El mando para dos
A las cuatro en punto, la puerta principal se cerró de golpe, haciendo que el viejo abrigo de plumas de la entrada se balanceara como si bailara una jota, y de pronto entraron en tromba tres personas: primero, el alto Sergio con su mochila y una bolsa de clementinas; detrás, su mujer, Carmen, encajada entre el abrigo de la niña y una caja de juego de mesa; y por último, Lucía, de ocho años, ya quitándose el gorro de lana de los ojos y, por algún motivo, rugiendo a pleno pulmón.
¡Ya hemos llegado! gritó Sergio hacia el fondo de la casa, sin molestarse en quitarse los zapatos.
De la cocina asomó enseguida Consuelo, la madre, con el cuchillo en la mano y un delantal de cuadros. Tenía las mejillas coloradas, el pelo recogido con una pinza, y detrás de ella se adivinaba un vergel de patatas y chorizo ya cortados sobre la mesa.
¡Ay, mis niños! soltó ella, dejando el cuchillo en la tabla y secándose las manos en el delantal mientras iba hacia ellos. Venga, pasad, quitad los abrigos, no os quedéis en la entrada, que aquí corre más aire que en la Meseta.
Desde el salón llegaba la voz de un presentador mezclada con el murmullo amortiguado del público: por la tele se veía algún concierto de sobremesa. El padre, Manuel, respondió desde el sofá, sin levantarse:
¡Muy buenas! Yo aquí, controlando la emisión, que no falte detalle.
Sergio, agachado, ayudó a Lucía con las botas y de reojo vio el mismo paisaje de su infancia: la mesa ya a medias puesta, en la mesita del salón el mando, junto a un bol de caramelos, y en la pared la vieja guirnalda titilando con luces de colores. La tele, por supuesto, encendida. El sonido bajo, pero constante, igual que el zumbido del frigorífico.
Seguro que lleva encendida desde por la mañana, pensó, sintiendo ese pequeño fastidio acostumbrado, el que enterraba bajo una sonrisa.
Mamá, deja que te ayude dijo, entrando en la cocina con la bolsa. Esto es para ti. Ahí va un cava de los caros, no de esos de
Se calló al ver en la mesa una botella de Freixenet de etiqueta dorada, heredada de la era soviética de los supermercados. Bueno, pues habrá dos tipos.
Ya he comprado todo replicó Consuelo, suave pero con un retintín de reproche. Pero mejor, por si el tuyo es más moderno. Carmen, cariño, quítate ya el abrigo, que termino la ensaladilla y nos sentamos a tomar algo.
Carmen sonrió y asintió, aunque Sergio notó cómo se tensaba un poco. Por el camino ya iban hablando de cómo este año intentarían hacerlo a su manera: sin el incesante ruido de la televisión, con juegos, música, que los niños no estuviesen todo el rato pegados al móvil. Pero bastó cruzar el umbral para que todo su plan se estrellara contra ese telón de fondo familiar de presentadores, risas enlatadas y el crujido de canales cambiando.
Manuel, mientras tanto, se había aposentado en su esquina favorita del sofá, como un capitán en su puente de mando. El mando a distancia bajo un dedo, zapeando de canal casi sin mirar: concierto, serpentinas, presentadores con lentejuelas, vuelta al concierto.
Ya empezamos, pensó con leve desazón. Ahora vendrán con sus altavoces, sus listas de Spotify. ¿Y qué hago yo? ¿Apago todo? Como si mi Nochevieja nunca hubiera existido.
Había encendido la tele por la mañana, mientras Consuelo pelaba patatas, y ahí seguía. A Manuel le gustaba que hubiera voces y música en el ambiente. Siempre fue así. Incluso cuando Sergio era niño y corría entre la mesa y el belén, la tele estaba de fondo: la señal de que todo el país también celebraba.
Abuelo, ¿puedo ver dibujos? Lucía irrumpió en el salón, lanzando la mochila al suelo.
Más tarde, cielo contestó Manuel, sin apartar la mirada. Ahora están cantando fenomenal.
Pero no me gustan cómo cantan protestó Lucía, frunciendo el ceño.
Sergio entró al salón secándose las manos en los vaqueros.
Papá, ¿ponemos la tele un poco más baja luego? Queríamos jugar al Carcassonne que he traído.
¿A qué? preguntó Manuel, un poco a la defensiva.
