A principios de este año me encuentro en una de las clases de segundo de Bachillerato, durante una observación. En clase, una chica, Carmen Rodríguez, pide permiso para ir al baño, pero el profesor, don Manuel García, le niega la salida. Carmen, educadamente, insiste de nuevo, y el profesor vuelve a decir que no.
Pasados unos minutos, ella dice que es urgente, pero don Manuel sigue sin dejarla salir. Se le nota claramente molesto, así que cuando Carmen le pregunta por tercera vez, unos cinco minutos después, diciendo que es una emergencia, él le responde con un tono cortante: «No». En ese momento, Carmen se pone de pie; todos los compañeros fijan la mirada en ella y se sonroja visiblemente, llena de vergüenza, pero aun así le dice al profesor, delante de toda la clase, que tiene la regla y realmente necesita ir al baño.
En ese instante el aula queda en silencio absoluto; nadie sabe qué decir, y tras una breve pausa, don Manuel le ordena sentarse de nuevo, insistiendo en negarle el permiso. Todos los compañeros están incómodos y apenados, hasta que uno de los chicos, Alejandro Torresque parece un jugador del Real Madridse levanta y, dirigiéndose al profesor, le pregunta: «¿Tiene usted esposa? ¿No se ha criado con su madre o no tiene hermanas? Carmen tiene la regla y necesita ir al baño, y va a ir, le guste a usted o no».
Después de decir esto, Alejandro se acerca a Carmen, le ofrece su mano, y juntos salen del aula rumbo al baño. Al regresar, don Manuel les acusa de mala conducta y pone a Alejandro un parte de disciplina. Nunca olvidaré aquella mañana.
Ese día, Alejandro demostró tener mucha más sensatez que el propio profesor.







