Mi suegro creía que seguiríamos sosteniéndolo: once años viviendo en nuestra casa, sin aportar a los gastos, hasta que decidimos comprarle una vivienda cerca de Madrid para que por fin viviera solo

Ay, te cuento una historia que de verdad aún me tiene dándole vueltas a la cabeza. Mi marido, Javier, siempre ha sido de una familia súper unida y cariñosa, la típica familia que se junta a comer los domingos y se cuentan hasta el último cotilleo. Pero hace unos años, cuando su padre, don Manuel, tenía 57, falleció su esposa, Pilar. Imagínate el palo… El pobre se quedó destrozado y, claro, nos daba muchísima pena verle tan hundido.

Total, que pensamos que lo mejor era vender su piso de toda la vida en Valladolid, repartir entre todos lo que tocara y que se viniera a vivir con nosotros a las afueras de Madrid, al menos hasta que superara el duelo un poquito. La idea era que en un añito, máximo, él solito se animara y se buscara algo por su cuenta, pero nada más lejos de la realidad.

¡Resultó que le encantó estar con nosotros! Pero de verdad, a cuerpo de rey. Jamás puso un euro para el supermercado ni para los gastos de la casa. Yo le ponía la comida en la mesa, le lavaba la ropa, le tenía su cuarto hecho un pincel… Y él, mientras, iba a su trabajo tan tranquilo, como si estuviera de vacaciones perpetuas.

Así estuvimos once años. UNDÉCADA. Pero luego ya la cosa empezó a pesar: don Manuel se puso en plan jefe, diciéndonos cómo debíamos hacer las cosas, imponiendo sus propias normas en nuestra casa, y al final nos tenía desbordados. Javier y yo, hartos, decidimos comprarle un chalecito cerca de Alcalá de Henares, que él de salud está estupendo y aún no es tan mayor como para no valerse por sí mismo.

Le encontramos la casa, le ayudamos a mudarse, le dejamos todo listo y de repente, ¡empieza a quejarse de que si el corazón, que si no duerme bien, que si esto, que si lo otro! Vamos, que todo lo que puede inventar para quedarse pegado a nosotros lo inventa. Pero yo ya no puedo más, de verdad. Quiero recuperar mi intimidad, estar sólo con Javier y nuestras hijas, descansar… ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo le hago ver que ya está bien? Estoy agotada, tía.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

18 − eight =

Mi suegro creía que seguiríamos sosteniéndolo: once años viviendo en nuestra casa, sin aportar a los gastos, hasta que decidimos comprarle una vivienda cerca de Madrid para que por fin viviera solo
Invitados inesperados: cuando la visita no es bienvenida