Un juego de mesa. Hay que hacer carreteras y ciudades. Está entretenido.
Pues jugad, ¿yo qué os molesto? Manuel de verdad se sorprendía. Si la tele está flojita. Que siga puesta, mujer.
Sergio abrió la boca para explicar que era el hecho de tenerla siempre de fondo lo que molestaba, pero se topó con la mirada de Consuelo, que pasaba por allí con un plato de embutido y los observaba con cautela.
Primero comed algo ordenó. Luego jugáis a lo que queráis. Hasta medianoche hay un mundo entero.
Ese mundo a Sergio no le parecía tan extenso. Sabía cómo iba la cosa: primero Los Serrano, luego concierto, luego el discurso del presidente, después más música, y para cuando quiera darse cuenta, todos bostezando y él con la caja del juego sin abrir.
En la cocina olía a mayonesa, perejil fresco y cebolla frita. En el alféizar de la ventana se enfriaban unas patatas cocidas para el clásico ensaladilla de mamá. Consuelo picaba pepinillos con una rapidez pasmosa en un bol repleto de ingredientes.
Mamá, ¿por qué no haces medio bol sin carne? sugirió Carmen con mucho tiento, sentándose junto a la mesa. Ya sabes, yo soy más de verdura, y a Lucía tampoco le va mucho el jamón.
Sin carne ya no es ensaladilla, hija, es un puré extraño replicó Consuelo con el modo automático de la tradición. Bueno, si quieres, aparto para Lucía antes de mezclar todo.
Estupendo suspiró Carmen aliviada.
A Carmen quería de verdad a su suegra, pero cada Fin de Año se sentía extraña en un papel ajeno, en una función donde el reparto estaba cerrado hace décadas. Consuelo defendía sus recetas, sus costumbres, como si fueran su refugio, lo cual Carmen comprendía pero también quería que sus propias pequeñas manías tuviesen un hueco, no sólo en su piso, sino también allí.
¿Otra vez trasteando con el salado? se oyó desde el salón la voz de Manuel. Ya verás, todo soso y sin gracia. Yo luego le echo sal.
Todo perfecto, no seas exagerado dijo Consuelo, pero le tembló un poco la voz.
Sergio captó el matiz y pensó que quizá, sólo quizá, Carmen podría haberse ahorrado el tema del jamón. Pero luego recordó el año anterior, a Lucía apartando trozos verdes con la horquilla y susurrando que le daba arcadas, y pensó que también tenía sentido pedirlo.
Media hora después ya estaban los cinco en la mesa. Aún con luz de tarde, las velas permanecían apagadas, el árbol de Navidad brillando en la esquina. La tele, por acuerdo tácito, un poco más baja. Sergio la silenció al pasar y Manuel fingió no darse cuenta. Primer compromiso logrado.
Por el reencuentro dijo Manuel, levantando su copa de cava. Que habéis venido. Porque ya se sabe, los hijos crecen y luego Se calló, aguantando la emoción. En fin, que me alegro.
A Sergio se le encogió algo por dentro. Sabía que su padre temía quedarse un día solos, sólo ellos dos en ese piso de tres habitaciones y muebles antiguos. Que un día ellos dirán: Mejor lo hacemos en casa con amigos, tenemos nuestras tradiciones. Y se quedarán sólo el televisor, la ensaladilla y el cava, como testigos de que el pasado sigue ahí.
También nosotros dijo Sergio. De verdad.
Chin-chin. El cava era seco y amargo, como mejor sabe en Nochevieja. Lucía asaltaba las clementinas, Carmen se servía zumo y Consuelo repartía la ensaladilla en platillos.
¿Veremos otra vez La Gran Familia esta noche? preguntó Carmen, fingiendo indiferencia.
Y tanto se animó Manuel. Sin la película, no hay fiesta. Empieza a las nueve. Cenamos, luego infusión, y a verla.
¿Y si este año cambiamos? se atrevió Sergio. Ya la sabemos de memoria. Podríamos
A mí no me mires Interpoló Consuelo, aunque ni la miraba. Yo sin esa peli, ni sé en qué día vivo. Desde jovencita la veo. Cuando nació Sergio estaba en el hospital y sólo tenían esa en la tele, ¿verdad, Manuel?
Me acuerdo, sí Iba a verla al pasillo sonrió él.
Sergio sintió cómo su revolución se desinflaba. Como si no estuviera proponiendo un plan, sino atacando una biografía.
