla, y ella también. —Madre mía, no me he equivocado. ¡Abuela! Si en esta edad también surgen historias de amor. ¡Y cómo la coge de la mano! Julia no se atrevía a salir del arbusto; pensó que volverían hacia allí. —Van a la cafetería de la terraza de verano… De pronto, oyó un clic de móvil tras ella y se topó con un joven que grababa a la pareja. —¡Oye! ¿Quién eres tú y por qué grabas a mi abuela? ¿Quién te ha dado permiso? El chico se quedó cortado, pero al reponerse respondió: —¿Quién? Soy periodista. Quizá quiera escribir sobre el amor en la tercera edad. Julia bufó. —¿Amor? Tonterías. Ahora todo está lleno de timadores que quieren quedarse con la casa de las abuelas. —¿De verdad lo crees? —se sorprendió el chico. —¡Por supuesto! ¿Y por qué para tu reportaje eliges a mi abuela? Hay muchas. Yo no te permito grabarla. Es mi abuela y ese “novio” suyo, ya veremos si no le birla el piso. El joven la miró molesto. —Si quieres saberlo, ese novio tiene un piso grande en el centro. Ahora vivo con él, mis padres están de reformas. —¿O sea que es tu abuelo? —Sí, Eguardo Ivánovich. Últimamente está irreconocible. Se afeita cada dos días, se ha comprado vaqueros nuevos y me pidió ayuda con el perfume. Allí sospeché… ¿Y si una cazafortunas quiere quedarse con su piso? Ahora eso pasa mucho… —O sea, el que va con mi abuela es tu abuelo. Yo soy Julia, ¿y tú? —Artem —respondió el chico sonriente—. Bueno, pues si todo está claro, que sigan viéndose. Yo no me opongo. —Pues sí, yo tampoco. Que salga lo que quiera… —Ya que hemos coincidido, ¿vamos al cine a ver el nuevo thriller? —propuso Artem. —¡Venga! —aceptó ella. Pasaron tres meses. María Semeónovna llamó a su hija: —¿Está Julia en casa? —Sí, ¿por? —Pues tengo una noticia: mi buen amigo Eguardo Ivánovich me ha pedido matrimonio y he aceptado. Así que, felicítame, que os invito a la boda —la madre puso el altavoz—. Ya tenemos fecha y todo. —Abuela —gritó Julia—, me alegro, pero ¿para qué casarse a vuestra edad? ¡Si no vais a tener hijos! —Julia, hija, hay que hacer las cosas bien. Y en nuestra generación lo normal es formalizar. Vosotros ahora, a las dos semanas os separáis… Pero lo de Eguardo y yo va en serio. —Mamá, dice bien tu nieta. ¿Seguro que hace falta boda? Podéis vivir juntos… —Hija, el mejor momento para casarse es cuando te llega el amor. No tiene edad, todo el mundo lo sabe. Y en mi edad, puede que la vida justo empiece —María Semeónovna reía—. Así que si llega el amor, ¡al registro con él! —Entendido, mamá. Enhorabuena, os ayudamos con todo. —Por cierto, ¿sabías que Julia sale con Artem, el nieto de Eguardo Ivánovich? —Lo sé, lo sé, me lo contó, y está encantada. ¿A que sí, Julia? —Sí, abuela, ¡y Artem es genial, igual que tu Eguardo! —y soltó una carcajada. Poco después, celebraron la boda de María Semeónovna y Eguardo Ivánovich en una acogedora cafetería. Todos eran felices.
Perdona, caballero, ¿no puede apartarse un poco? Uf, ¿es ese olor suyo? — Disculpe… —balbuceó el hombre, alejándose un poco. Y aún murmuró algo entre dientes, entre enfurruñado y triste, mientras contaba unas monedas en la palma de su mano. Quizá no le llegaba para una botella, pensó Rita, fijándose en su rostro. Curioso… no parecía borracho. — Perdón, caballero… no era mi intención. —Algo la frenaba para darse la vuelta y marcharse. — No pasa nada. Él alzó hacia ella la mirada: unos ojos azules intensos, sin un gramo de desgaste. Parecía tener la misma edad que Rita. Increíble… jamás había visto ojos así, ni de joven. Rita, casi por impulso, lo tomó del brazo y lo apartó de la pequeña cola de la caja. — ¿Le pasa algo? ¿Necesita ayuda? —intentó no fruncir el ceño. Al fin comprendió a qué olía el hombre: a sudor rancio, sin más. Callaba, escondiendo rápidamente las monedas en el bolsillo. Le daba corte contarle QUÉ le pasaba a una mujer desconocida, además tan bien arreglada. — Me llamo Rita. ¿Y usted? — Yuri. — ¿Necesita ayuda? —se dio cuenta de que casi se estaba imponiendo. A un vagabundo, nada menos. Él la miraba de reojo, esquivando