El vecino de la edad equivocada Las mañanas de don Pedro Serrano transcurrían siempre igual. La tetera silbaba, la radio de la cocina chisporroteaba y soltaba titulares sobre atascos y el clima, en el portal sonaban dos o tres portazos: la gente rumbo al trabajo. Él, jubilado desde hacía tiempo, ya no tenía prisa por salir, pero aún conservaba el hábito de levantarse temprano, igual que el de recorrer el piso comprobando si había cerrado bien la terraza, apagado el gas y dejado las llaves en su sitio. Llevaba más de treinta años viviendo en aquel bloque de nueve plantas en el extrarradio de Madrid. Conocía el timbre de cada vecino, sabía quién daba los portazos más fuertes, quién dejaba el carrito de bebé ocupando el rellano. Su planta era tranquila. Aquella quietud le gustaba. Por las noches podía sentarse en el sillón, poner una serie antigua en la tele y, a través de la pared, escuchar toser a la señora del final del pasillo. Así sentía la casa viva, aunque nunca demasiado bulliciosa. En el portal todo seguía un orden sutil. Si veía los avisos del ascensor torcidos, los enderezaba. Una vez compró celo para corregir un cartel sobre la limpieza de la escalera y lo colocó él mismo, sin faltas de ortografía ni chapuzas. Su ficus presidía el rellano desde una botella de plástico cortada a modo de maceta. En verano lo sacaba a la escalera, para dar algo de alegría al ambiente. El día que todo empezó a cambiar, estaba regándolo precisamente. Olía a filetes fritos: alguien cocinaba abajo y el olor subía escaleras arriba. El ascensor se sacudió, chirrió y se abrió la puerta. Salió de allí un chaval con trolley y mochila, auriculares enchufados a un móvil del que se escapaba apenas una música rítmica. El joven se detuvo, consultó los números de los pisos y miró a don Pedro Serrano. —Buenos días —dijo, quitándose un auricular—. ¿Sabía decirme, doscientos treinta y siete, por favor? —El doscientos treinta y siete es la siguiente puerta —respondió él—. Aquí la numeración es rara, no va en orden. El chico asintió y arrastró el trolley. Las ruedas empezaron a repiquetear sobre el terrazo. El pasillo se llenó con sus pertenencias, el bulto de la mochila golpeó el brazo del jubilado. —Ay, perdón —se disculpó el muchacho rápidamente—. Me estoy instalando, ya sabe… La palabra “instalando” le sonó a intrusión. En el 237 vivía doña Luz, viuda y tranquila, con su gato. Había oído que pensaba alquilar habitación. Así que aquí estaba: el inquilino. Don Pedro Serrano regresó a su piso, número 235, cerró la puerta y se quedó escuchando. Tras el tabique sonaron movimientos de muebles, puertas de armarios. Después sonó el timbre varias veces más—debía de llegar alguien nuevo—. Voces jóvenes, rápidas, risas breves. Se hizo otro té en la cocina, demasiado fuerte pero igual lo bebió. Le rondaban las palabras de doña Luz: “Bueno, la pensión no da, que viva aquí el chaval, total, los estudiantes son silenciosos y formales”. Silenciosos. Por la noche, pronto se entendió cuánto silencio. En cuanto oscureció, crujieron bolsas en el pasillo, un portazo, y al otro lado del tabique arrancó la música. No muy alta, pero con un bajo que atravesaba la pared. Don Pedro Serrano apagó la tele, escuchó. El bombo palpitaba con uniforme obstinación, como un puñetazo en el pecho. Esperó diez minutos, se acercó a la pared, dio suaves golpecitos. Nada. Tocó con más fuerza. Al cabo, el bajo bajó de volumen, sin desaparecer. —¡Bah, vaya silencio…! —rezongó volviendo a su butaca. La noche se hizo larga. Cerca de la medianoche tardía, una puerta retumbó con tal fuerza en el rellano que hasta el armario de su salón tembló. Voces, risas, intentos torpes de meter la llave en la cerradura. El jubilado, en la oscuridad, contaba los latidos del corazón. Recordó las normas del chat de vecinos: “Por favor, recordemos respetar el descanso desde las 23.00”. Él mismo lo había reenviado en su día. Por la mañana abrió la puerta y vio dos pares de deportivas en el pasillo y una chaqueta colgada, cuando antes solo había las suyas y las de doña Luz. Había hasta una caja de pizza apoyada con esmero contra la pared. La miró un instante, regresó adentro. Abrió el chat vecinal en el móvil y empezó a escribir: “Ruego no se deje basura en el pasillo y se respete el horario de silencio”. Borró el mensaje. Tecleó: “¿Quién se ha instalado en el 237? Mucho jaleo anoche”. Borró también. Al final envió solo: “No dejéis basura en el pasillo, por favor”. Minutos después, alguien contestó con un emoticono. Luego varios: “¿Dónde está esa basura?”—“En mi rellano está limpio”. Doña Luz nunca participaba en los chats, no le gustaban. A mediodía la encontró en el ascensor. Llevaba bolsa de la compra, sobresalía un pan y un manojo de perejil. —¿Ya tienes inquilino, Luz? —preguntó con prudencia. —Sí, Iván, estudiante de informática. Buen chico, muy educado. No te agobies, ya le dije que aquí no se hace ruido. —Ajá —dijo él—. Educado. Por la noche volvió la música: ahora con voz, palabras arrastradas en inglés. Don Pedro apagó la tele, se puso las zapatillas y salió. Tocó a la puerta de Luz. La música fluía, todavía, por debajo de la rendija. Tras unos segundos, giro de llave. Iván abrió en camiseta y chándal. —Buenas noches —le dijo Don Pedro—. ¿No podrías bajar el volumen? Ya es tarde… Iván parpadeó, retiró el auricular colgando de su cuello. —Ay, sí, claro, disculpe. No me di cuenta, tenía cascos puestos y se quedaron sonando los altavoces. Ahora bajo. —Mejor apaga —cortó seco Don Pedro—. Aquí la gente vive, esto no es un colegio mayor. —Por supuesto, perdón, no se repetirá. El sonido cesó casi al momento. Don Pedro volvió a su butaca, sin que le abandonase el enfado. “No se dio cuenta… ¡Cómo no se va a dar uno cuenta!” Al día siguiente, pleno telediario, sonó su timbre. Era el chaval, ahora en vaqueros y con el portátil en la mano. —Perdone por ayer —murmuró Iván—. Quería preguntarle… ¿Su Internet va bien? No me conecta nada y Luz dice que usted sabe manejar estos líos. Don Pedro estuvo a punto de soltar que ni hablar de compartir su wifi, pero la pregunta fue distinta: solo necesitaba el número de un técnico, ese que todavía guardaba pegado a la nevera. Le preguntó el nombre, fue a buscarlo, le escribió el teléfono en un papel. —Si alguna vez quiere ayuda con el móvil o el ordenador, yo sé de eso —añadió Iván, mostrando el portátil—. —No me hace falta —atajó Don Pedro—. Gracias. Esa noche, peleando con el móvil, tentado estuvo de llamarle, pero la tozudez pudo más. Solo logró borrar del menú el reloj. Días después, nueva tormenta en el chat vecinal: fotos a las deportivas de Iván, queja de otra vecina por cajas de cartón en el rellano. Don Pedro propuso hablar cara a cara, no por mensajes. Ni él mismo entendía por qué lo hacía. Se cruzaron más veces: en el ascensor, en la entrada. Un día Iván le sujetó la puerta mientras él peleaba con la compra. En el ascensor Iván confesó que aún no se hacía a la vida en bloque y que en su pueblo, en Toledo, allí no existían chats de vecinos, sino palabras y, a veces, zapatillazos del padre. A lo que Don Pedro replicó que aquí mejor quitar primero los zapatos y luego protestar. Al poco, problemas con el contador del agua y la lectura por Internet. La espalda no le permitía fisgonear debajo del fregadero y, aunque a disgusto, Don Pedro llamó a Iván. El chico entró descalzo, ordenó los zapatos. Leyó los datos, los introdujo en la web, le instaló una aplicación. —Así la próxima vez será más fácil —sonrió. Don Pedro no se enteró de la mitad, pero no protestó. Desde entonces, empezó a verle de otro modo. Seguía molestándole el jaleo, el olor a comida o las visitas nocturnas, pero empezaba a sentir que él mismo ya formaba parte de algo rápido y cambiante, aunque sin buscarlo. Una noche, escándalo en el 237: risas, vídeo a todo volumen, quejas en el chat, amenaza de llamar a la policía. Don Pedro salió en bata y llamó a la puerta. —¿Es que no sabes la hora que es, Iván? —le soltó con severidad—. Aquí vivimos personas, no es un piso de estudiantes. No vuelvas a montar esto. —Perdón… De verdad —musitó el chico. A la mañana siguiente, en el cuarto de basuras, Iván le preguntó, sin malicia, si vivía solo. Le salió una respuesta brusca, y luego, al verse reflejado en el ascensor, no supo bien quién era el viejo malhumorado que veía. Y luego llegó la inundación en el portal: goteras, la crisis, la compañía de seguros. Iván vino a ayudar a apartar muebles, a poner cazuelas bajo la filtración. Acabaron tomando té. Iván, hablando de su pueblo y de la soledad de Madrid; Don Pedro, reconociendo en el chico el miedo de quien empieza. Tras eso, fueron coincidiendo más veces; Iván tardaba menos en bajar la música, él se acostumbró a verle por el rellano, incluso aceptó su ayuda alguna vez cuando le dolía la pierna o no alcanzaba los medicamentos. Un día, Iván llamó a la puerta con una fiambrera de cocido, le propuso ver juntos el partido de fútbol por la tele porque su suscripción no funcionaba. Al terminar, Don Pedro se descubrió riendo como hacía años. Llegó la primavera. Un día doña Luz le contó que el chico se marchaba, tras encontrar otro cuarto junto a la universidad. —¿Y ahora qué? ¿Sigo alquilando? —preguntó. —Tú verás —respondió Don Pedro, aunque por dentro sintió un pequeño vacío que no supo explicar. El día de la despedida, Iván le dio el número de wifi, por si lo necesitaba, se despidió, prometió no dejar los estudios y ayudarle si otra vez le hacía falta algo del móvil. Esa noche, la casa estaba más silenciosa que nunca. Don Pedro repasó mensajes en el teléfono. “¿Llegaste bien?” tecleó, dudó. Al final, pulsó enviar. “Todo bien, gracias por preguntar”, contestó Iván. “¿Por ahí todo en orden? ;)” Y Don Pedro respondió: “Demasiada calma.” El ficus en la ventana seguía creciendo hacia la luz. Y Don Pedro, por primera vez, pensó que quizá aquel silencio no era vacío, sino espera. Esperanza de que, en algún momento, alguien volvería a llenar la casa, aunque solo fuese para discutir por la música o pedir ayuda para el móvil. Y la idea no le asustó. El vecino de la edad equivocada.

