¡Anda, Elena! dijo Carmen sentándose a su lado en la terraza de la cafetería. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué tal va todo?
Hola, Carme contestó Elena, un poco distraída. Todo bien, la verdad.
¿Sí? Pues, entonces, ¿por qué no me miras a los ojos? Carmen la escrutó como madre en revisión de polvos compactos. No me digas que Álvaro ha vuelto a liarla Esta vez, ¿qué ha sido?
Ay, no empieces con la novela, por favor Elena puso los ojos en blanco, visiblemente arrepentida de pisar ese local. Te lo digo en serio: todo va bien con Álvaro. Es un santo, súper detallista y de verdad, que tenemos la relación perfecta. Cambiemos de tema.
Antes de que Carmen pudiese sacar el látigo de la sinceridad, Elena se levantó, dejando un mini trozo de tarta de Santiago abandonado a su desdicha. No quería escuchar a nadie; de verdad pensaba que la gente simplemente le tenía envidia.
Álvaro… Era tan ideal. Guapo, con pasta, atento Aunque, de vez en cuando, se le iba un poco la pinza. Como el día que le prohibió a Elena teñirse de rubio ceniza.
Aquella fue la primera gran bronca. Si no llega a ser por las croquetas de su madre, cortan ahí mismo, ¡y todo por una tontería!
Elena fue un martes a la peluquería a arreglarse el pelo. El estilista del barrio llevaba meses diciendo que, de rubia, estaría espectacular. Y Elena, que no suele resistirse a las tentaciones, volvió a casa luciendo unos rizos platino.
Álvaro se quedó blanco, que ya es decir para un moreno de Albacete. Le lanzó un libro que estaba leyendo tan pancho en el sofá; fue una lluvia de reproches y, acto seguido, le exigió que se quitara ese color de la cabeza. Que en su casa, rubias ni de coña.
Elena salió corriendo, aguantando las lágrimas hasta llegar a la pelu. Allí intentaron convencerla la nueva imagen le sentaba de diez pero al ver su cara de niña en drama, hicieron lo que pudieron.
Álvaro, por la mañana, le regaló una pulsera de oro blanco (decimos euros, y no pocos) en plan no ha pasado nada, chiquilla.
Eso sí: el blanco también pasó a ser tabú. Azul, rojo, verde El arcoíris entero, menos el blanco. Una vez, Elena, en un alarde de humor manchego, le preguntó cómo pensaba que sería su vestido de boda. La mirada que recibió hizo que las ganas de preguntar quedaran enterradas para siempre.
Corre. Carmen insistía, casi en plan madre preocupada. Corre mientras puedas. Hoy te prohíbe un color, ¿mañana qué? ¿La calle, los domingos? Por mucho que me digas, busca a otro menos rarito.
Bah, cada uno tiene sus manías Elena se encogió de hombros. Esto va en serio, ¿eh? Hasta hemos decidido tener un hijo. Álvaro está empeñado en que sea niña. Ya tiene nombre y todo: Celia. Y tú diciéndome que huya
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Lo de no hacer caso a Carmen, mal. Mira que se lo advirtió; pero Elena, erre que erre, pensaba que Álvaro era raro, sí, pero en plan entrañable error de principiante.
En casa de Álvaro había una habitación cerrada con llave, siempre. Ni se entraba, ni se olía. Un día preguntó:
¿No serás primo de Barba Azul, verdad?
Tranquila le soltó Álvaro con una risa rara, que aquí cadáveres de ex no escondo.
Y tan pancho se quedó, fin del tema. Hasta que un día, de casualidad, Elena volvió pronto de la facultad el profesor de Derecho Romano se había ido a un congreso. Álvaro estaba en casa, pero no lo encontraba. Al pasar por la puerta prohibida oyó voces. Sin poder evitarlo, empujó la puerta y, por la rendija, se quedó de piedra.
Un retrato de una chica, tamaño mural. Álvaro, de rodillas delante del cuadro.
La chica sonreía y extendía las manos con dulzura. Y era idéntica a Elena, salvo que era rubia platino.
