Ahora vais a tener un hijo propio y es hora de que ella vuelva al orfanato —¿Cuándo va a darme mi hijo, por fin, un nieto? —preguntó doña Carmen con irritación, mirando a su nuera sentada a la mesa. —Usted sabe tan bien como yo que llevamos ya tres años intentando tener un hijo —suspiró Marta, resignada a escuchar, una vez más, la misma pregunta que marcaba cada visita familiar. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Javier tenían ningún problema. —Eso digo. Estáis casados desde hace mucho y no hay manera de que llegue ese niño —dijo la mujer con desdén—. Seguro que tu juventud fue de las moviditas. —Por favor, doña Carmen, ¿a qué viene esa insinuación? —no pudo evitar Marta, cerrando con fuerza el portátil. Ya esa tarde no podría avanzar en el trabajo—. ¿Acaso le he dado algún motivo? Le pido, además, que no me hable de ese modo. —¿Y si no? —respondió la suegra, fingiendo sorpresa—. ¿Vas a quejarte a Javier? ¿No te da miedo que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre. La respuesta fue una puerta cerrada de un portazo. Por supuesto, Marta no pensaba decirle nada a su marido; no porque creyera que se pondría del lado de su madre, sino porque no quería preocuparle. ************************************************************* Desde el primer encuentro, las cosas entre nuera y suegra no funcionaron. A doña Carmen no le gustaba nada en Marta: ni su apariencia sencilla, ni cómo vestía, ni cómo cocinaba… La lista era inagotable. La madre de Javier se opuso siempre a esa relación, presionó a su hijo, pero por suerte él sabía imponerse. Se casaron. Al principio pareció que doña Carmen se calmaba, en parte porque los recién casados se mudaron a un piso lejos de la casa familiar. Pero no pasó ni medio año antes de que encontrara un motivo nuevo para sus quejas: la ausencia de hijos. Al principio Marta se lo tomaba con humor: todavía son jóvenes, mejor disfrutar de la vida; también la carrera profesional es importante. Pero su suegra respondía con firmeza, que hay que tener hijos cuanto antes y, además, más de uno. Marta cedió ante la presión. Y entonces comenzó el calvario. Durante tres años pasó por todo tipo de pruebas médicas y tratamientos, pero nada daba resultado. Uno de los médicos sugirió que quizá el problema era psicológico. Doña Carmen solo se rió y le recomendó cambiar de doctor. ****************************************** Tras otra conversación agotadora con la suegra, Marta trató de distraerse hojeando las redes sociales. Las fotos de niños le revolvían el alma; ella realmente deseaba ser madre, pero no para contentar a su imposible suegra, sino para sí misma. Un post le llamó la atención: una mujer hablaba de su trabajo en un orfanato. Pensó en esos niños sin padres ni madre… ¿Sería capaz de querer a un niño ajeno como propio? Se imaginó el rostro sonriente de un bebé reclamando sus brazos. Decidida, acercó el teclado y empezó a informarse. Llenar papeles, exámenes médicos, citas… No le asustaba la burocracia si el deseo de ser madre era más fuerte. Solo faltaba la opinión de Javier. Ella temía su reacción, pero él aceptó la idea con sorprendente facilidad. Solo sugirió que, si era posible, fuese un bebé de la casa-cuna. Así quedó acordado. Con el tiempo, la familia sumó un miembro más. Los dos se enamoraron enseguida de Angelines, una bebé de cinco meses. La única en oponerse era doña Carmen, pero a nadie le importó; Javier incluso la amenazó con mudarse a otra ciudad si seguía armando escándalos. Al final, la suegra tuvo que fingir ante todos que adoraba a su nieta. Pasaron siete años. Angelines terminó primero de Primaria, tenía muchos amigos y era muy cariñosa y responsable. Marta no podía estar más feliz. Ese verano se fueron todos juntos al