No quise compartir un piso pequeño con mi suegra y me arrepentí: la historia de Rita, su matrimonio por amor, el amante impaciente y la suegra que resultó ser millonaria en Madrid

20 de abril

Nunca imaginé que mis decisiones me llevarían a escribir esto, pero quizá contarlo aquí me ayude a entenderme mejor.

Me casé con Esteban a los 21 años, completamente enamorado, a pesar de los consejos y advertencias de mi madre:

¡Pero, hija, que te saca 22 años! ¿No ves que tú dentro de diez años seguirás siendo joven y guapa, mientras él ya será un hombre mayor, con sus achaques? repetía ella.

Mamá, ¿de dónde sacas esas ideas tan anticuadas? protestaba yo, molesto. Yo a Esteban le quiero y él me quiere a mí, ¿qué más se puede pedir?

Nada me hizo cambiar de opinión y acabé casándome.

Me mudé a la casa de Esteban, funcionario discreto con una reputación intachable. Durante diez años enteros creí que había hecho lo correcto: mi marido me cuidaba, me mimaba (sin pasarse, tampoco soy yo de muchos caprichos) y, gracias a él, pude terminar mis estudios superiores sin distraerme con trabajos esporádicos. Además, me encontró un empleo tranquilito en la oficina de un amigo suyo. La convivencia era fácil y alegre y, con el tiempo, todos los que se metían acabaron por aceptar que éramos una familia feliz.

Incluso mi madre suavizó su opinión sobre su yerno, y sus dos hijas mis hijastras, terminaron tratándome con cordialidad la pocas veces que coincidíamos.

Cuando Esteban se separó de su primera mujer, le dejó casi todo a ella y a las niñas, aunque la ruptura fue por iniciativa de su ex.

No vivíamos en la abundancia, pero tampoco nos faltaba de nada hasta que todo cambió el día que Esteban sufrió un infarto.

Aún recuerdo el pánico de aquel día. Pasé días y noches en el hospital y luego, ya en casa, fui yo quien le cuidó hasta la recuperación.

Afortunadamente, se salvó. Pero después del balneario se jubiló anticipadamente; hacía sólo pequeñas consultorías y apenas salía de casa para dar paseos cortos por el Retiro.

Y, lo más duro para los dos, nuestra vida íntima se fue apagando por completo.

Lidia, tienes que entenderlo me decía, cualquier esfuerzo me viene mal. ¿No te enfadas conmigo?

No digas tonterías, Esteban, mientras estés bien no importa otra cosa.

Pero aunque lo decía de corazón, no se puede engañar a la naturaleza. Incluso cuando Esteban estaba bien, nuestros temperamentos nunca encajaron del todo. Ahora, peor.

En vez de lamentarme, la verdad, caí pronto en brazos de otro. Un compañero del trabajo, más de mi edad, que se incorporó a la oficina media año antes.

Ilias era reservado, educado y muy discreto, enseguida llamó la atención de las compañeras solteras, pero yo veía que sus miradas eran sólo para mí.

Le dejé las cosas claras desde el principio:

Ilias, yo no me voy a separar de mi marido. Y nadie debe enterarse de lo nuestro.

Como tú quieras me dijo, aceptando.

Nos veíamos en hoteles. Ilias vivía con su madre jubilada en un pisito de Lavapiés, y mi casa estaba vetada, como es lógico.

Durante casi ocho meses nos las arreglamos para escondernos, hasta que una compañera Ana nos sorprendió saliendo muy contentos de aquel hotelito al lado de Atocha.

Vaya, vaya nos señaló divertida. ¿Y vosotros qué hacéis aquí?

Qué va, si ha sido una casualidad me defendí.

Sí, sí, casualidad rió Ilias.

No soy tonta se rió Ana. Así que aventura, ¿eh?

Por favor, Ana, que quede entre nosotras. Tú sabes

Tranquila, mujer. No abriré la boca.

Ana cumplió su palabra. Incluso nos hicimos algo amigas y, a veces, hablábamos de nuestras cosas, incluidos mis disgustos con Ilias.

Otra vez Ilias diciéndome que me divorcie y me vaya a vivir con él. No soporta le contaba, según él, compartirme con otro hombre. Yo le digo que con Esteban ya no comparto nada, que ni dormimos juntos.

¿Y él?

Se pone nervioso Tú sabes de qué hablo, me suelta siempre.

¿Y si te casas con él?

No, Ana. Yo quiero a Esteban, es buena persona. No podría separarme, lo mato de pena. ¿Para qué? ¿Para acabar en un pisito compartido con su madre? ¡Gracias, pero no!

Estaba seguro de que Ilias nunca me dejaría. Totalmente colado, tarde o temprano dejaría de insistir.

Me equivoqué de pleno.