El vecino de otra generación

Mira, te cuento: las mañanas de Pedro Hernández siempre arrancaban igual. El hervidor empezaba a silbar, la radio en la cocina soltaba sus crujidos y enseguida se ponía a hablar de atascos y del tiempo que haría en Madrid, abajo en el portal un par de puertas sonaban una detrás de otra: la gente saliendo temprano a trabajar. Ya hacía tiempo que Pedro no tenía prisa por salir de casa, pero la costumbre de madrugar no se le había ido, igual que esa manía de dar una vuelta por el piso antes de desayunar: asegurándose de que el balcón estuviera cerrado, el gas fuese apagado y las llaves en su sitio.

Llevaba más de treinta años en su piso de una corrala alta, ahí en el extrarradio de Alcalá de Henares. Se sabía perfectamente qué timbre era el de cada vecino, quién pegaba el portazo más fuerte y quién dejaba el carrito del niño atravesado en el rellano. Su planta era tranquila, y la calma le gustaba. Por las noches se sentaba en su butaca, ponía alguna serie antigua en La 2 y escuchaba, a través de la pared, la tos de la vecina del fondoDoña Carmen, que vivía con su gata Chispa, notando así que el bloque seguía vivo, pero sin jaleo.

En el bloque, todo tenía su rutina. Si alguien colgaba torcido un aviso en el corcho, Pedro lo enderezaba. Incluso una vez compró celo y volvió a imprimir el anuncio de la limpieza para que quedara perfecto, sin las típicas faltas de ortografía. Entre los pisos, en el alféizar de la ventana, tenía su ficus plantado en una botella de agua cortada a modo de maceta. En verano lo sacaba al rellano, a ver si así el portal parecía menos apagado.

