Fui madre subrogada dos veces: ahora mis hijas y yo tenemos todo lo necesario para vivir bien

Mira, te voy a contar algo muy personal, de esas cosas que no se suelen decir por ahí. Tuve a mi primera hija cuando apenas tenía dieciocho años. No te imaginas el susto al principio, pero la verdad es que el parto fue mucho menos complicado de lo que esperaba. A raíz de eso, y como ya en esa época en España se empezaba a oír hablar bastante de la gestación subrogada, pues la idea se me quedó rondando la cabeza

Mis padres nunca fueron de tener mucho dinero. Éramos cuatro hermanas en una casa de barrio en Salamanca y casi siempre llegábamos justitas a fin de mes. Me casé jovencísima, con diecisiete años, y entre mi marido, nuestra hija y yo, íbamos tirando como podíamos. No teníamos piso propio ni grandes lujos, así que hacíamos malabares cada mes. Fue entonces cuando de nuevo pensé en la gestación subrogada. Se lo comenté a mi marido, pero no le hacía ninguna gracia, daba igual lo mucho que intentara convencerle. Yo veía en ello una solución real a nuestras apreturas económicas.

Poco después tuvimos otro hijo, y la cosa se puso aún más cuesta arriba. Mi marido no aguantó la presión y acabó marchándose, así que me quedé con dos niñas pequeñas y ninguna ayuda. Menos mal que mi madre y mis hermanas echaron un cable enorme; cuando yo me iba a trabajar, ellas se quedaban con las niñas. Aun así, la economía no mejoraba, así que esta vez tomé la decisión que llevaba años posponiendo.

Me fui a Madrid y busqué una agencia de gestación subrogada. Hicimos un par de intentos de implantación, pero no hubo suerte. La última vez, incluso, perdí el embarazo y aquello me dejó muy tocada.

Volví a Salamanca desanimada y casi lista para rendirme, pero medio año después, navegando por internet, vi el anuncio de una agencia que ofrecía muy buenas condiciones. Pensé: ¿Y si lo intento una vez más? Total, si sale bien, estupendo. Si no pues no era para mí.

Fue entonces cuando todo salió rodado. La agencia me consiguió un piso nuevo y precioso en Chamartín para vivir con las niñas durante todo el embarazo. La familia para la que iba a llevar el embarazo fue muy generosa con nosotras: no faltaba comida buena, las niñas tenían juguetes nuevos, íbamos al cine y hasta al Parque de Atracciones. Y bueno, nueve meses después, di a luz a un niño sanísimo y precioso.

A la vuelta a Salamanca, la compensación económica me permitió comprar un piso de dos habitaciones en el centro, y además nos quedaron unos ahorros para poder vivir tranquilamente durante más de un año sin preocuparnos por nada.

Dos años más tarde, volví a ser gestante subrogada, esta vez para una familia de Shanghái. La verdad es que fue otra experiencia muy diferente, pero igualmente satisfactoria.

Ahora vivo con mis dos hijas en un chalet bastante grande en las afueras. Ellas no tienen de qué quejarse: todo lo que necesitan, lo tienen. Seguro que habrá quien me juzgue, pero de verdad, no veo nada malo en asegurar el bienestar y futuro de mis hijas, aunque el camino no sea el más tradicional.

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Reformamos el piso de mi suegra… y nada más terminar, nos pidió que nos marcháramos de casa