Podemos verla se apuró Carmen, viendo el apuro. Sólo que después, si acaso, podríamos jugar. Os va a encantar el juego y así estamos juntos de verdad.
Jugaremos, mujer Manuel ya pasaba de nuevo de canal. Tiempo de sobra.
Sergio notó que inconscientemente contaba los toques al mando. Uno, dos, tres tic-tac, tic-tac.
Después del postre, Lucía empezó a agitarse.
Papá, ¿cuándo vamos a jugar? dijo en un susurro de volumen para teatro.
Enseguida, cariño. Recoge la mesa y jugamos.
Eso lo hago yo intervino Consuelo. Vosotros id preparando la partida. Ya me uno yo.
Mamá, que estamos de fiesta, deja que ayudemos protestó Sergio.
Al final me lo liais todo replicó ella sin enfadarse. Tengo mi sistema: platos aquí, vasos al fregadero, ensaladilla tapada. Lo llevo haciendo cien años.
A Sergio y Carmen les costó ceder, pero sabían que insistir sólo sería contraproducente.
Vamos, pues, montamos el juego.
En el salón, Manuel ya tenía a punto el canal donde asomaba La Gran Familia. Aparecieron los primeros créditos, la música familiar inundaba ya la casa.
Ahora empieza lo bueno, anunció satisfecho.
Papá, es que queríamos comenzó Sergio, sacando la caja del juego.
Jugad después, que ahora empieza la mejor parte. Podéis iros a la cocina.
La cocina es pequeña objetó Carmen. Y mamá está con los platos. Pensábamos hacerlo aquí, en familia
¿Pero para qué tanta familia? se asombró Manuel. Si ni entiendo vuestras reglas. Yo veo mi peli, vosotros jugáis lo que queráis.
Sergio respiró hondo. Sabía que llegaría el momento incómodo tarde o temprano.
Papá dijo, esforzándose por sonar calmado. Todos los años igual: la misma peli, el mismo plan. Nos gustaría, sólo un poco, hacerlo a nuestra manera. Hablar, jugar pero sin la tele de fondo.
¿La tele te molesta? ¿Acaso se mete en tu plato? La bajo y ya está.
No se mete en el plato, se mete en la cabeza Sergio no pudo evitarlo. Con tanto ruido, no hay quien hable.
Aquí nadie grita replicó Manuel, subiendo el volumen sin querer. Está perfectamente.
En ese instante entró Consuelo, secándose las manos.
¿Qué pasa aquí?
Nada contestaron a la vez Sergio y Manuel.
En la pantalla, el protagonista ya levantaba la copa en la bodega. Las frases que sabían de memoria se mezclaban con sus propias tiranteces.
Es que queríamos jugar juntos susurró Carmen. Y la tele podría no sé
La tele se ve dijo Consuelo firme. Siempre la hemos visto, lo sabéis de sobra.
Sergio sintió esa amargura del que pide un cambio y siente que no le escuchan. Como si su deseo fuera mero capricho y sólo los mayores tuvieran derecho a sus ritos.
Miró a Lucía. Allí estaba, abrazando su dinosaurio de peluche, mirando del televisor a los adultos con cara de susto.
No quiero ver esa peli soltó ella de pronto. Es aburrida.
Se hizo el silencio. La tele aún hablaba, pero nadie oía.
Lucía, cariño dijo Consuelo en tono suave. Es que todavía eres pequeña, no la entiendes.
Yo quiero jugar insistió Lucía, ya temblando.
Sergio notó que la tensión estaba a punto de romper. Era más fácil ceder uno mismo que explicarle a una niña por qué su palabra no cuenta.
Fue hacia la tele, y antes de poder pensárselo mucho, apretó el botón de apagar.
La pantalla parpadeó y se quedó en negro. La casa se llenó de un silencio inusitado. Sólo se oía el goteo del grifo y el tintinear colgante de una bola en el árbol.
Sergio exhaló Consuelo.
Hijo dijo Manuel a la vez.
En ambos había el mismo dolor, la misma perplejidad.
Jugamos cinco minutos soltó Sergio deprisa, sintiendo que se había pasado. Sólo para empezar. Luego lo que queráis.
Estás en mi casa le interrumpió Manuel. ¿Ahora soy yo el que sobra?