Total, que el día que todo empezó a moverse un poquito fue justo cuando estaba regando ese ficus. Por el edificio subía el olor de filetes a la planchaalgún vecino abajo cocinando, y el aroma se colaba escaleras arriba. El ascensor sonó con ese crujido de siempre y, al abrirse las puertas, salió un chaval joven arrastrando una maleta con ruedas y una mochila al hombro. Llevaba cascos, con el cable colgando hasta el móvil, de donde se escapaba una música moderna apenas audible.

El chico se quedó parado, mirando los números de las puertas y luego a Pedro.

Buenos días le dijo, quitándose uno de los auriculares. ¿La 237, sabe por dónde es?

La 237 está justo pasando esta contestó Pedro, señalando con la cabeza. Aquí van las puertas un poco a su aire, no te fíes del orden.

El chico asintió, tiró de la maleta y el eco de las ruedas rebotó por las baldosas. Con tanta cosa, el pasillo se le quedaba estrecho y, al pasar, la mochila le rozó el brazo a Pedro.

Ay, perdón se disculpó el chico. Vengo a alojarme.

La palabra “alojarme” le pinchó un poco a Pedro. En el 237 vivía Carmen, la viuda tranquila del fondo, con su gata siempre husmeando. Había oído hacía nada que pensaba alquilar una habitación. Así que aquel sería el nuevo inquilino.

Pedro volvió a su 235, cerró la puerta y se quedó quieto en la entrada, escuchando. Se oían muebles moverse y el abrir y cerrar de las puertas del armario. Al rato, el timbre de Carmen sonó varias vecesseguro que había llegado más gente. Las voces eran jóvenes, rápidas, risas cortas.

Fue a la cocina, se sirvió otro té. Se pasó de fuerte, pero da igual, se lo bebió igual. En la cabeza le daba vueltas algo que había soltado Carmen una tarde: «Es que la pensión no da para mucho, y los estudiantes, total, son tranquilos». Tranquilos.

Por la noche, se dio cuenta de lo tranquilos que eran. Apenas anocheció, bolsas por el pasillo, otro portazo. Al rato, música al otro lado de la pared. No estaba alta, pero tenía esos bajos que se te meten en el cuerpo y vibran por el piso. Pedro tuvo que apagar la tele para escuchar bien. El bajo retumbaba como si le dieran golpes en el pecho.

Esperó sentado un rato más, luego se levantó y fue a dar unos golpecitos con los nudillos en la pared. Nada. Probó otra vez, más fuerte. Al final, la música bajó, pero el zumbido seguía.

Menudos tranquilos dijo en voz baja, volviendo a su butaca.

La noche fue un desastre. Cerca de las doce, la puerta del rellano sonó tan fuerte que hasta el armario de Pedro tembló. Risitas, susurros, las llaves peleándose con la cerradura. En la cama, Pedro contaba los latidos del corazón. Recordó eso que había reenviado él mismo en el grupo de WhatsApp de la comunidad: «Se ruega silencio a partir de las once, por respeto». Qué tiempos.

A la mañana siguiente, al abrir la puerta, vio en el pasillo dos pares de deportivas y una chaqueta colgada en el perchero, cuando antes solo estaban las suyas y las de Carmen. Había también una caja de pizza apoyada con demasiada parsimonia al lado de la pared.

Miró todo aquello, se lo pensó, y volvió dentro. Cogió el móvil, abrió el grupo del edificio y empezó a escribir: «Por favor, no dejéis cosas por el pasillo y respetad el silencio». Lo borró. Puso: «¿Quién vive en la 237? Anoche mucho ruido». Lo volvió a borrar. Al final, envió lo más neutro: «Por favor, no dejéis basura en el rellano».

Un par de minutos y alguno contestó con un emoticono. Luego otro: «¿Eso quién ha sido?» «Aquí está todo limpio». Carmen ni apareció por el chat; ella odiaba esos mensajes.

A mediodía Pedro la pilló cerca del ascensor, llevando una bolsa del Día, con una barra de pan y un manojo de perejil asomando.

Oye, le preguntó Pedro, con cuidado, ¿ya tienes nuevo inquilino?

Sí, Enrique sonrió Carmen. Es estudiante, de Informática. Buen chico, educado. No te preocupes, ya le he dicho que nada de jaleo.

Ajá dijo Pedro, educadísimo.

Por la tarde, al intentar ver el telediario, otra vez la música al otro lado. Ya con letra, esta vez en inglés. Pedro apagó la tele, se puso las zapatillas y salió al pasillo.

Tocó la puerta de Carmen. Desde dentro llegaba la música, amortiguada pero presente. Unos segundos y la puerta se abrió. Enrique, ahora con camiseta de manga corta y pantalón de chándal.

Buenas tardes empezó Pedro, ¿puedes bajar la música? Es muy tarde ya.

Enrique parpadeó, se quitó el auricular que llevaba colgado al cuello.

Uy, sí, claro, lo siento mucho respondió. Estaba con los cascos y no me di cuenta de que seguían los altavoces puestos. Ahora mismo la bajo.

Mejor apágala le soltó Pedro, seco. Aquí vive gente, no es una residencia.

Entiendo Enrique asintió. No volverá a pasar.

La música murió casi al instante. Pedro volvió a su butaca, pero la rabia no se le iba. «No se da cuenta, dice… ¿cómo no te vas a dar cuenta si está temblando la pared?»

Al día siguiente, justo en medio de las Noticias de Antena 3, llaman al timbre. Era Enrique, ahora en vaqueros y con un portátil en la axila.

Perdona, dice, algo cortado, quería pedirte disculpas de nuevo… y también preguntarte algo. ¿Aquí el wifi va bien? Porque a mí no me conecta, debe ser de la instalación. Carmen me ha dicho que tú llevas mucho aquí, que lo sabes todo.

Pedro quería decirle que su wifi nada tenía que ver, pero se le quedó la respuesta atascada. Enrique andaba de un pie a otro, aferrado al ordenador como si fuese un cuaderno escolar.

Yo me conecto con cable respondió Pedro, dubitativo. No soy muy hábil con esto… ¿qué te pasa exactamente?

