¿Sabes, Inés? Creo que nos hemos vuelto desconocidos el uno para el otro. La rutina nos ha devorado. He estado pensando necesitamos vivir separados una temporada.
Javier pronunciaba esas palabras como si estuviera decidiendo si comprar pan gallego o una barra de pan normal para la cena. Ni siquiera apartó la mirada de su plato de cocido madrileño, en el que mojaba un trozo de chorizo. Inés se quedó inmóvil, con el cucharón en la mano, sintiendo una gota caliente de caldo resbalando por la muñeca, quemando la piel, aunque casi no notó el dolor. El sonido en sus oídos era como el aspirador cuando está a máxima potencia.
¿Cómo que separados? repitió ella, esforzándose en que no le temblara la voz. Dejó el cucharón en la olla con miedo de que se le cayera de los dedos entumecidos. ¿Te vas de viaje por trabajo?
No, qué va contestó Javier, por fin levantando los ojos. Su mirada era cansada, algo harta, como la de un profesor que debe explicar por enésima vez lo evidente. Hablo de darnos un tiempo. De hacer una prueba. La chispa se ha apagado, Inés. Llego a casa y estoy agobiado. Siempre lo mismo: trabajo, cena, tele, dormir. Quiero saber si realmente te echo de menos o si es solo costumbre.
Inés se derrumbó sobre la silla frente a él. Veinte años de matrimonio. Dos hijos, ambos estudiando fuera en otras ciudades. La hipoteca pagada hacía tres años. Las reformas que hicieron juntos, quitando papel pintado los fines de semana. ¿Y ahora agobiado?
¿Y dónde piensas vivir mientras haces la prueba? murmuró ella.
He alquilado un estudio, para un par de meses. Cerca del trabajo, para no atascarme en la M-30 respondió rápido, como si tuviera preparada la respuesta. Ya he estado recogiendo mis cosas, están en el dormitorio.
Así que lo tenía decidido desde hace tiempo. Mientras Inés soñaba con plantar hortensias en la casa de los padres en Segovia esa primavera o le escogía un nuevo jersey rebajado, él buscaba pisos, firmaba contratos, pagaba fianza. Y callaba.
¿Y mi opinión? preguntó Inés buscando en el rostro de Javier aquel chico con el que se casó. Pero delante tenía a un hombre extraño, con barriga incipiente y ojos huidizos.
Inés, no empieces con dramatismos dijo Javier y dejó la cuchara. No te estoy pidiendo el divorcio. Aún. Solo un descanso. Es lo normal, mucha gente lo hace. Los psicólogos lo recomiendan. Igual hasta nos viene bien, volvemos a echarnos de menos y tenemos una segunda luna de miel. Y si no pues por lo menos terminamos siendo sinceros.
Se levantó, tiró la servilleta en la mesa y fue al dormitorio. Inés oyó cómo abría el armario y cómo se deslizaban las bolsas. Ella seguía mirando la olla, ya tibia, de cocido, su favorita, hecho justo como él pedía, y sintió cómo el vacío le helaba el pecho.
El resto de la tarde transcurrió como en una niebla. Javier organizaba sus maletas, hacía viajes a la puerta, cogió el portátil, la cafetera Nespresso (la que regalaron a Inés en el trabajo, pero que solo usaba él), ropa de abrigo
Bueno, me voy dijo desde el recibidor, con gesto solemne y una sombra de culpa. No me llames, ¿vale? Mejor que pactemos: un mes sin contacto. Por el bien del experimento.
¿Y si se rompe la tubería? Inés escuchó su propia voz, ridícula.
Llamas al fontanero. Eres mayorcita. Yo me quedo una copia de la llave, por si necesito pasar a coger algo rápido. Nada más. No estés triste.
Puerta, portazo, clic del cerrojo. Inés se quedó sola en un piso de repente demasiado grande y silencioso.
Los primeros tres días los pasó casi postrada. Se levantaba solo para beber agua o ir al baño. Sentía que su vida había acabado. Volvía una y otra vez a las últimas semanas, buscando dónde se había torcido todo. ¿Le regañaba demasiado por dejar los calcetines tirados? ¿Había engordado? ¿Se habría vuelto aburrida?
El cuarto día llegó su hermana, Carmen, como un vendaval, cargada de bolsas de comida y una botella de vino de La Rioja. Al verla hecha un asco, en bata y con ojeras, Carmen negó con la cabeza.
Así no, Inés, así no y la levantó casi de un tirón. Dúchate, que yo corto el queso.
Sentadas después, con un copa de vino en la mano, Inés le contó, entre lágrimas, la conversación con Javier. Carmen escuchó todo con el ceño fruncido.
¿Darse un tiempo? ¿Está agobiado? Vamos, mujer, que eres de números y cuentas como pocas, pero aquí no sabes sumar dos y dos. Javier tiene otra mujer.
Estás loca protestó Inés, débilmente. ¿Otra mujer? Si tiene cincuenta y dos, le duele la ciática y tiene gastritis. ¿Quién va a quererlo?
