Diario de 10 de marzo
Cada día, en nuestra casa de Madrid, siento cómo se encoge mi corazón por las discusiones constantes pero no son peleas con mi mujer, sino por culpa de mi yerno. Ese hombre, al que mi hija se empeñó en llamar esposo, no conoce el significado de responsabilidad ni de esfuerzo. Lleva más de un año sin trabajar. Hace algún chapucilla de vez en cuando, pero el resto del tiempo, desaparece entre excusas y vaguedad. Es mi hija, Leonor, quien lleva toda la carga encima, criando a nuestros nietos gemelos mientras está de baja por maternidad. ¿Y él? Se limita a estar, como si con respirar ayudara en algo.
Naturalmente, Leonor no puede volver a trabajar a jornada completa: los niños pequeños requieren atención continua. Le ofrecí mi ayuda, pero dejé claro que había una condición firme: ni un euro más de mi parte mientras no se aleje de ese parásito. Porque, al final, estarle ayudando era igual que mantenerle a él, y yo no quiero seguir financiando la vida de alguien tan vago.
Desde el primer día, nunca tragé a Álvaro. Esperaba que fuera una tontería pasajera, que Leonor espabilara. Pero los años pasaron, y se casaron. Juventud, amores, ilusiones esas cosas que ciegan. Y ahora soportamos las consecuencias.
Entregamos a los chicos el piso de la abuela en Chamberí. Antes, con el alquiler, mi mujer y yo teníamos un pequeño ingreso extra para complementar la pensión. Pero como los jóvenes no podían permitirse un alquiler en Madrid, cedimos y se lo dejamos. Solo les pedí que hicieran algún arreglo sencillo, para que al menos los niños estuvieran cómodos.
Entonces Álvaro dejó ver su verdadera cara:
Yo no sirvo para arreglos, soy intelectual. Para eso están los profesionales. Que lo hagan, pero cobrando, claro.
¿Y con qué dinero, Álvaro? Si ni siquiera trae para comprar un destornillador. Solo sabe teorizar sobre la vida y lamentarse por la mala suerte. Ni se le pasa por la cabeza trabajar por la tarde. Los fines de semana, ni hablar: hay que descansar. Se ha acostumbrado a exigir, a que todo se le dé hecho.
Cuando al fin le llamé vago de frente, se ofendió: No eres justo conmigo. Y en vez de encontrar apoyo en mi hija, ella me vino con un reproche:
Ahora otra vez hemos discutido por tu culpa, ¿por qué te metes?
Decidí tomar distancia. Dejé claro que si ella había elegido ese camino, debía asumir la responsabilidad. Que luego no viniera pidiendo ayuda. Pero al enterarme de que estaba embarazada de gemelos, se me partió el alma. Llegué a pensar que Álvaro cambiaría, pero no fue así. Todo volvió a recaer sobre nosotros. Terminamos la reforma del piso, buscamos las cunas, e incluso acompañé yo mismo a Leonor al médico. ¿Él? Tumbado en el sofá, con la mirada perdida en la pantalla del ordenador.
Leonor hacía lo que podía, pero era evidente que comenzaba a darse cuenta de la clase de marido que tenía. Entre mi mujer y yo, intentamos montar el piso como Dios manda, trabajando codo a codo. Más adelante, él compró un par de baratijas en una rebaja, pero eso no es excusa: cuando se tiene familia, uno debe comportarse como un hombre de verdad. Álvaro, en cambio, no era más que otro inquilino donde todo lo hacían los demás.
Finalmente descubrimos cómo se iban apañando para llegar a fin de mes: habían solicitado una tarjeta de crédito, y lo ocultaron. Hasta que un día, recibo una llamada:
Papá, no llegamos. Ayúdanos
Sentí rabia, lo admito.
Leonor, ¿en qué pensabas? Has tenido niños con un hombre que ni una bombilla sabe cambiar. ¿De verdad pensabas que podrías con todo?
Papá, solo estamos pasando un bache
¿Un bache? Tenéis piso, padres que llevamos todo a cuestas. ¿Y él? No le vale ningún trabajo: o le pagan poco, o le pilla lejos, o el turno es malo.
Papá, no lo entiendes Está buscando, pero no quiere aceptar trabajos por cuatro duros.
¡Pero con cuatro duros vive la gente! Tú, tus hijos y él todos viviendo a costa nuestra.
Ya está bien. No quiero ser la hucha familiar que solucionaba todos los problemas. Le dije:
Leónor, mientras sigas con él, olvídate de pedir nada. Ni un euro. Si quieres seguir a su lado, apechuga con todo.
Se echó a llorar.
¿Quieres que tus nietos crezcan sin padre?
Entonces, por fin, solté lo que siempre había pensado:
Más vale que crezcan sin ese ejemplo. Mejor sin padre que con alguien que no aporta nada y solo vive de los demás.
Soy su padre, sí. Pero me niego a ser el tonto útil. Quiero ver a mi hija criar a sus hijos con un hombre de verdad, no con alguien que no es más que una carga. Quiero que se respete a sí misma. Que no venga a mendigar mientras él toma café tan tranquilo en casa. Colgó en silencio, pero sé que un día verá las cosas como yo las veo.
He aprendido que ayudar no es siempre lo mejor. A veces hay que dejar a los hijos enfrentarse a las consecuencias para que aprendan de verdad a valerse por sí mismos.