El router hizo una mueca Enrique, como si achacara el resfriado. Pongo la contraseña y nada, no va.

¿La de mi wifi? Pedro se tensó.

No, no aclaró rápido Enrique. Es mío, pero pensé que igual guardabas el contacto del técnico que lo puso, que Carmen me dijo que una vez vinieron a echarte un cable.

Eso sí tenía sentido. Pedro tenía el móvil del técnico apuntado en un papel, sujeto con un imán en la nevera.

Espera un momento le dijo, y fue a la cocina. ¿Cómo dices que te llamas?

Enrique respondió desde fuera el chaval.

Pedro dijo Pedro, volviendo con el papelito. Prueba a llamar aquí. Ese hombre me lo arregló todo.

Mil gracias suspiró Enrique. Es que sin red no puedo con la uni.

El chaval ya se iba, pero dudó en la puerta.

Si algún día necesitas ayuda… con el móvil, o el ordenador, yo puedo echarte un cable. Me apaño con eso.

Mi móvil ya me da lo que necesito zanjó Pedro. Bueno, hasta luego.

Enrique asintió y desapareció. La puerta se cerró suavemente.

Por la tarde, cuando Pedro peleaba con su smartphone porque tras una actualización le habían desaparecido los iconos, recordó la oferta de Enrique. Pero el orgullo pudo más. Tocó y tocó la pantalla, renegando de letras diminutas, hasta que logró borrar hasta el reloj de inicio.

Poco después la comunidad estaba de charleta en el grupo de WhatsApp. Alguien se quejaba de que los pasillos olían a pizza, ponía fotos de deportivas fuera de la puerta, Pedro reconoció las de Enrique. Comentarios: «Seguro que son los del 237» y «Por favor, todos a recoger». Pedro miró el chat largo rato, hasta que escribió: «Mejor si hablamos las cosas en persona». Se extrañó él mismo de lo que puso.

Al par de días volvía él del Mercado de Abastos con una bolsa de patatas a cuestas cuando se topó a Enrique sentado en las escaleras del portal, fumando y mirando el móvil. Tenía una bolsa grande del Día al lado.

No se puede fumar aquí, le soltó Pedro, automático, al pasar.

Enrique se sobresaltó, escondió el cigarro y acabó por apagarlo en la papelera.

Disculpe, dijo. Me voy fuera.

Ya no hace falta, murmuró Pedro. Si ya está el tufo…

Subieron en el ascensor. Hacía el amago entre la tercera y la cuarta planta, y Enrique abrazó su bolsa para no rozar a Pedro.

¿Lleva mucho viviendo aquí? preguntó el chaval, mirando el «8» iluminado.

Media vida respondió Pedro, conciso.

Es que yo Enrique se rascó la cabeza. Vengo de un pueblo, y allí todo es distinto, nadie manda Whatsapps por unas zapatillas.

¿Y cómo lo hacéis? se le escapó a Pedro.

Si algo estorba, te lo dicen. Mi padre, a veces, te tiraba una zapatilla, Enrique sonrió. Pero no te manda una foto al grupo.

Llegaron a su planta.

Aquí también puedes decirlo a la cara señaló Pedro. Pero primero quita las zapatillas, y luego discute si quieres.

Las quitaré, prometió Enrique.

A los pocos días, a Pedro le llegó el aviso de la compañía del agua: no había mandado los datos del contador y le cobrarían el consumo por defecto. Llamó, le explicaron que mejor lo enviase ya, y se arrastró bajo el fregadero con el móvil haciendo de linterna. Las cifras apenas las distinguía y la espalda le crujía.

Resolló, se sentó en el taburete. Se acordó de lo que le había dicho Enrique: «Si hace falta, ayudo». Dudó, pero acabó saliendo al pasillo y tocando la puerta del 237.

Le abrió enseguida Enrique, esta vez con cascos, pero sin música.

¿Pedro? preguntó, sorprendido.

Dijiste que sabías de esto Pedro ni sabía cómo explicar. Tengo que pasar los datos del contador por internet. No veo nada. La espalda me mata.

Por supuesto, Enrique se animó. Un momento, cojo el móvil.

Entró en casa, se descalzó y dejó perfectamente alineadas las zapatillas en la entrada. Pedro se fijó, le hizo gracia. Enrique se puso de rodillas, con la linterna, leyó el contador y él mismo entró los números en la web.

Ya está dijo. En breve le llegará el SMS.

Gracias dijo Pedro, incómodo. Por teléfono lo explican como si todos fuéramos ingenieros.

Son así con todo el mundo, se rió Enrique. Podrías ponerte la app para que te sea más fácil.

Ni hablar, protestó Pedro, yo de esas aplicaciones, nada.

No tiene misterio le animó Enrique. Si quiere, le enseño.

Se lo enseñó. Sus dedos iban veloces, pero con delicadeza. Pedro miraba como si viera magia. Al final, la pantalla mostraba el icono de la compañía de agua.

Ya ve dijo Enrique. La próxima vez, solo entra aquí y listo.

Ajá, Pedro asintió, sabiendo que ni la mitad se le quedaría.

Desde entonces, empezó a ver a Enrique de otra manera. Seguía molestándole el ruido a ratos, los amigos que venían tarde, los olores a comida o las risas. Pero ahora sus quejas venían mezcladas con otra sensación: como si él mismo se hubiese puesto un pie, sin querer, en ese otro mundo más rápido.

Una noche, justo antes de medianoche, los del 237 se pusieron especialmente ruidosos. Risas, vídeos en el portátil, las voces traspasando la pared. Pedro aguantaba hasta que fue a ponerse la bata y salió a dar la cara, móvil en mano viendo cómo en el grupo ya volaban mensajes: «Otra vez 237», «¿Llamamos a la policía?».

Estaba ahí, en el pasillo, mirando el teléfono, sintiendo cómo la rabia le subía a la cabeza. Al final fue él quien tocó el timbre de Enrique.

Llamó primero. El bullicio paró, se oyeron cuchicheos. Al poco asomó Enrique, pelo revuelto, dos figuras más detrás: chico y chica, de su edad.

Pedro empezó Enrique.

¿Sabes la hora que es? le cortó Pedro, bajando la voz pero apretando. Aquí la gente duerme. Algunos madrugan, otros tenemos el corazón raro. ¿Te gustaría que te montasen esto al otro lado?

Enrique bajó la mirada.