mar. Sol, olas, arena blanca… ¿Qué más se podía pedir? Y además, la suegra estaba bien lejos, sin oportunidad de amargar el ambiente. Al final de las vacaciones Marta empezó a encontrarse mal, pero no dijo nada para no preocupar. Al volver a casa fue directa al médico. Javier, sin embargo, notó el malestar y, preocupado, adelantó el regreso prometiendo volver al mar en Navidades. El resultado de las pruebas fue el menos esperado, pero el más feliz: iban a tener un hijo. Angelines, emocionadísima, ya pensaba en su nuevo rol de hermana mayor. Doña Carmen se enteró unos meses después, cuando el embarazo era evidente. Aprovechando que solo estaba Marta en casa, apareció sin avisar. —No voy a preguntar por qué no lo contasteis antes —soltó desde la puerta, examinando la barriga de Marta—, pero sí traigo otra pregunta. —¿Cuál? —a Marta le dio un mal presentimiento. —¿Cuándo pensáis devolver a Angelines al orfanato? —preguntó la suegra, seria—. Ahora que vais a tener un hijo de verdad, la adoptada debe volver donde corresponde. Marta tembló. No podía creer lo que oía. ¿Cómo se puede decir algo así? ¿Sobre una niña que ya es parte de la familia? —¿Lo dice en serio? —Por supuesto —bufó doña Carmen, mirándola fijamente—. ¿Entonces, para cuándo? —¡Fuera de mi casa! —gruñó Marta, conteniéndose para no perder los nervios—. ¡No vuelva nunca más! Empujó a la suegra fuera, que no esperaba semejante reacción. Dudó en llamar a Javier —tenía una reunión importante—, pero al final tendría que contárselo. ********************************************* Airada, doña Carmen fue directamente al trabajo de su hijo. Ignoró a la secretaria y se plantó en el despacho. —Tu mujercita acaba de echarme de casa como si yo fuera una extraña. —Vaya recibimiento —resopló Javier—. ¿Qué le has dicho para que reaccionase así? —Solo le pregunté cuándo pensáis devolver a la niña al orfanato. Por fin vais a tener vuestro hijo, así que necesitaréis tiempo y dinero para él. —¿Cómo puedes tener una idea tan monstruosa? —Javier apretó con rabia el bolígrafo hasta partirlo—. No vamos a echar a Angelines. ¡Es mi hija, te guste o no! —¿Y eso por qué? Solo es una adoptada, y ya es mayorcita. Lo entenderá si se lo explicáis. —Ni se te ocurra decirle nada —lanzó el bolígrafo roto y golpeó la mesa—. ¿Me has entendido? —¿Y cómo piensas impedírmelo? —replicó burlona la mujer mientras salía—. Esa niña sobra en la familia y haré lo posible para que lo entiendas. Javier se quedó mirando la puerta cerrada mucho tiempo. La secretaria entró a disculparse; él ni la oyó. Tenía mucho en qué pensar. Finalmente, tomó una decisión y se inclinó hacia el teléfono… ************************************************************* Marta caminaba despacio por el parque, sonriendo al ver a Angelines correteando junto al bebé de un año. Su nueva faceta de hermana mayor la vivía con total compromiso. En un banco cercano, dos mujeres charlaban sobre sus nueras. Entonces Marta recordó a su propia suegra. Tras aquella última visita, no volvieron a verse. En solo una semana, Javier trasladó a toda la familia a miles de kilómetros del antiguo hogar, sabiendo que era la única forma de proteger a Angelines. Su madre sería capaz de contarle a todo el mundo que la niña era adoptada. Ahora vivían tranquilos: tenían una niña encantadora, un bebé, y pronto llegaría otro hijo más. De vez en cuando, Javier llamaba a su padre. Así supo que su madre seguía igual, aunque ahora había puesto el punto de mira en la hija que acababa de casarse. Javier lo sentía por su hermana, pero ella no parecía disgustada. Así es la vida, pensaba: ellos tienen la suya y nosotros la nuestra. Y mirando a su familia, Javier solo podía sentirse profundamente feliz. Ojalá todos pudieran decir lo mismo.

