Recalentando el matrimonio
Escucha, Lucía ¿Y si probamos una relación abierta? propuso Mateo con cautela.
¿Perdona? Lucía tardó unos segundos en reaccionar, mirándole con incredulidad. ¿Estás hablando en serio?
¿Y por qué no? Es algo normal, respondió él encogiéndose de hombros y esforzándose en mantener una falsa calma. En Europa la gente lo hace, está bastante extendido. Dicen que incluso anima la relación. Tú misma dijiste una vez que un dulce de vez en cuando no hace daño a la dieta, ayuda a no perder la cabeza. Pues aquí igual, un poco de variedad nos vendría bien.
Lucía parpadeó despacio, intentando asimilar lo que acababa de oír. Aquello de comparar a una amante con un bombón le parecía de una necedad supina. O una cara dura descomunal.
Mateo empezó ella . Si te quieres ir, márchate en condiciones. Libertad te voy a dar, pero a mí no me arrastres en esto.
Lucía, ¿ya estás poniéndote a la defensiva? Yo te quiero. Es solo que ya no hay chispa. Necesitamos un poco de fuego, porque llevamos meses durmiendo espalda contra espalda, hablando solo de la compra y de la factura de la luz. Nos falta vida, necesitamos un revolcón los dos. Yo no te pondría trabas; si quieres quedar con alguien, te distraes y ya está. ¿No es mejor eso?
Lucía lo miró entornando los ojos. De repente le quedó clarísimo: Mateo estaba mintiendo. Esos ojos huidizos, los dedos tamborileando nerviosos en la mesa… Claro que quería libertad. Pero más que para el presente o el futuro, la deseaba desde antes.
Mateo, sé sincero. ¿Ya tienes a alguien, verdad? ¿Y ahora vienes con esto para no sentirte mal?
¡Ya empezamos! protestó él, agitando la mano, ¿para qué querría preguntarte nada si ya tuviese a alguien? Ni siquiera sé para qué saqué el tema. Eres una mujer chapada a la antigua. Mira, olvida el asunto
Mateo salió indignado hacia otra habitación, con la pose de un mártir ofendido. Lucía se quedó sola, inmersa en un torbellino de pensamientos.
Veinticinco años juntos. Los mejores años de su vida los había pasado con él, aguantando sus rachitas de euforia y sus bajones, la falta de dinero, sus ausencias justificadas por reuniones que ahora veía con otros ojos Y ahora él, bien comido y de buen humor, le proponía cometer una traición a su familia. Distraerse Qué palabra tan cómoda.
Esa noche durmieron en habitaciones separadas. O mejor dicho, durmieron poco. Lucía permanecía despierta, mirando el techo, preguntándose cómo habían llegado a ese extremo. Mateo, aquel joven que una vez la colmó de ramos de lilas, trabajó duro para casarse como Dios manda y celebró el nacimiento de su hija Ahora daba pena. Hubiera sido mejor que se hubiera marchado, sin más.
¿Dónde estaba el punto de no retorno? Quizás cuando ella dejó de maquillarse en casa para estar guapa para él. O igual fue la vez que él olvidó el aniversario, escudándose con el trabajo De cualquier modo, ya nada importaba.
Por un lado, le apetecía presentar los papeles del divorcio y no mirar atrás. Por otro, ¿es posible echar a la basura media vida así como así?
Tal vez nunca hubo pasión, pero sí rutina, un hogar construido a base de años y costumbres. Además, Mateo siempre pareció un respaldo seguro. Su hija ya se había independizado, la vejez asomaba, y nunca dejaron de cuidarse uno al otro en los peores momentos. Una vez incluso Mateo pidió un préstamo para ayudar a su madre. No cualquiera hace eso.
Por dentro, Lucía era un volcán de emociones: rabia, miedo, resentimiento ¿Acaso piensa que no encontraré a nadie? meditó . ¿Que soy una vieja inútil? ¿Que me quedaré en casa, haciéndole cocidos, tejiendo calcetines para los nietos y esperando sumisa a que él quiera volver?
Pues no.
Muy bien le soltó por la mañana . Que sea como dices.
¿Cómo dices?
Que acepto tus relaciones abiertas.
Mateo casi se atragantó con el café. Esperaba otra bronca, y ella simplemente le dijo un sí sereno.
Bueno Pues mejor así. A lo mejor hasta te gusta, replicó él. Por cierto, hoy llegaré tarde.
Un pinchazo le cruzó el pecho. ¿Tan deprisa?
Aquella tarde fue gris y monótona. Lucía se sintió vacía y apartada, como una prenda pasada de moda relegada al fondo del armario.
Se acercó al espejo. Cierto, las ojeras, las arrugas, la piel no tan firme Pero el cuerpo seguía esbelto, el pelo abundante. ¿Quizá aún era guapa? ¿Y si el problema no era ella, sino Mateo?
A otros hombres desde luego les gustaba. Ahí estaba Alejandro, jefe del departamento vecino, recién trasladado hace un mes.
Un hombre atractivo, con alguna cana en las sienes, voz grave y una media sonrisa pícara. Desde el principio se fijó en Lucía: le hacía cumplidos, le sujetaba la puerta, le traía un café de vez en cuando. Algún día la invitó a comer, y una semana atrás le propuso cenar en un restaurante.
Don Alejandro, estoy a dieta. Se llama casada, bromeó ella entonces.
Lucía, casada es sólo un sello en el DNI, no un hierro ardiendo replicó él con una sonrisa. Pero no insistiré.
Mateo quería relaciones abiertas, que se distrajera. Bueno, ¿por qué no?
Buenas noches, Alejandro. ¿Sigue en pie esa invitación a cenar? Me sobran ganas de saltarme la dieta, le escribió por WhatsApp.