Disculpe, susurró. Ahora mismo terminamos. No pensé…

Ese es el problema Pedro le interrumpió, que pensáis que todo el edificio baila a vuestro son.

Detrás, la chica asomó.

Ya nos vamos dijo. De verdad, perdón.

Gracias suspiró Pedro. Pero que no se repita, que en el chat ya están con lo de la policía.

Nada de policía, saltó Enrique. Ya, silencio total.

Y se hizo, casi al instante. Pero Pedro volvió a su casa con el pecho pesado, como si hubiera roto algo más que la noche.

Al día siguiente, al volver de Correos, se cruzó con Enrique junto al cubo de basura, sujetando dos bolsas y leyendo un cartel de reciclaje.

Hola dijo Enrique primero. Quería disculparme otra vez por lo de anoche. No éramos conscientes de lo que se escuchaba.

Las paredes aquí son de papel gruñó Pedro; se oye todo.

Se callaron, solo el crujir de las bolsas.

¿Usted vive solo? preguntó de pronto Enrique, sin malicia, pero a Pedro le encogió algo dentro.

¿Y eso a qué viene? respondió demasiado áspero.

Por nada se retiró Enrique. Carmen me había contado que lleva aquí muchos años. Nada, era solo por saber.

Ocúpate de tus cosas cortó Pedro y se fue al ascensor.

En el espejo del ascensor vio las canas, las arrugas al lado de los ojos, la boca apretada. «¿A qué viene ponerse así con el chaval?», pensó. Pero no dijo nada.

Un par de semanas más tarde, una gotera apareció en el bloque. Sábado por la mañana, Pedro se levanta por un ruido extraño: un plop-plop-plop que no era de la cocina sino del recibidor. Miró y vio que, desde el techo, una reguera caía directamente al felpudo.

Maldijo, puso un cubo, llamó a la empresa. Le dijeron que la avería venía del noveno, que la cuadrilla ya subía. Y el chat del bloque echando humo, fotos de goteras, uno diciendo que le mojaba la instalación eléctrica.

Mientras Pedro iba de la fregona al móvil, llamaron al timbre. Enrique, con un cuenco de plástico.

¿Le cae agua también? preguntó.

Ahora sí Pedro le enseñó el techo.

En mi cuarto gotea justo en el alargador, Enrique sonrió. Yo lo he desenchufado, pero da miedo. Carmen se ha ido a la oficina a protestar. He venido a ayudar: puedo moverle algún mueble.

Entre los dos movieron el armario, pusieron más cubos. Enrique se manejaba con soltura, Pedro aguantaba el dolor de espalda, terco.

Mejor ni se agache dijo Enrique. Yo me encargo.

Todavía puedo protestó Pedro. No me vas a jubilar tan pronto.

Ya cuando los de emergencias lo arreglaron y el agua dejó de caer, el techo quedó manchado y el felpudo, empapado. Acabaron tomando un té en la cocina, Enrique aún con el pelo húmedo y la camiseta manchada de óxido.

En casa dijo de pronto Enrique, mirando la ventana, cuando una vez se rompió el tejado, mi padre anduvo tres días al borde del infarto remendando todo solo. Yo ya me había ido a la uni, me lo contó luego.

¿Por qué te fuiste de casa? preguntó Pedro, sorprendiéndose por su interés.

Por estudiar se encogió de hombros Enrique. En mi pueblo solo hay un instituto. Aquí entré en la pública, en informática. Mis padres me dijeron «Vete, no lo desaproveches». Pero… aquí todo es ajeno. Nadie se conoce, la ciudad va a mil. Al principio viví en residencia y eso era la selva. Al final vine aquí buscando calma.

Pues aquí ni calma encuentras sonrió Pedro.

Enrique sonrió de lado.

Hago lo que puedo dijo. Pero a veces, tanto silencio parece un museo. Como biblioteca.

¿Y qué tiene de malo el silencio? preguntó Pedro.

Nada dijo Enrique. Pero cuando hay demasiado, te pones a pensar de más.

Se quedaron callados. De fondo, se oía a algún vecino taladrando en el otro portal.

Así que informático, ¿eh? dijo Pedro para romper el hielo.

Eso intento rió Enrique. A veces me aterra más que otra cosa. El primer año, ni sabía si lo iba a sacar. Pienso en volverme y buscar algo ahí en casa, pero entonces mi padre diría que tiro la toalla.

A los padres les gusta hablar suspiró Pedro. El mío igual era.

No le explicó lo de su juventud en un pueblo, cómo fue a Madrid, la vida en residencia o el cargar ladrillos por las tardes. Eso era de otra vida, pero reconocía ese miedo de Enrique.

Después del percance del agua, coincidían más. En el ascensor, al lado del buzón… Cada vez Enrique ponía menos música alta, y si se pasaba, la bajaba en seguida, como si ya supiera el efecto.

Una tarde, al principio del invierno, con la luz marchándose a las cinco, a Pedro le dio un tirón en la rodilla. Apenas podía arrastrarse a la cocina. Se sentó, intentó levantarse, pero no iba. Las pastillas en la mesilla, lejos.

Miró el teléfono. No le apetecía escribir al chat ni llamar a emergencias por eso. Al final, marcó el número de Enrique, que le dejó para cosas así.

¿Sí? respondió Enrique.

Soy Pedro. ¿Estás en casa?

Sí… ¿todo bien?

Nada grave mintió. ¿Puedes subir un momento?

Al minuto Enrique ya estaba allí.

Es la pierna Pedro soltó de mala gana. Las pastillas en la habitación, pero hoy no llego.

Enrique, sin decir mucho, se fue a por las pastillas, trajo también un vaso de agua, le ayudó a llegar al sillón y acomodar la pierna con un cojín.

¿Quiere que llame a un médico? preguntó.

No hace falta restó importancia Pedro. Viejas heridas.

¿De qué? se interesó Enrique.

De chaval, me caí por las escaleras de la obra se rió Pedro. El precio de la juventud.

Enrique se sentó en una esquina.

Cualquier cosa, llámeme usted dijo. No suelo dormir, ando estudiando de madrugada.

Estudia, estudia asintió Pedro. Nosotros a tu edad poco estudiábamos, tirábamos más de pico y pala.

Pero ahora sabe usted tratar con la gente le replicó Enrique. Nosotros, en cambio, solo sabemos pelearnos por mensajes.