¿Cuándo, por fin, voy a ver a mi nieto? preguntó con visible irritación Rosario Montalbán, mirando de reojo a su nuera, sentada en la mesa.

Bien sabe usted que llevamos tres años intentándolo suspiró Carmen, notando cómo de nuevo la reunión comenzaba con la misma pregunta de siempre. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Víctor tenían ningún problema.

Eso digo yo. Lleváis casados una eternidad y nada de niños bufó Rosario con desdén. Seguro que tuviste una juventud algo… agitada.

Rosario, ¿puede dejar de insinuar cosas? Carmen cerró con brusquedad el portátil. Se le había acabado la jornada de trabajo antes de lo previsto. ¿Es que alguna vez le he dado motivos? Y, en todo caso, le ruego que no me hable en ese tono.

¿Y si no qué? preguntó su suegra, fingiendo sorpresa. ¿Vas a ir corriendo a contárselo a Víctor? ¿Te imaginas que toma mi parte? No olvides que soy su madre.

En respuesta, Carmen cerró la puerta con estrépito. Por supuesto, no pensaba contarle nada a Víctor. No porque temiera que éste se pusiera de parte de Rosario, sino porque quería evitarle disgustos innecesarios.

*********************************************

La relación entre Carmen y su suegra nunca fue fluida. Desde su primer encuentro, a Rosario no le gustaba nada de ella: demasiado sencilla en la apariencia, mal gusto al vestir, poca habilidad en la cocina… La lista parecía interminable. Rosario no cesó de presionar a su hijo para que rompiera la relación, pero por suerte, Víctor supo mantener firme su decisión.

Celebraron la boda, y al principio Rosario pareció calmarse. Ayudó mucho que la joven pareja se mudara a un piso propio, bastante alejado de la casa de los padres.

No duró ni seis meses la tregua, pues Rosario encontró una razón nueva para criticar: la falta de descendencia.

Al principio Carmen respondía en tono bromista, diciendo que aún eran jóvenes y que querían disfrutar la vida y sus carreras. Pero Rosario era categórica: cuanto antes llegara un niño, mejor, y a ser posible, más de uno.

Carmen acabó cediendo ante la insistencia de la suegra, pero entonces comenzaron los problemas: consulta tras consulta, pruebas, medicamentos… y nada cambiaba.

Uno de los médicos sugirió que quizá todo residía en el estado emocional de Carmen. Rosario soltó una carcajada y le recomendó cambiar de doctor sin tomárselo en serio.

*********************************************

Después de otra discusión, Carmen trató de distraerse hojeando el móvil. Las fotos de niños le encogían el corazón; de verdad deseaba ser madre, pero no por complacer a su suegra, sino por ella.

De pronto, un post de una trabajadora de un centro de acogida llamó su atención. Pensó en todos esos niños sin padres… ¿Sería capaz de querer a uno como propio? Se imaginó una pequeña sonriente, delante de ella, estirando los bracitos. Decidida, empezó a informarse.

Sabía que el proceso era largo y repleto de trámites, analíticas, visitas… Pero el deseo fue más fuerte que el miedo a la burocracia.

Sólo quedaba conseguir el apoyo de Víctor. Carmen temía un rechazo, pero sorprendentemente aceptó sin objeciones, proponiendo incluso acoger a un bebé de pocos meses. Así lo acordaron.

Y en poco tiempo, su pequeña familia creció. Desde el primer momento, tanto Carmen como Víctor sintieron un profundo cariño por Lucía, una niña de cinco meses. Sólo Rosario se opuso, pero nadie tuvo en cuenta su opinión; Víctor incluso amenazó con mudarse aún más lejos si su madre no dejaba las quejas. Rosario tuvo que resignarse, aparentando ante los demás adorar a su nieta adoptiva.

Pasaron siete años. Lucía terminó primero de Primaria, rodeada de amigos, cariñosa y responsable. Carmen no podía sentirse más orgullosa de su hija.

Aquel verano, toda la familia pasó unos días en la Costa Brava: sol suave, aguas templadas, arena blanca… ¿Qué más se podía pedir? Encima, Rosario estaba lejos y no podía perturbar la paz de Carmen.

Hacia el final del viaje, Carmen empezó a encontrarse mal, pero no quiso preocupar a nadie. Al volver, fue directamente al médico.