¡Cómo has podido! me gritó Ilias un día, rojo de ira. ¿Sabes lo que has hecho?

¿Qué pasa ahora?

¡No me digas que no lo sabes!

Dímelo tú, que no tenemos mucho tiempo

Nunca tienes tiempo pero sí lo tuviste para abortar me escupió, temblando de rabia.

¿Y qué pretendías que hiciera? le contesté. Era sólo asunto mío. ¿Acaso había otra opción?

¡Es mi hijo también! ¡Tendrías que haberme contado, consultado!

Sí, claro ¿y entonces me sugerirías qué? ¿Divorciarme? ¿O que se lo endose a mi marido, sabiendo que no podría ser suyo?

Podríamos haber formado una familia, Lidia, tener ese hijo juntos

Eso no va a pasar. Me tranquilicé de golpe, agotada. Ya lo hemos hablado mil veces.

Ahora era distinto. insistió.

Pues ya no hay nada de qué hablar, Ilias. Volvamos a lo de antes.

Tú, ¿de verdad no lo entiendes? me miró, sorprendido y dolido. No puedo seguir así. Se acabó, Lidia. Ahora mismo.

¡Allá tú! le solté, marchándome convencido de que se le pasaría el enfado.

Pero no se le pasó. Un mes entero fingiendo que no existía, luego otro mes de viaje de trabajo, sin una sola llamada, ni un mensaje.

Mi orgullo podía más, así que tampoco di señales. Pero vencí a mi cabezonería en cuanto le vi volver por la oficina y le cité en nuestra cafetería favorita.

Hasta me contuve, aunque sólo pensaba en abrazarle de nuevo. Pero Ilias estaba frío, distante, casi ausente.

Intenté sacar conversación.

Lidia, vayamos al grano me cortó. No tengo mucho tiempo.

Te he echado de menos le dije, titubeante. ¿Empezamos de nuevo, Ilias? Te prometo que nunca más te

No hace falta me interrumpió. Mira, te lo pongo fácil: no vamos a volver. Me caso, voy a ser padre y pienso ser un buen esposo. Perdona, tengo prisa.

¡Vaya rapidez! intenté bromear, negando lo que escuchaba. ¿Quién es la afortunada?

Ana me dijo, con voz firme. Está embarazada y nos casamos ya. Además, dejo el trabajo: he encontrado otro con mejor sueldo. Ahora tengo una familia que mantener.

Y se fue, sin más, dejándome helado y sin palabras.

Las palabras, sin embargo, no tardé en encontrarlas cuando logré quedar con Ana.

Así que tú también decidiste quedarte con Ilias le solté de golpe, y yo que hasta pensaba en ti como una amiga

Eso es cosa tuya, Lidia me replicó Ana, sin inmutarse. ¿O es que no veía nadie cómo maltratabas a un buen tío? Ni para ti, ni para nadie.

Eso no es asunto tuyo.

Claro que lo es, porque a Ilias le aprecio de verdad. Pero me aguanté hasta que tú misma empezaste a reírte de cómo le hacías sufrir. Así que tomé cartas, le conté lo del aborto, y mira cómo resultó: Ilias es bueno y noble, te lo aseguro.

Incluso demasiado dije, con sarcasmo.

Cuando lo dejasteis, él mismo vino a buscarme Celebramos, nos acostamos y, mira tú, me quedé embarazada. Pero él, cuando lo supo, pidió matrimonio enseguida.

Vaya suerte la tuya apiñada con la suegra en aquel pisillo.

Nada de eso Ana me miró triunfante. La madre de Ilias estaba deseando que vinieran nietos. Nos mudamos a un piso nuevo en Argüelles en cuanto nazca la niña. Y la suegra no me deja trabajar, dice que cuide de la niña, y que no me preocupe por el dinero

Me costó digerirlo.

Bueno, Lidia, me tengo que ir. Vamos con Ilias al ginecólogo, en una clínica privada de Salamanca. Y no te pongas triste.

Ilias ni sabía que su madre era poco menos que la millonaria de la familia.

Dos años después, Esteban acabó enterándose de otra infidelidad mía las noticias vuelan y directamente pidió el divorcio.

El amante no me propuso nada firme y terminé volviendo al piso de mi madre.

Parece que la vida, sí, me da mucho que pensar. Quizá algún día aprenda que no se gana nada jugando jueguitos a dos bandas y que el hogar y la lealtad valen más que un capricho o una pasión pasajera.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

two × three =

No quise compartir un piso pequeño con mi suegra y me arrepentí: la historia de Rita, su matrimonio por amor, el amante impaciente y la suegra que resultó ser millonaria en Madrid
Cada tarde, al salir del instituto, Tomás paseaba por las calles adoquinadas con su mochila colgando de un solo hombro y una flor silvestre cuidadosamente resguardada entre sus dedos.