Ay, por favor. Una cosa no quita la otra. Alquiló un estudio. No me llames en un mes. De manual. Quiere probar suerte con la otra, pero no quema las naves Si no le sale bien, vuelve y te canta aquello de me he dado cuenta de que solo te quiero a ti. Y si sale bien, divorcio. Para él, tú eres la pista de aterrizaje de emergencia.
Las palabras de Carmen le retumbaron en el pecho. Aunque quiso defender a Javier, por dentro supo que su hermana tenía razón. Todo encajaba: el cambio de clave en el móvil, las tardes en la oficina, la camisa nueva que se compró solo pese a odiar las tiendas.
¿Entonces? ¿Qué hago? preguntó Inés, ya no triste, sino enfadada.
¿Qué haces? ¡Vivir! exclamó Carmen, golpeando la mesa. Pero bien. Ve a la peluquería. Cómprate algo bonito. Y deja de esperar su llamada como si fuera un milagro. La casa, ¿de quién es?
Mía. De mis padres respondió automáticamente Inés. Él nunca llegó a empadronarse aquí, todo seguía a nombre de sus padres, nunca le dio importancia.
Mejor. Así tienes todas las de ganar. Escúchame bien: no te quedes llorando. Él piensa que aún te tiene ahí, esperando. Sorpréndele.
Cuando Carmen se fue, Inés no podía dormir. Dio vueltas, encendió luces, entró al baño. Sobre una balda aún estaba el aftershave de Javier. Lo cogió y, sin dudar, lo tiró a la basura. El ruido del bote en el cubo sonó como un disparo.
Pasaron dos semanas raras. Inés se obligó a ir a la oficina. Los compañeros notaron que había adelgazado y estaba mustia, pero pensaron que era cansancio primaveral. Inés empezó a notar cosas que antes ignoraba.
Resultó que, sin Javier, la casa se mantenía más limpia. Nadie dejaba migas ni ropa en cualquier lugar. Llegaba con energía para tejer y, tras años, rescató las agujas. Por la noche veía series, sin que nadie le cambiara el canal para ver fútbol o tertulias políticas.
La soledad, inesperadamente, empezó a curarla. Nadie se quejaba de nada, nadie la molestaba. Nadie.
Pero a veces la duda la carcomía. ¿Y si Carmen se equivocaba? ¿Y si Javier, en soledad, pensaba en ella?
Un viernes todo se resolvió. Inés salía del trabajo y decidió ir al centro comercial de Arroyomolinos a por lana nueva. Subía en la escalera mecánica cuando los vio.
Javier estaba ante el escaparate de una joyería. Apoyada en su brazo, como una lapa, una chica joven treinta años, no más con abrigo fucsia. Javier sonreía con aquella sonrisa con la que, hace veinte años, la conquistó a ella. Le decía algo señalando una pulsera; la chica se reía echando la cabeza atrás. Eran la viva imagen de la felicidad.
Inés se ocultó tras un hombre corpulento. El corazón le martilleaba las sienes. Observó cómo su marido, ese que “necesitaba aire”, abrazaba a otra por la cintura y se dirigía con ella a la salida.
En ese momento, algo dentro de Inés se rompió. O más bien se forjó: frío y firme.
No fue a montar una escena. No los siguió. Dio media vuelta, bajó a la calle y se fue a casa.
Allí, lo primero fue buscar los papeles de la vivienda: escrituras a su nombre, donación de su madre, el empadronamiento sólo ella y sus hijos. Ni rastro de Javier, quien siempre lo dejó para más adelante, si total vivimos juntos.
Buscó en Google un cerrajero de urgencias.
Buenas tardes, necesito cambiar la cerradura urgentemente. Puerta de seguridad, sí, tengo la documentación. ¿En una hora? Perfecto.
El cerrajero, un tipo regordete vestido de azul, llegó enseguida. Solo le preguntó qué cerradura quería.
La mejor, por favor. Que no la abra nadie, ni con la llave antigua.
Entendido, jefa. Le pongo una Tesa, anti-bumping. Ni su ex la abre.
El sonido del taladro fue música para Inés. Las virutas caían al felpudo; el bombín viejo con clonc se estrelló en el suelo. Como si toda la antigua tristeza saliera de su vida con cada trozo de metal.
Al marcharse, el cerrajero le entregó el manojo de llaves relucientes. Inés cerró la puerta bien fuerte: clic, clic, clic, clic. Cuatro vueltas. Cuatro caras de su fortaleza.
Recogió las cosas de Javier: abrigos, zapatos, cañas y herramientas. Todo bien embolsado en cinco bolsas negras de basura, que dejó en el rellano.
Pasó una semana sin noticia de Javier. Al parecer, la “prueba” con su nueva amiga duraba más de lo esperado. Inés se sentía tranquila. Solicitar el divorcio por internet fue sencillísimo.
El sábado, el timbre sonó temprano. Insistente. Autoritario.
Inés miró por la mirilla. Javier, algo desaliñado y con una bolsita de comprar y un ramo de claveles.
No abrió. Apoyó la frente contra el hierro y esperó.
Javier metió la llave. Rechinó el metal. Probó otra vez, con fuerza. Nada. Sopló la llave, la intentó de nuevo.
