Pensaba que esas historias sólo existían en foros o grupos de Facebook, pero mira tú por dónde, resulta que a mí me tocó vivir una de esas novelas de sobremesa.
Tenía yo seis añitos cuando mi padre decidió desaparecer, así, como si nada, dejándonos tiradas a mi madre, a mis dos hermanas gemelas y a mí, en un pueblecito cerca de Valladolid. Mi madre al principio intentaba justificarse, diciendo que papá estaba en un viaje de negocios, como si de repente fuera embajador o algo así. Pero yo, a base de escuchar las conversaciones a escondidas y ver su cara, ya sabía que aquello de los viajes era más cuento que El Quijote. Al final, un día, mi madre se vino abajo y me dijo: Tu padre ya no está en nuestras vidas, y punto. Así, con ese dramatismo tan típico nuestro.
Evidentemente, mi cabeza de niña no podía asimilar por qué el adulto que te ayuda a montar en bici se pira sin decir ni hasta luego. Me cabreé con mi padre, como buena castellana, y llegué a inventarme miles de reencuentros que nunca pasaron, ni siquiera en fiestas patronales. Mi madre se volcó en nosotras. Ni se le ocurrió rehacer su vida demasiado trabajo tres hijas y una huerta enorme. Ya se sabe: ¿Quién querría a una divorciada con tres criaturas y una mula que sólo sirve para mirar las nubes?
Los años pasaron, yo me casé, tengo mis propios churumbeles, y sigo viviendo en el pueblo, regentando un pequeño huerto familiar y un orgulloso manzano. Aún es joven el manzano, pero oye, ya da sus eurillos. No me puedo quejar, la verdad.
Y hace unos meses, me llama un tipo con acento raro diciéndome que tenemos que hablar urgentemente. Que está muy interesado en compra de manzanas al por mayor. Ole, pensé, negocio a la vista. Quedamos en medio de mi huerto y aparece un hombre calvo, barrigudo y con pinta de haber pedido más favores a San Pancracio que yo. Se me acerca, sonriendo, y me tiende una bolsa. La abro y dentro Unos caramelos del súper y un bote de café soluble de marca blanca del Mercadona. Menuda sorpresa. Y ahí suelta:
Soy tu padre.
Me quedo más tiesa que una ramita en invierno. Solo atiné a murmurar:
¿Has estado en la cárcel o algo?
No.
¿Vas a comprarme las manzanas?
No.
Pues buen viaje.
Pues hasta luego.
Deja la dichosa bolsa en el banco de piedra y se va. No lo pude evitar: corrí tras él para devolverle los caramelos y el café barato. ¿En qué estaría pensando, por Dios? Avisé a mis hermanas: Ojo, que el papá aparece regalando café de oferta y efectivamente, allí fue con la misma triste bolsa. ¿Cómo puede uno pretender volver a una vida después de 24 años con una lata de café soluble bajo el brazo? ¡Que alguien me lo explique, por favor!






