Querido diario,
Hace unos quince años, una noche, la enfermera de guardia llegó corriendo al Área de Tratamiento Intensivo del Hospital Universitario La Paz.
¡Paciente grave en la segunda quirófano! gritó, sin aliento. Yo ya estaba allí, el equipo preparado, y sobre la mesa reposaba una niña de unos seis años. Mientras me desinfectaba las manos, la enfermera me contó los pormenores.
Una colisión múltiple había involucrado a una familia de cuatro personas: el padre, Javier; la madre, María; y los gemelos, el niño Álvaro y la niña Cayetana. La peor herida la sufrió Cayetana: el impacto le dio una fuerte contusión en la zona lumbar derecha, justo donde se hallaba el niño. Los demás resultaron con rasguños y hematomas leves; recibieron socorro inmediato en el lugar.
Cayetana presentaba fracturas, contusiones, laceraciones abiertas y una gran pérdida de sangre. En pocos minutos llegó el informe de hemograma y, junto con él, la noticia de que en ese momento no había unidades de sangre tipo B positivo disponibles. La situación era crítica; cada minuto contaba. Se realizaron rápidamente los análisis de sangre de los padres: el de Javier resultó ser tipo O negativo, el de María tipo AB positivo. Recordamos entonces al hermano, cuyo tipo era, por supuesto, B positivo, la única coincidencia que teníamos.
Los tres estaban sentados en el pasillo de la unidad de admisión. María sollozaba desconsolada, Javier estaba pálido, y Álvaro miraba al suelo con desesperación; su ropa estaba manchada de sangre, la de su hermana. Me acerqué y me senté frente a él, a la altura de sus ojos.
Tu hermanita ha sufrido mucho le dije.
Lo sé sollozó, frotándose los ojos con el puño. Cuando chocamos, ella se golpeó con fuerza. La sostuve en mis piernas, lloró, luego se quedó dormida.
¿Quieres salvarla? Entonces necesitamos tu sangre.
Detuvo el llanto, miró a su alrededor, respiró hondo y asintió. Llamé a la enfermera con un gesto.
Esta es la tía Carmen. Te llevará al quirófano para extraer la sangre. Ella es muy experta, apenas sentirás dolor.
Vale respondió Álvaro, tomando aire profundamente y abrazando a su madre. Te quiero, mamá, eres la mejor. Luego, dirigiéndose a su padre. Y a ti, papá, también te quiero. Gracias por la bicicleta.
Tía Carmen lo condujo a la sala de procedimientos mientras yo corría a la segunda quirófano. Tras la intervención, cuando ya habían trasladado a Cayetana a cuidados intensivos, regresé a la zona de observación y la encontré allí: el pequeño héroe yacía en la camilla, cubierto con una manta, descansando después de la extracción. Me acerqué.
¿Dónde está Cayetana? preguntó el niño.
Duerme. Estará bien. La has salvado.
¿Y cuándo moriré yo?
Bueno no será pronto, cuando seas viejo.
Al principio no entendí su última pregunta, pero pronto comprendí. Álvaro creía que moriría al dar su sangre, por eso se despedía de sus padres con tanta determinación. Estaba convencido de que su vida terminaría allí mismo. Sacrificó su propio aliento por la vida de su hermana. ¿Podéis imaginar el valor de tal acto? Es un heroísmo puro y verdadero.
Han pasado muchos años y cada vez que recuerdo aquel episodio siento un escalofrío recorrerme la espalda. He aprendido que el amor desinteresado puede mover montañas y que, a veces, el mayor valor consiste en ofrecer lo que uno tiene, aunque sea tan pequeño como una gota de sangre.
Esta experiencia me ha quedado grabada como una lección: nunca subestimes el poder de un gesto altruista; es capaz de salvar vidas y de transformar el corazón de quien lo brinda.