Esas palabras le dolieron más de lo que esperaba. Sergio abrió la boca, pero no supo retraerse. Acababa de comportarse como si fuera el dueño, no el invitado.
No quería Es que Lucía
Lucía ya lloriqueaba, contaminada por la tensión de los mayores. Carmen la alzó en brazos.
Tranquila, mi vida. Ya está, ya está Algo haremos.
Consuelo miró a su hijo. En esa mirada había cansancio, cariño, miedo. Miedo a que su Nochevieja se diluyera en guiones ajenos, y ellos se quedasen vacíos.
No lo entienden, pensaba, Esto es mi ancla. Mientras esté ahí, sigo siendo la de antes. Si no, es que también me he ido.
Sergio dijo al fin. Llevamos todo el día preparando esto. Yo sólo quiero sentarme y ver mi película. No hago daño a nadie. Si quieres jugar, hazlo. Pero ¿por qué apagar la tele?
Sergio sintió sus razones tan infladas como un globo pinchado.
Porque cuando está puesta, es como si estuvierais ausentes. Como si celebrar fuera estar ahí, no juntos. Nosotros queremos estar con vosotros, no sólo sentados al lado.
Esa frase quedó flotando. Manuel apartó la mirada. Dentro, algo se le encogió también.
Mira que pensó. Toda la vida trabajando, comprando aquel televisor de saldo, ahorrando para todo esto. ¿Y ahora resulta que me escondo tras la pantalla? Como si el tele me hiciera hablar.
Recordó una vez, cuando Consuelo estuvo ingresada, solo en ese mismo sofá. La tele era la única que le hablaba por las noches. Ponía cualquier cosa, para no oír el vacío. Así empezó a temer el silencio.
Os propongo una cosa dijo de repente, sorprendiéndose a sí mismo. Jugad un rato. Media hora. Luego, volvemos a encender y acabamos la película. ¿Os vale?
Sergio parpadeó.
Papá
No molesto. Incluso juego, si me enseñáis. Pero luego la película, pactado.
Consuelo miraba a su marido, sorprendida. No se lo esperaba. Pero en su modo de decirlo no había resignación, sino ganas de no quedarse fuera.
Venga, aceptó Carmen diplomática. Preparamos el juego en la mesita. La tele apagada, sólo esta noche. Cuando llegue el discurso, la encendemos, todos juntos. Después, vuestro cine, bajito, y el que quiera seguir jugando, que se vaya al comedor.
Yo quiero jugar con abuelo y abuela dijo Lucía, secándose las lágrimas.
Consuelo suspiró.
No seré un monstruo, pensó. Por la niña, se cede hasta la tradición.
Vale cedió. Sacad el juego. Pero explicad rápido, que yo me lio en vuestros mapas.
Sergio notó cómo una calma tibia se adueñaba del salón. Encendió la tele un momento, pero puso la imagen en pausa. El protagonista inmóvil, copa en la mano.
Ahí te quedas, dijo medio en broma. Andrés sabe esperar.
Manuel no pudo evitar sonreír. La broma, vieja como la casa, por fin funcionó.
Montaron el juego en la mesa baja, apartando el bol de caramelos. Las fichas de cartón colonizaban el espacio del mando. Lucía las barajaba con entusiasmo, aunque era innecesario.
A ver, empezó Sergio. Hay que poner piezas de mapa, formar ciudades y caminos. Quien más puntos logre, gana.
¿Y si el camino acaba en nada? preguntó Manuel, siempre escéptico.
Eso no se puede le aclaró Lucía con seriedad de ingeniera. Tienen que encajar.
Como la vida misma murmuó Manuel, y Sergio no supo si era broma o cicatriz.
Los primeros minutos fueron un caos. Consuelo decía que iba perdida, Lucía cambiaba las reglas, Carmen corregía con paciencia de profesora. Al principio, Manuel fingía aburrimiento, pero pronto se animó al ver que su camino daba más puntos que la ciudad de Sergio.
Que sepáis que soy un estratega nato proclamó Manuel, con mirada de pícaro.
Lo sabíamos, pero no queríamos humillarnos, rió Carmen.
En un momento, Consuelo notó que se estaba riendo de verdad, no por compromiso. Miraba a su marido discutir con la nieta y pensó que, tal vez, podía imaginarse un escenario nuevo sin perder del todo el anterior.
Mamá susurró Sergio cuando Lucía fue al baño. Gracias por ceder.
