Hola. Me llamo Alejandro. Creo que soy tu hijo.
Recientemente, acababa de cumplir dieciocho años. En el trabajo, le dijeron que no estaba a la altura y, sin pensárselo dos veces, la despidieron. Aquel día regresó a casa antes de lo habitual y encontró a su joven pareja en la cama con una muchacha desconocida. Sin saber qué hacer, fue a la casa de su madre. Aquella noche, su madre dejó claro que en realidad no la quería allí, porque su pareja prefería disfrutar la vida sin hijos alrededor.
La mañana siguiente, el test de embarazo mostró dos líneas claras, eliminando cualquier duda sobre su estado.
Los nueve meses pasaron como una exhalación, entre brumas. Tuvo que dormir en casas de amigos y en estaciones de tren en Madrid y alrededores. Aceptaba cualquier trabajo que lograba encontrar. El invierno fue lo más duro de todo. Hubo una ocasión en la que incluso tuvo que pedir limosna delante de una iglesia.
El bebé nació en la noche del 13 de diciembre. Era un niño precioso. Era tan frágil, adormilado, pero con un brillo de felicidad en su rostro. Escribió una nota: Hijo mío, te quiero y deseo que encuentres una familia que te cuide siempre. Dejó al bebé junto a la cuna en el hospital y se marchó.
En la capital, todo el mundo se preparaba para la Nochevieja: guirnaldas y copos de nieve decoraban los escaparates y las ventanas. Por todas partes se oían campanillas. Julia se bajó de su coche rojo, elegante y reluciente, que resaltaba con orgullo en el aparcamiento vacío. Había llegado otra vez la primera.
El vigilante le abrió la puerta con cortesía. Julia le agradeció con una inclinación de cabeza y caminó por el pasillo solitario, el eco de sus tacones acompañándola, hasta entrar en su despacho. Se sentó frente al ordenador, desplegó los papeles y, casi sin pensarlo, pasó una hoja más del calendario de sobremesa. El día trece. Años atrás quizás hubiera roto a llorar, pero ahora solo apretó los puños con fuerza.
Julia, el café que pediste. La secretaria apareció con la taza en la mano.
Tienes visita. No tiene cita, pero insiste en verte porque dice que es importante.
Julia miró su reflejo en el cristal, arregló su pelo y le pidió que hiciera pasar al invitado.
Entró al despacho un joven de veinte años. Dudó al entrar, observando a Julia con nerviosismo, y se acercó despacio.
Buenos días saludó primero Julia. ¿En qué puedo ayudarte?
Buenos días, Julia. Yo… me llamo Alejandro. Creo que podría ser tu hijo.
Julia dejó de respirar por un momento. Él, al notar su reacción, añadió con voz temblorosa:
No estoy completamente seguro. Nací el 13 de diciembre. Mis padres adoptivos me contaron que mi madre biológica tenía dieciocho años, se llamaba Julia. Y… vaciló, buscando algo en el bolsillo… guardaron esto.
Sacó de su bolsillo un retazo de papel muy gastado. Julia reconoció enseguida la nota escrita de su puño y letra para aquel hijo al que jamás había olvidado. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Durante todos esos años, no hubo día en que no pensara en su pequeño. Se lo imaginó mil veces creciendo.
Entre sollozos, miró al joven apuesto y adulto que tenía ante sí, pero solo veía al niño al que despidió diecinueve años atrás. Observó sus ojos, sus gestos, el parecido inconfundible. Era él. Julia sintió, por fin, ese aroma irrepetible de felicidad que creyó haber perdido para siempre.
La vida puede separarnos y llevarnos por caminos insospechados, pero el amor verdadero vence el tiempo y la distancia. Aprender a perdonarnos y reencontrarnos no solo cicatriza viejas heridas, sino que también nos da la oportunidad de comenzar de nuevo, con esperanza.