No era venganza. Lucía solo quería sentirse mujer, recuperar una pizca de su esencia, esa que Mateo llevaba pisoteando dos días.
La velada pasó entre risas y confidencias. Alejandro era el perfecto caballero: apartaba la silla, llenaba la copa, la miraba como si no hubiese otra mujer en Madrid.
Lucía sentía rubor y un hormigueo nuevo por dentro. Hacía años que no era el centro de los ojos de nadie. Por fin su vida era algo más que lavar platos y recoger calcetines.
¿Te apetece venir a mi casa? propuso Alejandro cuando terminaron el postre . Podemos parar a por una botella y ver cualquier película. Así seguimos charlando.
Lucía asintió. Algo en su interior gritaba detente, pero la imagen de Mateo diciéndole que se distraiga pesaba más.
Al llegar al piso de Alejandro, su móvil empezó a vibrar sin parar. Su marido. Rechazó la llamada una vez, otra. Nada.
Sí respondió, esforzándose por sonar tranquila.
¿Dónde andas, Lucía? la increpó de inmediato Mateo. ¡Son las diez! Aquí no hay ni una aceituna y no estás. ¿Tú te crees que esto es normal?
Lucía se quedó muda. Alejandro, comprendiendo la situación, se apartó discretamente.
Pues, mira estoy en una cita, Mateo.
¿Cómo que cita? ¿Qué demonios?
¿De verdad te lo tengo que explicar como a un niño? Tú mismo propusiste relaciones abiertas. Dijiste que me distrajera. Aquí me tienes, cumpliendo.
Un silencio pesado llenó la conversación, interrumpido sólo por la respiración de Mateo. Finalmente estalló.
¿Cómo puedes haberte largado así? Era solo una prueba, ¡te estaba poniendo a prueba! ¿Ves? ¡P-R-U-E-B-A! Y tú, esperando la primera oportunidad para largarte Hiciste el paripé un día y te lanzaste a los brazos del primero que se te cruzó, ¿no?
Lucía se quedó desconcertada.
¿Y tú? preguntó . ¿A quién has visto hoy?
¡A nadie! He estado en el trabajo, y punto respondió él. Mira No quiero nada raro de ti. Recoge tus cosas o me voy yo. Divorcio.
Colgó. Lucía se quedó paralizada, avergonzada y humillada.
¿Va todo bien? preguntó Alejandro al regresar.
Sí bueno, cosas mías, intentó sonreír. Tal vez lo mejor sea que me marche.
Se acabó el cuento de hadas. La carroza se convirtió en calabaza y el caballero, en un hombre práctico que no quería líos de familia ajena. Se le entendía, claro. Esperaba una noche divertida y se encontró una tragedia.
A lo mejor hubiera sido mejor divorciarse desde el principio. Pero esas ideas siempre llegan tarde.
Aquella noche Lucía no regresó a casa. Reservó una habitación en un hotel. No le apetecía tratar con un marido furioso ni mentirse: volver a lo de antes ya era imposible.
Pasaron tres años
El tiempo, como un escultor, fue despojándola de todo lo innecesario, aunque a costa de dolor.
Mateo encontró rápidamente otra compañía. Antes incluso de firmar el divorcio. Pero la joven en cuestión desapareció cuando vendieron el piso común y, de paso, se llevó su parte del dinero.
Con Alejandro no pasó nada. Seguían viéndose en la oficina, a lo sumo, con un leve asentimiento y frases corteses. Lucía aprendió algo sencillo: los hombres que aceptan gustosos ser amantes suelen esfumarse cuando ven el puesto de compañero vital o el reto de sostener a alguien en los momentos duros.
Pero Lucía no buscó a nadie más. Cuando se vio sola en su nuevo piso, descubrió que disponía de tiempo y energía. Antes, ambas cosas las devoraban Mateo y su rutina. Ahora podía dedicarse a sí misma.
La piscina matutina le quitó el dolor de espalda, el inglés mantenía su mente despierta. Se cortó el pelo y renovó el armario.
Y, sobre todo, se convirtió en abuela.
Su hija, Marina, había dado a luz hacía medio año. Al principio, justo en plena tormenta del divorcio, se posicionó a favor de su padre. Mateo supo hacerse la víctima. Le contaba que Lucía había destruido la familia por otro hombre. La retrataba como una traidora.
Pero el tiempo todo lo pone en su sitio. Marina fue a ver a su madre, dispuesta a reclamar explicaciones a la cara. Pero al llegar, no encontró a la mujer frívola de los cuentos de Mateo, sino a alguien cansado pero honesto.
Lucía le contó toda la verdad. Que Mateo lo propuso, que llevaba años ausente, que hacía mucho que se sentía sola. Y Marina, ahora casada, entendió. Cuando su padre se apresuró a buscarse compañía apenas separado, la lealtad de Marina se volcó del todo hacia su madre.
Ahora, Lucía estaba en la cocina de Marina, con su nieta en brazos. La pequeña Sofía se agarraba con fuerza a su dedo.
Papá, por cierto, ha vuelto a llamar dijo Marina con gesto de fastidio . Quería venir a ver a Sofía.
¿Y tú? preguntó Lucía con calma.
Le he dicho que no estamos en Madrid suspiró . No quiero verle, mamá. No puedo con sus comentarios sobre ti y sus intentos para juntaros de nuevo. Me pongo nerviosa cada vez que aparece. Y no quiero que trate de influir en Sofía. Que siga con su libertad
Lucía no respondió. Solo apretó con amor a su nieta.
Mateo consiguió lo que quería: libertad absoluta. Ya nadie reclamaba su atención, ni molestaba viendo la tele a su lado. Lo malo fue que, al probar la libertad, descubrió que tenía un regusto amargo a soledad. Pero ya era demasiado tarde.