Yo no he cedido nada protestó, aunque ya sin dureza. Sólo lo intento. No creas que es fácil. Toda la vida con el mismo horario, y de pronto Pero bueno, se intenta.
Lo sé, asintió él. Sólo queremos que Lucía también tenga algo que recordar.
Igual lo tendrá suspiró ella. Lo importante es estar juntos, lo demás se apaño.
A las nueve terminaron la partida. Ganó, contra todo pronóstico, Manuel. Sonriente, miró el mando.
¿Ahora, pues?
Listo, tu turno admitió Sergio.
Volvieron todos al sofá. En la tele sonaba la melodía de siempre. Pero ahora, entre las fichas, el bloc de puntos y las cáscaras de clementina, la casa era más acogedora.
Al llegar el discurso del presidente, Consuelo fue corriendo a por el cava.
Pon un poco de zumo a la niña le gritó a Carmen. Que luego dirán que aquí se cría a los críos a burbujas.
Todos en pie con su copa, la tele diciendo lo de todos los años: tiempos difíciles, esperanza, mirada al futuro. Manuel, absorto en los suyos, apenas escuchaba.
Ahí están, pensó. Si para ellos la fiesta pasa por jugar, pues no será para tanto. Lo importante es que vengan.
Cuando el reloj empezó a sonar, brindaron todos. Unos pidieron deseos, otros se liaron y pidieron varios de golpe. Lucía, despistada, pidió tres, por si acaso.
La tele siguió, ahora casi susurrando. La película era ahora telón de fondo, no protagonista.
Consuelo se sentó en el borde del sofá, copa en la mano. En la pantalla, la heroína subía unas escaleras; en la habitación, Carmen y Sergio discutían quién sacaba ficha primero.
Mamá dijo Sergio de repente. Mañana vemos la peli sólo contigo y papá. Los tres, todo el rato, sin discusiones. Y a la tarde, juegos y charla. Así tendrás dos Nocheviejas.
Consuelo lo miró, sorprendida.
¿Y eso?
Es tu peli Sonrió Sergio. Que sea vuestro propio ritual. Luego, por la noche, la fiesta a nuestra manera.
Lo meditó. Aquello tenía algo tentador. Como si no le quitaran su tradición, sino que la hicieran más especial.
Ya veremos dijo, para no mostrar que le gustaba la idea. Todo depende de cómo amanecemos.
Manuel escuchaba, atento. Se hacía el despistado, siguiendo la trama, pero por dentro se le calmaba el alma. No por la película, sino porque por fin su hijo buscaba una vía en la que cabían todos.
Lucía en ese instante armaba una torre con las fichas, feliz. Para ella, la batalla silenciosa por el mando y la costumbre era invisible. Ella recordaría el año que el abuelo ganó al juego, la abuela se rio y mamá y papá no discutieron.
Cerca de la una, Consuelo vio que apenas prestaba atención a la tele. Seguía ahí, pero este año lo importante pasaba justo a su lado.
Sergio conversaba con su padre, repasando las reglas de otro juego. Carmen y Lucía en la cocina guardaban comida y mondas en táperes. La casa olía a comida, a pino y a cava ya pasado.
Mamá la llamó Sergio. Ven, que papá ya trama una trampa secreta.
Voy contestó ella, dejando la ensaladilla tapada y apagando la luz de la cocina.
Se detuvo un momento en la puerta. La tele bañaba de luz las caras; la guirnalda parpadeaba al compás de la música. En ese cruce de luces y sombras había mucho de hogar.
Da igual, pensó. Así está bien. Lo importante es que siguen viniendo.
Se sentó junto a su marido, quien sin palabras le hizo sitio. El mando quedó entre ambos, como un pequeño pero simbólico trofeo, que ya nadie necesitaba pelear a solas.
A ver dijo mirando a su hijo y nieta. Enseñadme esas carreteras vuestras.
Y así, el Año Nuevo fue avanzando. Por los balcones ya saltaba algún petardo, en la tele seguían perdiéndose por Madrid y Barcelona, pero en el salón poco a poco se dibujaba otro mapa: el del mando, el de los juegos, el de la cocina. Entre ellos, caminos que permitían ir de uno a otro.
Nadie ganó ni perdió. Sólo se movieron un poco las piezas. Y, por una vez, se sentía todo mucho más cálido.