su mirada azul fulgurante. Bueno, pues vale. Cuando ya se marchaba, él de pronto murmuró: — Trabajo es lo que necesito. ¿No sabrá usted si aquí hay algún chapuzas? Algo de bricolaje, o tareas domésticas. El pueblo es grande y bueno, pero no conozco a nadie. Perdóneme… Rita calló y al final Yuri volvió a susurros para sí, incómodo. Pensó si debía meter desconocidos en casa. Precisamente quería cambiar los azulejos del baño, su hijo prometió hacerlo él mismo, insistiendo en no contratar a manazas. Pero siempre andaba liado en el trabajo… — ¿Sabe colocar azulejos? —le preguntó a Yuri. — Sé, sí. — ¿Cuánto cobraría por un baño de 10 metros cuadrados? El hombre masculló, impresionado por el tamaño del aseo. — Tendría que verlo, pero bueno… lo que usted me dé. Yuri hizo el baño con una maña y pulcritud excepcionales. Primero pidió permiso para ducharse —Rita agradeció que lo hiciera—, esperaba que no trajera nada raro consigo. Le dio ropa del difunto marido; la suya la lavó. Terminó el trabajo en un fin de semana. Quitó el azulejo viejo, recogió todo con esmero. Dejó las herramientas limpias y ordenadas. Para el domingo por la noche, los nuevos azulejos brillaban en su sitio. Rita estaba un poco incómoda por que Yuri acabara: parecía un sintecho. ¿Dejarlo una noche más? Raro. Pero echarlo a la calle a medianoche… tampoco. El sábado apenas durmió: cerrada con pestillo, estaba alerta. Pero Yuri, agotado, dormía a pierna suelta en el sofá. — ¡Venga a ver cómo ha quedado, Margarita! —la llamó él. Qué decir, quedó perfecto. — Yuri, ¿cuál es su profesión? —preguntó Rita, admirando el resultado. — Profesor de Física. Terminé la Pedagógica de Leningrado. — ¿San Petersburgo, quiere decir? — Por entonces, era Leningrado. Y sobre los azulejos… todo hombre que se precie debería saber de estas cosas. Eso creo yo. Rita asintió, sacó el dinero preparado y se lo dio; no regateó. Yuri guardó el sobre sin mirar y se calzó. Su ropa ya estaba seca. — ¡Espere! ¿Así, sin más, se va a ir? —protestó Rita, incluso indignada. — ¿Pasa algo? —preguntó él, otra vez con esos ojos imposibles. — ¡Al menos coma algo! Ha trabajado todo el día. Apenas ha tomado un té. Yuri dudó un segundo y luego aceptó. — Vale, no le digo que no. Gracias. Comieron un poco de pescado. Solo por compañía, Rita también picó algo, aunque nunca cenaba después de las seis. Descubrió que la conversación con Yuri era agradable. Encantador, inteligente, pero algo perdido, una pérdida que no se iba, ni con la ducha ni con charla. Sería cuestión de tiempo. — Yuri, ¿pero qué le pasó realmente? Perdón por preguntar. Guardó silencio y respondió: — Verá, si empiezo a contar, sonará heroico, ridículo, exagerado. He oído muchas historias así en los últimos ocho años. Solo que la mía fue cierta. ¿De verdad quiere saberla? — Me sorprende… que un hombre como usted esté en esta situación. Yuri la miró fijamente y al poco ambos se levantaron. Se cruzaron en la puerta. Chocaron… y a partir de ahí, todo fluyó solo. Rita nunca pensó que, a los cincuenta y tres, podría arder una pasión así; siempre creyó que la pasión era cosa de jóvenes. Más tarde, Yuri confesó que hacía ocho años intentó ayudar a un alumno brillante pero de mala familia. Lo arrastraron a malas compañías. Yuri, su tutor, fue a sacar al chico de la banda. El jefe era un tipo sin escrúpulos, y no hablaron: lo atacaron. Pero Yuri hacía judo. Los redujo, menos al cabecilla, que se golpeó la columna contra el muro de hormigón. Murió. Yuri mismo llamó a la policía y a la ambulancia, seguro de que lo peor sería un exceso de legítima defensa. Pero le cayeron doce años de cárcel: la famosa “ciento cinco” rusa. Salió antes por buen comportamiento, pero la vida fuera fue dura. — Allí dentro también hay vida —dijo solo de su paso por prisión. Al salir, nadie lo esperaba. Madre muerta, hermano acogiendo a la madre, y la cuñada echándolo de casa: — Que a ese expresidiario ni se le vea por aquí. Su propia esposa ya se había divorciado. Probó suerte en Madrid —antes San