¿Y si no es mi hija? Hay que hacerse un test de ADN
Ignacio contemplaba, medio absorto, cómo su mujer, Lucía, arrullaba a la recién nacida y no podía sacarse de la cabeza esa pequeña idea molesta. Honestamente, pensaba que la niña no era suya.
El año pasado, tuvo que irse de viaje de trabajo a Barcelona, ¡un mes entero! Y, un par de semanas después de volver a Madrid, su esposa le soltó lo que para ella era el bombazo del siglo: ¡Estaban esperando un bebé!
Al principio, Ignacio se ilusionó. Hasta que, un domingo de aperitivo, la hermana de Lucía vino de visita y contó, entre caña y tapa, cómo se hizo una prueba de ADN para confirmar el parentesco de su propio hijo. Decía que así su pareja vivía más tranquilo.
Lucía, ¿por qué no hacemos una también nosotros? Así dormimos todos a pierna suelta.
La reacción de Lucía fue épica. El drama que se montó en el salón llevó a los vecinos a golpear la pared con la escoba. Hubo lanzamiento de cojines, zapatillas y, por poco, el jarrón preferido de la suegra.
¡Pero qué tontería es esa, Ignacio! gritaba Lucía, escenificando la mejor telenovela de La 1. ¿Te piensas que soy de las que andan dejando alegrías por ahí?
¡Es que he estado un mes fuera! Si te parece raro que quiera salir de dudas Hacemos el test y ya está, aquí paz y después gloria. ¿Pregunto a tu hermana por la clínica?
Cuando los cerdos vuelen espetó Lucía, y se largó al cuarto de la niña dando un portazo que hizo saltar el marco del diploma de cuentas claras que colgaba en el pasillo.
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Madre, que no le estoy pidiendo la luna ¿Por qué se ha puesto así? le confesaba Ignacio luego a su madre mientras ésta preparaba un café, con más espuma de lo habitual.
Mira, hijo, donde no hay confianza Tu mujer algo esconde respondió doña Carmen, removiendo el café con gesto de sabia del barrio. Lo que yo te diga: la niña no es tuya y se teme el escándalo. Y, hablando de escándalos
¿Y eso? Ignacio, en alerta roja.
A ver, no quiero hacerme la metomentodo, pero cuando tú estabas en Barcelona, fui a hablar con Lucía por lo del setenta cumpleaños de tu padre Me tuvo en la puerta como un testigo de Jehovà, y cuando abrió, más despeinada que un nido de golondrinas Y encima había unos zapatos de hombre en la entrada.
¿Y ella qué te dijo?
Que había explotado una cañería rodó los ojos la madre. Podía haberse currado la excusa.
¿Y por qué no me lo contaste?
No llegué a entrar, y tampoco quiero poner leña al fuego respondió Carmen, apretando los labios. Preferí dejar las cosas tranquilas.
¡Eso no se hace, madre! protestó Ignacio, que casi tira el café. ¿Y qué hago ahora?
Haz el test por tu cuenta, si hace falta dijo su madre con sonrisa misteriosa. Desde el principio le cayó cruzada la nuera. Tienes derecho. Al fin y al cabo, eres el padre ¿o no?
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Ya puedes dormir tranquilo Ignacio, con gesto triunfal, lanzó el sobre del laboratorio sobre la mesa del salón. Marta es mi hija, y como lo prometido es deuda, aquí se acaba la historia.
¿Qué quieres decir? replicó Lucía, sospechando la trampa al ver el sobre abierto. ¿Me estás diciendo que hiciste el dichoso test sin decirme nada?
Pues claro respondió Ignacio como quien baja a por el pan. Me pillaba cerca del parque, con la cría en el carrito, y fue un momentito. Total, todo en orden.
Hay problema, sí replicó Lucía, mientras bajaba la voz. Y lo más triste es que no lo entiendas.
A la mañana siguiente, Ignacio se fue a trabajar como si tal cosa. Pero, al volver por la tarde, la casa estaba silenciosa como una tumba. Ni rastro de su mujer ni de la niña. Las maletas habían desaparecido y, solitaria sobre la mesa, solo una nota.
Tu desconfianza lo ha roto todo. No pienso seguir con alguien que me llama traidora. No quiero nada de ti: ni piso, ni pensión, ni nada. Solo quiero que desaparezcas de nuestras vidas.
Ignacio hervía de rabia. ¿¡Cómo era posible que Lucía tuviese las narices de plantarle!? ¡Encima se había llevado a la niña! Cogió el móvil y marcó, indignadísimo.
Contestó una voz masculina. Aguantó el chaparrón en silencio y, al final, le dijo que no llamase más.
¡Si ya lo sabía yo! gritó Ignacio, fuera de sí. ¡Aún no ha cambiado de casa y ya anda con otro! ¡Venga, pues que le vaya bonito!
Jamás pensó que Lucía pudiera haberse refugiado en casa de sus padres y que tal vez fuera su cuñado el que había cogido el teléfono, procurando no molestar a una hermana agotada. Pero Ignacio ya se había montado su propia película.
El divorcio fue rápido y sin dramas, de mutuo acuerdo. La pequeña Marta creció con su madre y jamás volvió a ver a su padre biológico.