Pedro sonrió, y casi sin querer, le devolvió la sonrisa.

El invierno entró de puntillas. El bloque se quedó helado; la gente volando a casa, de los pasillos, al calor de los radiadores y las infusiones.

En enero, Carmen anunció en el chat que se iba una semana con su hija, y que cualquier cosa, con Enrique. Pedro se rió solo: «Ahora él manda aquí».

Un día, justo cuando la nieve caía blanda y en la cocina el sofrito soltaba su aroma, alguien llamó a la puerta. Era Enrique, con una bolsa.

He hecho cocido y me ha salido para un regimiento confesó, algo apurado. No lo voy a tirar… ¿quiere un tupper?

Cómetelo tú respondió Pedro.

Ya he comido, Enrique sonrió. Carmen no está, no sé para quién guardarlo, pero usted siempre dice que le van los caldos.

Pedro ni recordaba haberlo dicho, pero cogió la bolsa. Dentro, un hermético llenito de cocido, aún caliente.

Gracias dijo. Pero luego te devuelvo el táper.

Como guste Enrique. ¡Que aproveche!

Cuál fue su sorpresa con ese cocido: un pelín salado, pero muy sabroso. Pedro comía y pensaba lo raro que era todo: ese chaval que le sacaba de quicio al principio, ahora le daba de cenar.

Poco después, Enrique apareció de nuevo, esta vez con el portátil.

Pedro dijo desde la puerta. Esta noche juega el Atleti. No me funciona la suscripción, y Carmen me dijo que a usted le quedaba cable. ¿Puedo verlo aquí? Sin molestar, lo prometo.

Pedro pensó decirle que ya no seguía el fútbol como antes, pero por dentro le pudo la costumbre: ver el partido, protestar al árbitro, gritar al narrador…

Pasa. Pero zapatos fuera.

Se sentaron en el salón, Enrique casi ni respiraba. En la tele, los jugadores corriendo y el comentarista a gritos. En el descanso, Enrique fue a la cocina, preparó dos infusiones.

Pensaba que era usted del Real, soltó, viendo una bufanda colgada.

¿Por qué? Pedro se agudizó.

Por la bufanda en ese mueble respondió Enrique. Parece antigua.

Vieja, como el dueño rió Pedro.

Pero fiel contestó Enrique.

El partido lo vieron juntos, desesperados por igual y riendo a carcajadas en los goles. Pedro se dio cuenta entonces de cuánto tiempo llevaba sin reír así, con alguien.

Cuando se fue, Enrique dio las gracias.

Ha sido como estar en casa dijo. De crío veía el fútbol con mi padre, aunque él se picaba mucho más.

Yo también sé bufar bromeó Pedro, pero con forasteros me corto.

Ya no soy tan forastero dijo bajo Enrique.

La frase flotó en el aire. Pedro solo asintió.

La primavera llegó sin avisar. La nieve de la plaza desapareció, bajo ella el suelo viejo y las chuches de años pasados. Dijeron de pintar el portal y el olor a pintura llenó todo el edificio.

Una mañana, con el sol colándose por la ventana y el ficus estirándose hacia la luz, Carmen llamó a la puerta de Pedro.

Pedro, empezó ella, necesito su opinión. Enrique se va pronto: exámenes, prácticas No sé si volver a alquilar la habitación. Por un lado me viene bien, por otro… qué pereza.

¿Se va ya? musitó Pedro, sorprendido.

Sí. Dice que ha encontrado algo más cerca de la uni. Desde aquí echa hora y media. ¿Qué haría usted? ¿Traer a otro?

Pedro se encogió de hombros, aunque, por dentro, sintió un hueco raro.

Es tu decisión, Carmen contestó. Tú te quedas con el inquilino.

Ya, eso sí… suspiró. Pero Enrique, por mucho barullo, era buena gente. ¿Y si el siguiente?

No terminó, pero se entendieron.

Por la tarde, Pedro coincidió con Enrique en el ascensor.

Dicen que te mudas dijo, fingiendo no importarle.

Parece que sí respondió Enrique. Pillo una habitación cerca de la uni. Aquí me tiro el día en buses. Allí tardo veinte minutos.

Mejor así Pedro. Hace falta moverse de joven.

En el ascensor, silencio. Se paró en la quinta, no entró nadie.

Le dejaré la clave del wifi, por si Carmen vuelve a alquilar dijo Enrique al salir. Y también el router, si quiere.

Con lo que has logrado que me aclare con las apps, voy servido refunfuñó Pedro, pero sonriendo.

Bueno, como guste.

Durante las dos semanas siguientes, hubo algunos más tés compartidos y discusiones sobre películas, a veces bajaban juntos la compra o Pedro le arreglaba algo chiquito del piso.

El día de la mudanza, la maleta volvió al principio del pasillo. Enrique peleando con la cremallera, la mochila lista, Carmen dándole instrucciones.

Pedro se asomó.

Bueno, pues te vas.

Eso toca Enrique. Gracias por todo: por el agua, el fútbol…

Por el ruido ni gracias gruñó Pedro, pero sin malicia ya.

Por el ruido Enrique se puso serio, le pido perdón de nuevo. De verdad lo intenté.

Se quedaron callados.

Cuída de ti Pedro. No dejes la carrera, o acabarás como yo, corriendo escaleras arriba con cubos.

No la dejo promise Enrique. Le dejo mi número, si necesita ayuda con el móvil o el wifi. Se lo explico por WhatsApp.

Vale Pedro asintió. Lo tendré en cuenta.

El ascensor bajó, Enrique desapareció.

Hasta luego, Pedro le dijo.

Suerte, Enrique.

De repente el pasillo quedó silencioso. Demasiado. Solo su abrigo en el perchero. Nada de deportivas ni cajas. Olor a pintura del portal y a bizcocho recién hecho de algún vecino.

Por la noche, Pedro escuchaba la radio, y todo estaba tan en calma que se oía hasta el agua pasar por los radiadores. Cogió el móvil, miró la lista de contactos y buscó “Enrique”. Abrió el chat, dudó largo rato. Al final, escribió: «¿Has llegado bien?», y le dio a enviar.

Poco después, Enrique contestó: «Llegué perfecto. Gracias por preocuparte». Y luego: «¿Todo tranquilo?» con un emoticono.