Un poco más, Celia. Pronto estaremos juntos susurraba él, como si hipnotizado. Ella me dará una niña. Y cuando nazca, tu alma podrá vivir en su cuerpo. Y así, juntas de nuevo. Yo te cuidaré, y cuando crezcas volveremos a amarnos.
¡Este está como un cencerro!
Elena casi le da a la puerta un portazo con el miedo, pero las palabras la congelaron. ¿Cómo se sale de una casa con el novio tarado sin que te pille? Para colmo, estaba embarazada. Pero todavía no lo sabía nadie, así que tenía algo de margen.
Lejos, sólo su amiga Carmen. No lo dudó, corrió a su casa.
Madre mía, Carme, nunca habría imaginado esto de Álvaro susurraba Elena, blanca como la leche, apretándose los puños. Si no lo veo, no lo creo.
Tranquila Carmen le ofreció un vaso de agua; Elena se lo bebió sin protestar. Hay que decidir qué vas a hacer. ¿Piensas quedarte?
Ni loca se le movía la cabeza sola. Está fatal y ahora encima, embarazada ¡menuda suerte! Me prohibió el blanco y el tinte por parecerme a esa rubia del cuadro de marras. ¡Tócate las narices!
Menos mal que te has enterado antes de casarte. Carmen era práctica. ¿A Álvaro le has contado lo del embarazo?
Pensaba darle la sorpresa
Pues mejor no. Ponle que has conocido a otro, haz la maleta y fuera. suspiró su amiga. Lo que te conviene es volver a casa de tus padres, matricularte en la uni de allí, y pasar página. Bien lejos.
Eso haré, sí… Elena estaba medio convencida pero, al menos, sentía cierto alivio.
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Los siguientes seis meses fueron un viacrucis: mudanza, explicaciones con los padres, papeleos Abandonó la carrera por el embarazo (descartado el aborto, el bebé, pobre, no tenía culpa); y sí, como quería el iluminado de Álvaro, fue niña.
Afortunadamente, el susodicho la dejó marchar con relativa facilidad. Eso sí, recomendando que no fuese hablando mucho. Ni preguntó dónde se iba.
A veces, Elena dudaba: ¿hizo lo correcto? ¿Ocultar el embarazo? Aquella noche, después de acostar a Celia, miraba Melancólica por la ventana.
Llamaron a la puerta. El repartidor de Glovo traía la cena, porque lo de cocinar no era lo suyo. Tras cenar deprisa, se puso con los apuntes para intentar retomar la carrera.
Las palabras bailaban, la cabeza le daba vueltas Elena se lanzó al móvil para pedir una ambulancia, pero las manos no respondían. Apenas podía moverse. Antes de desmayarse vio a Álvaro acunando a la recién nacida.
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Despertó en el hospital. Su madre, por suerte, había pasado a visitarla a tiempo.
La policía intentó buscar a la pequeña, pero ni rastro. Álvaro se evaporó con la niña como si fuera el mago Pop.
Un par de años después, la madre recibiría apenas una señal. Una foto de Álvaro abrazando a una preciosa niña rubiaUn sobre sin remitente llegó en primavera. Dentro, una foto: Celia correteando en un campo de trigo, los rizos platino brillando al sol. A su lado, un hombre de espaldas, alto, con el cabello oscuro familiarmente despeinado.
Y una frase, manuscrita al dorso: Gracias por darme otra oportunidad para ser feliz. No te preocupes, cuidaré de Celia hasta que puedas volver a verla. Cuando esté lista para conocerte, será ella quien llame a tu puerta.
Firmado, una vida por empezar.
Elena apretó la foto contra el pecho. No lloró. Por primera vez en dos años, sus hombros se destensaron. Cerró los ojos, respiró hondo: Celia estaba viva, esperándola en algún lugar, y el pasado, por fin, empezaba a soltarla.
En ese instante reparó en el sobre todavía sobre la mesa, y, en un arrebato invertido de superstición, lo guardó en la caja de los recuerdos a estrenar.
Luego salió al balcón con un trozo de tarta de Santiago y, sin pronunciar palabra, sonrió: la esperanza, se dijo, a veces llega en el reverso de una fotografía.