Petersburgo, ahora, mucho menos suerte— pero nadie ofrecía trabajo tras ocho años preso. De pueblo en pueblo, buscó chapuzas, pero se topó con incomprensión y desprecio. Hasta dormir en la calle. — ¿Desde hace cuándo? —preguntó Rita, observando el resplandor del cigarrillo. — Dos semanas, ya. Las colillas eran de Rita: fumaba alguna vez, rara vez. Él quiso comprar, pero ella no le dejó. Pensando en cómo es vivir dos semanas así… A la luz de la brasa confesó todo. Ella le permitió, por fin, compartir su cama. — ¿Tienes DNI? — Claro, hombre… lo que no tengo es empadronamiento. De ahí vienen casi todos mis problemas. Yuri se quedó. Rita le gestionó un empadronamiento provisional y él encontró trabajo —no de profesor, pero algo era: vendedor en una ferretería. Los fines de semana daba clases particulares. Pasaron dos meses y medio en paz y amor… hasta que llegó el hijo de Rita, que, viendo el panorama, sacó a su madre afuera: — Mamá, tienes que deshacerte de él. — ¿Qué dices? —Rita sorprendida. Ya hacía tiempo que no se metían en la vida del otro. — Que te deshagas de ese muerto de hambre. ¿Por qué crees que está aquí? Porque no tiene dónde caerse muerto, mamá, ¡espabila! Rita le dio una bofetada. — ¡Ni se te ocurra meterte en mi vida! — Mamá, no lo olvides: soy tu heredero. Y no pienso repartir nada con extraños. ¿Y si te casas con él? — ¿Tan rápido me entierras? ¿Y qué piensas heredar, si se puede saber? Te voy a sobrevivir, ya lo verás… — Mamá, no me obligues a hacer cosas feas. Si lo encuentro aquí cuando vuelva, actuaré. Te lo aviso. Rita contuvo el llanto al regresar. — ¿Es policía? —preguntó Yuri. — Perdona que no te lo dije antes… — No tenías que hacerlo. — Es fiscal. Buen chico, Yuri. Precavido. Y se preocupa por mí. — ¿Qué vas a hacer? Rita se sentó, dudando. Sabía que Dima podía cumplir sus amenazas. ¿Intentaría meter a Yuri en problemas de nuevo? ¿Hasta encarcelarlo? — Es primavera… —dijo Yuri—. Piénsalo. Si quieres, hablo yo. Rita asintió, sufriendo. Separarse de Yuri le partía el alma; enfrentar al hijo, tampoco quería. — He ahorrado —dijo él—. Para una parcela aquí no da, pero a veinte kilómetros, sí. Poner una caseta, y poco a poco construirnos la casa. Sigo dando clases, el trabajo no es imprescindible. La casa la levanto yo mismo. ¿Qué dices? Rita enmudeció, conmovida. Él dudó, por si ella echaba de menos la comodidad. — Yo también tengo ahorros. Puedo invertir en la casa —dijo, pensativa. — No te pido nada, ¿eh? — ¡No hace falta, lo hago por los dos! Él se agachó, la abrazó y le besó la coronilla. Rita sintió calor, confianza y amor, algo que creía imposible a su edad. Cumplieron el plan: firmaron el terreno. Yuri insistía en ponerlo a nombre de Rita, pero ella se negó. — ¡No me hace falta más propiedades, y tú no tienes nada! ¡No me hables de mi “heredero”! Colocaron la caseta, conectaron la luz. Yuri, remangado, empezó la obra. No llegaron los ahorros, así que él aumentó las clases particulares. Las ganancias, todas a la casa. Por las noches de verano, tendían una manta en su nueva parcela y miraban las estrellas. — ¿Qué sientes? —le preguntaba Yuri, abrazándola. — Siento que me ha llegado un segundo aire —decía ella. — ¡Eso lo siento yo! Tú deberías sentir mi amor. Y, por supuesto, lo sentía. Un día, Rita fue a casa a por ropa y mantas de invierno; pilló a Dima en la cocina, fumando. — Hola, hijo. Solo paso a por unas cosas. ¿Qué tal? Él miró a su madre, que irradiaba felicidad y estaba más esbelta y morena. — ¿Por qué nunca estás en casa? — Ya no vivo aquí. Solo vengo por lo necesario. Él enmudeció, sorprendido por el cambio de su madre. Más ligera, más feliz. — Cuando la casa esté lista, te invito sin falta, hijo. Ahora andamos liados. Cargó dos bolsas; de paso, le dio un beso, corriendo de un sitio a otro. — Mamá, ¿qué te pasa? —preguntó él. Rita, desde la puerta, le sonrió de oreja a oreja: — ¡Segundo aire, Dimi! Y amor, claro. ¡Mucho amor! Cuídate, hijo —rió y salió de casa. No había tiempo que perder: ese día tenían que construir el porche.