Pedro sonrió.

«Tranquilo, incluso demasiado», respondió. Y añadió: «No olvides que aquí vive gente, no estamos en un hostal», otro emoticono.

«No se me olvida», llegó el mensaje.

Pedro dejó el móvil y fue a la cocina. Puso agua a hervir y, como siempre, sacó dos tazas. Una la volvió a guardar. Mientras se hacía el té, se asomó a la ventana. Unos niños jugaban a la pelota, alguien paseaba al perro. Una puerta sonó en el portal vecino.

Se sirvió el té, se sentó. El ficus, en la ventana, buscaba el sol. Pedro miró la silla de enfrente, vacía, y pensó que igual, algún día, alguien volvería a sentarse allí. No tenía que ser Enrique, ni siquiera joven. Solo alguien con quien poder reñir por el ruido, pedir ayuda con el móvil o ver un partido juntos.

La idea, al final, no le pareció nada mala.

Bebió un sorbo. En el piso seguía el silencio, pero ya no era esa soledad sorda. Más bien parecía ese paréntesis breve en el que el otro solo ha salido un minuto… y sabes que pronto volverá y la puerta se cerrará, esta vez sin estruendo.

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El vecino de la edad equivocada Las mañanas de don Pedro Serrano transcurrían siempre igual. La tetera silbaba, la radio de la cocina chisporroteaba y soltaba titulares sobre atascos y el clima, en el portal sonaban dos o tres portazos: la gente rumbo al trabajo. Él, jubilado desde hacía tiempo, ya no tenía prisa por salir, pero aún conservaba el hábito de levantarse temprano, igual que el de recorrer el piso comprobando si había cerrado bien la terraza, apagado el gas y dejado las llaves en su sitio. Llevaba más de treinta años viviendo en aquel bloque de nueve plantas en el extrarradio de Madrid. Conocía el timbre de cada vecino, sabía quién daba los portazos más fuertes, quién dejaba el carrito de bebé ocupando el rellano. Su planta era tranquila. Aquella quietud le gustaba. Por las noches podía sentarse en el sillón, poner una serie antigua en la tele y, a través de la pared, escuchar toser a la señora del final del pasillo. Así sentía la casa viva, aunque nunca demasiado bulliciosa. En el portal todo seguía un orden sutil. Si veía los avisos del ascensor torcidos, los enderezaba. Una vez compró celo para corregir un cartel sobre la limpieza de la escalera y lo colocó él mismo, sin faltas de ortografía ni chapuzas. Su ficus presidía el rellano desde una botella de plástico cortada a modo de maceta. En verano lo sacaba a la escalera, para dar algo de alegría al ambiente. El día que todo empezó a cambiar, estaba regándolo precisamente. Olía a filetes fritos: alguien cocinaba abajo y el olor subía escaleras arriba. El ascensor se sacudió, chirrió y se abrió la puerta. Salió de allí un chaval con trolley y mochila, auriculares enchufados a un móvil del que se escapaba apenas una música rítmica. El joven se detuvo, consultó los números de los pisos y miró a don Pedro Serrano. —Buenos días —dijo, quitándose un auricular—. ¿Sabía decirme, doscientos treinta y siete, por favor? —El doscientos treinta y siete es la siguiente puerta —respondió él—. Aquí la numeración es rara, no va en orden. El chico asintió y arrastró el trolley. Las ruedas empezaron a repiquetear sobre el terrazo. El pasillo se llenó con sus pertenencias, el bulto de la mochila golpeó el brazo del jubilado. —Ay, perdón —se disculpó el muchacho rápidamente—. Me estoy instalando, ya sabe… La palabra “instalando” le sonó a intrusión. En el 237 vivía doña Luz, viuda y tranquila, con su gato. Había oído que pensaba alquilar habitación. Así que aquí estaba: el inquilino. Don Pedro Serrano regresó a su piso, número 235, cerró la puerta y se quedó escuchando. Tras el tabique sonaron movimientos de muebles, puertas de armarios. Después sonó el timbre varias veces más—debía de llegar alguien nuevo—. Voces jóvenes, rápidas, risas breves. Se hizo otro té en la cocina, demasiado fuerte pero igual lo bebió. Le rondaban las palabras de doña Luz: “Bueno, la pensión no da, que viva aquí el chaval, total, los estudiantes son silenciosos y formales”. Silenciosos. Por la noche, pronto se entendió cuánto silencio. En cuanto oscureció, crujieron bolsas en el pasillo, un portazo, y al otro lado del tabique arrancó la música. No muy alta, pero con un bajo que atravesaba la pared. Don Pedro Serrano apagó la tele, escuchó. El bombo palpitaba con uniforme obstinación, como un puñetazo en el pecho. Esperó diez minutos, se acercó a la pared, dio suaves golpecitos. Nada. Tocó con más fuerza. Al cabo, el bajo bajó de volumen, sin desaparecer. —¡Bah, vaya silencio…! —rezongó volviendo a su butaca. La noche se hizo larga. Cerca de la medianoche tardía, una puerta retumbó con tal fuerza en el rellano que hasta el armario de su salón tembló. Voces, risas, intentos torpes de meter la llave en la cerradura. El jubilado, en la oscuridad, contaba los latidos del corazón. Recordó las normas del chat de vecinos: “Por favor, recordemos respetar el descanso desde las 23.00”. Él mismo lo había reenviado en su día. Por la mañana abrió la puerta y vio dos pares de deportivas en el pasillo y una chaqueta colgada, cuando antes solo había las suyas y las de doña Luz. Había hasta una caja de pizza apoyada con esmero contra la pared. La miró un instante, regresó adentro. Abrió el chat vecinal en el móvil y empezó a escribir: “Ruego no se deje basura en el pasillo y se respete el horario de silencio”. Borró el mensaje. Tecleó: “¿Quién se ha instalado en el 237? Mucho jaleo anoche”. Borró también. Al final envió solo: “No dejéis basura en el pasillo, por favor”. Minutos después, alguien contestó con un emoticono. Luego varios: “¿Dónde está esa basura?”