¡Inés! gritó. ¡¿Qué has hecho con la cerradura?!
Inés callaba.
¡Inés, abre! ¡Sé que estás ahí! ¡Tu coche está aparcado abajo!
Empezó a aporrear la puerta.
¡Pero qué tontería! ¡He venido! ¡Con flores! Dijimos un mes, ¡pero no aguanté! ¡Te echo de menos!
Inés respiró hondo y, con calma firme, respondió tras la puerta:
Tus cosas están en las bolsas a la izquierda. Llévatelas y vete.
Silencio. Seguramente, asimilando el mensaje. Luego un susurro; había visto las bolsas.
¿Te has vuelto loca? su tono subió agudo. ¿Pero de qué vas? ¡Ábreme ahora mismo! ¡Soy tu marido! ¡Tengo derecho a entrar en mi casa!
No es tu casa, Javier contestó Inés, sin alzar la voz. Es mi piso. Aquí ni vives ni figuras en ningún papel. Tú querías vivir aparte. Pues vive, pero lejos de mí. Para siempre.
¡¿Has cambiado la cerradura?! por fin comprendía. ¡Con qué derecho! ¡Voy a llamar a la policía! ¡A los bomberos! ¡Te tiran la puerta abajo!
Adelante aceptó Inés. Enséñales el DNI y explícales por qué te fuiste con otra para probar sentimientos. El guardia seguro se echa unas risas.
¡¿Qué otra?! ¡Estas loca! He vivido solo.
Os vi en el centro de Arroyomolinos. Joyería. Abrigo fucsia. No más mentiras. El experimento ha terminado. Suspenso.
Al otro lado, sólo insultos y patadas a la puerta.
¡Vas a quedarte sola, estúpida! ¡Nadie te querrá con cuarenta y cinco años! Venía a darte otra oportunidad y así me lo pagas ¡Seguro que te quedas en la ruina!
Ya veremos en el juzgado la casa y el coche, Javier. Pero este piso no lo vas a oler más. Vete O llamo a la policía y denuncio a un extraño intentando forzar la puerta.
Barullo, amenazas, patadas a las bolsas. Un portazo; arrastró las bolsas, maldiciendo.
¡Bruja! fue lo último que gritó.
Sonó el ascensor. Pesadas bolsas arrastradas. Luego, silencio.
Inés se apoyó contra la puerta. Las piernas le temblaban. Las lágrimas caían, pero era sólo la tensión escapando, no tristeza.
Estuvo así diez minutos. Luego se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo: una mujer ojerosa pero con la barbilla bien alta.
Un mensaje de Carmen: ¿Qué tal nuestro donjuán? He visto su coche bajo.
Inés contestó: Se ha ido. Con sus cosas. Los nuevos cerrojos funcionan.
¡Bien! ¡Orgullosa de ti! Voy con tarta esta noche, hay que celebrar tu nueva vida.
En la cocina, puso a hervir el agua para el té. Por el ojo mágico, vio los claveles tirados en el rellano. Sonrió con amargura: nunca aprendió que, veinte años, ella odiaba los claveles. Siempre prefería tulipanes.
Un mes después, el juzgado resolvió el divorcio en poco tiempo; los hijos ya eran mayores. El coche lo llevó Javier, pagando su parte a Inés (dinero que apareció en su primer viaje sola, a Italia). Vendieron la casa del pueblo y repartieron la cantidad en euros.
Nunca supo cuánto le duró la musa joven. Lo que sí llegó a sus oídos fue que, sin piso ni perspectiva, Javier terminó en casa de su madre, en una urbanización lejana de la periferia.
Inés ya estaba a otras cosas. Volvía de Lisboa, bronceada y con un vestido nuevo, y hasta un ligero flirteo con un arquitecto alemán en el hotel. Nada serio, sólo risas; pero volvía a sentirse viva.
Una tarde, al llegar a casa, la paró alguien ya bajo la sombra de los árboles.
Inés
Javier: más delgado, la chaqueta arrugada, rostro cansado.
¿Podemos hablar? balbuceó. He sido idiota. Me equivoqué. Me puede la soledad. Echo de menos tu casa, tu cocido ¿Volvemos a empezar, aunque sea de cero? Veinte años no se olvidan así
Inés lo miró y no sintió nada: ni rabia, ni pena, solo vacío. Como quien ve a un desconocido pedir limosna.
Veinte años no se olvidan, Javier pero se dejan en el pasado. Ahora yo estreno vida, y no hay hueco para viejos errores. Ni para ti.
Pero yo he cambiado.
Yo también sonrió Inés. Ahora respiro sin agobios. Sola, pero en paz.
Sacó sus nuevas llaves brillante y subió decidida. El portero automático sonó, abriéndole paso. La puerta de la finca se cerró y con ella los recuerdos y arrepentimientos ajenos.
Subiendo en el ascensor, pensó que debía cambiar el papel pintado del recibidor. Quizá color melocotón. Y un sillón cómodo, para tejer por las tardes. Su nueva vida empezaba, y las llaves sólo las tenía ella.
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