Pese a sus esfuerzos, Víctor notó el malestar y, atento, insistió en volver antes de lo previsto, prometiendo regresar en Navidad. A Carmen no le quedó más remedio que asentir.

Los resultados sorprendentemente trajeron la mejor de las noticias: Carmen estaba embarazada. La más emocionada era Lucía, que ya imaginaba su papel de hermana mayor.

Rosario se enteró meses después, ya con la barriga de Carmen visible. Aprovechó un momento en que sólo estaba Carmen en casa.

No te afanes en explicarme por qué no lo habéis contado antes empezó Rosario nada más abrir la puerta, mirando el vientre de Carmen. Tengo otra pregunta más urgente.

¿Cuál? preguntó Carmen, con mala espina.

¿Cuándo vais a devolver a Lucía al centro de acogida? dijo Rosario con absoluta naturalidad. Ahora que vais a tener un hijo propio, ya no necesitáis a la adoptada.

A Carmen le temblaba todo el cuerpo. No podía creer lo que oía. ¿Cómo se podía hablar así de una niña, parte de la familia, su hija?

¿Lo dice en serio?

Por supuesto insistió Rosario, mirándola desafiante. ¿Para cuándo?

Lárguese de mi casa susurró Carmen entre dientes, conteniéndose para no gritar. Y no vuelva nunca más.

Empujó a Rosario fuera del piso y sólo tras cerrar pudo tranquilizarse. ¿Avisar a Víctor? Hoy tenía una reunión importante… Pero tarde o temprano tendrían que hablarlo.

*********************************************

Rosario, enfurecida, fue directa al trabajo de su hijo. Ignoró a la recepcionista y entró en el despacho.

¡Tu mujercita acaba de echarme de casa como si fuera una cualquiera!

Hola, mamá resopló Víctor. ¿Qué le has dicho para que Carmen, tan paciente, reaccionara así?

Le pregunté cuándo pensáis devolver a Lucía al centro dijo Rosario, sentándose indignada. Al fin vais a tener un hijo de verdad y ese niño necesitará todo el dinero y la atención.

¿Cómo puedes siquiera pensarlo? preguntó Víctor, destrozando la pluma entre los dedos. Lucía es mi hija y no pienso renunciar a ella, te guste o no te guste.

¿En base a qué? No es más que una adoptada. Es bastante mayorcita, lo entenderá si se lo explicas.

Ni se te ocurra decirle nada golpeó la mesa. ¿Te ha quedado claro?

¿Y cómo piensas impedirlo? bufó Rosario, dirigiéndose a la puerta. Esa niña no tiene sitio en nuestra familia y haré todo lo posible para que desaparezca.

Víctor se quedó un rato mirando la puerta cerrada. Su secretaria asomó la cabeza, disculpándose por no haberla detenido, pero él ni la oyó. Tenía una decisión que tomar.

Tomó aire, alargó la mano al teléfono y marcó…

*********************************************

Carmen paseaba despacio por el parque, sonriendo mientras Lucía correteaba alrededor del pequeño Mateo. Se tomaba su papel de hermana mayor con la mayor seriedad.

En un banco cercano, dos mujeres comentaban lo mal que se portaban sus respectivas nueras. Los pensamientos de Carmen volaron hacia su propia suegra.

Desde aquella visita desafortunada no se había vuelto a encontrar con Rosario. En apenas una semana Víctor había trasladado a la familia a Sevilla, alejándolos de Madrid, para proteger a Lucía. Rosario habría sido capaz de contar a todo el mundo el origen adoptivo de su nieta.

Ahora vivían tranquilos. Tenían una hija encantadora, un hijo pequeño, y en poco tiempo darían la bienvenida a un tercero.

A veces Víctor hablaba por teléfono con su padre. Sabía por él que Rosario no había cambiado: ahora centraba su energía en la hija menor, recién casada, que, al parecer, aceptaba con mejor humor esa atención constante.

En fin, cada uno escoge su camino. Ahora, al contemplar a su familia, Víctor sentía una felicidad inmensa y deseaba de corazón que todos, tarde o temprano, aprendan que el amor verdadero no entiende de sangre ni de orígenes. Una familia la hace quien está dispuesto a amar y cuidar, sin condiciones, ni prejuicios.

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Ahora vais a tener un hijo propio y es hora de que ella vuelva al orfanato —¿Cuándo va a darme mi hijo, por fin, un nieto? —preguntó doña Carmen con irritación, mirando a su nuera sentada a la mesa. —Usted sabe tan bien como yo que llevamos ya tres años intentando tener un hijo —suspiró Marta, resignada a escuchar, una vez más, la misma pregunta que marcaba cada visita familiar. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Javier tenían ningún problema. —Eso digo. Estáis casados desde hace mucho y no hay manera de que llegue ese niño —dijo la mujer con desdén—. Seguro que tu juventud fue de las moviditas. —Por favor, doña Carmen, ¿a qué viene esa insinuación? —no pudo evitar Marta, cerrando con fuerza el portátil. Ya esa tarde no podría avanzar en el trabajo—. ¿Acaso le he dado algún motivo? Le pido, además, que no me hable de ese modo. —¿Y si no? —respondió la suegra, fingiendo sorpresa—. ¿Vas a quejarte a Javier? ¿No te da miedo que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre. La respuesta fue una puerta cerrada de un portazo. Por supuesto, Marta no pensaba decirle nada a su marido; no porque creyera que se pondría del lado de su madre, sino porque no quería preocuparle. ************************************************************* Desde el primer encuentro, las cosas entre nuera y suegra no funcionaron. A doña Carmen no le gustaba nada en Marta: ni su apariencia sencilla, ni cómo vestía, ni cómo cocinaba… La lista era inagotable. La madre de Javier se opuso siempre a esa relación, presionó a su hijo, pero por suerte él sabía imponerse. Se casaron. Al principio pareció que doña Carmen se calmaba, en parte porque los recién casados se mudaron a un piso lejos de la casa familiar. Pero no pasó ni medio año antes de que encontrara un motivo nuevo para sus quejas: la ausencia de hijos. Al principio Marta se lo tomaba con humor: todavía son jóvenes, mejor disfrutar de la vida; también la carrera profesional es importante. Pero su suegra respondía con firmeza, que hay que tener hijos cuanto antes y, además, más de uno. Marta cedió ante la presión. Y entonces comenzó el calvario. Durante tres años pasó por todo tipo de pruebas médicas y tratamientos, pero nada daba resultado. Uno de los médicos sugirió que quizá el problema era psicológico. Doña Carmen solo se rió y le recomendó cambiar de doctor. ****************************************** Tras otra conversación agotadora con la suegra, Marta trató de distraerse hojeando las redes sociales. Las fotos de niños le revolvían el alma; ella realmente deseaba ser madre, pero no para contentar a su imposible suegra, sino para sí misma. Un post le llamó la atención: una mujer hablaba de su trabajo en un orfanato. Pensó en esos niños sin padres ni madre… ¿Sería capaz de querer a un niño ajeno como propio? Se imaginó el rostro sonriente de un bebé reclamando sus brazos. Decidida, acercó el teclado y empezó a informarse. Llenar papeles, exámenes médicos, citas… No le asustaba la burocracia si el deseo de ser madre era más fuerte. Solo faltaba la opinión de Javier. Ella temía su reacción, pero él aceptó la idea con sorprendente facilidad. Solo sugirió que, si era posible, fuese un bebé de la casa-cuna. Así quedó acordado. Con el tiempo, la familia sumó un miembro más. Los dos se enamoraron enseguida de Angelines, una bebé de cinco meses. La única en oponerse era doña Carmen, pero a nadie le importó; Javier incluso la amenazó con mudarse a otra ciudad si seguía armando escándalos. Al final, la suegra tuvo que fingir ante todos que adoraba a su nieta. Pasaron siete años. Angelines terminó primero de Primaria, tenía muchos amigos y era muy cariñosa y responsable. Marta no podía estar más feliz. Ese verano se fueron todos juntos al mar. Sol, olas, arena blanca… ¿Qué más se podía pedir? Y además, la suegra estaba bien lejos, sin oportunidad de amargar el ambiente. Al final de las vacaciones Marta empezó a encontrarse mal, pero no dijo nada para no preocupar. Al volver a casa fue directa al médico. Javier, sin embargo, notó el malestar y, preocupado, adelantó el regreso prometiendo volver al mar en Navidades. El resultado de las pruebas fue el menos esperado, pero el más feliz: iban a tener un hijo. Angelines, emocionadísima, ya pensaba en su nuevo rol de hermana mayor. Doña Carmen se enteró unos meses después, cuando el embarazo era evidente. Aprovechando que solo estaba Marta en casa, apareció sin avisar. —No voy a preguntar por qué no lo contasteis antes —soltó desde la puerta, examinando la barriga de Marta—, pero sí traigo otra pregunta. —¿Cuál? —a Marta le dio un mal presentimiento. —¿Cuándo pensáis devolver a Angelines al orfanato? —preguntó la suegra, seria—. Ahora que vais a tener un hijo de verdad, la adoptada debe volver donde corresponde. Marta tembló. No podía creer lo que oía. ¿Cómo se puede decir algo así? ¿Sobre una niña que ya es parte de la familia? —¿Lo dice en serio? —Por supuesto —bufó doña Carmen, mirándola fijamente—. ¿Entonces, para cuándo? —¡Fuera de mi casa! —gruñó Marta, conteniéndose para no perder los nervios—. ¡No vuelva nunca más! Empujó a la suegra fuera, que no esperaba semejante reacción. Dudó en llamar a Javier —tenía una reunión importante—, pero al final tendría que contárselo. ********************************************* Airada, doña Carmen fue directamente al trabajo de su hijo. Ignoró a la secretaria y se plantó en el despacho. —Tu mujercita acaba de echarme de casa como si yo fuera una extraña. —Vaya recibimiento —resopló Javier—. ¿Qué le has dicho para que reaccionase así? —Solo le pregunté cuándo pensáis devolver a la niña al orfanato. Por fin vais a tener vuestro hijo, así que necesitaréis tiempo y dinero para él. —¿Cómo puedes tener una idea tan monstruosa? —Javier apretó con rabia el bolígrafo hasta partirlo—. No vamos a echar a Angelines. ¡Es mi hija, te guste o no! —¿Y eso por qué? Solo es una adoptada, y ya es mayorcita. Lo entenderá si se lo explicáis. —Ni se te ocurra decirle nada —lanzó el bolígrafo roto y golpeó la mesa—. ¿Me has entendido? —¿Y cómo piensas impedírmelo? —replicó burlona la mujer mientras salía—. Esa niña sobra en la familia y haré lo posible para que lo entiendas. Javier se quedó mirando la puerta cerrada mucho tiempo. La secretaria entró a disculparse; él ni la oyó. Tenía mucho en qué pensar. Finalmente, tomó una decisión y se inclinó hacia el teléfono… ************************************************************* Marta caminaba despacio por el parque, sonriendo al ver a Angelines correteando junto al bebé de un año. Su nueva faceta de hermana mayor la vivía con total compromiso. En un banco cercano, dos mujeres charlaban sobre sus nueras. Entonces Marta recordó a su propia suegra. Tras aquella última visita, no volvieron a verse. En solo una semana, Javier trasladó a toda la familia a miles de kilómetros del antiguo hogar, sabiendo que era la única forma de proteger a Angelines. Su madre sería capaz de contarle a todo el mundo que la niña era adoptada. Ahora vivían tranquilos: tenían una niña encantadora, un bebé, y pronto llegaría otro hijo más. De vez en cuando, Javier llamaba a su padre. Así supo que su madre seguía igual, aunque ahora había puesto el punto de mira en la hija que acababa de casarse. Javier lo sentía por su hermana, pero ella no parecía disgustada. Así es la vida, pensaba: ellos tienen la suya y nosotros la nuestra. Y mirando a su familia, Javier solo podía sentirse profundamente feliz. Ojalá todos pudieran decir lo mismo.
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