—“En mi rellano está limpio”. Doña Luz nunca participaba en los chats, no le gustaban. A mediodía la encontró en el ascensor. Llevaba bolsa de la compra, sobresalía un pan y un manojo de perejil. —¿Ya tienes inquilino, Luz? —preguntó con prudencia. —Sí, Iván, estudiante de informática. Buen chico, muy educado. No te agobies, ya le dije que aquí no se hace ruido. —Ajá —dijo él—. Educado. Por la noche volvió la música: ahora con voz, palabras arrastradas en inglés. Don Pedro apagó la tele, se puso las zapatillas y salió. Tocó a la puerta de Luz. La música fluía, todavía, por debajo de la rendija. Tras unos segundos, giro de llave. Iván abrió en camiseta y chándal. —Buenas noches —le dijo Don Pedro—. ¿No podrías bajar el volumen? Ya es tarde… Iván parpadeó, retiró el auricular colgando de su cuello. —Ay, sí, claro, disculpe. No me di cuenta, tenía cascos puestos y se quedaron sonando los altavoces. Ahora bajo. —Mejor apaga —cortó seco Don Pedro—. Aquí la gente vive, esto no es un colegio mayor. —Por supuesto, perdón, no se repetirá. El sonido cesó casi al momento. Don Pedro volvió a su butaca, sin que le abandonase el enfado. “No se dio cuenta… ¡Cómo no se va a dar uno cuenta!” Al día siguiente, pleno telediario, sonó su timbre. Era el chaval, ahora en vaqueros y con el portátil en la mano. —Perdone por ayer —murmuró Iván—. Quería preguntarle… ¿Su Internet va bien? No me conecta nada y Luz dice que usted sabe manejar estos líos. Don Pedro estuvo a punto de soltar que ni hablar de compartir su wifi, pero la pregunta fue distinta: solo necesitaba el número de un técnico, ese que todavía guardaba pegado a la nevera. Le preguntó el nombre, fue a buscarlo, le escribió el teléfono en un papel. —Si alguna vez quiere ayuda con el móvil o el ordenador, yo sé de eso —añadió Iván, mostrando el portátil—. —No me hace falta —atajó Don Pedro—. Gracias. Esa noche, peleando con el móvil, tentado estuvo de llamarle, pero la tozudez pudo más. Solo logró borrar del menú el reloj. Días después, nueva tormenta en el chat vecinal: fotos a las deportivas de Iván, queja de otra vecina por cajas de cartón en el rellano. Don Pedro propuso hablar cara a cara, no por mensajes. Ni él mismo entendía por qué lo hacía. Se cruzaron más veces: en el ascensor, en la entrada. Un día Iván le sujetó la puerta mientras él peleaba con la compra. En el ascensor Iván confesó que aún no se hacía a la vida en bloque y que en su pueblo, en Toledo, allí no existían chats de vecinos, sino palabras y, a veces, zapatillazos del padre. A lo que Don Pedro replicó que aquí mejor quitar primero los zapatos y luego protestar. Al poco, problemas con el contador del agua y la lectura por Internet. La espalda no le permitía fisgonear debajo del fregadero y, aunque a disgusto, Don Pedro llamó a Iván. El chico entró descalzo, ordenó los zapatos. Leyó los datos, los introdujo en la web, le instaló una aplicación. —Así la próxima vez será más fácil —sonrió. Don Pedro no se enteró de la mitad, pero no protestó. Desde entonces, empezó a verle de otro modo. Seguía molestándole el jaleo, el olor a comida o las visitas nocturnas, pero empezaba a sentir que él mismo ya formaba parte de algo rápido y cambiante, aunque sin buscarlo. Una noche, escándalo en el 237: risas, vídeo a todo volumen, quejas en el chat, amenaza de llamar a la policía. Don Pedro salió en bata y llamó a la puerta. —¿Es que no sabes la hora que es, Iván? —le soltó con severidad—. Aquí vivimos personas, no es un piso de estudiantes. No vuelvas a montar esto. —Perdón… De verdad —musitó el chico. A la mañana siguiente, en el cuarto de basuras, Iván le preguntó, sin malicia, si vivía solo. Le salió una respuesta brusca, y luego, al verse reflejado en el ascensor, no supo bien quién era el viejo malhumorado que veía. Y luego llegó la inundación en el portal: goteras, la crisis, la compañía de seguros. Iván vino a ayudar a apartar muebles, a poner cazuelas bajo la filtración. Acabaron tomando té. Iván, hablando de su pueblo y de la soledad de Madrid; Don Pedro, reconociendo en el chico el miedo de quien empieza. Tras eso, fueron coincidiendo más veces; Iván tardaba menos en bajar la música, él se acostumbró a verle por el rellano, incluso aceptó su ayuda alguna vez cuando le dolía la pierna o no alcanzaba los medicamentos. Un día, Iván llamó a la puerta con una fiambrera de cocido, le propuso ver juntos el partido de fútbol por la tele porque su suscripción no funcionaba. Al terminar, Don Pedro se descubrió riendo como hacía años. Llegó la primavera. Un día doña Luz le contó que el chico se marchaba, tras encontrar otro cuarto junto a la universidad. —¿Y ahora qué? ¿Sigo alquilando? —preguntó. —Tú verás —respondió Don Pedro, aunque por dentro sintió un pequeño vacío que no supo explicar. El día de la despedida, Iván le dio el número de wifi, por si lo necesitaba, se despidió, prometió no dejar los estudios y ayudarle si otra vez le hacía falta algo del móvil. Esa noche, la casa estaba más silenciosa que nunca. Don Pedro repasó mensajes en el teléfono. “¿Llegaste bien?” tecleó, dudó. Al final, pulsó enviar. “Todo bien, gracias por preguntar”, contestó Iván. “¿Por ahí todo en orden? ;)” Y Don Pedro respondió: “Demasiada calma.” El ficus en la ventana seguía creciendo hacia la luz. Y Don Pedro, por primera vez, pensó que quizá aquel silencio no era vacío, sino espera. Esperanza de que, en algún momento, alguien volvería a llenar la casa, aunque solo fuese para discutir por la música o pedir ayuda para el móvil. Y la idea no le asustó. El vecino de la edad equivocada.
Mi hija se convirtió en madre demasiado pronto — solo tenía diecisiete años. Aún era una niña, con ojos infantiles y sueños de un futuro que apenas comenzaba. Dio a luz a un hijo, vivió conmigo y yo la apoyaba en todo lo posible: la animaba, me desvelaba para acunar al bebé, cocinaba y la consolaba. Sin embargo, ella solía decir: